Si averiguara a estas gentes… pero uno pasa al lado y ni mira ni se interesa, que cada cual remiende sus retazos.
Manuel Mejía
Calle vieja es una ínsula entre La Gabriela y Bellavista. Es un caserío levantado entre roquedales de las laderas de la carretera a Bogotá, cuyo perímetro abarca desde Quebrada Seca, la cárcel y la ruta a Copacabana. A la margen izquierda, se encuentra la fábrica Inca metal y el Lago que en un tiempo no muy lejano será un parque ecológico, cuyo lecho, según las dudosas estadísticas y los comentarios inciertos, está atestado de una centena de muertos.

En casi una década, puedo atestiguar de una decena de muertos, con otro que una tarde se colgó de un árbol de las orillas y quedó como un asta sometido a los embates del viento. La única razón aceptable para este camposanto es la presión del agua detenida y la inexperiencia de los bañistas de Medellín y sus alrededores no muy baquianos y aún, al abuso del chamberlaín y la cannabis.
Del barrio, creo, sólo ha habido un muerto. Sin embargo, esta playa propicia para el paseo de olla no estaba exenta de amantes que copulaban en los matorrales ahora inexistentes, pues los escombros, y las vacas de Don Luís han dejado una tierra, áspera y estéril. Además, es preciso no olvidar, que estamos hablando del lecho del Río Medellín.
Estas tierras eran de Gustavo Peláez y familia. Un hombre nacido en Carolina en 1923, era masón y tenía unas minas en Ecuador. Poseo una foto, en que esta con Carlos Lleras Restrepo y Manuel Mejía Vallejo.
La familia de los Peláez, habían construido sólidas casas de adobe colorado con piscinas para que disfrutara su extensa parentela; hasta que un día de abril de 1995 falleció. Después la herrumbre y el tiempo fue acabando con todo y una de las dos casas fue cerrada con todas las pertenencias, como si fueran a volver a la semana, ignorando quizá que nunca más iban a regresar.
En estas calendas supe que la casa estaba abandonada y sólo vi escombros: alguna silla Luís XV, una pieza con los guardarropas desbaratados y la ropa regada en el piso, sucia y empolvada; las canillas reventadas, las puertas y las ventadas desgajadas, un garaje vació y una biblioteca saqueada: el piso estaba atestado de papeles, periódicos, revistas y libros destrozados. Allí en ese
maremagnum rescaté, no sin un pálpito de susto, un tomo del Petit Larrouse y unas hojas sueltas del viaje al Parnaso de Cervantes. El resto, había sido cargado en bultos y vendido a los anticuarios o en el viaducto del metro de la estación Prado bajo una cláusula tenaz: si no le costó nada, no vale nada.
Por el tamaño de las estanterías y los escombros, creo que había una suma nada despreciable de libros en Hato Viejo, donde aún hoy no existe una librería.
Han pasado los años y ahora la casa está remodelada y es habitáculo de una fundación de asistencia a los alcohólicos y los drogadictos. La historia es que Gustavo Peláez, antes de fallecer había vendido unos lotes de ocho metros por quince, a personas escasas de dinero, para ir pagando por cuotas a la medida de sus bolsillos. Se trasladaron a ese barrial sin alcantarillado ni energía, y algunos construyeron sus viviendas con desechos industriales hasta que tuvieron que vender la mitad por el doble del costo inicial, olvidando que los potenciales compradores eran igual de necesitados que ellos, emigrantes de la fértil vega y las libres montañas que al encontrar todos los cerros copados del valle de los aburráes y al no ser posible de pernoctar a un lado del bronce de Marco Fidel Suárez enrumbaron para Calle vieja. Así Calle vieja que antaño fuera una calle se convirtió en dos calles, en tres calles, en cuatro calles habitado por hombres de municipios de Antioquía, Chocó, y la Costa, arrumados en su pequeña colmena labrada por sus propias manos. La voluntad de servicio de un sacerdote hizo que construyeran un edificio de seis pisos.
Cuarenta años atrás habían llegado de Jericó, Don Enrique y Doña Tulía; de Cocorna, Ramoncito y una recua de mujeres; Don Luís, Saulo, Felipe que se mordía los nudos de los dedos cuando estaba rabioso y que en casi un lustro nunca ví sentado en una mesa comiendo: se alimentaba de gaseosa y mecato.
Tenía atiborrado este barrio de máquinas viejas que compraba a precio de remate de feria. Casi todos ellos pudieron haber leído la columna de Luís Pérez Gutiérrez; escrita en el periódico el Colombiano, en agosto de 1957, Intitulada La despoblación de los campos: “Es preciso volver al campo, no abandonar el campo ni desamparar al hombre de campo”.
Todos sabían de los milagros de Marianito y aunque no habían leído sí les tocó
vivir estos duros versos de Barba-Jacob:
“Señora, buenos días; señor, muy buena días… Decidme, es esta granja la que fue de Ricard?
No estuvo recatada bajo fondas umbrías? No tuvo un naranjero, y un sauce, y un palmar?“Recuerdo… hace 30 años estuvo aquí mi cama hacia la izquierda estaban la cuna y el altar
Decidme, y por los techos aún fluye y se derrama, de noche, la armonía del agua en el pajar?.
Ahora la entrada de Calle vieja esta adornada con una pancarta de un candidato, unos dos o tres huecos y basura! La calle es un mero basurero! Y una hilera de carcazas de taxis amarillos listos para la chatarrería.
He escuchado, que nadie soporta ese prosaico y desagradable nombre y aunque no he visto ni una orquídea algunos sugieren que el barrio se llame las orquídeas; nombre más bien apto para una urbanización, dicen las críticas. Otros, sugieren que Villa Roca, como el nombre de la tienda de Omar: Nadie podrá sentir vergüenza, al decirle a un conductor ¡Por favor, me lleva al barrio
Villa Roca!.

la tragedia de 2010
el domingo 5 de diciembre de 2010 a las 2:30 de la tarde, ocurrió en Calle Vieja, la tragedia más grande ocurrida en el Valle de Aburrá, cuando se precipitó una avalancha de 8.000 metros cúbicos de tierra acabó con la vida de 80 personas y, además, les quitó su hogar a otros 222 damnificados del barrio La Gabriela de Bello.
la tragedia se presentó por el desplome de una escombrera que operaba en la parte alta de la montaña del sector Calle Vieja.
A un año de la tragedia, 5 de diciembre de 2013, la Alcaldía del municipio en manos de Carlos Alirio Muñoz, organizó una celebración eucarística que se llevará a cabo en la calle 20CC # 41C – 30, en el barrio Santa Rita.
Además, la administración municipal entregó 115 viviendas de interés social construidas en la urbanización Montes Claros, 60 de ellas a las familias afectadas por la emergencia.
Según la Secretaria de Bienestar Social, Natalia Builes, en los últimos tres años la Alcaldía ha invertido alrededor de 1,793 millones de pesos por concepto de subsidio de arrendamiento que han sido entregados a los afectados.
El 21 de marzo de 2025 el Tribunal Administrativo de Antioquia dio a conocer una sentencia de segunda instancia que condena al municipio de Bello y a un particular a indemnizar a la familia Madrigal por las 10 víctimas de su hogar. Se trata de la confirmación de un fallo de primera instancia del Juzgado Veintiséis Administrativo Oral del Circuito de Medellín, del 16 de agosto de 2022.
Comentó Javier Villegas Posada, representante de la familia Madrigal y de los seres queridos de otras 50 víctimas, que fue una tragedia anunciada porque varias entidades hicieron advertencias como Corantiquia, la subbdirección Ambiental del Área Metropolitana del Valle de Aburrá (AMVA) y la Dirección de Prevención y Atención de Desastres (Dipad) de Bello. Existía un posible riesgo para los habitantes del sector de Calle Vieja por la presencia de una escombrera ilegal en la zona.
En la sentencia del Tribunal, hay consideraciones como es el hecho de que desde 2002 una residente del sector denunció y alertó ante el Municipio y la Fiscalía el peligro en el que estaban. Consta en el documento que el 12 de diciembre de 2003, la Secretaría de Bello respondió que era poco probable que un deslizamiento ocurriera en el barrio La Gabriela.
Sin embargo, Corantioquia y el Dipad advirtieron varias veces, entre 2005 y 2006, sobre las consecuencias de las actividades en el mencionado predio. Aunque en 2006, por cuenta de la presión de la comunidad y los requerimientos de la autoridad ambiental, el Municipio ordenó cerrar la escombrera, la Curaduría Segunda de Bello otorgó después un permiso para que en el predio funcionara un parqueadero y lavadero de vehículos pesados; esta actividad contribuyó en el deterioro del terreno, debido al constante movimiento de tierra y al derramamiento de agua, se lee en el fallo.
Las indemnizaciones a las familias victimas por las condenas previas para abril de 2024 no se habían pagado por el municipio. A diciembre, con la nueva administración se consolidó las providencias judiciales ejecutoriadas en monto de seis cuentas.

