Por Reinaldo Spitaletta
Resumen
El café, centro de sociabilidad y conversación, ha sido emblema en la barriada. En Bello, aun cuando no ha habido cafés de tertulias culturales, el café (el bar, la cantina) ha estado vinculado a la congregación de trabajadores, malevos, hombres solitarios, algún guapo, que, con música de pianolas, han hecho parte de la vida cotidiana. El tango, más que otro género, lo ha identificado.
Palabras clave: Cantina, música, gramolas, tango, trabajadores.
1. Preludio para entrar al fortín de la amistad
Sobre tus mesas que nunca preguntan
lloré una tarde el primer desengaño,
nací a las penas, bebí mis años…
¡y me entregué sin luchar!
(Cafetín de Buenos Aires, Enrique Santos Discépolo)
El café bar puede ser la escuela de todas las cosas, como lo advierte Enrique Santos Discépolo. Puede ser un pretexto para la poesía, la amistad, el intercambio de palabras, para la habladuría y el chismorreo. El café bar es la posibilidad de encontrar entre sus mesas sabiondos y suicidas, algún agitador político, un enamorado a punto de sucumbir por una decepción amorosa, en fin, que esta institución cultural tiene historia y ha sido clave en la formación de ideas, en la preparación de amotinamientos y, como también ha pasado, en la gestación de equipos de fútbol.
El café tiene un hálito sagrado, como de templo, en el cual se ofician distintos cultos. Hay un énfasis emocional en las conversaciones de café. Es, a veces, una prolongación de la esquina, una entrada al mundo de la pluralidad, que, como decía Claudio Magris refiriéndose al Café San Marcos, en la novela Microcosmos, es la expresión triunfante de la variedad. Se ha dicho del café que es una suerte de academia platónica en la cual no se enseña nada pero “se aprenden la sociabilidad y el desencanto”, y aquí la cámara de la memoria enfoca otra vez a Discépolo: se aprenden filosofía, dados, timba y la poesía cruel de no pensar más en mí. O en vos.
El café, se ha afirmado con gesto romántico, es un “fortín de la amistad”, y desde sus orígenes ha sido motor de la congregación y la sociabilidad. En Europa tuvo su génesis en los antiguos mesones del siglo XVII y, después, ya era imposible detener el hábito inteligente de dialogar frente a un pocillo, una copa de vino, alrededor de una mesa en la que caían palabras, ideas, imaginaciones, alguna conspiración. El café y la tertulia están abrazados en matrimonio; a veces, subversivo, cuando en esa relación se agitan pensamientos, se crean alianzas, se tejen programas políticos o poéticos; a veces, es sólo bohemia, combinación de ebriedades y locuras, de diversión y juerga sin otra pretensión que huir de la realidad hacia un olvido momentáneo.
El café ha sido sede de inspiraciones artísticas y literarias, y en su seno se ha compuesto y desbaratado el mundo. Hay cafés uncidos a la identidad, a los modos de ser de una urbe, a los comportamientos del ciudadano. Hubo aquéllos dedicados a encuentros para transacciones económicas, como los “coffee houses” londinenses, y otros para los poetas, como el Asturias y El Automático de Bogotá, o El Globo, en la Villa de la Candelaria, donde Los Panidas alborotaron la parroquia con proclamas y poemas y caricaturas. París, Roma y Madrid, por ejemplo, tuvieron –y tienen- cafés de hondo contenido cultural. Y se precian de haber albergado a pintores, novelistas, dramaturgos, que incluso crearon parte de su obra en aquellos cenáculos. Jean Paul Sartre escribió muchas cuartillas en el Café del Flore, del boulevard Saint Germain, en el Barrio Latino de París, así como Manuel Mejía Vallejo lo hizo en el Café Versalles y en La Boa, en Medellín.
El café teje una red íntima y fraternal con la historia. No siempre la del individuo letrado y culto, sino, en su mayoría, la del transeúnte, la del habitante de barrio, la del obrero y el estudiante. Hay unos de más alcurnia y factura intelectual, como puede ser, digamos, el Café de la Régence, en París, que hospeda todavía dos mesas: una, en la que se sentaba Diderot a redactar aspectos de sus perturbadoras ideas, y otra, en la que estuvo el joven Napoleón Bonaparte, quizá meditando en la formación de un imperio o en el asedio a una dama. Y hay otros, más por estos lares de trópico y bullanguería, en los que se generaron las artes de la conquista amorosa, los oasis de un descanso tras arduas jornadas en las fábricas y en los que, en tiempos no tan remotos, los muchachos se graduaban de hombres.
El café está en la frontera entre lo público y lo privado. En los albores de la Revolución Francesa, las “casas de café” se convirtieron en recintos en los cuales determinados hombres se reunían a promover debates, calentar discusiones y conformar un espacio público, en oposición al recogimiento y acartonamiento “privado” de la Corte. En aquéllas confluían gentes cultivadas procedentes de la sociedad aristocrática y de la emergente intelectualidad burguesa. De ese modo, se creó un espacio plural para la crítica literaria y la expresión política. Antes que en los periódicos, el café fue el medio donde los “ilustrados” encontraron el tinglado propicio para la divulgación de su pensamiento.
En el histórico café de la Régence, que tuvo entre sus clientes ilustres a Diderot, Voltaire, Robespierre, Rousseau, Benjamín Franklin y Montesquieu (mucho más tarde, a Lenin y Trotsky), hubo otro ingrediente, además del político y el literario: el ajedrez. Entre humo de cigarros y tazas de café, los pensadores más destacados de la Ilustración se batían en partidas eternas que, durante el ritual de silencio y concentración, les hacían olvidar las ideas y propósitos que iluminaron los escarpados caminos de la revolución.
2. Memoria de un bar de barriada
Los años han pasado, terribles, malvados,
dejando una esperanza que no ha de llegar…
y recuerdo tu gesto travieso
después de aquel beso
robado al azar…
(Pedacito de Cielo, vals de Enrique Francini y Homero Expósito)
Desde la pared blanca, Carlos Gardel nos sonreía con los ojos y hasta con el sombrero negro. La foto antigua despedía un olor a lavanda, a canciones fatigadas y a acordes de guitarra. Y a Lejana tierra mía, bajo cuyo cielo no pudo morirse el Morocho del Abasto. Escondida en el iluminado Wurlitzer, la voz nasal de Daniel Santos nos susurraba que él venía a decirles adiós a los muchachos porque pronto se iría a una guerra, mientras Sandro de América, vestido oscuro y botas negras, colgado de un clavo, se reía sin uno saber de qué. En aquel café-bar de barriada, el Florida, se reunían en simultánea varias épocas. Y múltiples historias.
El Florida era el centro de todo. Vaya problema para un geómetra. Allí se albergaban al caer el sol, malandrines, estafadores, vagos, buscapleitos, proyectos de intelectuales, rebuscadores y futbolistas de esquina. A través de sus ventanas uno podía ver pasar las caderas despampanantes de Nubia Zapata, o la cara de luna llena de Amparito Flórez, o el cabello negrilargo de Olimpia Sánchez. En su interior, olor a diversidad, las luces de neón les daban a las caras toques irreales, algún transeúnte decía que los de adentro parecían espectros. “Y en esta noche vuelvo a ser / aquel muchacho soñador / que supo amarte… (…) Hay una voz que me dice al oído / yo sé que has venido, por ella, por ella…”. Así nos lo decía una voz, una de las cien voces del piano, en aire de vals argentino. Y entonces Arturo, el de la mirada estrábica y dueño del negocio, se ponía eufórico porque esa canción sureña le recordaba otros espacios y otros tiempos. “Qué triste y qué amable es a la vez / la soledad del arrabal, con sus casitas / y los árboles que pintan sombras…”. Arturo la cantaba con ganas, y su voz iba de mesa en mesa, haciendo que cada uno silenciara sus palabras y apagara sus pensamientos.
Sentados a las mesas del Florida, vimos crecer a Lucía, que de lunes a viernes vestía falda a cuadritos rojiblancos y medias a mitad de pierna. Jamás miraba cuando desde adentro del bar de puertas amarillas brotaban frases que eran una apología de las formas circulares de la colegiala. Y vimos envejecer a don Carlos, obrero de todos los turnos, que pasaba en una bicicleta Philiphs, montando su cansancio perpetuo. Y observábamos, mientras por los gaznates bajaban cervezas y guaros y limonadas, cómo en la mitad de la calle, Atehortúa y El Ronco intentaban fulminarse a cuchilladas. Y envidiábamos desde allí a Márquez, un tipo alto y narigudo, que acariciaba en el balcón de enfrente a María Luisa, la mejor bailarina del barrio. Y desde esas mesas de lámina cantamos muchas veces, formando un estropicio general, la sangre maleva de Larroca; y era “una mujer de esas, de rostro demacrado, bastante soñoliento, cansada de tanguiar”, en la voz sin abolengo de Pepe Aguirre; y el coro tenía el corazón contento, lleno de alegría, con Palito Ortega, cuya voz se trepaba a los postes de energía.
En el Florida, olor a sudor y a orín y, quién lo creyera, a madreselvas en flor, donde los chorizos secos les transmitían secretos a las botellas de aguardiente, supimos de las dotes musicales de Chabuca Granda, la peruana que nos cantaba a 45 revoluciones que del puente a la alameda menudo pie la lleva, y después, por otra moneda de a veinte centavos, nos dejaba escuchar yo sé que nos estila que te pongas para cenar jazmines en el ojal. Y combinábamos a Mat Monro y su español con acento inglés con los gritos desesperados de Rodolfo, mezclado todo con el lloriqueo eterno de un tal Roberto Sánchez, que prefirió a efectos artísticos denominarse Sandro. Y en ese café-bar de Arturo, quien no era ni bohemio ni puro, nos metimos a analizar las letras de Santos Discépolo y los poemas de Amado Nervo, y aprendimos trasuntos del cuchillo, y un poco de desamor y alguna bronca. El Florida era una fiesta sin pretensiones parisinas.
Ya Gardel no tiene la sonrisa blanca que enlucía la pared. Ni canta con su voz de barítono aquella certidumbre de “es un soplo la vida”. Y Daniel Santos se quedó para siempre en la guerra a la que se marchó hace años. No hay brindis ni choques de manos. Ya no están el piano de cien voces ni sus luces, ni sus músicas nocturnas. Ni esa mixtura de espliego y orinal. El Florida es apenas un recuerdo brumoso en el barrio. Un recuerdo lleno de moscas y baldosines blancos: pusieron en su lugar una carnicería.
3. Los rituales de la cantina
Café La Humedad, billar y reunión…
Dominó con trampas. ¡Qué linda función!
Yo simplemente te agradezco las poesías
que la escuela de tus noches
le enseñaron a mis días.
(Café La Humedad, tango de Cacho Castaña)
Los cafés de Bello recibían el genérico nombre de cantinas, y a la ciudad, además de ser centro fabril y de obreros, se le conoció como una de las más “cantineras” de Antioquia. Eran espacios, casi siempre en una esquina, para la reunión de trabajadores y otras gentes. Las atendía un hombre, por lo general su dueño, y no había espacio para las mujeres, que continuaban en las fábricas, como trabajadoras de textiles, o viviendo de puertas para adentro, como amas de casa o preparándose para serlo. La cantina, que en Italia es lugar para almacenar vino y vender salami, y en México un espacio rural para ofrecer bebidas alcohólicas, no tuvo en Bello (tierra de los seminaristas más grandes de Colombia, al decir de Fernando González) un tinte intelectual, sino de congregación de varones rudos. Textileros y ferroviarios casi todos, que veían en ella un espacio de diversión y de intercambio de palabras. O palabrotas. Y de sentimientos y mentiras. No tuvo el carácter de alojamiento para la discusión política e intelectual (que tal vez sí lo presentó El Cortijo, de Carmen García), sino para la embriaguez y la bohemia. En ese sentido, en Bello no hay señales ni remotas de un Versalles, como el de don Leonardo Nieto, en Medellín, y mucho menos de un Tortoni (antiguo y connotado café de Buenos Aires) o de los cafés parisinos o madrileños. Eran más modestos y olían a transpiración de obreros y al principio tenían aires procedentes del monte.
Se ha dicho que el café pertenece a la civilización y la cantina a la barbarie. La aseveración puede ser discutible, pero en Bello este tipo de establecimiento se acercó más a lo segundo, y no porque en su interior habitaran cuchilleros y guapos, camajanes y lunfardos, que los hubo, sino porque sus dueños solo se preocuparon por el negocio a secas. Siempre “molieron” los mismos tangos, sin acercarse a las novedades y creaciones contemporáneas del género; las mismas canciones lastimeras de Los Cuyos, los mismos boleros, en fin. Nadie promovió tertulias culturales o veladas con audiciones temáticas.
Aun así, la cantina (alguna en las mañanas ofrecía café a su clientela) se erigió como un punto de encuentro y un referente en los barrios tradicionales de Bello. A veces, acudían hombres solos a rumiar sus penas y a emborrachar su corazón; también había mesas repletas, muy conversadoras, al tiempo que detrás del mostrador el cantinero permanecía atento a los pedidos, y con ojo avizor para impedir cualquier insurrección de ebrios o algún “cantinazo”. A veces, la figura del cantinero fue asimilada a la de un patriarca, que escuchaba a los clientes para aconsejarlos, pero también estaba presto a llamar “la bola” si se armaba una bronca en su interior.
El comportamiento del cantinero era variable. Cuando bebía en su bar, era un aviso de que esa noche habría barahúnda en la que él intervendría. En ocasiones, permitía a algunos cuchilleros, antes de una requisa de la policía, guardar sus armas debajo del mostrador. Muchas veces el malevaje, ese mismo al que le bastaba “tener como amigo un vaso de licor”, usó el revés de las mesas para camuflar puñales y leznas.
La música de las cantinas, que emanaba de las gramolas, era un indicador del estado de ánimo de los clientes. Se sabía cuándo uno de ellos estaba despechado, o alegre, o lo asediaba una pena, según los temas que eligiera. Unos, cantaban a voz en cuello; otros, ponían su cabeza sobre la mesa en actitud de derrota. Pero la música también se prestaba para los roles de la conquista y donjuanismo de barrio. Como las mujeres no podían entrar en el bar, sus pretendientes les dedicaban canciones, y ellas, desde la ventana de sus casas, sabían con júbilo que les estaban dando una serenata o expresando una declaración de amor.
El café, la cantina, el bar, era “testigo de penas y amores”. Se sabía de alguien que había discutido o roto relaciones con su amada, cuando entraba, el rostro desencajado y hasta con rencor al mirar, y de un golpe o un apretón rompía un vaso de cerveza. El tipo, o mejor su mano, terminaba sangrando y parecía sentir una suerte de desahogo. Después, venían las canciones que se acomodaran a su situación de turbulencias sentimentales.
Las cantinas de Bello constituían (algunas supérstites todavía lo son) referentes de barriada, ya por sus ocupantes, ya por su música. Simbolizaban la hombría, el poder del macho, la entrada en la mayoría de edad. A los menores les estaba proscrito su ingreso, y entonces se quedaban en las afueras, mirando por las ventanas y las puertas, admirando a algún guapo, escuchando una melodía y aspirando a que muy pronto ellos estarían sentados a sus mesas.
Cada barrio tenía sus bares insignia y de alguna secreta manera los habitantes se sentían representados en tales espacios; las barras comentaban sobre las diferencias entre unos y otros, y establecían escalafones. Son mejores los de Prado. No, son más atractivos los de Manchester. Hay mejor música en los de La Buena Esquina. Ah, no, ni riesgos, nada comparable con el Bar Marquetalia, en Buenos Aires. Éste era del señor al que casi nadie le sabía su nombre (Leonel Correa), pero sí su curioso apelativo: Vástago. Fue obrero de Tejicóndor, hijo natural y un afiebrado coleccionista de música. Tanto, que cuando iba a la Plaza de Guayaquil con la presunción de mercar para su numerosa familia (10 hijos), aparecía en su casa con cajas llenas de discos, pero nada de bastimento.
Después de 1964, trasladó su bar para el barrio El Carmelo. Su establecimiento no requirió más bautizos. Todo el mundo decía: “Vamos para donde Vástago” y era suficiente. Allí estuvo una vez la crítica de arte e intelectual argentina, Marta Traba, invitada por el pintor bellanita Juan Ramón Bedoya, alias Jesucristo. Unas de las piezas más viejas que el cantinero ponía en su tocadiscos era el bambuco fiestero Palo Negro, de José Eleuterio Suárez.
Las cantinas, lugares de penumbrosa iluminación, tenían un privilegio urbano: estaban en las esquinas. Sus músicas se escuchaban en toda la cuadra y los vecinos, a fuer de oírlas, se las aprendían. El tango, en particular, era el género más interpretado, y los catálogos de los Seeburg y Wurlitzer abundaban en él, en especial las melodías de los 30 y los 40. Penetró en los obreros, en los comerciantes, en los malevos, en señoras que a distancia los tarareaban, y aun en los muchachos, que los combinaban con las sonoridades de las nuevas canciones juveniles.
Estos bares, cuyas iconografías mezclaban fotos de Gardel y de otros intérpretes de la tanguitud con San Cayetano (patrono de los tenderos), San Judas y las de equipos de fútbol locales y argentinos, tenían mesas redondas, metálicas, de tres patas, cuyas terminaciones curveaban hacia afuera. Estaban pintadas de verde botella, al tiempo que las sillas, de lámina galvanizada, plegables, eran rojas. Los zócalos, de aproximadamente 1,20 metros, eran verde cogollo. Había en ellos un tórrido cromatismo. Olía su ámbito a un baturrillo de orines, cerveza, aguardiente y humo, a veces con un agregado de chorizos fritos.
En diciembre, las cantinas cambiaban de decorado. Aparecían las guirnaldas de papel de globo, los festones, las ramas de pino y las melenas, a imitación de un bosque interior, tal vez por alguna remembranza campesina. Los traganíqueles trocaban los tangos por música tropical, y el piso se cubría de aserrín o de carnaza verde para acoger y disimular los vómitos de los borrachos. En Semana Santa, se apagaban las pianolas, o en algunos bares, con extraño refinamiento, sonaba música clásica. Ninguno abría el viernes santo.
4. Tras la ruta de los trabajadores y otros fantasmas
¡Nada, nada más que tristeza y quietud!
Nadie que me diga si vives aún…
¿Dónde estás?, para decirte que hoy he vuelto
arrepentido a buscar tu amor…
(Nada, tango de Horacio Sanguinetti y José Dames)
El café es parte de una memoria. En el cliente proyecta distintas imágenes, atadas al recuerdo, a un enamoramiento, a alguna situación conflictiva o simplemente de diversión. En la colectividad se yergue como lugar de afectos, como una pertenencia interior, íntima, que trasciende las transacciones y aun el acto de beber una cerveza, fumar, compartir una pena o una alegría, y se instala, a modo de representación, como espacio real e imaginario en el que la vida transcurre de otra manera, como una interrupción de la monotonía.
En el barrio, el café, o en el caso de Bello, la cantina, enriquece el paisaje, sobre todo el nocturno, porque la luz es distinta a la de la calle y a la de la casa, porque con la rocola se establece una conexión que no es posible en otros contornos, porque la vecindad con el otro puede estar atravesada por el gusto musical, o por una suerte de fraternidad en la que el alcohol es apenas un pretexto. El nombre de un café, y el café mismo, puede identificar un sector, más allá de las nomenclaturas y los asuntos catastrales.
Más que sus paredes y sus decorados, que sus mesas y sus sillas, que su traganíquel y su orinal, el café es un rico hospedaje de vivencias. De adentro y de afuera. Crea una especie de metafísica entre el ser del café y el ser del barrio. Para los que nunca han entrado, el café puede ser un misterio, un antro de perdiciones, una reunión de despechados o de delirantes. Para los que lo frecuentan, puede ser un modo de celebración de la existencia o una manera de fugarse de lo cotidiano o del aburrimiento. “El café aguza la inteligencia y aviva la sociabilidad”, decía el escritor catalán Josep Pla. Quién sabe si el aserto será válido para Bello.
El café va asumiendo el modo de ser del barrio, y a veces, por qué no, aquél influye sobre éste. Por ejemplo, para algún viejo habitante de La Buena Esquina, era parte esencial del sector la cantina de don Leonardo Osorio, o el bar El Coquero, de Juan Eudes Areiza, así como para alguien de Prado sus referentes más sonoros pueden asentarse en El Torrente, el Viejo Café o el bar D’Arienzo. A los barrios les daba carácter tener cafés.
En Bello, los principales cafés y cantinas estuvieron en las rutas de las fábricas. No era extraño, entonces, que sectores como El Carretero, Cisneros (la carrera 47) y Bolívar (carrera 49), las antiguas Calle Arriba y Calle Abajo albergaran a los más famosos establecimientos, muchos de los cuales ya son parte de un pasado de glorias textileras y de obreros hoy jubilados. Pertenecen a ese ayer de recuerdos (y tal vez de olvidos), entre otros, el Bar La Isla, el Paraguay, El Lucerito, La Cumbre, El Rialto (que tenía el nombre de uno de los puentes más importantes de Venecia), El Volga, el bar Te Busco, Los Tangos, Tres Amigos y Tango Bar.
El café tuvo una variante: el granero mixto, en el que, además de víveres, se vendía licor, a clientes que se sentaban en bultos de maíz o en taburetes de cuero o se quedaban de pie en la acera. Uno de los más conocidos fue el Granero La Buena Esquina, de Claudio Ceballos, en el que en tiempos de la violencia liberal-conservadora llegaban a beber, con cananas en bandolera, los paramilitares de entonces, conocidos como miembros de la Popol (Policía Política). Después de sus incursiones en Belmira y Entrerríos, retornaban a Bello a exhibirse en graneros y cantinas.
Entre los parroquianos de café también había malevos y guapos, muchos de los cuales protagonizaron lizas a cuchillo, a machete, a pedradas y de vez en cuando a puños. Uno de los más temidos era Gilberto Suárez, de Prado, vestía de traje entero y sombrero, y paseaba sus guapuras y provocaciones de café en café. Cuando llegaba a un bar, los muchachos sabían que habría zambra y se asomaban, entre admirados y nerviosos, a esperar el momento de la trifulca. El café, refugio masculino, era un espacio ineludible para forjar hombrías y musicalizar amores.
Los primeros sitios para los experimentos etílicos de los jóvenes y para las galladas de barrio, estaban en los bares, aunque en Bello era común que las patotas no requirieran del ingreso al café, porque, en mangas y solares, se amontonaban para beber “pipo”, mezcla de alcohol, gaseosa y otros ingredientes. Era un ritual de iniciación en la borrachera.
Aunque la mayoría de las viejas cantinas no tenían espacio para el billar, hubo algunas que lo agregaron. Y así era posible tener una visión surreal, combinatoria de imágenes de un Wurlitzer “High Fidelity”, una virgen de bulto iluminada por una veladora, dos esferas rojas y una blanca buscándose sobre un campo verde, hombres con tacos en las manos, como sucedía en El Campín, en Manchester, con techos de cañabrava y avisos decolorados de Mejoral en las paredes.
El Campín, atendido por otro señor que perdió su nombre pero se ganó un equivalente a lo novela de Mario Puzo, era un bar para los obreros de Fabricato, que se reunían antes y después de sus turnos, a saborear cervezas y jugar billar. El Padrino (realmente Emilio Ayala) les preparaba un mejunje que todos conocían como la “Toma”: malta con leche, que era todo un éxito en ventas.
Manchester y Prado eran los barrios con más cafés, algunos de ellos emblemáticos. En el primero estuvieron, entre tantos, el desaparecido Cuesta Abajo, de Mario Atehortúa, y luego de Miguel Rivera. El tango, como su nombre lo sugería, era la exclusividad. Allí, al compás de “Hasta siempre, amor”, que era de las piezas más trajinadas, se instalaban los integrantes del equipo de fútbol del barrio, el Racing Club, contrincante de plaza del Pielroja, de Prado, cuyo centro de diversiones estaba en el Viejo Café.
Una de las distinciones de Prado, aparte de sus cafés tangueros, eran el fútbol y el malevaje. Los de otros sectores que se atrevían a ir de excursión al barrio, era porque tenían agallas y querían demostrar ser valientes. El Viejo Café, cuyo dueño Luis Carlos Grisales también perdió su nombre para ser conocido como Martillo, es, tal vez, el más antiguo de Bello. En ese barrio de “broncas y entreveros” el bar ha visto crecer y morir a muchos y, hoy, como otros del sector, cuenta entre su clientela con decenas de damas, jóvenes y otras no tanto, como Rosmira González, de 60 años y vecina del lugar.
“Me crié escuchando melodías desde la casa. Las mujeres no podíamos entrar a los bares, pero nuestros novios nos dedicaban canciones. Un pretendiente mío me ponía en el Viejo Café el tango Te quiero (canta unos versos, emocionada: “te quiero, como se quiere la vida cuando la vida es verdad…Te quiero como se quiere en la vida una vez y nada más”). Yo salía a la acera, a escucharlo y después me entraba muy contenta”, dice la señora, entre suspiros de nostalgia.
Bello, ciudad que ha radicado su identidad en el barrio, tiene en sus cafés de ayer y de ahora microhistorias de un pueblo, múltiple en su origen de inmigrantes y al cual no dejan de llegar los forasteros que, de a poco, se van reconociendo en su espacialidad. Por los cafés que ya no están, como el Florida, el River Plate y El Barquito, en El Congolo; el Copa Mundo, en Niquía; el de doña Felipa Molina, en Andalucía, y por otros que tienen abiertas sus puertas desde hace años, como el Viejo Palmeiras, el Café de los Angelitos y los ya clásicos de Prado, pasaron y discurren hoy, los fantasmas de ferroviarios y textileros, de aquellos que iban al trabajo –y al bar- en bicicletas Phillips, Raleigh y Humber; las sombras de malevos extinguidos y guapos pulverizados; y la presencia diversa de los vivos, muchos de los cuales todavía tienen el corazón mirando al sur.
5. Coda con un gramo de soledades
¿Dónde estarán? pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer, pudiera
ser el Hoy, el Aún, y el Todavía.
(El tango, Jorge Luis Borges)
¿Es el café de barriada una especie en extinción? Lo cierto es que cada vez son menos. Los que están hacen parte de un imaginario, de una memoria, de un inventario de emociones. En ellos, el mundo se ha vuelto más ancho y más amable, y en esos ámbitos, donde alguna lágrima borracha mojó el redondel metálico de una mesita, muchos pechos se poblaron de vellos y de escapularios de la virgen del Carmen. Sí, el poeta argentino tenía razón: eran y son escuela de todas las cosas. Tal vez, más de las pequeñas, aquellas que todavía el tiempo y la ausencia no han podido matar.
Los bares de Bello son reflejo de lo que ha sido el entramado cultural de una ciudad, en la que los asuntos del alma, el pensamiento, la reflexión, la imaginación y la inteligencia han estado alejados de la mayoría de la población, que todavía parece ser un “rebaño desconcertado” (la expresión es de Chomsky), dispuesto a todas las domesticaciones. Así que en ellos, en los cafés, con atmósferas sacras y profanas, hay un recital de historias simples, de hombres que cantan una pena o un entusiasmo, que lloran en silencio una desgracia, que se ensimisman, que sienten en un tango un fragmento de su vida o encuentran en la música un paliativo para sus dolores. Ya, en algunos bares, se atreven a leer poesía y exponer pinturas, o alguien desenfunda una guitarra y canta.
El café (“cielito lindo, cielito de café”, decía Cortázar en Rayuela) es la vida interior de la ciudad, una expresión de su alma. El café (el bar, la cantina), es el lugar al cual se va a estar en soledad o a socializar esa soledad con las soledades de los otros, y todas juntas hacen que el mundo sea menos triste y el hombre un poco más solidario y fraternal. ¡Salud!
NOTAS
- Entrevistas a Guillermo Aguirre González, Francisco Restrepo, Gabriel Restrepo González, Rosmira González y Adriana Correa.
- BOSSIO, Jorge A. Los cafés de Buenos Aires. Argentina: Editorial Plus Ultra, 1995.
- MAGRIS, Claudio. Microcosmos. Barcelona: Editorial Anagrama, 2006.
- SABOGAL, Hugo. Voces de Bohemia. Bogotá: Editorial Norma, 1995.
- SPITALETTA, Reinaldo, JARAMILLO y RUIÍZ. Historia de mi estación, Tramos y tramas del metro. Medellín: Metro Ltda, 1996.
