Por Sergio Espitaleta
Nacimiento con melodía de arrabal
Bello, municipio de historias por contar y caracterizado en su devenir por múltiples acontecimientos de orden histórico y sociocultural, ha sido escenario de flujos migratorios y de grandes proyectos, siempre lleno de una variedad de sueños, que han marcado hitos significativos en la convulsionada vida nacional. En poco menos de cien años, Bello pasó de aldea a ciudad cosmopolita con desarrollos urbanísticos y económicos espontáneos y desordenados en muchas ocasiones, y deliberados y organizados, muy pocas veces. Desde siempre se mantuvo como fuente de sueños y de ilusiones, y tal vez por ello su seno se vio colmado de muchos inmigrantes que igual, llegaron con la intención de confeccionar las telas de los hilos perfectos de sus vidas en ese puerto seco bañado, paradójicamente, por generosas aguas.

Cuando empieza la municipalidad en 1913, Bello ya está pensado como un gran proyecto de modernidad, desarrollo humano y progreso cultural. Y ya tiene sus relatos y mitos fundantes. Ya era un sueño soñado por otros; pero también era la materialización de un sueño soñado por los viejos hatoviejeños que desde 1883 ya habían hecho el corte nominal y simbólico de dejar de ser habitantes de las mangas y de los potreros para convertirse en seres de la ciudad y del urbanismo. Ellos, no querían seguir llamándose hatoviejeños sino bellinos en virtud del ejemplo que Marco Fidel Suárez, les estaba señalando como un pueblo de seres de buen hablar, buen decir y buen escribir como Andrés Bello, el caraqueño que crea la primera gramática para los latinoamericanos. Bello se tendría que llamar ese poblado, de única calle inmensa pero ya marcada por la división de calle Arriba y calle Abajo.
Y ese fue el primer sueño soñado y cumplido. Ya nadie se podía avergonzar por llamarse hatoviejeño. Desde 1884 fue Bello. Así lo habían soñado los curas amigos de Suárez y el mismo Marco. Pero desde Medellín, ya lo habían soñado los arribistas y noveleros habitantes de la Villa de la Candelaria como un centro idílico de diversión, esparcimiento y de eróticas lúdicas. Según Tomás Carrasquilla, en su novela Grandeza, Bello era un escenario paradisiaco, bucólico y de una inmensa riqueza paisajística donde todo convidaba al goce, a la contemplación, la sensualidad y el placer. Bello, unos años antes de ser municipalidad, era llamada por Carrasquilla la aldea arcadiana, “el lugar soñado para el reposo y las meditaciones” y deplora y exhorta al ruego para que “no seas nunca pueblo grande.” Según el autor de la Marquesa de Yolombó, Bello periódicamente se llenaba de visitantes dionisiacos cuyas iniciativas y propósitos no eran otros que mantener en alto el sentimiento de la fiesta, la embriaguez y el desenfreno que contrastaba con las beatas y sacras ceremonias y procesiones católicas que hacían algunos por las calendas decembrinas.
Pero, más allá de espacio edénico para el placer y las contemplaciones, a Bello lo habían soñado el grupo selecto de empresarios antioqueños, muchos de ellos, formados en la Escuela de Artes y Oficios y en la Facultad de Minas, para asentar aquí, en la historia nacional, el primer laboratorio industrial textilero con fundamentos tecnológicos de la época.
Bello fue, quizás por las anteriores razones, uno de los primeros municipios de Colombia que empezó a forjar su fisonomía territorial y su estructura cultural en torno de unidades significativas, dinámicas y organizativas llamadas barrios. Bajo el criterio tácito de unidad en la diversidad y en virtud de la afluencia, la migración y los anhelos de encontrar amparos y experimentar encuentros más amables y de menor tensión, Bello se fue nucleando en sectores de referentes múltiples que consolidaron lazos y vínculos de afecto, sistemas de integración, vasos comunicantes y espacios de aliento y fabulación que fueron y son sus barrios.
Bello es una ciudad de barrios y de barriadas. Cuando dejó de llamarse Hatoviejo, en 1883, no llegaba a los dos mil habitantes. A principios del Siglo Veinte era una calle muy larga salpicada de casas, con algunas pocas manzanas en torno del templo. Y esa calle estaba dividida en dos barrios, la calle Arriba, habitada por los “ñoes” o señores, y la calle Abajo, asiento de los “dones” o los más pudientes, según la referencia que hacía Marco Fidel.

Bello fue creado como municipio en 1913. El mismo año en que los Estados Unidos inauguraron el canal de Panamá, un año antes de que empezara la Primera Guerra Mundial, un año después de que se hundiera el Titanic; en el año en que Méjico vive su segunda fase de revolución y el año en que se crea el equipo Medellín Football Club. El presidente de Colombia era Carlos E. Restrepo. En 1913, otro sueño de la sociedad antioqueña ya casi está cumplido: El ferrocarril, que comunicará a Medellín y al naciente municipio de Bello, con Puerto Berrío, y por vía del río Magdalena, con Barranquilla y el mundo.
Las corrientes poblacionales de formación y ocupación de los barrios de Bello se originaron gradualmente en los extremos norte y sur, acercándose al centro. Las razones las impusieron los polos industriales de la fábrica vieja al norte y las terminales de trenes y creación de Fabricato, al sur. La ciudad que se empieza a construir tiene entonces una conformación obrera que se asienta en las cercanías de las fábricas y del ferrocarril. Allí empieza a forjarse la vida de barrio que más tarde se extenderá en otras dimensiones y con diferentes criterios. En Bello, a diferencia de otras ciudades, los barrios no son presionados ni promovidos por el centro, plaza principal o parque. La estimulación la hizo el trazado de vías como El Carretero, la calle Cisneros y el trazado de La Callecita (La Salvial) que unió El Carretero con la llamada calle Arriba.
La vida de barrio en Bello, representa la asunción de una masa migratoria que tiene expectativas de especialización en oficios obreros que son nuevos en la sociedad de entonces. Llegan con sus influjos pueblerinos y proponen las arquitecturas y expresiones culturales de su procedencia.
- Viejo barrio
El barrio es la versión infantil de la ciudad. Es la memoria viva y fundante de todo ciudadano. Es memoria arraigada y dinámica porque va, vuelve y se mantiene hasta el ocaso de la vida. La memoria del barrio es narrativa y mítica, casi ahistórica porque está hecha de pedacitos de tiempo y de territorios elásticos e inflables. La memoria infantil, igual que la barrial, no se construye con ideas, conceptos o razones. Se teje con vivencias; con sensaciones y sensorialidades. El barrio tiene una impronta infantil, y hasta juvenil, que se estampa primero en el cuerpo, atraviesa lentamente los sentidos y tardíamente, se vuelve registro y referencia de imaginación para renacer como narración o ejercicio artístico.
Si el barrio por definición es una exterioridad en contraposición a un centro de ciudad, su influjo vital recae, igualmente, sobre la exterioridad de los seres que lo habitan. El barrio influye en la epidermis y en la sensorialidad de los sujetos que lo conforman. El barrio es el afuera que resignifica la existencia, que promueve diferencias y con ellas, nuevas identidades. El barrio como espacialidad cultural marca nuevos sentidos a la ciudad, propone nuevas relaciones y vivencias, y aumenta el espectro creativo de ella. Frente a la centralidad citadina, el barrio es alternativa de nuevas visiones y de diversas acciones significativas.
El barrio es el descomunal lugar de la gente del común, de los que viven en comunidad. Es una conjunción de seres en relación vivencial y simbólica; curiosamente, es un espacio público que a la vez, guarda algo de secreto, de doméstico y de intimidad para quienes vitalmente lo integran. Por eso, la vida de los barrios o de quienes habitan los barrios es de completa comunicación y de permanente intercambio. Por ello los barrios tienen escenarios para la vida pública y lugares para lo privado e íntimo. También para lo secreto. La vida cotidiana de los barrios está llena de prácticas públicas como las charlas, las conversaciones, los juegos, los rituales, las diversiones, los encuentros, las reuniones y muchas más actividades comunicativas que requieren de espacios como las calles, las esquinas, las tiendas, los bares, los cafés, las plazas, los parques, los teatros y demás lugares públicos para que se produzca y se mantenga la vincularidad comunitaria.
Pero la vida en los barrios no siempre es tranquila ni uniforme. También en los barrios existen las diferencias, los conflictos y se producen rompimientos de los acuerdos y de las formas normales de vivir. A veces sus habitantes tienen problemas difíciles de solucionar y la vida se torna dura y violenta. Y es entonces cuando sus moradores tienen que ser creativos para superar obstáculos y salvar su pertenencia a ese pequeño universo barrial en el que han vivido y que merece conservarse.
El barrio no es solamente un territorio. Es una trama simbólica que se urde y se narra día a día. Es una multiplicidad de imágenes que aparecen y se sienten y van forjando una memoria particular que conecta a otras más amplias en la medida en que hay identificación con la condición humana, similar en todas partes. Por eso, cuando aparecen las narrativas de barrio, bajo criterios y formas artísticas, entonces vuelven las danzas de las fantasías y los viejos fantasmas infantiles bajo ropajes representativos de evocación, recuerdo, ensueño, y sus consecuentes de nostalgia, expresión emocional y carga sensible.
Los barrios, más que una estructura racional, tienen una red sensible y poética. La vida del barrio es expresión estética que emana de un núcleo vivencial. La memoria del barrio sería una síntesis artística de un complejo relacional y conductual que debe mantenerse patrimonialmente.
- El alma inquieta del barrio
Es posible hablar de una sensorialidad de la ciudad y de los barrios como elemento básico de las narrativas artísticas que involucran los relatos e historias de barrio y de ciudad. La canción, la poesía, la literatura y las artes plásticas se nutren de esa sensorialidad que tiene una historicidad y una circunstancialidad específicas, pero que hacen parte de la condición humana reconocible en cualquier individuo y en cualquier sociedad.

Bello nació con los modernos ruidos. Como ciudad de barrios, nació con el fonógrafo, la radio y la expansión de la electricidad y del cine. También con los carros y con la explosiva combinación argentina de fútbol y tango. Con seres de la errancia y el vagabundeo, de los que buscan fortunas. Con seres de alma gitana. Con seres caminantes de pueblos y luego de barrios. Bello nació como ciudad ruidosa, poco amante de los silencios; así uno de sus referentes simbólicos sea la duma silenciosa o ángel de El Calvario, ahora Casa de la Cultura. Ha tenido una historia de ruidos y quizá de musicalidades. Sonora en sus aguas y en sus brisas, se ha formado poblacionalmente con pregones y pregoneros, con bares y cantinas de voces múltiples, con esquineras tiendas mixtas y con iglesias de sermones, bandas y matracas. No ha tenido espacios para el silencio. Ni siquiera en sus mangas, invadidas por los gritos juveniles de camorras futboleras. Bello nació como ciudad de barrios, populosa y popular sin referentes de aristocracia, excepto en las diferenciaciones de obreros y comerciantes.
Los llamados iniciales a la vida barrial, llegaron desde los relojes, los campanarios, los pitos y las sirenas que impusieron un orden al espacio y al tiempo. Los primeros retazos de barriada con vocación obrera, se empezaron a formar con inmigrantes de pueblos cercanos que conservaban su alma campesina y que poco a poco se la fueron vendiendo al diablo citadino y ciudadano. La primera caída en tentación fue a través de la instrucción y la enseñanza para los nuevos oficios en fábricas, ferrocarriles y talleres; la segunda, el hecho de tener que construir en común con los nuevos inmigrantes; la tercera, tratar de reconocerse en las nuevas simbologías de la ciudad, evidenciadas en espacios de sociabilidad como la fábrica, la iglesia, el café, la cantina, el bar y la calle con sus ingredientes de juegos, fútbol y comercio indiscriminado. Para los hombres, en el café, caló la radio, en el bar, recaló el tango como canción ciudadana y en las calles, penetró el fútbol. El grueso de las mujeres quedó en el adentro de la casa, la fábrica y la iglesia o en los límites de la acera, la tienda y el atrio.

- Barrio, cuna de todos los amores
Bello tiene el colorido de sus barrios y de las acciones de quienes los han ido construyendo. Nació con calles largas para carruajes textileros y para obreros caminantes que luego se montaron, con termos y relojes, en la incipiente simbología de la bicicleta, expresión de contraste moderno entre ellos, trabajadores urbanos, y los que todavía cargaban el capote campesino de ir a caballo.
Esa mezcla campesina y obrera generó en los barrios de Bello una diversidad visual, según las tonalidades de los oficios. Tonalidades culturales que incrementaron la riqueza lingüística y expresiva en las voces y en las arquitecturas. Bello imbricó su tejido social con obreros textileros y ferrocarrileros, y con campesinos y pueblerinos inmigrantes que trajeron sus propios oficios, o inventaron otros para los nuevos espacios de la ciudad.
Los barrios se fueron pintando de algodones fabriles y de algodones rosa de azúcar. De palomas de maíz, de caramelos, solteritas y dulces pueblerinos; de velitas de coco, de helados y cremas. También de chiqueros y marraneras, de chivos y gallinas. De tarritos transparentes de conservas, de vitrinas de madera y de vitrinas de narices chatas. Aparecieron las visuales de sotanas con poncheras, y de monjas con canastillas. De mujeres con talegos de ropa blanca a la cabeza y tribunas públicas con hombres de plaza pública. Mujeres de ropas de colores fuertes de casas públicas que eran vigiladas por señoras de ventanas oscuras y secretas.

Los barrios se fueron tejiendo espontáneamente según los límites de la pobreza y el centavo. Según las quebradas y los quiebres de la tierra y su valor. Se fueron llenando de pasajes, inquilinatos y callejones. Calles como talegos, como jugadas de ajedrez, contrastaban con las primeras vías textiles como el Carretero y la Calle Cisneros. Pequeñas calles soñadas al azar, como los amores de postigo, como los noviazgos eternos que iniciaban en las esquinas, llegaban a la acera, luego a la puerta y terminaban en la sala. Callecitas que desterraban los erotismos paganos hacia las mangas, las cañadas y los rastrojos.
Los barrios en sus recorridos por el tiempo histórico, fueron forjando fisonomías y comportamientos. Por sus calles de ensueño fueron pasando no sólo los de a pie y los de a caballo, sino los montados en las cuatro ruedas del motor en T. Los pregones religiosos, comerciales y políticos llegaron primero con las emisoras radiales y después viajaron en el jeep Willis de Enock Roldán con sus cines y películas ambulantes.
Los barrios en esos choques culturales y en esos enfrentamientos técnicos de vieja y nueva usanza, crearon una iridiscencia variada que se volvería arquetípica. Fueron llegando los niños voceadores de prensa con sus crónicas rojas y con sucesos sensacionales; afloraron las imágenes fotográficas para lo público y lo hogareño que poco a poco fueron arrinconando a la imaginería religiosa. Las salas se llenaron de retratos matrimoniales, de primeras comuniones que también pugnaban por ganarles espacios a los diplomas de terminación satisfactoria de los estudios elementales con excelentes conductas y disciplinas, al Corazón de Jesús, y a los almanaques de Pielroja, que sólo se descolgaban para los velorios y las novenas.
Los primeros carros de vecinos de barrio no fueron para el uso privado de las familias sino para el transporte de materiales. Los carruajes lecheros tirados por caballos fueron desapareciendo bajo la competencia de los camiones de las pasteurizadoras. Y la tortura de la consecución del litro de leche cundió en los barrios. Las volquetas, los camiones y los taxis, abrieron trecho en las empedradas y polvorientas calles de los barrios. La visual de los buses escalera y de las arrieritas Volkswagen, ganó en presencia en la urbe. El carro de Arboleda, y su desesperante lentitud, quedaron en la memoria alegre de los moradores y usuarios de Bello. Los carros quebraron también el imaginario mortuorio cuando iniciaron el transporte desde las funerarias de Chito Holguín y de La Veracruz.

Los barrios se fueron creando con una ingenuidad activa pero allanaron una mentalidad épica con ingredientes guerreros con brazos y manos que lanzaban piedras, blandían cuchillos o levantaban machetes y peinillas. Erigieron sus propios héroes y sus antihéroes. Quizá sirvieron de alimento para estos efectos el imaginario histórico violento de Colombia, el influjo radionovelístico, la literatura folletinesca de comics, el malevaje barrial y los cotejos futboleros que muchas veces terminaban en derrotas o pedreas, o las expresiones guerreras en miniatura de las intolerancias políticas y religiosas.
También hubo héroes y antihéroes del centro o del parque, como el arrastrador, el dentista, el comisionista, el prendero, el almacenista, el policía, el tinterillo, el loco violento o cordial, hecho en el manicomio de Bello, el jubilado, el alcohólico y el politiquero.
Barrio…al evocarte se me pianta un lagrimón
Bello es una ciudad de olores rápidos, de golpes de vientos y corredores de brisas permanentes por Niquía, su barrio más grande. Las ráfagas de Niquía tienen una lejana memoria marina, tienen olores planos y sabaneros, de búcaros, cañaduzales y cañabravas. Niquía tiene el olor de la tierra ferrosa y bermeja, y según la dirección de sus vientos, huele a cementerio indígena, a señorita o a baño de seminarista. Sus cerros tienen formas femeninas, árboles enanos y soles nacientes.
Los olores de Bello, fueron recogidos por sus niños y los mantuvieron por siempre. Olores a musgo y a tierra amarilla. A mango viche escolar, a paletas de Matrero y a ponche chino. Olores de empanadas y buñuelos callejeros. Olores que montaban en bicicletas parveras de Panadería Palacio, olores de colchones de paja con hueco en la mitad, vendidos por turcos y judíos que se quedaron a vivir en el parque de Bello después de tantas hégiras y muchas diásporas.

Olores de fogones de leña, carbón de piedra y de petróleo. Olores de canoas escolares y de niños caminantes, pantalones cortos, pies descalzos verde amarillos, que cruzaban boñigales, pantanos, “burros” y acequias. Olores de “mogas” con el sello cetrino de las hojas de plátano y bijao.
El barrio Manchester olía a Fabricato. A humos de chimeneas, a grasas y aceites de ferrocarril y a viandas de Patronato. Santana tenía aromas de eucalipto y de telas teñidas de Pantex. La Cumbre y sus alrededores guardaban el vaho de leche ordeñada de vacas caseras, emanaciones de pomares, cachos quemados y aguas filtradas. El Carmelo tenía el olor del barro y de los tejares, pero sus casas tenían el espíritu volátil de las tejas de asbesto. El barrio Pérez tenía los alientos de los chivos, de los nacimientos de agua, del burro de las Clarisas, del fangoso burro de María Cocuy, de las jabonosas chumbimbas y de los mangos matasanos. Prado y sus habitantes, guardan la olfativa memoria de los chivos bañados con manzanilla y de la espumosa leche de cabra para la asfixia que vendía doña Angélica Isaza. A los pobladores de Prado les basta escuchar “Sangre maleva” para evocar hedores de orinales de bares y cantinas, mezclados a meaos y cagajones de caballos azulirojos, ebrios y cuchilleros.
Los mismos efluvios se reunían alrededor del Paraguay y de la plaza de mercado con los emblemáticos aromas de huevos, rilas de gallina y yerbas medicinales. La carrera 47, en el sector de Prado, se reconocía por el olor a sacol de zapaterías y de parches de bicicletas. Los estudiantes del Instituto, mantienen el registro olfativo de sus alrededores: un olor a formol al sur; a lavadero de carros y bombas de gasolina, al norte; a sancocho de plaza de mercado, al este, y a empañetados de boñiga, baldosín y granito al oeste.
Los niños y jóvenes de muchos barrios de Bello, se fumaban los olores a cachimba y a tabaco de las lavanderas. Los humos de Pielroja, Victoria y Dandy. Y el acentuado aroma de mariguana en mangas, solares y esquinas de todos los barrios. De eso saben mucho sobre todo, los que caminaban por El tapón y El talego, que allí se vendían hasta las matas con raíces.
El Congolo tiene el olor eterno de la morcilla y el chorizo. También los disputadas fragancias de las velitas con coco de Joaquina y de los bombones de panela y coco de tres de la tarde de su vecino de enfrente, que habilitaban a la carrera 50 para que pasara el olor a coronas de entierros de las cuatro en punto, rumbo a La Selva y al lejano cementerio de San Andrés, que olía a cemento nuevo y no a ladrillo húmedo como el derruido de Nazaret, en cuyos terrenos el padre Gaviria hizo construir el colegio de las españolas que guarda el frío olor de huesos y de cajas con diente de oro, hechas por don Celio Arroyave.
El parque principal de Bello, Santander, desde hace mucho tiempo emana vaharadas no sólo de cafés, bares, dentisterías y consultorios dentales, sino de aires mefíticos, producto de las quemas permanentes de manzanillos, lagartos, sapos y culebras de los brujos, caciques y chamanes de los barrios.
Los barrios tienen alma, sentido y significado cuando inician y mantienen una construcción colectiva, cuando los afectos evidencian solidaridad y lazos vinculantes a pesar de las normales resistencias. Eso permite que tengan memoria para activarla en la evocación sensible. Pero tienen que trascender su sensorialidad y sus sensibilidades para alcanzar una ética y una estética de las libertades, las seguridades y las alegrías individuales y colectivas. La nostalgia de barrio, más que piantar lagrimones, busca volver al encuentro del pedacito de cielo infantil y a la sonrisa que produjo la experiencia juvenil de un beso robado al azar.
Referencias
- GUTIÉRREZ, Jairo. Identidad y estética urbana en Bello. En: Revista Huellas de Ciudad, No. 8, diciembre de 2005, p. 49.
- SPITALETTA, Reinaldo. Por los barrios de Bello. En: Periódico El Municipio y su Historia, Año IV, No. 5, 1996.
- ALCALDÍA DE BELLO. Primer Concurso de Historia de mi Barrio y Vereda. Secretaría de Participación Ciudadana, 1997.
- CENTRO DE HISTORIA DE BELLO. Tercer Concurso de Historias de Barrio. Bello: www.centrodehistoriadebello.org.co
- Entrevistas a: Francisco José Restrepo, Gabriel Restrepo, Guillermo Aguirre, Rosmira González.

