(Un recorrido par los espacios geográficos y culturales de Bello, según algunos cronistas y escritores)
Por Sergio Espitaleta
Las primeras aldeas o asentamientos humanos obedecen a un desarrollo de las técnicas y herramientas que permiten a los hombres dedicarse a las faenas agrícolas y entrar en un proceso de civilización. El territorio que actualmente ocupa Bello, tuvo población desde que los hombres inventaron la agricultura y pasaron de ser cazadores y recolectores a ser productores.
En América fueron muy pocos los animales que se domesticaron al igual que escasa la posibilidad de utilizar y trabajar con metales. Por ello, los hallazgos encontrados en Niquía como puntas de lanza talladas en piedra, muestran que este territorio fue recorrido por hombres cazadores y recolectores hace aproximadamente 10.500 años y hubo asentamientos desde hace apenas 1500, según muestran los estudios que se han hecho sobre la cerámica encontrada en distintos sitios de Bello y del Valle de Aburra.1
Los primeros españoles llegaron al Valle de Aburrá el día 24 de agosto de 1541. Era para ellos el día de San Bartolomé y comandaba el grupo Jerónimo Luis Tejelo, quien estaba a órdenes del Mariscal Jorge Robledo. Regresaban del sur después de fundar las poblaciones de Anserma, Cartago y Pereira.
“Después de pasar las importantes salinas de Heliconia (Guaca), conocidas por los indios con el nombre de Murgia, la expedición llegó al Valle de Aburrá (Medellín) el 24 de agosto de 1541, al cual nombraron el Valle de San Bartolomé. Aquí encontraron nuevamente señales evidentes de una antigua y rica civilización en la que … “se hallaron muy grandes caminos y azequias de agua, todo fecho a mano y muy grandes hedeficios antiguos que según los yndios decyan haber sido destroydos por guerra que entre ellos avian tenido.”2
Las descripciones que hicieron algunos Cronistas de lndias a la llegada y exploración de estos territorios, señalan tanto el paisaje geográfico como la calidad de vida de quienes lo habitaban. Juan Bautista Sardela, uno de esos cronistas, anotará que los habitantes de ese valle “son grandes labradores, tienen ropa y mucho de comer así de carne, de frutos, porque tienen grandes arboledas y están en aquel valle que es muy ancho y vicioso”.
En efecto, la primera descripción literaria que se tiene sobre la vida de quienes habitaban estas regiones del Valle de Aburrá y sobre el mismo territorio, es una muestra de que lo hecho por la empresa conquistadora y colonizadora española no era una aventura sino eso: una sistemática y racional empresa que empezaba por observar, evaluar y registrar con ojo menudo lo que aparecía en ese nuevo y maravilloso mundo. Sardela, que es el cronista de Jorge Robledo reporta su descubrimiento así:
“Como las mensajeros que Jerónimo Tejelo envió llegaron donde el capitán estaba y le dieron mandato de lo que había subcedido, se partió luego con todo el real para allá, par amor de las heridos y porque allí había comida de maíz para más de dos meses, e se aposentó en él. Donde en los bohíos, sin lo que en el campo estaba, se halló mucha infinidad de comida, así de maíz como de frísoles, que casi son como alverjas, e muchos cories, que son como conejos, salvo que son más chiquitos, que tienen muy lindo comer, e muchos perros medianos como los de Castilla, salvo que son mudos. Esta provincia se llama en nombre de indios Avurra, y le pusimos el nombre de San Bartolomé, aquí estuvimos quince días, en los cuales, por llamamiento del capitán, le vinieron todos los indios de paz, e servían a los españoles, e así mismo vinieron otros pueblos a este comarcanos. Aconteció en esta provincia a algunos españoles, yendo por fruta y a caza de aves, ir donde algunos indios estaban; e ansí como los veían se quitaban una manta de vara y media de largo e de una en ancho, con que vienen cubiertos, y todo era quitársela y darse una vuelta al pescueso y ahorcarse. Y el capitán les preguntó por que se ahorcaban, e dijeron porque se espantaban de ver a los españoles e de las barbas e que por esto se habían ahorcado muchos.”3
Juan de Castellanos, otro cronista, relata, en el que se considera el poema más extenso de las letras castellanas, las posibilidades que ofrecían estos territorios (de valles amenos y fértiles riberas) para ser explotados y con ello aumentar el aprisco cristiano si se contara con hombres menos ambiciosos que aquellos que solo esperan por sueño y ocio generosa paga
“Destos no quiso ser gaspar de Rodas, pues par aquella suerte que le cupo huyó de dar a sus cansados miembros aquel regalo que se les debía. Par unas y otras partes descubriendo donde fundar cristianas poblaciones en aumento de la Real Corona, no sin propagación de la fe sancta. Con el cual pensamiento se dispuso año de ochenta con las quince cientos con obra de setenta compañeros, caballos y pertrechos necesarios, caminando la vía del oriente hasta ver las zavanas de aquel rio De Aburrá, do tiene nacimiento El mismo que después lo llaman Porce, el curso de sus aguas prosiguiendo acia septentrión encaminadas, por tierras despobladas, muchos días.”4
Y fue la ambición de una generosa paga y el hecho de no encontrar en este valle el dorado metal, que hacía saltar al sueño ocioso, lo que hizo que se desdeñara al Valle de Aburrá para el asiento de los españoles y más bien se fijara la atención en Santa Fe de Antioquia, Buriticá, Remedios, Cáceres y Zaragoza. Realmente fue hacia el afio de 1574 cuando volvió el interés por la explotación de este valle como centro proveedor de alimentos y de carne, especialmente para los nuevos poblados mineros de Antioquia.
En este año aparece en Bello la primera encomienda de indios, en Niquia, formada por el gobernador don Gaspar de Rodas quien había pedido Merced al concejo de la Villa de Santa Fe de Antioquia para que se le concedieran las tierras bañadas por el rio Aburrá, en los siguientes términos:
“Como a vuestras mercedes consta, esta tierra se va ensanchando e padeciendo necesidades de comidas, e como respecto la obligación que tengo de servir a Su Majestad e bien de esta tierra, atento el aparejo que hay en el Valle de Aburrá donde tengo mis indios de encomienda, en nombre de Su Majestad pido a Vuestras Mercedes que hagan Merced en el dicho Valle de Aburrá, que está a diez leguas de aquí, poco más o menos, cuatro leguas de tierra para fundar los hatos de ganados y estancias de comidas; la cual Merced suplico se me haga desde las asientos viejos del Aburrá para abajo.”5
El nombramiento de un pueblo
Tal como en la tradición mágica y en la fundamentación mítica, el nombre crea y encanta. Y como por arte adánico, Bello, pasa de ser una dehesa a una fracción citadina. El viejo hato se convierte en un nuevo y bello poblado. Fue en el año de 1884 por obra del señor presidente del Estado Soberano de Antioquia, Luciano Restrepo, que Bello cobró su identidad nominal.
El nombre de Bello para este poblado está ligado a la vida de Marco Fidel Suárez, a quien en el ano de 1881 se le otorga el premio por su trabajo sabre Andrés Bello, en el marco de la celebración del centenario de nacimiento de este caraqueño maestro y amigo de Bolívar. Cien años más tarde, en la celebración del segundo centenario, don Germán Arciniegas, plantea la pregunta confirmadora: “Puede haber mejor que Hato Viejo para que don Marco le armara la cuna de la gloria a su ideal de don Andrés Bello? Así, el hijo de la lavandera, hizo que nuestro Bello naciera aquí, en un tiempo en que todo era limpio: el aire, el agua, el cielo, la lengua del común.”7 Es probable que haya sido el mismo Suárez quien hubiera sugerido el cambio de nombre de la fracción de Hato Viejo par la de Bello, a decir por la amistad que le unía a Baltazar Vélez y a José María Nilo, dos curas que firman el memorial que solicita el cambio de nombre y a uno de las cuales dedica el último de Los Sueños de Luciano Pulgar poco antes de morir.
Algunos apartes de este memorial del 27 de octubre de 1883, señalan los primeros pasos de la gesta por la identidad de los pobladores de Bello:
“Este pueblo, ciudadano presidente, lleva desde su fundación un nombre injurioso, un nombre propio solamente para una manada de cuadrúpedos que pasta en una dehesa, o para la dehesa misma. Sus fundadores no se acordaron de cambiarle el nombre de Hato Viejo, que conservaba casi desde la conquista, por los numerosos ganados que pastaban en este territorio. Y, sin embargo, de no existir ya estos ganados y de formar nosotros un pueblo que, por lo menos aspira a ser civilizado, hemos y han seguido llamándonos Hato, nombre que, aplicado a una colectividad humana, cualquiera que sea, es injurioso y denigrante hasta lo sumo.
Aunque demasiado tarde, nosotros queremos llamarnos de hoy en adelante, ni que nos llame nadie Hato. Llevado este nombre hemos estado hasta ahora como despreciados, y humillados. Mil burlas malignas, mil anécdotas o especies calumniosas o injustas o exageradas con respecto a la pobreza o escasez de recursos para la vida en este pueblo, andan por ahí de boca en boca, y esto nos ha traído las antipatías de unos y la indiferencia cuando no el desprecio, de las otros. (…) “Par todo esto, Ciudadano Presidente, os suplicamos muy encarecida y respetuosamente, decretéis que este pueblo lleve de hoy más el nombre de Bello, pues que nosotros queremos apellidarnos bellinos, más bien que hatoviejenos.”8
Sin embargo, en el rigor histórico, el siglo XIX transcurrió para los habitantes de Hatoviejo y de la fracción Bello, sin grandes sobresaltos, con una dinámica económica baja y una movilidad poblacional y social relativamente escasas. En efecto, la población durante este siglo se mantuvo entre las mil y las dos mil habitantes coma lo indican las censos. Hacia 1808 parece que los terrenos ya se habían agotado y el ambiente de Hatoviejo se mostraba “seco y estéril para frutos” según lo muestra un testimonio sabre las producciones del Cantón de Antioquia en este año: “Al pie de la misma cordillera en que está San Christobal, se halla cituada la parroquia de Atoviejo, en terreno igual, seco, estéril para frutos. Tiene Diez y Siete casas de Texas y tapias, una iglesia de lo mismo y treinta, y dos casas de paja; por todas Quarenta, y Nueve”9
En este mismo censo se establece que la población total de Hatoviejo es de 1476 almas. No obstante, comparándola con el censo de 1828 tal población en 20 años muestra una reducción ya que se establece un total de 1030 habitantes discriminados en 447 hombres libres; 486 mujeres libres y 97 esclavos.”10
En otro censo que hiciera la provincia de Antioquia, en el Cantón de Medellín, en 1843, el distrito parroquial de Hatoviejo que pertenecía a Medellín, registra una población total de 1814 habitantes lo que significa que en cerca de 40 años mantuvo poca variación poblacional, aunque los esclavos se habían reducido a 54.11
Hatoviejo se mantuvo como un distrito pobre y de baja rentabilidad tanto que, en 1857, hubo necesidad de repartirlo entre Medellín y SanPedro. “A Medellín le correspondió la cabecera.”12
La prosperidad que muestra el Medellín de principios del siglo XX, tiene su origen en unas condiciones muy particulares que anteceden al proceso mismo de la industrialización, y que no necesariamente tienen epicentro en tal ciudad sino en toda Antioquia, que en su desarrollo social y económico había mantenido, a lo largo de la vida colonial, una ancha diferencia y grandes particularidades entre las que se pueden mencionar significativamente, la gran barrera geográfica de las cordilleras central y occidental, las dificultades y grandes costos del transporte para ingresar a sus territorios; la existencia de un Imite geográfico selvático, la poca movilidad de sus gentes y una economía estrecha en la agricultura y en la tenencia de la tierra que solo fue redimida a partir de las reformas borbónicas y del aporte de comerciantes, mineros y sobre todo, de la empresa de colonización antioqueña con su ulterior consecuencia, hacia finales del siglo XIX, del cultivo del café.
El despegue o repunte económico de los antioqueños hay que buscarlo e interpretarlo en las relaciones entre mineros y comerciantes inicialmente pero luego en la relación entre comerciantes y cultivadores de café, y, particularmente, en el surgimiento de una elite comercial que tendría asiento en Medellín y de la que saldrían, no solo las iniciativas, ideas y proyectos de industrialización sino de urbanización y de una gran infraestructura comercial bancaria, educativa, de transporte y de comunicaciones. Sobra decir en este punto que de esa gran elite surgiría también la gran dirigencia y militancia política que orientaría, no solo a la población antioqueña, sino a la colombiana por mucho tiempo.
El progreso de Bello nació con el siglo XX y bajó navegando en sus aguas. Cual magia mosaica, Bello fue un pueblo separado por sus aguas y salvado por ellas. Justamente la elite comercial y financiera de Medellín ya había fijado sus ojos en los terrenos de Bello para establecer una industria textil desde el año de 1899, intento que se malogró al estallar la “Guerra de los Mil Días”. En esta ocasión los interesados en crear la primera empresa de tejidos, con maquinaria pesada, movida por energía hidráulica, fueron entre otros el ingeniero Germán Jaramillo Villa y Pedro Nel Ospina, hijo del presidente Mariano Ospina Rodríguez y quien más adelante, igual que su padre, llegaría al solio presidencial de Colombia. También hicieron parte de esta comisión que quiso fundar la Compañía Antioqueña de Tejidos, los hermanos Restrepo Callejas, hijos de Fernando Restrepo Soto, acaudalado comerciante, quien les infundió a sus vástagos (Carlos, Ricardo, Camilo y Emilio) la búsqueda de la fortuna “por caminos más seguros y en negocios en que el azar no ejerza influencia preponderante”.13
Cabe anotar aquí, como curiosidad y como una forma de empezar a observar las tramas de la política con el poder comercial financiero e industrial de aquella elite antioqueña, que Carlos Restrepo Callejas era yerno de aquel ciudadano presidente, Luciano Restrepo, quien en 1883 aceptó la suplicante petición de los hatovejeños de que su pueblo llevara el nombre de Bello.
El 10 de febrero de 1902 se estableció legalmente la Compañía Antioqueña de Tejidos en la notaría segunda de Medellín. La integraron Eduardo Vásquez J. Como representante de Pedro Nel Ospina, los hijos de Fernando Restrepo y Cía. (Camilo C. Restrepo Callejas y Emilio Restrepo Callejas), Manuel J. Álvarez C., y Antonio José Gutiérrez, gerente del Banco Popular.14 No se sabe aún con certeza si al momento de iniciarse esta sociedad ya Bello había sido señalado como la sede de la Compañía, lo cierto es que para el año de 1905 ya la fábrica está terminada y a partir de ese momento Bello nace realmente. El nuevo ritmo de los telares y de la lanzadera proyecta a esa pequeña aldea a una trama más compleja, a un tejido social heterogéneo y, a un permanente hilvanar en su vida urbanística y arquitectónica.
Precisamente, y como consecuencia inmediata de este primer gran acontecimiento, la fracción de Bello experimenta un primer impacto urbanístico cuando en el mismo año de 1905, la “alianza” de la clase política con la elite comercial- financiera de Medellín, rompen el viejo esquema vial de Bello de La Calle Arriba y de la Calle Abajo para crearle una calle alterna que sería llamada El Carretero y que no tendría otra finalidad que la de unir la plaza con la naciente Fabrica de Tejidos construida cerca de las quebradas La García, La Chiquita, La Tatabrera y La Chachafruto, en los sectores de lo que hoy constituyen los barrios de Playa Rica y Bellavista. La unión o empalme entre La Calle Arriba y El Carretero formaría La Callecita, triangulo estructural e inicial del Bello del Siglo Veinte.
Estampas literarias de Bello
Cuando nace el Siglo Veinte la “aldea arcadiana” que era Bello, todavía hace parte de Medellín. La capital de los antioqueños se empieza a estremecer en todas sus estructuras físicas y sociales en virtud de los aires de modernidad que empiezan a sentirse. Tomas Carrasquilla, tal vez el primer novelista urbano de Colombia, empieza por mostrar esos cambios mentales de la sociedad de Medellín en el capítulo IV de Grandeza, donde curiosamente hace una de las más bellas descripciones de la vida y del paisaje de Bello, hacia la primera década de esa Vigésima Centuria:
“El alma colectiva de esta montaña es todavía una incógnita. Se despejará, pero… ¡ah tarde! Este elemento individualista que la domina, será, acaso, el principio diferencial y hermoso armonía y pujanza; pero, a fuer de heterogéneo, nos resta, en vez de sumarnos; en vez de asociarnos nos aísla. Dígalo Medellín, la radiante, que parece confirmar la teoría de Rousseau…
“Antioquia, en este actual momento, histórico o legendario, metodizado o caótico, se agita, se revuelve, en busca de ideales. Vibra a todas las corrientes, palpita a todas las novedades, se abre toda idea; sin pensarlo, sin quererlo talvez, entra en la evolución. De aquí nuestra novelería, nuestra inconsecuencia y esta cosa errática, ansiosa, que ha tiempo nos acomete.”
En el Medellín que transita del decimonónico siglo al veinte, aparece un nuevo espectro social que habita otros ámbitos y transforma la mentalidad colectiva. Surge una ciudad ruidosa de gran alcance comercial e industrial; de mercadeo y de clubes, de automotores y ferrocarriles, de periódicos y escenarios de diversión, de plazas de cines y de nueva catedral. Y aun así, la elite permanecía aferrada a la tradición, a la religiosidad católica y al cuidado de las apariencias.
Y es en ese contexto, de transmutación de valores, que Carrasquilla resalta la tradición navideña perdida en Medellín, pero conservada en la arcadiana aldea de Bello:
“¡Todo convida en ti, oh Bello!…
(…) convidan unos baños como espejos, unas duchas cual cabelleras, unos plumajes, unas gentilezas ideales del agua; convida un aire, campesino, montañero, que huele a salud; convida todo, porque tú, oh Bello, eres el regalo con que Dios dotara a estas gentes que habitan orillas del Medellín. “En medio de todo esto te diseminas tu; tu, la aldea arcadiana, de paredes blancas, techumbres oscuras y rojas cerraduras; el lugar soñado para el reposo y las meditaciones. Tu plaza verde, con avenidas de mangos, dijérase el liceo para una filosofía dulce y sencilla; costado sur, se alza tu iglesia, graciosa al para que grave, llamando al espíritu aserenarse en su misterio.
¡Cuántos habrán rezado para que no seas nunca pueblo grande! Al frente tienes otra, no se decirte si inconclusa o derruida, que reclama al pintor y al poeta y a quien sienta… “En tus contornos, por las faldas, por lo piano, en carreteras, en veredas, arriba, abajo, distantes, cercanas, juntas, dispersas, chozas, casas, granjas, quintas, villas, la imponente fábrica de la “Compañía de Tejidos”: la vida: ¡Salve!” 15
El municipio de Bello nació en el Siglo Veinte. Fue creado por la Ordenanza departamental número 48 del 29 de abril de 1913. El silencio y la tranquilidad aldeana de la que escribiera Carrasquilla, o la que Marco Fidel, sobriamente mostrara coma “una calle muy larga, salpicada de casas, con algunas pocas manzanas en torno del templo”, o, de la que el poeta, historiador, botánico y teólogo Roberto Jaramillo Arango, en su “Oración por Suárez” dijera que era “en tiempos idos una aldea arcadiana compuesta por una calle habitada en la parte inferior de familias de alguna comodidad y en la superior guarnecida de pobres viviendas, ya unidas o distanciadas, de paredes polvosas y techumbres barnizadas con esa patina que da el tiempo a las cosas viejas.”, fue perturbada por el canto de las sirenas obreras de las textileras y de los pitos ferrocarrileros.
Se colmaría de hogares proletarios y de canciones urbanas y ciudadanas. Crecería una elite obrera al lado de otra comercial. Los primeros asomos urbanos girarían en torno de estos centros fabriles y comerciales. Se le llamaría “La Manchester Suramericana” y sería la primera ciudad obrera de Colombia, con el menor índice de población campesina y la que se asume coma ciudad barrio. La de los múltiples barrios obreros, que espontanea u organizadamente, la hicieron ver coma la ciudad nueva, distinta y de todos. En 1949, el periodista Eddy Torres, en un reportaje al mencionado padre Roberto Jaramillo, registra una de las mayores estampas literarias de Bello:
“Bello no es ya un pueblo, como cuando se llamaba Hato Viejo; es un barrio. Fabricato tiene allí sus instalaciones textiles, en donde trabajan unos 6000 obreros, que al cumplir sus turnos alternados de 8 horas, entierran su ocio en alguna de las numerosas cantinas de la población, si son hombres, o van a seguir a su casa la tarea – cocinar, barrer- si son mujeres. En la plaza principal hay 4 cantinas, con Wurlitzer que atronan el ambiente; la carretera a Medellín está salpicada, a lado y lado, de prostíbulos. A un lado se alzan las montañas; al otro, se abre la vega del río. El aire es puro, el cielo azul, y sobre la tierra, a trozos bermeja, la vegetación no es escasa, pero tampoco exuberante.
En Bello no se encuentran campesinos sino obreros. La semana pasada, al conocerse la noticia del estado de sitio, los periodistas de Medellín pensaron que al lunes siguiente no tendrían que hacer la clásica pregunta en la gobernación: “¿que hubo en Bello?” La principal diversión de Bello, fuera de los ataques a piedra cuando hay visitantes políticos de algún renombre y de las riñas que el alcohol estimula los sábados y domingos con saldo de heridos y a veces de muertos, es el cine”16.
El municipio de Bello ha crecido y se ha transformado. Pero aún conserva su esencia popular y su condición trabajadora. Todavía Bello tiene el sabor terroso de sus brisas y el color bermejo de sus suelos. Es un pueblo que tiene dimensiones de ciudad. Es una mezcla de diversas gentes que han aprendido a aceptar que Bello es un puerto seco donde se llega provisionalmente, pero con el gran riesgo de quedarse. Donde se llega a buscar fortuna, pero, por fortuna, no se encuentra. Siempre sus gentes lo han tenido como un puente. 0 un trampolín. Su calidad de centro industrial y comercial hizo llegar peregrinos del trabajo urbano y desterrados de todo tipo de violencias. Es un pueblo dolido con pocos dolientes. La decadencia de sus pilares industriales, la pérdida de su coherencia obrera, la baja reflexión sobre sus horizontes culturales y políticos y la rapacería de sus castas políticas, han convertido a este municipio en un desastre social, estético y ambiental, cuyos síntomas se revelan en el desarraigo, la impotencia y la falta de identidad.
Reinaldo Spitaletta, ha escrito en los últimos 20 años, sobre los habitantes, el paisaje urbano y barrial de Bello. Lo ha hecho come periodista, escritor e historiador. Ha ido siempre en contra del sentimiento vergonzante de muchos de los nacidos en Bello y de tantos sobrevivientes que revelan el desarraigo, la vaciedad y la vacuidad. implícitamente, se ha rebelado contra aquellos que arrastran por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser:
”Un pueblo sin memoria y sin identidad está condenado a todos las olvidos. Cuando se carece de sentido de pertenencia al espacio donde se vive, cuando no se tiene noción de la historia del entorno, entonces se habita en una suerte de limbo existencial. No hay, así, conciencia del propio destino. No hay futuro. No hay testimonio. Nada. Se es parte del vacío.”17
Es probable también, que la condición humana de desterritorialización sea lo que haga de cada uno un buscador de escenarios, que lo lleve a puertos distintos donde recalar y que le ayude a olvidar esa tragedia de saberse en génesis y en éxodos permanentes. Esa podría ser la calidad de los bellenses, que como Verania, el personaje de la novela de Reinaldo, termina diciendo:
“No sé qué es lo que me une a la tierra, no sé qué me trajo par aquí, donde todo es igual a lo de allá, solo que es distinto, porque una siente que es forastera. Soy aquí también una doñanadie, una conserje de edificio, una mujer sola… Por aquí no encontré nada diferente, porque la soledad es la misma donde quiera que uno vaya”.18
Referencias
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1. Neila Castillo Espitia. Las culturas indígenas prehispánicas. Historia de Medellín. Suramericana de Seguros. Bogotá. 1996. P. 47-52.
2. James Jerome Parson. La colonización antioquena en el Occidente de Colombia. Carlos Valencia. 1979.
3. Juan Bautista Sardela. Relación de lo que sucedió al magnífico señor Capitán Jorge Robledo en el descubrimiento que hizo de las provincias de Antioquia e ciudad que en ellas fundó. Colcultura. Bogotá 1993.
4. Juan de Castellanos. Elegía de Varones ilustres de lndias. Ed. Gerardo Rivas Moreno. Bogotá 1996
5. Heriberto Zapata Cuencar. Marco Fidel Suárez. Editorial Copymundo. Medellín 1981. PP. 9-10.
7. Periódico El Colombiano. 13 de diciembre de 1981. Palabras del presidente de la Academia Colombiana de Historia, don Germán Arciniegas, en la Capilla de Hatoviejo en Bello.
8. Archivo Histórico de Antioquia. Registro Oficial. Ano VIII. Número 1219. Medellín 4 de Febrero de 1884.
9. Archivo Histórico de Antioquia. Censos Dcto. 6538
*Es probable que la disminución de poblacional se deba a las guerras sostenidas en el marco de la Independencia con consecuencias de reclutamiento, desplazamiento o muerte. Ver artículo de Edgar Restrepo en este mismo número de la Revista Huellas.
10. Idem. Tomo 338 Dcto 6501
11.Idem. Tomo 2693 Dcto N.º 8
12. Heriberto Zapata Cuencar Marco Fidel Suárez. Ed. Copymundo. Medellín. 1981.p. 12
13.Manuel Restrepo Yusti. Comerciantes y banqueros: origen de la industria antioqueña. Boletín cultural y bibliográfico del Banco de la Rep. Vol. 25 N.º 17.1988
14 Ibid.
15 Tomás Carrasquilla. Grandeza. Editorial UPB. Medellín. 1995. PP. 249-253.
16. Roberto Jaramillo Arango. Monografías Botánicas y Zoológicas. Colección de autores antioqueños. Medellín. 1986. Pág. 9
17.Bello, Patrimonio Cultural. Alcaldía municipal. 1993. Pág. 8
18. Reinaldo Spitaletta. El Último puerto de la tía Verania. Ed. Grafoprint. Medellín. 1999. Pág. 163
