Por Francisco Restrepo Marín, arquitecto.
“Hoy todo el territorio está ocupado por una metrópoli de calles abigarradas, altos edificios, fábricas, centros comerciales y miles de casitas de color ladrillo que se encaraman por la ladera de las montañas, cada vez más cerca de la Tierra Fría o se despeñan por los precipicios que van a dar en Tierra Caliente. Cuando la familia crece y los hijos se casan, los habitantes de Angosta tiran una losa de cemento encima del tejado de sus casas y a la buena de dios le construyen una segunda o tercera planta”. Héctor Abad
Algunos fundamentos
Hoy, cuando nos damos a la tarea de construir un prospecto de fotograma urbano, con la posibilidad de legar patrimonialmente un proyecto estético, un hecho de orden urbanístico o arquitectónico para las generaciones futuras y que trascienda, de una mera sucesión de imágenes de consumo, nos vemos inmersos en los oscuros interregnos de las condicionantes del momento. Entre estas están una nueva estandarización del mundo a través del consumismo y el productivismo, una desregularización de mercados y su falso progreso basado en un crecimiento irracional y la pérdida total de la razón de ser del individuo social, con su consecuente trivialización y degradación de los centros históricos, en los que se ve totalmente perdido el concepto de autoconstrucción de normas y significados.
Un desapego total de los fenómenos de producción colectiva del quehacer cotidiano, de las utopías, los ritos y los sueños, un abandono por la “forma urbis” de los antiguos. No se puede establecer un contexto más preciso para definir la sociedad actual como la de la “modernidad líquida”, práctica metáfora a la que alude Zygmunt Bauman, cuando habla que a diferencia de los cuerpos sólidos, los líquidos no pueden mantener su estructura cuando son presionados por fuerzas externas los vínculos entre sus partículas son demasiado débiles para resistir esta presión: “…los vínculos entre personas son frágiles y las condiciones de cambio constante no pueden esperar a que alcancen su condición natural. Dentro del líquido de la modernidad podemos simplemente naufragar”.1
“En la modernidad líquida todo gira alrededor del consumo. El mercado y los expertos en marketing y publicidad nos entrenan para que nos deshagamos de nuestras posesiones sin ningún arrepentimiento, enseguida y rápidamente. Aunque lo antiguo funcione, debe reemplazarse por lo nuevo y mejorado. La vida líquida sigue la lógica del consumo, y por lo tanto sucumbimos a ese síndrome consumista. El constante cambio de las sociedades son las que le dan el nombre de líquido (fluyen), es el momento de la desregularización, flexibilización y liberación de todo mercado”.2
Asistimos a una era de expresión de ciudad, campo de batalla por la rebatiña económica, llevando a la progresiva e irreversible destrucción del patrimonio cultural e incapaz de resolver en términos de diseño urbano las nuevas formas de vida. La irracionalidad del capital inmobiliario fragmentó y fracturó la unidad compositiva de la trama urbana, convirtiéndola en un simple espacio de flujo y en una desafortunada y morbosa sucesión de guetos. Desaparece sistemáticamente todo vestigio tipológico de nuestra heredad, los espacios para la ensoñación (patio, solar, antejardín, balcón, zaguán, portón, vestíbulo), y la fachada pasa a ser una lánguida expresión de un penoso inmoralismo urbano lejano de cualquier intención estética, la casa perdió su carácter de morada, de espacio primordial, para convertirse en vulgar e ignominioso signo del “no lugar”.
“El fracaso de la estética contemporánea radica, en su incapacidad de crear lenguajes. La importación de diseños, de espacios que no nacieron de una necesidad consultada en el hombre en concreto sino de la vanidad de su creador solitario, llevó a ese proceso de la des-significación, reducido a satisfacer los límites de un comercialismo, un diseño que no pasó nunca de ser mera función”.3
Sólo en el barrio Niquía de Bello, bajo el amparo de un plan de ordenamiento territorial, impúdicamente abierto a la especulación, con densidades que alcanzan 3.000 habitantes por hectárea en algunas zonas, se construyen más de 600.000 metros cuadrados en los últimos cinco años4 y ni un solo metro cuadrado de parque, ni equipamiento urbano alguno (una acción popular, recientemente fallada, acaba de reconocer a la comunidad 120.000 metros cuadrados de áreas de cesión que no fueron entregadas oportunamente por los urbanizadores); viviendas de 3 metros de fachada y 20 metros cuadrados construidos en primer piso. Las falsas promesas de progreso ofrecidas por los monopolios de cadenas comerciales sólo invadieron con sus famosas “grandes superficies” nuestra última resistencia del recuerdo, sin un mínimo aporte en términos estéticos a lo urbano -decía Hermann Broch que el carácter de un tiempo lo da su fachada arquitectónica-. El movimiento entre lo público y lo privado degradó en la construcción de enclaves medievales, barrios privados y cerrados con custodia, mallas y alambradas; se construyen andenes intransitables, esculturas como ilustraciones alegóricas de insospechada ingenuidad y la cancha de Fabricato, nuestro “sagrado templo del fútbol”, convertida en parqueadero.
Una ciudad enajenada y de la carencia, enmarcada en la cultura de la “virtualidad y las redes”, es finalmente el legado patrimonial de esta era, donde el disfrute del ámbito espacial y el reconocimiento individual y colectivo de un entorno es frágil, intemporal y efímero y donde cada vez más se aparta a los miembros de la polis, de los derechos políticos y sociales en favor de los asfixiantes intereses financieros, de la invasión del espacio público, de la mala calidad arquitectónica y urbanística, bajo la aquiescencia del Estado que propone un proyecto hacia el olvido, una ciudad de la no cultura urbana. Un estruendoso triunfo de la fealdad.
“…Sobre todo, se requiere saber la forma en que la sociedad permite a las personas imaginar, maravillarse, sentir emociones como el amor, la gratitud, que presuponen que la vida es más que un conjunto de relaciones comerciales, y que el ser humano es un misterio insondable que no puede expresarse completamente en una forma tabular” ( Sen y Nussbaum).
Rastros de modernismo y posmodernismo
“Fábrica medio barroca, medio esbelta, metida entre los edificios vulgares de una calle estrecha, la ha consagrado, últimamente la aristocracia del dinero”. (T. Carrasquilla)
Las ideas predominantes de cada momento se ven estrechamente relacionadas con la arquitectura, el fruto de las transformaciones económicas y sociológicas originadas por la revolución científica de los siglos XIX y XX se convierten en línea precisa del pensamiento y la arquitectura moderna no solo adoptando los contenidos de la ciencia sino su método de trabajo.
“Fenómenos característicos de la modernidad como época: la ampliación del mundo conocido a través de los viajes de descubrimiento, la formación de un mercado mundial y el incremento de la producción orientada al intercambio mercantil, innovación incesante de los medios de transporte y comunicación, la aparición de las nuevas ciencias de la naturaleza, el llamado giro copernicano del saber, la formación de los primeros estados nacionales europeos y la proliferación de formas capitalistas de producción consolidadas con el surgimiento de la Revolución Industrial”.5
A finales del siglo XIX el advenimiento y proliferación en nuestra región de nuevas formas de producción, el desarrollo de un mercado nacional y su consecuente incremento de los medios de comunicación y transporte tendientes al intercambio mercantil, generaron sobre el territorio nuevas formas urbanas y edificaciones, respondiendo, además, a los avances tecnológicos e industriales. De la misma manera como llegaron al país desde Europa y Estados Unidos algunos de estos adelantos tecnológicos. Fueron importados los estilos, formas y ornamentos que definieron el carácter de una nueva arquitectura, y transmitidos por toda una pléyade de ingenieros y arquitectos extranjeros llegados a un país donde aún no existía una formación profesional de arquitectos.
“Thomas Reed, encabezó la lista de profesionales extranjeros llegados a Colombia en el siglo XIX. Se conoce que Gastón Lelarge y Charles Carré estudiaron en la Escuela de Bellas Artes de París. El italiano Pietro Cantini estudió en la de Florencia. El belga Agustín Govaerts estudió dibujo en la Academia de Artes de Bruselas y en la Universidad de Lovaina. Mariano Santamaría, usualmente conocido como el primer colombiano que tuvo título de arquitecto, en Alemania”.6
Así en Antioquia para el año de 1874, bajo la idea de conectar a Medellín con el río Magdalena, se inicia la construcción del ferrocarril, proyecto del ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros (1836-1898), y cuyos diseños e intervenciones dejan una vasta estela patrimonial a lo largo del trazado de la vía férrea, que sin desprenderse del todo de los contextos formales propios de la poscolonia y unas marcadas influencias del neoclasicismo europeo, produce estaciones ferroviarias con grandes aleros construidos con vigas en hierro fundido, puentes que unen el acero y el “parasiempre”, techos en caña brava, y laminados en zinc y estaño. En Bello bajo este proyecto se alcanzan a construir las estaciones Machado y Bello.
Para 1905, la “Compañía de Tejidos de Medellín” con diseños de Juan de la Cruz Posada y Cía. añade más de 6.000 metros cuadrados a la textura urbana del municipio, modificando radicalmente el perfil seccional, con la aparición en el barrio Playa Rica, de chimeneas de alturas considerables, secciones en “diente de sierra” en las construcciones y grandes luces de cubierta con vigas de concreto armado7, que cambian el aspecto formal y ambiental de la ciudad. Posteriormente, aún con un gran influjo del neoclásico, expresado en la composición grupal, así como en los tímpanos, zócalos y áticos, el arquitecto belga Agustín Govaerts, a través de la oficina de Ingeniería y Arquitectura del departamento, construye los Talles de la Escuela de Trabajo San José en Fontidueño8 edificio en que de manera contundente comienzan a aparecer varios elementos claves de una arquitectura moderna, especialmente en lo que tiene que ver con la función, una planta libre, vanos que se corresponden con actividades internas de las edificaciones, utilización de materiales industriales y la introducción del color y distintos materiales a nivel de fachadas.
Más adelante la compañía H.M. Rodríguez e Hijos S.A., con el concurso del ingeniero Neftalí Sierra de la Escuela de Minas y documentado en la ciudad de Filadelfia, diseñó y comenzó la construcción en 1921 de los talleres del ferrocarril.9 Una espacialidad con 11.500 metros cuadrados construidos, donde irrumpen los nuevos materiales constructivos como imagen definitiva de lo moderno (el cemento portland, el acero, el vidrio, la lámina galvanizada, y el ladrillo) y que espacialmente se orienta conforme a la axialidad nororiental – suroccidental para evitar asoleamientos directos, es un conjunto diseñado como un sistema que enlaza perfectamente el centro con las demás escalas jerárquicas, los volúmenes crean espacialidades muy definidas con fachadas articuladas que generan lenguajes homogéneos, la forma se corresponde plenamente con su función, como en toda arquitectura de corte modernista, y el acceso a cada subespacio se hace tangencialmente. Concebido como espacio abierto con fugas visuales que crean continuidad y relación precisa con el paisaje, un urbanismo dinámico, y fluído, de un estilo ecléctico si se quiere, permeado por la escuela arquitectónica de Filadelfia, de la que mucho más adelante se nutrió gran parte de la obra formalista de los arquitectos Robert Venturi (ver casa Vanna) y Víctor Horta.
El Patronato María Poussepin del ingeniero Jesús María Mejía (1903-1992) de la Escuela de Minas, pero igualmente especializado en Bruselas, donde adquirió toda la herencia del modernismo decorativo (Art decó francés, Moderm Style inglés, Floreal italiano) proyectó en 1935 ésta edificación, que expresa en lo nuevo el sentido de lo moderno, inspirado en elementos orgánicos de la naturaleza, que se traducen en el uso de la curva y simetrías en la planta y alzadas, allí aparecen las forjas en hierro en rejas de cierre y ménsulas de cubierta que además, de cumplir con funciones estructurales, aparecen también como ornamento, los pisos en cemento con fantásticos decorados y colores, que reemplazan las tabletas en ladrillo y los gruesos tablones en madera por puertas molduradas de fino acabado: Interiormente se compone de un gran espacio central en doble altura rodeado por un balcón corrido que genera una proporcionalidad en lo tridimensional, los vanos rítmicamente ubicados sobre fachadas, tienen mayormente una representación simbólica de orden antropomórfico, se rodea el edificio de jardines de corte organicista, propio del Art Nouveau.
En lo urbano, con el alto crecimiento demográfico unido a un proceso de optimización de la renta del suelo (en las décadas de los 20 y 30, la vara cuadrada de tierra pasó de $0,20 a $3.00)10, aparecen las primeras compañías promotoras y constructoras para desarrollar urbanísticamente el municipio, así en un lote de terreno ubicado entre la antigua “calle arriba” y la nueva vía del carretero, se inicia la construcción del barrio Andalucía.
“Se constituye en 1919 la Sociedad de Urbanización Mutua (Álvarez Lalinde, Ángel, Llano, Echavarría, Ochoa) esta sociedad urbanizó muchos centros barriales como: Manrique, financió el tranvía a dicho barrio, fomentó la construcción del templo y además desarrolló los barrios Restrepo Isaza, La Polka, La Ladera, Balboa, Colón y en el municipio de Bello el barrio Andalucía”.11
El proyecto se construye mediante un loteo regular, que permite una composición grupal que parte de un espacio público, polifuncional y al servicio de las necesidades colectivas. Los elementos constitutivos del paisaje urbano no solo aportan variedad y riqueza formal, sino que la unidad compositiva y la identidad se encuentran debidamente articuladas; a la unidad de vivienda se le incorporan tipologías recurrentes en la antigua arquitectura como el solar, zaguán, vestíbulo y contraportones; aunque las unidades son perfectamente estandarizadas se diseñan módulos de enlace, de acuerdo a la ubicación dentro del manzaneo.
En 1947 la Unidad Técnica Ejecutora de Fabricato construye 60 casas en la primera etapa del barrio San José Obrero, trazado reticularmente con manzaneo rectangular que se cambia por un módulo cuadrado en los espacios correspondientes a todos los servicios colectivos como el templo, el teatro, la cancha de fútbol y el colegio.
“Lo importante no es representar el espacio sino delimitar el espacio en donde va a ser posible la vida”. Mondrian
Urbanismo generoso de secciones viales de 12 metros con antejardines y andenes, la unidad de vivienda entra a ser parte del conjunto en la medida en que la relación de lo privado con lo público se logra mediante la transición perfecta, que ejercen algunos elementos arquitectónicos propios de la arquitectura europea, como el porche, un jardín semiprivado y los elementos de cubierta y arcadas de fachada, interiormente el módulo se desenvuelve alrededor de un generoso patio y amplio corredor.
En general este conjunto espacial genera uno de los mejores ejemplos de arquitectura institucional de nuestro municipio, espacio creado para recuperar el corazón del hombre desde la óptica de otras economías, donde se vale una correspondencia precisa entre la luz, la sombra y el tiempo que permiten establecer una comunicación real de la vivencia, es decir, el barrio como forma cultural.
Es necesario mencionar otras edificaciones importantes que un inventario riguroso de patrimonio debe contemplar como: El Colegio de los Hermanos Cristianos San Juan Bautista de la Salle (Instituto Jesús de la Buena Esperanza), construido en 1938 por el arquitecto Albano Germanetti; El colegio la Presentación, El Hospital Mental de Antioquia (1958), del arquitecto Nel Rodríguez, La Funeraria Holguín (1952), El Teatro Iris, entre otros.
El diagnóstico de un ocaso del modernismo así como, la mutación de las sociedades altamente modernizadas de la era postindustrial, a partir de los 60, comenzó a producir, especialmente en los Estados Unidos, una andanada de planteamientos globales en lo teórico a lo que se dio en llamar postmodernismo, que en el territorio de la arquitectura encontró nuevas marcas de referencia difundidas de forma inmediata como una moda de orden transcultural que llevó a la aparición de una corriente esnobista y esculturista, que automáticamente captó las necesidades de algunos estratos de la sociedad, a los que, magramente, llegó a satisfacer.
La producción arquitectónica de esta nueva era olvidó por completo valores como la naturalidad, la funcionalidad y la simplicidad, así como todo concepto de identidad con los entornos y las regiones, pasó al recuerdo. Una arquitectura irreal que se cambia por lo visual, escultural, sonoro, lo tangencial, recortada en todos sus aspectos y subsidiaria de otras dimensiones culturales, sin responder a la necesidad de servicio que requiere el hombre y el medio dentro del cual se interactúa.
En nuestra ciudad la aparición muy tardía de este modelo se tradujo en intervenciones de orden arquitectónico de las que sólo haremos mención sin adentrarnos en un detallado análisis de su composición. Aparecen en nuestra escena edificios como el Hospital Rosalpi, el edificio de la Cooperativa Financiera Cotrafa, La Cámara de Comercio, que incluso son versiones remozadas de edificaciones similares en el valle de Aburrá, las estaciones del metro, la Universidad San Buenaventura y hoy en día lo que se está proyectando en la zona comercial de Niquía.
Arquitecturas de lo vernáculo
“Era la hora en que los niños juegan en la calle en todos los pueblos, llamando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol”. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
En los poetas menores están los mejores versos decía Hemingway, poetas menores que intentan una arquitectura, en el mejor alcance del término, gentes anónimas que han ido tejiendo, a través del tiempo, sus propios códices con texturas, colores y materiales, incorporando una dimensión espiritual a sus espacios, donde lo mítico y lo simbólico emergen y se mutan permanentemente; porque la arquitectura además de ser un problema de lo estético, es también un problema de lo cotidiano, un modo de vivir y de pensar, una ética, es la vida y su dialéctica… lo universal y lo individual, lo racional y lo emocional, lo eterno y lo efímero, lo objetivo y lo contextual; y por lo tanto debe trascender de lo meramente comercial de la simple condición de la oferta y la demanda, para convertirse en una cultura al servicio de las necesidades del hombre, y expresión cultural de aspectos figurativos del mundo real, como la naturaleza, la tradición, la historia y la sociedad en medio de una lógica honesta y transparente.
Muchos de nuestros barrios fueron construidos paso a paso, con las carencias y limitaciones propias que obligaron ajustar y reducir a formas más simples el ornamento fastuoso, para que cada esquina, cada calle, cada vivienda, cada detalle se fueran fijando lentamente en la memoria del colectivo social; cada casa fue construida con una codificación particular que finalmente aportó a la entidad espacial del barrio, fue acomodándose sabiamente a las circunstancias de orden económico, social y topográfica, rompiendo esa persistencia de la fría y monótona cuadrícula, que limitaba la expansión a la simple prolongación de las vías sin ninguna correlación con la orientación o con las condicionantes que impone el terreno. Igualmente, se logra articular el conjunto a través de unos sistemas simbólicos que le sirven de referencia como: la iglesia, la escuela, el centro de salud, el rompoy, la tienda, que al ser atravesados por los recorridos e itinerarios de lo cotidiano se encargan de amarrar y articular armoniosamente la estructura. El resultado en términos estéticos tiene que ver con la aparición en el paisaje urbano, a partir de lo individual, de nuevas texturas y colores de armoniosos conjuntos de gran exuberancia formal y una volumetría de alta arquitectura, que le confieren a la atmósfera del barrio esa lúcida y sabia condición de lugar propio.
Conjuntos barriales como El Rosario, El Calvario, Buenos Aires, La Milagrosa, El Cairo, El Congolo, La Meseta, expresan en lo material una alta capacidad de adaptación a las condiciones que le imponen elementos del paisaje, trátese de las altas pendientes, los bordes urbanos, los asoleamientos o las visuales, y a través de elementos formales como escaleras exteriores, marquesinas, rampas o balcones corridos, responden tanto en términos funcionales como con las expresiones del lenguaje urbano. En lo simbólico establecen con el diseño de las fachadas toda una semiótica de las formas y del color, que con materiales de acabado como tabletas, azulejos, forjas, cornisas y vanos crean unos códigos estructurantes de la relación de conjunto donde convergen plenamente lo público y lo privado.
La incapacidad manifiesta de producir verdaderas atmósferas y ambientes de lo barrial, que ha demostrado el diseño contemporáneo, es aquí logrado con una pasmosa naturalidad por las más genuinas y auténticas expresiones de una espacialidad de lo vernáculo, donde se recrean material y espiritualmente los atributos de una historia y de una realidad, investidas de una poética, de una música del espacio, de un lugar para la evocación, tan absolutamente necesario para la existencia humana que debemos proteger, valorar y conservar como una forma de proyecto cultural de lo social, porque el disfrute de nuestro espacio íntimo de vida es lo único que finalmente portamos como lo sentencia Cavafis: “La ciudad te seguirá, viajarás por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo; y entre las mismas paredes irás encaneciendo. Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra –no lo esperes- no tienes barco, no hay camino”.
Referencias
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1. Bauman, Zygmut. La ambivalencia de la modernidad. Barcelona: Paidós, 2004. pág. 126
2. Béjar, Helena. Claroscuros de la modernidad. en: revista claves de la razón práctica, no 152. Madrid, 2005. pág. 49.
3. Ruiz, Darío. Modernidad en crisis. En: Revista ciudad, no 36, Bogotá, mayo 1997. pág. 18
4. Curadurías urbanas de Bello, sistema de indicadores.
5. Altamirano, Carlos. Diccionario de ciencias políticas y sociales, 1989, pág. 295
6. Saldarriaga, Alberto. Arquitectura en Colombia. en: Revista número, no 22, 1999.
7. Hormigón reforzado con acero.
8. Molina, Fernando. La presencia belga en Colombia. en: boletín cultural Banco de la República, no 34, 1993.
9. Informe del superintendente del Porce, 1922, pág.7786
10. Botero, Fabio. la ciudad colombiana, Medellín. ed. autores antioqueños vol. 58. 1991. p.101
11. Ibid. pág. 284.

