Por Sergio Espitaleta
“Dicen que los recuerdos de la niñez son los más claros” Ray Bradbury
Metáforas ciudadanas
La ciudad es una metáfora. Pero las ciudades son metafóricas en tanto espacios significativos, que según sus narradores asumen extensiones corporales o mentales para generar identidades e identificaciones. Ellas, son flujos de relaciones y esas relaciones son encuentros representacionales. Los hombres de las ciudades entran en relaciones espaciales y esos espacios no necesariamente son físicos, geográficos o arquitectónicos; son más bien, simbólicos.
Por eso las ciudades tienen los alcances de los cuerpos humanos y están hechas de sus efluvios. Tienen los sabores y los olores y los colores de sus gentes. Tienen erotismo y son los sueños de esos hombres. Tienen la racionalidad de quienes las piensan y el sentimiento y las pasiones y emociones de quienes las viven, las sufren o las gozan.
Tienen las ciudades la medida de los cuerpos humanos y pueden tener el espíritu de sus muertos o el ánimo agresivo y violento, o el apacible y tranquilo de aquellos que las habitan. Las ciudades, igual que los humanos, existen en la misma proporción en que son enunciadas. Serán más vivas y vitales si tienen más sueños y más soñadores; si tienen más cantores y más canciones; si tienen más narrativa y más escritores; si están hechas de arte y viven con arte. Y cobran mayor valor e importancia mientras más las nombren.
La fortaleza y poderío de las ciudades serán mayores en cuanto se revistan de acciones y formas artísticas y en tanto sean más locuaces, conversadoras y nutridas de palabras y de escenarios para ello. Y al igual que las mujeres, las ciudades serán más atractivas y atrayentes en la medida de los abiertos comentarios o de los secretos rumores. Las ciudades alcanzan su mayoría de edad, entendida como perenne juventud, cuando son recreadas de forma permanente.
Ellas, las ciudades, no son más grandes por su extensión territorial ni por el caudal de ciudadanos sino por su riqueza simbólica. Son más grandes, solventes y bellas por su potencial expresivo. Y a mayor universo simbólico de la ciudad menor es la exclusión y mayor la inclusión ciudadana. Las ciudades son grandes si tienen y mantienen un universo plural y una alta capacidad de incorporación y asimilación. Crecen si pueden asimilar; desaparecen si excluyen o fragmentan; y serán más amables si no guardan temores a lo nuevo y lo extraño.
Las ciudades con identidad construyen historia sin renunciar a su memoria. Son las que se asumen como ciudades del arte más que de la racionalidad técnica; más de la vida que del dolor y el sufrimiento. Son aquellas ciudades sinfónicas que no riñen con las diferencias musicales de sus actores ni sofocan la expresión de sus artistas. Son las ciudades demarcadas por la multiplicidad de sus lenguajes que fluyen y confluyen para la armonía. Son las ciudades que se definen por sus alegorías más que por sus conceptos. Son aquellas que responden a los impulsos de la vida más que de la muerte. Tienen identidad aquellas ciudades expresivas, alegres y móviles; nunca aquellas mudas, silentes e incomunicadas. Sólo las ciudades que crean, recrean, mantienen vivos sus relatos sin caer en la babel, son las que se asumen con carácter e identidad.
Metáforas de soledad juvenil
Si a los viejos les fuera permitido crear o soñar ciudades, crearían, seguramente, la ciudad o las ciudades de su infancia. Porque son las que más vivamente recuerdan. Porque ellas crearon sus primeras palabras y sus fundamentales imágenes. De allí que las ciudades tengan que ser amables y amorosas con los niños y con los jóvenes. Pero, si a los jóvenes se les permitiera crear las ciudades, construirían las ciudades suyas y de su presente. O más que crear las propias, destruirían las de sus padres y abuelos quizá porque los jóvenes tienen la memoria de sus cuerpos. Y sus cuerpos no caben en las ciudades de sus progenitores.
Ray Bradbury, en una de sus crónicas marcianas, relata cómo los muertos que partieron de la tierra al llegar al planeta rojo, se van reuniendo, según sus vínculos, en diferentes puntos del nuevo espacio planetario y vuelven a crear las ciudades tal cual como eran y las vivieron en la tierra. Pero cuando los viajeros vivos llegaron en sus naves espaciales al vecino planeta y encontraron, sin saberlo, a sus muertos y sus ciudades de infancia, dudaron de su propia vida o de si se enfrentaban a un pesado sueño o era la realidad de su pasado vuelta presente. Al final, los tripulantes sin anhelar volver a vivir en ese mismo pasado y queriendo huir, fueron asesinados por sus difuntos compatriotas terrícolas. Para los viajeros vivos, el placer del futuro, vivido en la tierra, fue superior a la memoria del placer pasado, también vivido en la misma tierra.
Bello es una ciudad sin tradición y no porque sea joven. No fue fundada; se sigue fundando o quizá fundiendo. El viejo hato de Hatoviejo ya no es ni nunca lo fue porque permaneció sin autonomía, dependiendo de otras poblaciones. Ese hábitat de los Niquías -que la corona española, a través del concurso de sus representantes de Santafé de Antioquia- ofreció a su conquistador Gaspar de Rodas, quedó borrado, nominalmente, por la prestidigitación del mayor creador de mitos que ha tenido la región que hoy se llama Bello: Don Marco Fidel Suárez. Él lo confiesa, por boca o voz de Lorenzo, interlocutor de Luciano Pulgar, en el último sueño que escribió (El sueño del padre Nilo): “Busquemos o recordemos, pues, mejicanismos en su Bello o Belvalle, nombre adecuado por cierto, aunque al reemplazar con él el nombre antiguo, (Hatoviejo) por obra del padre Baltasar Vélez, protector de usted, fue materia de chacotas y zumbas el motivo o fin del cambio, fin o motivo que atendieron a ilustrar la aldea con el nombre del inmortal Bello, a cuya gramática había consagrado usted un estudio en Bogotá.”1 *
Bello ha tenido una lógica de permanente recomposición; ha soportado torrentes de territorialización y de desterritorialización. Ha movilizado en su vida de poblado y de municipalidad, diversos frentes de centralidad y de sociabilidad que le insinuaron modos distintos de identificación y de búsqueda de luces de identidad. Ha sido una ciudad de génesis y éxodos permanentes, de identidades múltiples y paralelas porque sus habitantes han sido de aquí y de allá. Y porque sus centros, igual que sus márgenes, van y vienen en localizaciones y encuadres disímiles.
Hoy, concentra, igual que muchas ciudades, flujos varios de desidentidad por exponerse a nuevas experiencias espaciales y culturales. Bello es mucho más espacio que territorio porque vive el virtualismo de los lugares cuyos centros desaparecen y entra en escena la circulación, la fluidez, el desplazamiento transitorio y una suerte de estar más que de ser, donde el ver y transitar dominan sobre el hablar y el escuchar. En términos de Marc Augé, pudiera decirse que Bello constriñe los lugares antropológicos, cargados y mediados por factores de identidad, historia y relación con sentido, y en vez de ello, ha incrementado los no lugares, entendidos como aquellos puntos donde sólo se está sin saber mirar porque no se sabe pensar el espacio. “Los no lugares son tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta.”2
Bello, y tantas urbes actuales, han entrado en la propuesta cultural de la transitoriedad y de la errancia circular sin sentido, con el incremento de los no lugares, del neofetichismo y de los nuevos encantamientos y espejismos. Asiste su población ya no a los lugares del encuentro, ni siquiera del desencuentro sino a los masivos lugares del silencio cultural profundo y del inútil ruido manifiesto. Hoy la ciudad es presionada por el mundo vial, por los grandes centros comerciales, por las lógicas del flujo masivo, de la llamada cultura metro, del crecimiento urbanístico mezquino y asfixiante y por la desaparición selectiva de los espacios públicos que son propios del encuentro corporal, del solaz de sus habitantes y del ejercicio discursivo de los mismos.
Si bien estos flujos viales y en especial el metro, demarcan unas nuevas acciones y unas nuevas relaciones para mirar la ciudad, con ellos no se posibilita el intercambio significativo de sus gentes. El metro hasta ahora, y a pesar de las transformaciones espaciales, no es un vehículo que estreche vínculos o que promueva la palabra. Por el contrario, se presenta como un no lugar donde apenas fluyen y confluyen masas en términos silenciosos. Promueve la mirada fría y volada, y desvirtúa la calidez de otras formas de desplazamiento. Más allá de la cultura metro, de su silencio, de sus controles y a veces del temor al otro, o de la vigilancia mutua, y del recelo hacia esos otros que aparecen como desconocidos, el metro y sus propuestas tendrán que avanzar hacia modalidades de intercambio que convoquen para la palabra, la vincularidad y no sólo para el tránsito fugaz o el desplazamiento frívolo y pragmático.
Bello ha entrado en la irracional lógica de las soledades masivas y en las ilógicas relaciones de mercado que caracterizan a las sociedades líquidas de hoy. Ha globalizado sus espacios y sus tiempos y penetra en el mundo de las redes, los flujos y tráficos multidireccionales. Las calles bellanitas no son de los trabajadores, ni de los viejos, tampoco de los niños o de los adultos. Pertenecen a los jóvenes. Se las tomaron los seres más móviles, más mecánicos y motorizados. Han conquistado estos espacios por la nueva valoración del cuerpo, del ruido y de las músicas. Las calles de Bello, enhorabuena, han cobrado mayor voluptuosidad por el movimiento de los nuevos seres digitales que encarnan con mayor solvencia, eficacia y competencia la aldea global posmoderna y sobremoderna.
La magia juvenil abrió con fuego, baile, vicio y locura lo que otrora fue imposición, sometimiento y pecado. La juventud de Bello, reinscrita en nuevos circuitos, desterritorializó o empieza a reterritorializar sin memoria y con poco sentido, lo que las dos últimas décadas de violencia dejaron para ella. Están los jóvenes, reemplazando vitalmente el placer mortuorio que les dejó la instrumentalización del mundo adulto sobre ellos, y que se evidenció en los centenares de jóvenes asesinados por otros jóvenes en este municipio.
Estos seres solitarios que se confirman en la masificación de los espectáculos (conciertos , deportes, vías y centros comerciales) son quienes en mayor medida, caminan la ciudad, y tratan de imprimir su sello socializador y relocalizador desde la proxemia o lo próximo; así sea acudiendo a las estrategias de tribalismos microculturas, virtualismos o colectivos, que de alguna manera son efectos del mundo global, pero que de otras formas, expresan su resistencia al mismo.
3. Primeros ejes de movilidad social y espacial en Bello
El Hatoviejo que se volvió Bello hacia finales del siglo XIX, no llegaba aún a los dos mil habitantes. Era, según Marco Fidel, “una calle muy larga salpicada de casas, con algunas pocas manzanas en torno del templo. Muchos frutales excelentes, maizales, cañaduzales y platanares muy prósperos”3 . El pueblo era entonces, dice Suárez en otro sueño, “una mera calle, puede decirse, dividida en dos barrios, la calle Arriba, habitada por los ‘ñoes’, la calle Abajo, asiento de los ‘dones’.”4
Bello, inicia su vida colectiva en sentido moderno, a principios del siglo XX. Primero fue un sueño o una ciudad soñada. Fue, tal vez, la primera ciudad de Colombia pensada como expresión concreta de la modernidad. Fue maquinada mentalmente, por la naciente clase social de empresarios medellinenses decimonónicos, que provenían de sectores mineros, comerciantes, banqueros y cultivadores de café. Muchos de ellos, exploraron el territorio del Valle de Aburrá con el ánimo de establecer y poner a prueba sus proyectos de formación industrial, específicamente de tejidos y textiles.
Fue una llamada élite ilustrada –formados algunos de ellos en la Escuela de Minas – la que el 10 de febrero de 1902 estableció legalmente la Compañía Antioqueña de Tejidos, en la Notaría Segunda de Medellín, y escogió como lugar de asiento de la misma a Bello, cerca de un gran complejo natural de quebradas ya que se necesitaba de ellas y de la energía hidráulica que potenciarían para que la empresa pudiera movilizar su mecánico andamiaje, y tras ella, el nuevo complejo social y cultural que atraería una buena inmigración humana de diversos lugares antioqueños.
La empresa se construyó cerca de las quebradas La García, La Chiquita, La Tatabrera y La Chachafruto en el año de 1905 y en ese mismo año la fracción de Bello, perdió su condición de calle Arriba y calle Abajo (una sola calle) porque una nueva y trasgresora arteria -El Carretero- le cambiaría el horizonte de aldea arcadiana, en beneficio de la nueva vía del progreso industrial. Se inició el proyecto de unir la plaza de la fracción de Bello con la fábrica de tejidos, recién construida.
El 13 de abril de 1905 el alcalde de Medellín, Nicanor Restrepo Giraldo, envía una carta al presidente del concejo municipal, Julio M. Restrepo, para manifestarle que “en compañía de los señores Manuel J. Álvarez, Daniel Botero, Camilo C. Restrepo y el señor ingeniero superior de caminos del Departamento, nos trasladamos el sábado último a la fracción de Bello, y después de reconocer y estudiar detenidamente los terrenos por donde ha de cruzar la calle que ha de unir la plaza de dicha fracción, con el puente sobre “La García”, nos convencimos de la utilidad que reportarán, tanto al Distrito como a La Empresa de Tejidos, una vez abierta dicha calle y del poco costo de la obra toda vez que los cercos serán de alambre, la faja baratísima considerando la utilidad que al propietario acarrea y que el banqueo es relativamente insignificante. Es de nuestra opinión que al trazar la calle se haga en forma de curva matemática, teniendo como bases la calle norte de la plaza de Bello, al topar con terrenos del señor Zapata y el estribo del puente sobre “La García”.5
El primer eje urbanístico y vial del Bello del Siglo Veinte, se inicia entonces al norte, con el empalme de la calle Arriba y el Carretero con la Callecita por el influjo de la creación de la fábrica en el sector de Playa Rica. Con ello, empieza la primera inmigración y un flujo de identidades que pugnaba entre lo tradicional agrario y lo moderno industrial, con su secuela de domesticación de nuevos tiempos y de nuevos espacios de reagrupamiento cultural.
Los bucólicos sonidos y las consuetudinarias prácticas de una comunidad de a pie, de a caballo, que obedecía al tañer de campanas y a los tiempos lentos y largos de las jornadas de sol, se truecan en variados ritmos y ordenados movimientos cuando el Bello de los años de 1910 a 1930, se yergue como el centro de todas las implantaciones de una estrategia de progreso industrial y vial, en la que confluyen la llegada del ferrocarril, primero que a Medellín, la creación del distrito municipal en 1913 y la fundación de Fabricato en los años veinte con su lógica consecuencia de nuevos diseños urbanísticos para las nuevas perspectivas poblacionales y la construcción de los talleres del ferrocarril, bendecidos el 20 de noviembre de 1925. Todo esto al sur y al sureste de la plaza o parque de Bello y entre los linderos demarcados por las desembocaduras de las quebradas la García y El Hato.
Las máquinas y las metáforas juveniles
El tren, y en general, las máquinas, son la evidencia tangible y concreta del pensamiento moderno. Constituyen la materialización de los distintos discursos y son los vehículos que soportan las nuevas relaciones corporales y las nuevas formas de vincularidad cultural entre los humanos de los tres últimos siglos. Si bien las máquinas van apareciendo como extensiones de los hombres y de las ciudades, con el tiempo, las ciudades y los hombres se ven como prolongaciones de ellas; las ciudades entran en el dinamismo productivo y los hombres adoptan movimientos y posturas maquinales.
La mayor y más efectiva forma de domeñar y de colonizar a los territorios y a los hombres ha sido el tren. Con él llegó todo y se fue todo. El crecimiento de una nación se ve desde el tren. Cuando los hermanos Lumière proyectaron su casi primera cinta cinematográfica, La llegada de un tren, con lo cual daban origen al cine como espectáculo el 28 de diciembre de 1895, el público que la observaba, y ante la amenaza del aplastamiento por parte de la locomotora, entró en pánico. Esa sería la metáfora del tren. Y del cine. El primer día asistieron 33 personas pero a la semana siguiente entraban alrededor de mil quinientas.
El tren movilizó material y culturalmente al siglo XIX y creó las bases de la siguiente centuria. La gran literatura se metió en sus líneas y en sus viajes. En sus vagones llegaron la medicina y las enfermedades; el telégrafo, el teléfono y los libros; la arquitectura y sus nuevos emblemas de construcción. Su trazado generó una nueva colonización y una serie fundacional de pueblos y ciudades. Con el tren revivió el nomadismo y en sus compartimientos viajaron a diversos mundos los músicos y las músicas, los poetas y las putas; llegaron los animales y perdieron la virginidad las selvas y los ríos. Con el tren nada quedó en pie, excepto sus férreas líneas y sus propios durmientes.
A Bello, la segunda gran inmigración llegó en el tren y se quedó en las fábricas. A pesar de los cambios en los escenarios urbanos, y no obstante los nuevos flujos de transporte, maquinaria y población, la visión general de tradición, propia de una república conservadora que sobrevive nominalmente hasta 1930, asimila el curso de la movilidad modernizante e impone condiciones propias del ideario conservador y católico a partir de la propuesta de paternalismo y religiosidad con la cual las empresas controlan sobre todo la vida de las jóvenes y niñas obreras que formaba la mayor fuerza laboral de estas nacientes industrias, bajo la óptica patronal de que “la empresa se presenta como una comunidad religiosa” y en la que “Fabricato pretende conservar una sociabilidad tradicional, pero poniéndola al servicio de la rentabilidad capitalista”6 para evitar los peligros de los crecientes idearios anarquista y socialista, propios de las nuevas relaciones sociales y de las modernizadoras transformaciones económicas.
Bello que en 1913, cuando se promueve como municipio, alcanzaba una población de 6200 habitantes, en 1951 se aproxima a los 35000. Lo que muestra un crecimiento moderado. Su eje habitacional se conservó hacia la parte occidental o margen derecha de la quebrada la García. Y es partiendo de la segunda mitad del siglo XX, cuando empieza a sentir un nuevo impacto migratorio en un escenario de alta violencia política nacional que promovió éxodos campesinos hacia este y otros sectores urbanos del país. Bello no consolidaba aún lazos identitarios ni vínculos sociales fuertes. Todavía sus gentes vivían con sus tiendas ancestrales de donde provenían y el rótulo de ciudad obrera, trabajadora o proletaria no se asumía con la clara dignidad.
En el editorial de “Acción”, periódico local dirigido por el joven José Abel Jiménez, del 1º de septiembre de 1945, se dice que Bello es “un pueblo compuesto de los más heterogéneos elementos, en su mayoría carentes hasta de educación rudimentaria, obreros llegados de otras partes con el único propósito de ganarse la vida trabajando duramente, sin preocuparse lo más mínimo por un pueblo que no es el suyo. Por otro lado, camarillas políticas inescrupulosas ocupadas tan sólo en satisfacer odios personales, asegurando el asiento y el agarre de las riendas con el mismo presupuesto; pero incapaces de propulsar una obra de cultura. Y sumado a todo esto, la juventud de este pueblo se consume en la inercia mental, exceptuando unas pocas unidades entregadas solamente a sus actividades escolares, por lo cual no podría dárseles siquiera el calificativo de estudiosos”.
Lo curioso, y quizá producto del notable desarraigo de sus moradores, es cómo desde los años cincuenta, la dirigencia bellanita empieza a ofrecer la ciudad y sus territorios a los urbanizadores. Pregonan a los vientos que Bello es una ciudad que merece ser urbanizada y poblada a pesar del lamento de que es una urbe sin identidad ni tradición. En 1958 el director de catastro señala en un reportaje que “debemos tener en cuenta lo extenso del territorio distrital (Bello), dentro del cual hay enormes extensiones de tierra que se prestan para abrir nuevas urbanizaciones, las que harán del Catastro de Bello, el más rico y el de mayor movimiento, dentro de los catastros, ya no digamos del Departamento sino del país entero”.7
En el mismo año de 1958, y en la misma monografía, el joven Delimiro Moreno, con la iniciativa de mostrar la realidad sociológica de Bello, afirma paradójicamente que “somos proletarios pero campesinos” en virtud de que Bello es una sociedad naciente en la que apenas se empiezan a clarificar los diversos estratos sociales. Dice en su estudio que las fronteras de las clases sociales se encuentran casi borradas, que no sería el problema, sino el hecho de que si la población de Bello salió de una masa campesina vergonzante de ello, cada quien trata de ajustar su vida, no a su condición proletaria, sino al modelo burgués que se le presenta. Sostiene que, “el campesino que vino de otra aldea (y que vivía en el marco de la plaza) quiere llegar aquí con la misma preeminencia social. No encuentra sino otros proletarios como él, antiguos campesinos. Se encastilla entonces en su propia familia. No hace vida de sociedad. Es un solitario. Como estos recién llegados, también son solitarios los habitantes originarios del pueblo. No quieren reconocer a los demás como semejantes suyos”.8
La metáfora de la juventud perdida
Las décadas de los años sesenta y setentas, dejaron ver un protagonismo más acentuado y crítico de las juventudes bellanitas que trataron de activar mayores vínculos de identificación con los movimientos mundiales en contra de las guerras, la violencia y de la condición marginal de las mujeres y los jóvenes. Mundialmente, se formaron movimientos a favor de los pueblos que luchaban por la liberación nacional, por la formación de organizaciones comunales de base, y en contra de las tensiones y presiones generadas por el chantaje armamentista de la Guerra Fría. En términos globales, los estudiantes en todas las naciones cobraron protagonismo asumiendo criterios de luchas frente a la alienación social, la explotación laboral y en contra del llamado establecimiento capitalista y de los diversos totalitarismos. Dichas fuerzas y factores políticos y sociales tuvieron efecto en los habitantes de Bello y particularmente en sus jóvenes estudiantes y en sus cuadros obreros, creando una miscelánea cultural propia de un mundo que replanteaba, desautorizaba y promovía nuevas valoraciones sobre las sociedades, las culturas y las formas de relación y representación.
De 1960 a 1980, el municipio de Bello aumentó su población casi en cien mil habitantes. Pasó de 60000 a 155000; su espectro urbano y su accionar urbanístico se modificaron en todas direcciones. Sus fuentes laborales iniciales, puntales y pilares de la primera mitad del Siglo Veinte, el ferrocarril y la industria textil, empezaron a debilitarse y empobrecerse y, Bello, hacia los setentas y los ochentas se insinuó como una ciudad que prestaba sus espacios para quienes estaban de tránsito y por eso hubo quienes la catalogaron como ciudad dormitorio.9
Muchos de los jóvenes que alimentaron sueños de revolución, renovación, justicia y equidad social, formados en los espacios culturales históricos propios de los años sesenta y de los setentas, se encontrarían con elementos de subversión y de frustración debido a la irrupción de un lado, de modelos económicos de corte neoliberal para muchas naciones del mundo, en los iniciales años de los ochenta; y de otro, con una reorganización de las fuerzas políticas en el ámbito nacional que tenía que ver con la formación de grupos paramilitares de derechas extremas y de accionar selectivo para eliminar o por lo menos contrarrestar, el avance de los grupos y organizaciones armadas o desarmadas de las izquierdas. Y anexo a esto, el surgimiento de un fenómeno nuevo en la vida nacional y local, cual fue el narcotráfico en alta escala, que con la aquiescencia de la dirigencia política nacional, e involucrando cuadros juveniles de los grupos de izquierda y de la política tradicional, forjaron nuevos paradigmas de identidad juvenil y social para las décadas posteriores.
Los últimos veinte años del siglo pasado, fueron de alto riesgo, amenaza y deterioro social y cultural para Bello. Su cuerpo social hizo crisis y sus juventudes fueron protagonistas de la miseria, la muerte y el despropósito. Iniciado el año de 1981, Aída Hernández, directora del Departamento de Planeación de Bello, considera que aquí hay problemas de planificación urbanística que conducen a agravar los de acueducto y alcantarillado. “Acá en este distrito se han presentado muchas urbanizaciones piratas”.10
La explosión urbana, la pauperización de la población y el déficit en servicios públicos al inicio de los ochentas, pone en alerta a la dirección regional y de nuevo el municipio se llena de proyectos para ofrecerse como la mejor opción de inversión industrial y comercial. Bello es en 1983 el municipio con mayor demanda de vivienda. El director de planeación Luis Fernando Berrío, dice que hasta 1981 la demanda es de 31000 viviendas.11
La crisis aflora de tal suerte, que Fabricato está pidiendo la solidaridad ciudadana para no quebrar y empieza a vender acciones en todos los ventorrillos y almacenes. En la entrada al palacio municipal, se venden acciones de Fabricato a 7 pesos para la reactivación de la empresa textilera. Entre tanto, el alcalde, Juan Ignacio Castrillón, agradece públicamente a Ardilla Lule, por haber puesto los ojos en Bello con su embotelladora Postobón y realiza una clamorosa petición a la Andi, para que se vincule a Bello: “Este municipio posee tierras suficientes y a muy bajo costo y surtida de los servicios infraestructurales indispensables. Es un punto de confluencia del complejo vial que irriga el territorio nacional, y proyectos de la talla del tren metropolitano, la variante de la autopista, las terminales de carga del ferrocarril y del transporte terrestre, etc., convierten a la ciudad en un óptimo sitio para la implantación de la moderna industria antioqueña.”12
En el marco cultural, los habitantes de Bello demandaban escenarios, espacios y un nuevo orden que promoviera la expresión artística y las expresiones educativas, recreativas y literarias. Luciano Rodas, colaborador del periódico local, El Quitasol, reconoce que en Bello no hay escenarios adecuados para mostrar el quehacer de sus artistas y que los eventos culturales cuando aparecen se toman como plataforma política y que no hay en la ciudad ni asociación, junta o comité que reúna a los representantes culturales que ponga a marchar el arte bellanita.13
Los problemas de Bello tocaron fondo y se concentraron en los puntos más débiles de la sociedad. El personero municipal en el año de 1989, sostenía que el incremento de homicidios, la drogadicción, y en especial el consumo del bazuco, son los mayores flagelos de Bello, que están destruyendo al mayor recurso humano que tiene la sociedad: la niñez y la juventud.14
En 1990, el alcalde Federico Sierra, dirige el oficio N.º 064 al presidente de la república, César Gaviria, a manera de SOS general; diagnostica la pavorosa y calamitosa situación social de Bello y especialmente de su juventud. Señala que los problemas nacionales y particularmente los de Medellín, en sus comunas noroccidental y nororiental, han irradiado el marco municipal de Bello y de sus gentes: “Nuestra juventud se hunde cada vez más en el oscuro mundo de la delincuencia y es por ello que la violencia nos ha golpeado tan rudamente en los últimos años.
Cerca de 1500 bellanitas entre los 12 y los 16 años engrosaron las filas de las numerosas bandas que aquí operan, por lo que no resulta extraño que el 91.4% de los homicidios no presentan sindicado… Hoy como gobernantes, vemos impávidos cómo los comerciantes e industriales abandonan nuestra ciudad víctimas del chantaje, el boleteo y la extorsión. Pero, qué esperar señor presidente de una juventud a la cual hemos negado el derecho a pensar siquiera en un futuro, porque las calles se han convertido en su única alternativa al ver cerradas las puertas de la educación y el empleo. Sólo este año, ocho mil niños vieron frustradas sus aspiraciones a la básica primaria y cuatro mil jóvenes a la básica secundaria.”
Lo demás es historia y está por hacerse. Y decirse. Y juzgarse. Bello sigue siendo una ciudad joven que ha excluido a sus jóvenes. Su juventud ha sido periférica y en esas periferias sociales se dinamizan, transforman y se movilizan los valores y referentes sociales de las ciudades. El hecho de que las juventudes no sean oficial y formalmente protagonistas, las hace más fuertes y subversoras. En las periferias arrabaleras nace casi siempre la comunicación emocional y placentera pero igual, las nuevas simbologías y las resignificaciones. No tanto la resignación ni la persignación. En las márgenes se nutre lo inútil y se registran la sensibilidad artística y la intuición creadora
Epílogo metafórico
La juventud moviliza estados de soledad y de sociabilidad. Ambos son transitorios y comunes al ser juvenil. La soledad no es dolorosa ni cruel cuando es producto de una conquista; de una elección. A ella, a la soledad se aspira y se llega después de la vida en común. El solitario es un sobreviviente de la sociabilidad que logra al fin reconocerse en el afuera de toda sujeción y de toda relación de fuerza. La soledad es una decisión que se empieza a tomar en pequeñas dosis desde que se intuye que toda unión somete y esclaviza.
Si Bello aparece hoy bajo la resignificación juvenil de Ciudad de los Artistas, es porque el arte no puede ser central ni nunca lo fue. Está en la piel; en la periferia, en los límites. Oscar Wilde, en su Retrato, que envejecía, mientras el artista mantenía su juventud, decía que el arte era verdaderamente inútil. Y esa es su mayor utilidad. Bello, para mantenerse como ciudad joven tendrá que ser y seguir siendo narrada, pintada, cantada, bailada y sentida. Tiene que volverse expresión, emoción y palabra. Tiene que ser memoria y la memoria es más viva en la infancia. Porque la infancia no tiene forma, ni tiempo, ni espacio. Es sólo arte. La infancia reclama vida. Por eso ninguna ciudad podrá malversar a sus niños ni a sus jóvenes. La infancia y la juventud tienen miradas locales, regionales. La territorialidad y la llamada patria se forman en los primeros años. También los inicios de la identidad, y en ello intervienen todas las acciones culturales, sobre todo, el lenguaje mismo. La historia debe preguntar por los muertos pero tiene que responder por los vivos y por lo que no les deja vivir. El arte no pregunta ni responde, hace vivir. La ciudad de los artistas será para la vida, que siempre es joven.
Referencias
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1. Marco Fidel Suárez. Los sueños de Luciano Pulgar. Biblioteca de autores colombianos. Tomo XII. Pág. 402
* Sobre este aspecto me permito remitirlos al artículo
«Paisajes literarios de Bello», de la revista Huellas del Centro de Historia de Bello N.º 5 de diciembre 2003- marzo 2004. Página 22. Allí formulo la tesis o la sospecha de que el nombre de Bello, que en el año de 1884 reemplaza al de Hatoviejo, es producto del ingenio del joven Marco Fidel Suárez y de sus sacerdotes amigos y protectores, Baltasar Vélez y José María Nilo, quienes firman y probablemente redactan el memorial dirigido al presidente del Estado Soberano de Antioquia en el año de 1883 con el ánimo de que se le cambie el nombre al pueblo de Hatoviejo.
2. Marc Augé. Los no lugares, espacios del anonimato. Editorial Gedisa S.A. Barcelona. 2000. p- 41.
3. Marco Fidel Suárez. Sueños de Luciano Pulgar. Biblioteca de Autores Colombianos. Tomo IX. Pág. 127 4 Ibid. Tomo XII. Pág. 403
4. Ibidem
5. Archivo Histórico de Medellín. Tomo 274 (II) Concejo. Folio 1085.
6. Daniel Pecaut en el prólogo al libro Mujer, religión e industria de Luz Gabriela Arango. Editorial UdeA. Colección Clío. Medellín. 1991 pág. 20-21
7. Bello, Monografía. Editorial Hemisferio. N.º 21 septiembre 1958. Medellín
8. Ibid. Pág. 62
·· Sobre la vida cultural y social de Bello en estas décadas de los sesentas y setentas y particularmente del protagonismo de los jóvenes, sería importante leer los artículos de Reinaldo Spitaletta y de Guillermo Aguirre de la revista Huellas N.º 5 del Centro de Historia de Bello y el artículo de Adriana Correa de esta revista Huellas de Ciudad no 9.
9. Ver Bello, Patrimonio Cultural. Pág. 245. Guillermo Aguirre y otros.
10. El Colombiano. Lunes 20 de abril de 1981. pág. 4C
11. El Quitasol. N.º 24, de noviembre de 1983. pág. 3
12. Ibid. Pág. 12
13. El Quitasol. N.º 17 1983.
14. Revista Distritos. N.º 44. 1989

