Por Edgar Restrepo Gómez, historiador.
Por el cronista español Pedro Cieza de León , conocemos que el Valle de Aburrá estuvo poblado por diferentes indígenas, incluidos Los Niquías, distribuidas en pequeños caseríos con cementeras y cultivos diversos de maíz, frijoles, legumbres, entre otros.
El territorio de Hatoviejo estuvo incluido en la merced de tierras otorgada a Gaspar de Rodas en 1574, y en él construyó una hacienda de ganado, en las tierras de la antigua tribu, algunos historiadores dicen que en el mismo lugar donde residió el cacique.
Después de la muerte de Rodas en 1606, sus tierras fueron vendidas y los indígenas fueron trasladados en 1613 al resguardo de San Lorenzo de Aburrá por orden del oidor visitador Francisco Herrera Campuzano.
En el siglo XVII, como afirma el historiador Víctor Álvarez:
“La crisis minera impulsó la formación de nuevas haciendas y fortaleció el flujo migratorio Hacia el Valle de Aburrá. Como producto de la crisis, muchos propietarios de minas y de esclavos. Diversificaron sus inversiones para producir ganado, caña, maíz y otros recursos agrícolas. Así mismo, el descubrimiento de minerales en los osos y guarne a mediados del siglo revitalizó la economía del Valle de Aburrá. Donde se enviaban todos los abastecimientos” (Álvarez, 1996, p.59).
Para 1660, el sitio de Hatoviejo, al igual que el resto del Valle de Aburrá era el centro de un crecimiento de flujo de inmigrantes españoles, Payaneses y Bogotanos, incluso habitantes de Santa Fe de Antioquia. Ya el capitán Juan de Piedrahíta y Saavedra, Inmigrante español de Toledo, había adquirido tierras y poseía 90 esclavos de minas y servicios (Aguirre, 1993, p.28).
Pronto, entonces, el territorio de Hatoviejo se convirtió en lugar de habitación y trabajo de un pequeño grupo de blancos españoles, apoyados por una pequeña comunidad de mestizos, mulatos, pardos libres y esclavos, una abundante mano de obra para las estancias y haciendas ganaderas.
Según el primer censo o padrón realizado en la provincia de Antioquia de 1675 (cuando se hizo erección la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín), trae una lista de las familias radicadas y divididas en varios puntos: Totumo, Ancón, Tasajera, Fontidueño y el propio caserío de Hatoviejo.
En estos puntos estuvieron distribuidos los dueños de las estancias, rodeados por un grupo heterogéneo: 12 familias blancas, 18 mestizos con sus familias, 3 mulatos y sus familias y el indio Salvador con su familia. Como ejemplo de esta micro sociedad está el caso de doña Ana de Castrillón (en Tasajera), que poseía un hato con casas y aposentos, y a su servicio un número indeterminado de esclavos, al mestizo Juan Gómez y a los mulatos Gabriel y Santiago.
En 1675 varios indígenas Niquías se mezclaron y sus descendientes fueron registrados en ese primer censo. Otros permanecieron, aunque se asimilaron con nombres cristianos: Diego, Pedro, Pablo, Juan Tomás y Simón (Ver: Archivo Histórico de Medellín A.H.M., tomo I, folio 20)
Por otro lado, existieron cabezas de familias blancas ubicadas en diferentes zonas del territorio de Hatoviejo. En Fontidueño estaban las posesiones del capitán Don Diego Beltrán del Castillo, doña Isabel de Vivanco y el capitán Pedro Gutiérrez Colmenero. En la zona central estuvieron el capitán Rodrigo García, don Toribio de Villa, don Pedro de Celada, doña Jacinta de Piedrahíta, su hijo el alférez Antonio de Piedrahíta. En Tasajera con doña Ana de Castrillón.
En el siglo XVIII
En este siglo, las poblaciones del Valle de Aburrá, incluido Hatoviejo, estaban dispersas entre otros motivos a la proliferación de las capillas particulares situadas en las haciendas y estancias de las prominentes familias blancas.
Lo anterior hizo comentar al visitar Francisco Silvestre en 1783 que los vecinos: “no concurren a la villa, no le toman apego a ella…ni fabricar casa en aumento de la población”. Para el funcionario español lo anterior evitaba el control espiritual, social y político de estos dispersos pobladores, favoreciendo comportamientos nocivos: “Se apuran poco por el trabajo, viven casi desnudos y sin comer, no dan un paso en la agricultura y la industria…con la capa de la pobreza, se cubre o disculpa la quatrería, la sensualidad y cuantos vicios son hijos del ocio y de la pereza…” (Silvestre, 1988, p.214)
En consecuencia, de las cuatro vice parroquias con que contaba el caserío, subsistieron dos: la recién establecida parroquia de Nuestra Señora de El Rosario de Hatoviejo y la de Niquía, por adorno de sus altares, por antigüedad, por cercanía a Medellín y mayor número de vecinos.
En 1796 comenzaron a practicarse en el caserío de Hatoviejo, las diligencias para demarcar la plaza y las calles y darle así, un carácter de mayor control social y político. Para esa demarcación, Don Carlos Paniagua donó los terrenos, luego de una compra realizada a doña Lucía Tamayo en 1766 por cuatro castellanos (A.H.M., tomo58, folio 59). En el poblado había 16 casas, dos con balcón y las demás de techo de paja, además existían dos templos donde centraban las oraciones sus habitantes (Benitez, 1988, p.176). Entre esas obras, se adelantó la construcción de la cárcel, instrumento de intimidación de las autoridades y de las clases altas blancas altas sobre una creciente masa de sectores populares. Ya el oidor y visitador don Antonio Mon y Velarde aconsejaba a la par que la reactivación comercial y minera, la vigilancia, recolección y castigo de vagos, cuatreros y viciosos.
El visitador Silvestre menciona especialmente la subsistencia de las viceparroquias rurales cercanas a las minas donde existían grandes cuadrillas y porque aquellas servirían para que “los esclavos se junten de noche a rezar el rosario y la doctrina”.
“Puse óleo y crisma”
Según el registro de los niños bautizados en la parroquia, podemos encontrar el origen y procedencia de los habitantes, especialmente muestra la marcada discriminación racial que fue rasgo distintivo de la sociedad estamental española.
El padrinazgo en los bautizos fue un elemento central porque reforzaba los lazos sociales y dependencia entre los estamentos altos y bajos por un lado; y entre los mismos miembros de mestizos, esclavos y pardos libres, por el otro. Las señoras o señores de la aristocracia local ejercían su benéfica influencia sobre sus esclavos casados o los mestizos agregados de sus propiedades, como manera de mantener cautiva un sector de población, en momentos en que escaseaba la mano de obra en la localidad, por el lado auge de la minería en el nordeste de la provincia.
El mestizo Marcos sosa, casado con Rita Gómez, sirvió como agregado bajo las órdenes de don Carlos Paniagua. Un rico hacendado, comerciante y minero de la localidad, solo superado por los Barrientos y quien luego apadrinó primero su matrimonio, luego cada uno de sus hijos, como Miguel en 1759. Cuando murió Rita Marcos le realizó el entierro mayor, es decir, misa cantada, concelebrada como si fuera de élite, blanca local.
Por fuera de esta red de relaciones de compadrazgo estaban los esclavos, el estamento de mayor marginalidad, pues sus padrinos o eran otros esclavos de otro dueño o compañero de la estancia o hacienda en que se encontraban. Es el caso de Javiera, Nacida en 1751, esclava de doña Rosa Metauten, esposa de don Gregorio de Uribe, comerciante y minero de Santa Rosa de Osos, para la cual fueron madrinas Francisca y Bernarda, esclavas de la dicha doña Rosa.
La tasa de natalidad era alta entre los blancos y mestizos, con cuatro hijos en promedio. El grupo de los esclavos fue bastante bajo, con 2,3 por familia. En este sector de la población, la tasa de mortalidad era alta. De cada 10 personas fallecidas, cinco eran esclavos y de estos, cuatro eran párvulos. Es posible que los partos, aunque atendidos por comadronas con experiencia, presentarán riesgos en algunos momentos. Este fue el caso del Mestizo Miguel Guzmán, quien perdió a su mujer, Rosa Muñoz, y a su hijo simultáneamente; o la pérdida de Jacinta con su hijo, esclava de don Nicolás Medina.
Otro aspecto era la alimentación y las condiciones médicas y sanitarias imperantes en la época, que producían una alta proporción de mortalidad infantil, aún entre las clases altas, como fue el caso del comerciante que hemos mencionado don Gregorio de Uribe, quien perdió su hijo en octubre de 1776, y el don Juan José Jaramillo, con dos hijos en 1780 (Archivo Parroquial del Rosario (A.P.R.), libro de defunciones)
Los registros de defunciones, bautizos y matrimonios en los archivos de la parroquia de la Iglesia del Rosario comienzan en 1746, cuando se fundó la capilla de San Jacinto por el capitán don Juan de Piedrahíta y Saavedra en Hatoviejo, y solamente se encuentran inicialmente los hijos de las principales familias blancas. Los demás habitantes como los pardos libres, mestizos y esclavos, fueron bautizados en la Candelaria o con mayor posibilidad en las capillas particulares diseminadas que se han mencionado.
La legitimidad del origen pesó sobre esta sociedad, pues adicional a la procedencia racial, se sumaron los niños naturales tanto de los esclavos como de los mestizos, pero especialmente se dieron casos de niños expósitos, es decir, los abandonados, sin reconocimiento público de sus padres. Como lo ha señalado. El historiador colonial Pablo Rodríguez, algunos de ellos pertenecían al estamento de la élite blanca, Producto de amores ilícitos. Los expósitos fueron casos poco frecuentes, Y en su mayoría fueron adoptados por parejas sin hijos (Rodríguez, 1991, p.33).
De los hijos naturales no se puede afirmar lo mismo. Pues entre 1777 y 1790, se presentaron 66 casos entre la población mestiza y esclava. Un ejemplo es la mestiza Javier Hernández, quien tuvo dos hijas naturales entre 1750 y 1752, es posible que sustievera relaciones clandestinas con un hombre para el cual servía de agregada (A.P.R., libro de bautizos. Sus padrinos en las dos ocasiones fueron damas de la élite local: doña Antonia Posada y doña Ana Pelaez). De ese total de hijos naturales, 34 fueron esclavos, Y como en el aspecto anterior, es posible que fueran el resultado de abusos o relaciones con sus dueños o parientes.
Movilidad y fluctuaciones de la población según cuadros estadísticos.
Analizando los registros de población desde el siglo XVII hasta 1820, encontramos dos aspectos sobresalientes desde la conformación del sitio Hatoviejo: El crecimiento vertiginoso en el siglo XVIII y el descenso en los primeros años del siglo XIX. Del primer aspecto, se destaca como el resultado de la reactivación comercial y minera que a su vez, alentó la mayor concentración de población en el Valle de Aburrá, y la serie de medidas del Estado español, en cabeza del visitador Mon y Velarde para mejorar las diferentes actividades productivas y fiscales de la provincia. Hato viejo pasó de tener 581 habitantes en 1675, a 1460 habitantes en 1800 (Álvarez, 1996, p.69; A.P.R. libro de padrones)
Es de resaltar que el estamento mestizo o pardo libre adquirió el doble de crecimiento del estamento blanco, debido, entre otras causas, al alto porcentaje de mestizaje dado durante el siglo y a su mayor nivel de reproducción, pues entre mujeres y hombres se muestran 562 párvulos, es decir, personas menores de 16 años, en comparación a los 245 blancos y 217 esclavos. En este aspecto, el censo de 1800 muestra que el 70% de la población de Hatoviejo, estaba constituida por jóvenes, entre blancos, pardos libres y esclavos, sector que haría crecer a la población a pesar del conflicto bélico de la independencia.
Con respecto a 1800, la población en 1811 había descendido en 208 habitantes, específicamente 101 entre blancos y 68 entre los pardos libres, para un total de 1320 habitantes, recuperándose un tanto en 1815-20 con 1394 por crecimiento vegetativo. La migración fue un factor en vista del proceso de liberación política ocurrida entre estos años, los hombres y sus familias fluían a otras Regiones de la provincia, unos para combatir, otros en busca de nuevas tierras y estabilidad. Por otro lado, La guerra fue la oportunidad de ascenso y movilidad social para los estamentos marginados, como lo ha reconocido el historiador inglés David Busnell (Busnell, 1989, p.20).
Censo de 1800
| Blancos | Pardos Libres |
| El párroco y tres clérigos 4 Varones casados 64 Hombres solteros y párvulos 146 Mujeres casadas 68 | Varones casados 181 Solteros párvulos 288 Mujeres casadas 103 Mujeres solteras y párvulas 274 |
| Total 381 | Total 766 |
| Esclavos | |
| Varones casados 48 Varones solteros y párvulos 115 Mujeres casadas 48 Mujeres solteras y párvulos 102 | Suma de blancos 381 Suma de pardos libres 766 Suma de esclavos 313 |
| Total 313 | Total 1460 |
Un contemporáneo, comentaba en 1814: “Es una población bien reducida, como es Hatoviejo y curato de San Pedro, y mucho más por las circunstancias del tiempo de estar extra sacando gentes de aquella provincia y ser un país en muchas partes despoblado y yermo” (Dispensa eclesiástica, 5 de agosto, A.P.R. libro de matrimonios)
El censo de 1811 implicaba doble objetivo pues además de un fin político, la elección de los diputados al Congreso General de las Provincias del Reino; se utilizó como medio para ejercer control social, pues buscaba el “exterminio de vagos, polilla del estado y origen de todos los delitos…” (A.H.M., tomo 77, folio 272-302, 1811)
La élite Antioqueña mostrará una preocupación especial por este aspecto al legislar en contra de la vagancia y de una población dispersa sin ningún tipo de oficio u ocupación. Ya en 1805, el alcalde don José María Barrientos le escribía al gobernador, un mensaje en ese sentido y con motivo de la construcción de la cárcel: “para el escarmiento y contención de la plebe en los excesos comunes pues no ay duda que el alcalde de la real justicia al paso que decora los lugares como autoriza a los jueces, reprime la libertad y contiene la insolencia de los díscolos pues según el águila de la iglesia, los malos se contienen por el temor de la pena y los buenos por amor a la virtud…” (A.H.M. Tomo 70, folio 142, 28 de febrero de 1805)
Así mismo las parejas matrimoniales disminuyeron, en 1800 existían 216 mujeres casadas, mientras entre 1815-1823, solo había 148 (libro de padrones, A.P.R., padrón de 1800, formado por el alcalde pedáneo don Juan Joseph Jaramillo). Lo anterior demuestra varios aspectos: la migración de las mujeres hacia otras localidades o regiones en busca de sus esposos o parejas; un alto número de mujeres solteras y la escasez de varones aptos para contraer nupcias. Este proceso influyó notablemente en el crecimiento de la población pues limito la sustitución generacional y la provisión de carne y legumbres a las zonas mineras.
Censo de 1811
| Suma de blancos 280 | Esclavos en manos mulatas y mestizas 85 |
| Suma de esclavos 274 Suma de mestizos 105 | Esclavos en manos blancas 189 |
| Suma de libertos y mulatos 593 | |
| Subtotal 1252 | |
| Total 1320 |
La mano de obra esclava
En 1815 hubo un descenso fuerte en el número de esclavos, pues de 313 individuos en 1800 se pasó a 182 individuos, dedicados en su mayoría a labores de servidumbre en las casas de habitación y otra minoría en labores agrícolas (Ver padrones de 1800. A.H.M., siglo XIX, tomo 64, folio 5v; padrón de 1815, libro de padrones siglo XIX, A.P.R.) Con anterioridad, varios de ellos fueron vendidos, tal vez temiendo perder esta propiedad en el conflicto que se avecinaba y a la manumisión de esclavos proclamada por don Juan del Corral el 20 de abril de 1814. Por esto mismo algunos esclavos obtuvieron su libertad, gracias a la promesa emitida (A.P.R., libro de padrones 1820) y que luego se ratificarían en las leyes expedidas por el Congreso de Cucuta, el 19 de julio de 1821.
Entre los libertos tenemos a José María de propiedad de José Miguel Espinal; Vicente de doña Josefa Tamayo; Bernardo de don Fernando Barrientos; y Cosme de don Tomás Arango.
La escasez de mano esclava en las diferentes estancias ganaderas, así como en las parcelas agrícolas; propició un estancamiento económico local que sólo se recuperó a largo plazo con la sustitución paulatina y de un aumento de los pardos libres, Mestizos y libertos, a lo largo del siglo XIX.
Sin embargo, no fue suficiente para sostener a la hacienda como unidad productiva tradicional a nivel local y propició, por un lado, su declive económico; y por otro, la disminución del poder político y social de la élite en la cual se sustentaba.
Censo de 1815-1820
| Hombres blancos 126 Hombres mestizos 440 Hombres esclavos 96 Total hombres 662 | Eclesiásticos 2 Hombres casados 148 Mujeres casadas 148 |
| Mujeres casadas 235 Mujeres solteras 372 Mujeres esclavas 91 Mujeres viudas 47 Mujeres párvulas o menores de 16 años 273 | Hombres solteros 540 Mujeres solteras 564 |
| Total hombres 690 Total mujeres 704 Total 1394 |
“Después de las tres proclamas en los tres días festivos”
El matrimonio llegó a significar un acto decisivo para la vida de los contrayentes. De sus parentelas y del bienestar de la sociedad. En él se fundían normas, tradiciones y valores culturales cruciales para la sociedad, lo que hizo del matrimonio un asunto complejo y pocas veces de decisión exclusiva de los novios” (Rodríguez, 1996, p.126)
La sociedad local de Hatoviejo estuvo caracterizada por los enlaces matrimoniales cercanos entre sus principales familias, configurando un elemento endogámico, inherente a las primeras sociedades españolas. Esto se demuestra en las diferentes solicitudes enviadas a la Diócesis de Popayán para contraer nupcias con parientes cercanos, con diferentes grados de consanguinidad, aspecto normativo que la iglesia estipuló en el Concilio de Trento, para poner legalidad a las nupcialidades contraídas en América. Estas solicitudes tenían que hacerse ante las autoridades eclesiásticas, representaban un alto costo de envío y tomaban el nombre de “dispensas matrimoniales”.
De los registros eclesiásticos se pudo establecer que entre 1782 y 1819, se presentaron 39 dispensas, 21 de las cuales eran de familias blancas, lo que demuestra que fue un mecanismo utilizado para reforzar la alianza y la cohesión de los hacendados mineros y comerciantes, es decir, de la élite local; y fue un elemento en común con las demás élites de ciudades como Medellín, Popayán o Santa Fe de Bogotá. Otro aspecto para resaltar fueron las seis dispensas que se realizaron por tratos ilícitos. Mencionaremos el caso de don José Manuel de Agudelo y su prima doña Margarita de Agudelo, pues venían teniendo “copula ilícita” hace un tiempo, produciendose un embarazo y posterior aborto. La dispensa matrimonial buscaba también la legalización de un “trato ilícito” que había producido descendencia y era “público y notorio” de la sociedad local como la solicitud de Luis Galeano, padre de Jacoba para casarse con Evaristo Espinal por “trato carnal de tiempo atrás” o la solicitud de don Silverio Avendaño, padre de doña Josefa María para casarse con Cándido García, pardo libre, por la promesa de matrimonio realizada y relación de la cual resultó embarazada (García, 2002)
El Estado y la Iglesia reprobaban toda práctica sexual al margen del matrimonio, especialmente el amancebamiento, el concubinato y el adulterio. Al bendecir estas relaciones ilícitas con el Santo Sacramento del matrimonio permitía introducir nuevamente en la legalidad a estas parejas díscolas; reforzaba el papel de la Iglesia como rectora de la moral y de las buenas costumbres, además de ser guardiana de la familia; y la exigencia del Estado español por controlar a vagos y habitantes marginales del sitio de Hatoviejo.
Las dispensas tenían también como objetivo permitir el matrimonio por razones de conveniencia social o económica, Como don José Nicolás Macías y Doña María Dominga Velázquez, Entre los argumentos estaban:
“Don Nicolás tiene algunos bienecillos con los cuales y su laboriosidad puede remediar la mucha pobreza de Doña María Dominga, a que se allega también la laboriosidad de ésta: así mismo, los 22 años que cuenta de edad, la misma, por cuyo motivo puede sospecharse quede innuta (soltera), sino logra esta ocasión…” (Dispensa del 5 de agosto de 1814, por segundo grado de consanguinidad puro. A.P.R., libro de matrimonios)
Aunque la sociedad del sitio de Hatoviejo mantuvo un aspecto endogámico corroborado por las diferentes dispensas, es de destacar que sus miembros, sobre todo el estamento blanco, estableció matrimonios con nombres de otras poblaciones cercanas o del Valle de Aburrá, en vista de la ausencia de candidatos aptos en condiciones de posición social, de apellido, de origen; como bien lo ha afirmado el historiador Pablo Rodríguez:
“Nociones como las de honor, legitimidad y pertenencia, definían la concertación de los matrimonios. El honor, concebido como el capital más preciado de cada familia, era cuidado celosamente al estudiar las calidades del pretendiente de una hija o un hijo” (Rodríguez, 1996, p.126).
Es así como entre 1776 y 1795 se presentaron 131 matrimonios en la localidad, de los cuales 62, es decir, el 47,3% del total, se realizaron con personas diferentes del sitio de Hatoviejo, como Santa Rosa de Osos, Envigado, Medellín, San Pedro, Copacabana, entre otros. Los flujos de intercambio mercantil originados en Medellín, Ríonegro o Envigado, así mismo como la producción minera de los “Osos” o Copacabana atrajeron nuevos hombres a la localidad. La élite local buscó sus nuevos pretendientes en este sector social que venía creciendo a raíz de las nuevas actividades productivas y tenían un origen racial blanco.
Otro aspecto de los matrimonios coloniales fueron las nupcias contraídas, por un lado, entre esclavos del mismo dueño o dueños, y por otro, entre mujeres u hombres pardos libres con esclavos de ambos sexos. Los amos favorecían estos enlaces, (ningún matrimonio se realizaba sin su consentimiento); como una forma de preservar y acrecentar su mano de obra y propiedad. Un ejemplo de ello fue el matrimonio de Santos, esclavo de don Ignacio Sánchez, y Rita, esclava del presbítero Mateo Palacio, cura párroco del sitio de Hatoviejo, pues en 1781, tuvieron un niño llamado Raimundo y en 1784, Jacoba (A.P.R., libro de bautizos, tomo I)
Los matrimonios celebrados entre mujeres pardos libres y esclavos o viceversa, creó una descendencia ajena al dominio del amo, aspecto que impulso aún más el proceso de mestizaje, y por consiguiente, el aumento de este sector de la población.
Nota: Agradecimiento al Archivo Parroquial de Nuestra Señora del Rosario (A.P.R.), por permitir el acceso a la documentación indispensable para esta investigación. Agradecimiento especial al párroco, Álvaro Ángel Guzmán, por su apoyo a recuperar la memoria histórica de Bello.
Referencias
Álvarez, Víctor Poblamiento y población en el Valle del Aburrá y Medellín, 1541-1951. En: Historia de Medellín, Tomo I, 1996, Compañía Suramericana de Seguros, Jorge Orlando Melo.
Aguirre, Guillermo. Patrimonio Cultural. 1993. Alcaldía de Bello.
Benitez, José Antonio El Carnero de Medellín, ediciones autores antioqueños, vol.40, 1988.
Busnell, David. El Régimen de Santander en la Gran Colombia. Ancora Editores, 1989.
García, Diana Patricia Dispensas Matrimoniales: 1750-1850, parroquias de Medellín, San Cristobal, Hatoviejo y Belén. Archivo Arquidiocesano de Medellín. Tesis de Grado. Universidad Nacional, Medellín, 2002.
Rodríguez, Pablo. El Amancebamiento en Medellín, siglos XVIII y XIX. Anuario Colombiano de Historia social y de la cultura, Nos 18-19, Bogotá, 1991.
Rodríguez, Pablo. El Calor de Hogar en la vieja villa de la Candelaria. Historia de Medellín, 1996, tomo I.

