Ordenamiento territorial sin poder ciudadano

por centrodehistoriabello

Por Manuel Arango Londoño, Historiador.

“Dios le dijo a esta Antioquia: Te haré arrugada y escabrosa, para que tus hijos luchen contigo. Su vida no será en labranzas ni pastoreos apacibles: habrán de sacarte el pan de tus propios entresijos. Mira: tu relieve es tal, que tus mismos geógrafos habrán de confundirse; los hombres que vuelen por tus espacios podrán darse mediana cuenta de tu formación, más nunca podrán contemplarte tal cual eres en tu conjunto, ya te estudien de soslayo, ya de plomo”(Tomás Carrasquilla. Hace Tiempos).

“O bien el lied: el territorio, pero también la tierra natal, y también la apertura, la partida, lo cósmico…” (Gilles Deleuze. Conversaciones).

Introducción

La arqueología de un territorio que ocupa una etnia determinada debe hacerse con cautela debido a que los límites tanto étnicos como territoriales son difusos y a que los pueblos que habitan espacios geográficamente cercanos se influyen, y producen procesos de ósmosis cultural. Así, se considera que las modificaciones del paisaje natural del Valle de Aburrá, realizadas por el hombre precolombino, no debieron ser muy grandes, como lo indican los estudios antropológicos y arqueológicos de usual referencia en el medio académico.

Por otra parte, el dinamismo de la cartografía alcanzado en el país, considera el antecedente histórico para visualizar la configuración y componentes del territorio. De igual forma, se supone que la región del Valle de Aburrá y sus áreas cercanas son las mismas que encontraron los primeros pobladores de este territorio.

Las poblaciones humanas no están simplemente sobre el territorio, ni solo lo ocupan, sino que lo construyen, lo trans- forman y, a la vez, estas son construidas y transformadas por él. Las poblaciones son parte constitutiva del territorio que habitan, así como este hace parte de la población que en él reside. Las distintas formas de expresión humana: socio- política, económica, cultural y artística, constituyen, crean, recrean, permanentemente y de forma consciente el territorio. Es decir, las formas de apropiación económica, social, simbólica, política e histórica, de un territorio, dependen de la calidad humana de los actores sociales, de su fuerza y organización política, de su perspectiva a mediano y largo plazo, y de la naturaleza del Estado. Como actor social, se elabora este ensayo en clave de territorio. Territorio diverso, descentra- do, matizado por la memoria, la historia, la cultura y el lenguaje.

Tanto el territorio, el lugar como el espacio, deben ser interpretados por la cultura, la política y la historia, para ser configurados y deconstruidos. El espacio como ámbito activo de la vida social, resulta transformado, pero a la vez trans- forma los procesos históricos, económicos, políticos y culturales, entre otros procesos. Dicho espacio debe ser entendido más allá de contenedor de lo social, y más allá también, de referente de significaciones culturales. Es visualizar el territorio como capital cultural y simbólico

Términos y conceptos

Hablar de la tierra es hablar de Humus, de donde viene la palabra humanidad. Es también hablar de la tierra nuestra, cercana, la inmediata, la que nos duele, la que vivimos, la que nuestros ancestros pisaron, la que los indios Niquías establecieron para cultivar el maíz y simbolizaron en su cosmogonía. Sí, esta tierra del Valle de Aburrá que en su carácter vicioso (rico) mostraba toda clase de árboles: carboneros, guayabos, pomos y chumbimbos, entre otros.

Edgar Garavito en su artículo Tierra y Territorialidad1, ayuda a conceptualizar el territorio y la importancia en el medio cultural. Del vocablo latino terra provienen tierra, terrígeno, territorio, territorial y territorialización. Concebido en esta perspectiva, el territorio es un problema de estudio filológico, geográfico, histórico y cultural, entre otros ámbitos. De la tierra (Gea) cada individuo hereda o tiene su casa, su morada y su oikos, del que se deriva la palabra economía. Para estar en la tierra, es necesario tener un ritmo de incorporación, un ritmo de vida y un ritmo para superar la adversidad.

Estar en la tierra implica dos peligros: el primero, sería retornar al caos, al sentir tantos obstáculos hasta perderse; el segundo, sería estar completamente territorializado, es decir, haber perdido en la vida las posibilidades de creación, invención, improvisación y ensoñación.

Para Edgar Garavito, “ser territorializado quiere decir estar capturado por unos aparatos geométricos, semiológicos o interpretativos rígidos que hacen que en nuestra vida no podamos abrirnos hacia un acto creador.”2

De acuerdo con esta derivada conceptual, ser territorializado correspondería a estar capturado sin la posibilidad de crear. Y la desterritorialización equivaldría al acto por el cual se rompe la captura. No sobrará advertir, que los conceptos territorialización y desterritorialización provienen de la filosofía francesa de Gilles Deleuze y Félix Guattari. Deleuze, ha escrito:

“En cuanto a los aparatos de Estado como tales, los relacionamos con determinaciones como las referidas al territorio, la tierra y la desterritorialización. Hay aparato de Estado cuando los territorios dejan de explotarse sucesivamente y constituyen el objeto de una comparación. Esto supone una larga secuencia histórica. Pero, en otras condiciones completamente distintas, encontramos el mismo complejo de nociones distribuidas de otro modo: por ejemplo, los territorios animales, sus posibilidades en relación con un centro exterior que es una suerte de tierra, los movimientos de desterritorialización cósmica, como los de las grandes migraciones…”3

Retornando a la raíz latina terra, se advierte que entre tierra y territorialización (acción de la captura) existe un abismo, son dos polos extremos. Sin embargo, en este rango hay dos conceptos intermedios: territorial y terrígeno. Lo territorial (referido al territorio) es una creación animal y humana. Lo terrígeno (terragenos) —donde genos significa creación, nacimiento, generación y surgimiento— es lo que nace, lo que es creado por la propia tierra y produce una dinámica (generación) y un movimiento. Si lo terrígeno es la expresión propia de la tierra, y la tierra es dinámica, en su plena acepción y concepción, es una invitación y exigencia para el cuerpo, la cultura y la sociedad no abandonen la relación vital con lo terrígeno. Con este utillaje teórico, aplicable a todo territorio, entonces, el Valle de Aburrá y Bello son un espectro de posibilidades.

Si lo territorial es una obra humana y/o animal, crear el territorio es tener un ritmo, establecer marcas, distinguir y relacionar estas marcas entre sí, estableciendo una posesión y un dominio del espacio territorial. Esta acción y creación territorial forman un estilo para habitar el territorio, ofrecen un ritmo distintivo, una práctica de vivir, y una relación con el espacio y con el tiempo. La gran posibilidad del territorio es no olvidar ni perder la relación con las fuerzas dinámicas de la tierra, la relación e inscripción con lo terrígeno, que en esencia son las fuerzas y posibilidades de la vida, la cultura y la aventura humana.

En esta incitación a problematizar y potenciar la identidad, la memoria y la política cultural, considerando también la esfera del arte, se postula que hacer cultura, hacer arte, es crear un territorio, un lenguaje, con marcas, con ritmos, estilos constructivos y de poblamiento. A manera de ejemplo, en la creación musical, existen ritmos crecientes y de- crecientes, que generan un declive, una armonía entre el sonido y el silencio.

Muchas culturas —por no decir que todas— han sido una respuesta territorial. Se crea una urbe, una ciudad, un centro, un espacio para el diálogo, para el intercambio y la creación. Lo territorial como acto de creación, dinámico y móvil, guarda un fuerte vínculo con lo terrígeno, es decir, llega a ser territorializado. No obstante, la pérdida de libertad y de creatividad son los peligros de la territorialización.

Ante estos peligros de coartar la libertad e impedir la creación, es funda- mental recurrir a la desterritorialización, para escapar de esa territorialización rígida. Salir de ella exige y posibilita recuperar lo territorial libre para el arte y la cultura, e ingresar a lo terrígeno como campo creador de fuerzas al infinito.

La territorialización es la formación de centros de gravedad, es la instauración de lugares donde se realizan las actividades humanas repetitivas, que hacen de los territorios lugares rígidos, es decir, esquemas que alejan de lo terrígeno, de la vida y de la cultura misma. La antropóloga Rita Laura Segato, en su artículo “En busca de un léxico para teorizar la experiencia territorial con- temporánea”4 aporta al debate al pro- poner, desde un enfoque lacaniano, los términos espacio, territorio y lugar, a partir del modelo de los tres órdenes de realidad: real, imaginario y simbólico.

En esta deriva conceptual, el espacio pertenece al dominio de lo real. El territorio es representación, es decir, espacio representado y apropiado. El territorio alude a una apropiación política del espacio, que tiene que ver con su administración y, por lo tanto, con su delimitación, clasificación, habitación, uso, distribución, defensa e identificación. Territorio es siempre representación social del espacio, espacio fijado y espacio de fijación vinculado a entidades sociológicas, unidades políticas, órganos de administración, y a la acción y existencia de sujetos individuales y colectivos. Territorio es espacio apropiado, trazado, recorrido y delimitado. Por lo tanto, no se reduce a un espacio físico ni a cualquier lugar. El lugar de asentamiento de un sujeto individual y colectivo es el soporte donde esas producciones espaciales (reales) y territorialidades (representaciones) se manifiestan, se simbolizan y se levantan sus mojones.

El Ordenamiento Territorial y la Ley 388 de 1997

(Ley de Desarrollo Territorial)

La unidad de análisis ordenamiento territorial, es concebida como la organización del territorio (espacial) tanto desde el punto de vista de la disposición de los elementos requeridos para pro- curar el desarrollo y el bienestar de la población, como de su administración. Se diferencian en esta unidad analítica dos dimensiones: político administrativo y físico espacial. Desde el punto de vista político administrativo, el ordenamiento territorial es la división de un ente político (ente territorial) en varias unidades menores, a las cuales se les asigna un territorio diferenciado, unas competencias y unos recursos. En este sentido, a partir de la promulgación de la Constitución Política de 1991, Colombia ha venido debatiendo diversos proyectos de reordenamiento territorial, con miras a dotar al país de una Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial, que sirva de marco y soporte a una nueva normatividad y regionalidad. A esta tarea y proyecto estuvo dedicado por más de 10 años Orlando Fals Borda, recientemente fallecido. Desde la óptica físico espacial, el ordenamiento territorial se refiere al racional aprovechamiento de los recursos naturales al igual que a la distribución y disposición en el territorio de los elementos y actividades más determinan- tes para su desarrollo, el beneficio de la población, y expresa espacialmente los procesos económicos, sociales y culturales de una sociedad.

En todos los ámbitos de la planeación, el territorio es un referente y variable central. Su complejidad y diversidad ofrecen luces y requieren su identificación, tipificación e investigación aplicada. El territorio es un patrimonio y un entramado de relaciones, interrelaciones humanas, sociales, naturales y culturales. El territorio es un producto social resultante de la apropiación de un espacio geográfico por parte de un grupo humano que lo ocupa y lo transforma, forjando en él formas de vida y de relacionamiento simbólico. La historia, la cultura, las oportunidades que ofrece el espacio natural geográfico y los medios de vida que de él se derivan, generan variadas maneras de ocupación del territorio, expresadas en distintos modelos de asentamientos humanos y en las características de los elementos constructivos y construidos que modifican el territorio que crean y adecuan condiciones de vida para quienes lo habitan.

Si el territorio es un patrimonio público, que está relacionado con la identidad y la memoria, debe defenderse ante la rapacidad y la captura de los intereses privados, que niegan el disfrute y goce de lo colectivo. El ordenamiento territorial orienta los procesos de ocupación de los territorios mediante el análisis de la disposición de los diferentes elementos que lo conforman y transforman, con la perspectiva de planificar e intervenir situaciones y tendencias existentes que resulten adversas al desarrollo y a la calidad de vida de sus moradores o usuarios, y en la búsqueda de mejores condiciones de desarrollo.

Con esta nueva dimensión de Ordenamiento Territorial se articulan las variables que ayudan a caracterizar las formas y los usos de ocupación del territorio, y se proyecta un nuevo modelo teórico-práctico de ocupación local y regional. La función pública dirigida a orientar y regular el uso y ocupación del espacio, con especificidad del ámbito municipal está reglamentada en Colombia por la Ley 388 de 1997 o Ley de Desarrollo Territorial.

Esta ley definió nuevas reglas para la práctica del urbanismo, la planificación urbana y territorial en Colombia. Su articulado supone un conjunto amplio de instrumentos de planeación y gestión del territorio y del suelo, para regular en los municipios del país el ordenamiento de su territorio, crear mejores condiciones de vida a la población y bases para lograr mejor productividad en las actividades económicas de la región, a partir de sus respectivos planes de desarrollo local, protege y consolida un modelo de ciudad contemporánea con base en la especulación inmobiliaria, a pesar de que incluye medidas de protección del Patrimonio Cultural inmueble en los planes de ordenamiento territorial (POT). Lo reglamentado en los artículos 10, 13, 15 y 48 de esta ley, establecen la protección de los centros históricos, los sectores urbanos antiguos o las edificaciones singulares con valor patrimonial.

La Ley 388 protege y consolida un modelo de ciudad contemporánea. Incluye las medidas de protección del Patrimonio Cultural inmueble en los planes de ordenamiento territorial (POT), las reglamentaciones para conservar los centros históricos, los sectores urbanos antiguos o las edificaciones singulares con valor patrimonial. La aplicación de esta Ley en los POT ha beneficiado en gran parte, a los grupos económicos y a las empresas constructoras. Y en términos de Francisco José Restrepo: “Vivimos un país sin un proyecto territorial propio y sensato, sin una cultura que agrupe en una utopía compartida una sensibilidad común, el país de los Planes de Ordenamiento…”5

Los POT están por encima “teórica- mente” de la Ley 388, lo que hace de estos de obligada aplicación y cumplimiento. Según Restrepo, estos Planes de Ordenamiento Territorial:

“Reglados en el Capítulo XI de la Constitución de 1991 donde la organización territorial nace de acuerdo con una realidad orgánica del territorio, y especialmente contra la fragmentación legislativa y con la pretensión de establecer mecanismos que permitan al municipio autónomamente promover el ordenamiento de su territorio, el uso equitativo y racional del suelo, la defensa del patrimonio ecológico y cultural, así como la ejecución de acciones urbanísticas eficientes y claras para el manejo territorial, de acuerdo con la realidad orgánica de ese territorio.”6

La Ley 388 contempla la participación ciudadana en el ordenamiento del territorio. La preeminencia del interés general sobre el particular, es uno de tantos principios en los cuales se fundamenta el ordenamiento del territorio. De esta manera, la identificación de los conflictos de uso de la tierra, su delimitación, cartografía, descripción e interpretación, son insumos para la planificación y ordenamiento del territorio. Además, conocer el territorio, ayuda creativamente para su ordenamiento y planeación regional. A manera de sugerencia, se debe leer esta Ley 388, en sinergia con la Ley 397 de 1997 (Ley de Cultura) y con la Ley 1185 de Patrimonio de 2008.

Bello en el ámbito metropolitano

Sergio Espitaleta en su “Ensayo sobre el olvido y la memoria”, escribe en uno de sus apartes:

“… La ciudad es el mayor invento de la memoria. O mejor, la ciudad es la memoria. Sólo se necesita de la memoria para la vida ciudadana. Porque la ciudad no es para el nómada. Sólo es para el que tiene identidad, para el que tiene orden, para el ser cosmológico. Por ello a la ciudad y al ciudadano se les pide identidad. Qué eres y de dónde eres. Quién eres, habitante. Qué lugar habitas y qué te define. Porque la identidad y el orden dan seguridad. Porque la vida hay que parcelarla. Porque el caos no tiene territorio o es territorio de nadie. Y por eso da miedo. Porque lo extraño y lo diferente subvierten. Desterritorializan. Lo confuso es inubicable e indefinible. Porque el bárbaro no tiene territorio, no es idéntico ni domeñable. Es un ser errante como la muerte, como el deseo…”7

El espacio geográfico, en nuestro caso la ciudad de Bello, como variable y unidad de análisis, de estudio y de creación, es fundamental en la planeación, en los estudios sociológicos, antropológicos, históricos y culturales, entre otras aproximaciones del conocimiento.

En cuanto al Valle de Aburrá, concebido como región, se esboza la sugerencia de Eric Van Young al indicar que el proceso de construcción de una región histórica depende la existencia de una élite regional y de cierto grado de desarrollo autónomo de su economía.

El ámbito territorial y la estructura espacial del Valle de Aburrá, es el resultado de la configuración geográfica delimitada por la cuenca del río Aburrá, que corre de sur a norte, y una serie de microcuencas que derivan y tributan al río a lo largo de su recorrido, en el caso de Bello, los afluentes y microcuencas La García, El Hato, La Madera, entre otras quebradas.

La actual ocupación del territorio bellanita ha sido determinada por el in- tenso proceso de urbanización que ha sobrepasado los perímetros urbanos, dando forma a un conglomerado en donde desaparecen casi los límites municipales, para dar paso, en primera instancia, a un fenómeno de conurbación y, posteriormente, de metropolización.

El Valle de Aburrá tiene una longitud aproximada de 60 kilómetros y una amplitud variable, con una extensión de 1.152 kilómetros cuadrados, configurado por una topografía irregular y pendiente, que oscila entre 1.400 y 2.800 metros sobre el nivel del mar. Aunque, en Bello, las Serranías de las Baldías (subpáramo) se encuentran a 3.150 metros sobre el nivel del mar, es un relicto o reserva protegida naturalmente y estrella hídrica donde nacen las quebradas El Hato, La García, entre otras. Estas dos quebradas son la fuente principal de agua de Bello. En la parte alta de la cuenca de La García se encuentra la represa de Fabricato, que atiende sus necesidades de agua y de electricidad, además, de brindar un paisaje con potencial ecoturístico.

Estas cordilleras que encierran el Valle de Aburrá, hacen posible el agradable clima de la zona urbana, y forman diversos microclimas en sus alrededores y ofrecen un variado paisaje natural, cultural y ecológico. Parte del territorio bellanita lo podemos contemplar desde el cerro tutelar El Quitasol.

Los 10 municipios del Valle de Aburrá concentran 3´080.889 habitantes urbanos8, equivalentes al 72,64% de la población urbana del departamento, y al 54,32% de la población total del mismo.

Esta concentración poblacional, mar- ca un modelo de ocupación territorial que no dependía de los ríos más importantes de Antioquia: el Atrato, el Cauca y el Magdalena. Como línea estratégica se plantea integrar, articular y dotar equilibrada y de manera sostenible el territorio antioqueño. Este modelo ha concentrado su mayor desarrollo económico y de servicios en la región central de Antioquia y específicamente en el Área Metropolitana, con los visibles desequilibrios territoriales en el norte, como es Bello, Copacabana, Girardota y Barbosa. Bello tiene una extensión de 142,36 kilómetros cuadrados (19,92 kilómetros cuadrados en la zona urbana, y 122,44 kilómetros cuadrados en la zona rural); una temperatura de 22 grados centígrados en la zona urbana, 17 grados centígrados en el Corregimiento de San Félix y 13 grados centígrados en las Serranías Las Baldías. Su altura oscila entre 1.450 metros sobre el nivel del mar (zona urbana central) y 3.150 metros sobre el nivel del mar Serranías Las Baldías.

Bello limita con Medellín, Copacabana, San Pedro y San Jerónimo. Tiene una población de 421.576 habitantes, de los cuales 412.344 se encuentran ubicados en la zona urbana y 9.232 en la zona rural, 4.460 son hombres y 4.772 son mujeres (censo DANE 2005). Y su división administrativa está compuesta por el área urbana, subdividida en 11 comunas y 100 barrios; y el área rural conformada por el Corregimiento de San Félix y 15 veredas: Granizal, El Carmelo, Potrerito, Hato Viejo, La Primavera, Tierradentro, Guasimalito, Cerezales, El Tambo, Cuartas, La China, La Unión, Sabanalarga, Ovejas y la Palma.

Un nuevo modelo de ocupación territorial bellanita (zona urbana y rural), se debe expresar en una nueva estructura productiva diversificada, que equilibre el rico potencial natural y cultural, que armonice y potencie todo el territorio. Ocupación territorial, con desarrollo local y regional concertado con los actores e instituciones que se organizan y movilizan procurando el desarrollo de nuestro territorio; que valore y aproveche los medios, los recursos, el liderazgo, la cooperación pública y privada hacia el interés y bienestar de la mayoría.

El 86 por ciento del territorio bellanita es rural, tiene una baja concentración poblacional y gran dificultad de movilidad y acceso a los equipamientos urbanos (para la salud, educación, comercialización y abasto; cultura, recreación y deporte; administración, seguridad y servicios públicos). Este territorio rural es un potencial de desarrollo agroindustrial y de turismo, el cual se debería insertar en la dinámica comercial de la región del norte del Valle de Aburrá. El 14 por ciento del territorio es zona urbana con una alta densidad demográfica, que genera un marcado desequilibrio expresado en frágil situación económica y pérdida de identidad sociocultural, que desconoce todavía su vocación económica local.

Aunque empíricamente, esta vocación tiende hacia el sector comercial y de servicios con un alto grado de informalidad. Bello, como tantas otras ciudades, se encuentra en crisis profunda de sus estructuras productivas basadas en el modelo de la industrialización antioqueña. En el documento Proceso de revisión y ajuste del plan de ordenamiento territorial del Municipio de Bello 2008, en su soporte técnico N.º  2, diagnostica: “El territorio es una construcción social que expresa las tensiones sociedad-naturaleza y los procesos de apropiación, semantización y simbolización de los grupos humanos sobre el espacio geo- gráfico” (p. 53).

Es necesaria y prioritaria la intervención del Estado en la plataforma territorial de Bello, con el concurso, sentido y organización de la sociedad civil, hacia el desarrollo armónico y equilibrado del territorio urbano y rural. En Bello, el ordenamiento territorial y su modelo ha zonificado y microzonificado el territorio. No obstante, no se ha pensado, asumido, ni conceptualizado el territorio urbano rural de Bello en su totalidad y complejidad. Además de concebir el territorio de una manera policéntrica, se debe abordar de forma polisémica.

Tabla 1. Población de Bello zona urbana por comunas

Comuna Nombre comuna Población

1             París       44.765

2             La Madera             45.876

3             Santa Ana              15.071

4             Suárez     79.875

5             La Cumbre             40.212

6             Bellavista               42.388

7             Altos de Niquía     63.883

8             Niquía    34.425

9             Guasimalito           6.636

10           Fontidueño           16.255

11           Zamora   22,958

Total       412.344

Fuente: Plan de Desarrollo 2012-2015. Bello ciudad educada y competitiva

La identidad territorial está configura- da por el sentido de pertenencia, arraigo, las representaciones simbólicas, el patrimonio y la memoria histórica. Las comunidades asentadas lo reclaman y saben que defendiendo el territorio, sobreviven como cultura bellanita. El territorio de Bello es complejo, espacio de múltiples prácticas y relaciones cotidianas. Este lugar, este espacio, debe ser para el encuentro, el diálogo de saberes, especialidades, contextos rituales, ámbito de comunicación y cultura. Memorias y lenguajes.

4. El territorio y la globalización

Al pensar y conceptualizar el territorio bellanita, se debe estar atento a la globalización geopolítica y económica que impuso el actual modelo neoliberal, en el que se constituyen regiones, macrorregiones y bloques, que van desde lo local a varios países asociados.

La globalización, en el horizonte característico del actual paradigma de desarrollo, tiene como principal reto alcanzar un equilibrio dinámico entre la eficiencia económica y productiva, la equidad social y la sostenibilidad ambiental, tanto a escala local como global (lo glocal). Se vislumbran tres tendencias de este modelo de desarrollo: primera, la intensificación de los procesos de urbanización, jalonada fundamentalmente por el sector servicios; segunda, la del sector de servicios intensivos; y la tercera, la poca innovación en el sector agropecuario. Estas tres tendencias, per- filadas grosso modo, tienen un impacto en el desarrollo y en la organización del territorio.10

El desarrollo local y regional debería entenderse como el campo de fuer- zas, procesos políticos participativos de toma de decisiones, y no como un complemento a la globalización. En el marco de la globalización actual, la localidad y la región están limitadas para ser gestoras y actoras de su propio desarrollo. Se enfrentan a dos vectores contradictorios en su relación con otros territorios: el primero, es la competencia por crear ventajas específicas y mejorar las condiciones de localización, lo cual puede generar conflictos entre los territorios; el segundo, sería la complementariedad, que se deriva de los procesos económicos y sociales cada vez más especializados, interdependientes y globales, que presuponen la colaboración y cooperación individual y colectiva.11

La globalización impone una nueva orientación de las políticas de desarrollo local y regional en los distintos factores del territorio. La política local y regional debe enfocarse hacia la movilización de recursos endógenos en el marco de visiones estratégicas del desarrollo, con el fin de crear ventajas comparativas y específicas para la localización de actividades, servicios y alcanzar un desarrollo integral eficiente (no sólo económico), con equidad social y sostenibilidad ambiental. En este horizonte teórico, Jesús Martín Barbero en su ensayo “Pensar juntos espacios y territorios”, observa que:

“No podemos enfrentar la globalización perversa que hoy tenemos sin asumir lo que pasa en esa otra espacialidad-mundo, que está cambiando el centro de las ciencias sociales, pues hasta hace unos años su centro era el Estado- Nación, pero hoy no lo es más: hoy su concepto eje, lo que realmente necesita pensar, es el mundo [mundo local].”12

Este concepto axial debe conectarse con el componente ecológico, según el cual el entorno no es un exterior que nos rodea, sino el espacio que se habita. Y el uruguayo Raúl Zibechi, en su apartado “Los tentáculos de la globalización”, nos indica:

“La vasta reconfiguración territorial en curso, destinada a conectar los territorios del capital multinacional con los grandes mercados globales… son planes estratégicos de carácter económico, que tienen un segundo momento en las formas de control directo sobre las poblaciones y puntos geográficos determinantes… Los tentáculos de la globalización terminarán de convertir la naturaleza y los pueblos del continente americano en meros objetos, recursos para la acumulación de capital. Esta pro- funda reconfiguración territorial, es una verdadera guerra contra los pueblos y la naturaleza.”13

Para contrarrestar esta guerra, desde lo local, en Bello es urgente democratizar el poder ciudadano, lo cual implica un verdadero proceso de reconstitución democrática del territorio. Es decir, re- constituir el poder local, empoderar a los ciudadanos y a la sociedad civil, convertir el movimiento social-cultural be- llanita, en una sociedad que resista los embates de la globalización.

A manera de epílogo, conviene citar un fragmento de La Casa de las dos Palmas de Manuel Mejía:

“[…] Hasta el vagabundo superior tendría que llevar consigo sus raíces. Los antepasados también fueron uno mismo, identificados en la tierra; buscar una identidad como su geografía, su sangre, y saber danzas y leyendas y canciones que danzaran y cantaran quienes tenían ritmo en el nervio, y esperanza. Para no continuar siendo el extranjero, palabra detestable en un mundo tan pequeño, tan de todos, tan de nadie.”14

Referencias

_______________________________

1. En Revista Territorio Cultural N.º  2, Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia. Dirección de Cultura, Medellín, 1999, pp. 85-92.

2. Ibídem.

3. Deleuze, Gilles. Conversaciones, Pre-Tex- tos, Valencia, España, 1995, p. 51.

4. En: (Des) territorialidades y (No) lugares. Procesos de configuración y transformación social del espacio. Herrera G., Diego y Piazzini S., Carlo E. La Carreta social, Instituto de Estudios Regionales (Iner), Universidad de Antioquia, Medellín, 2008, pp. 75-94.

5. Restrepo, Francisco. Ponencia “Ordenamientos Territoriales de ciudades sin alma a ciudades difusas” Foro por la cultura en Bello, 2010.

6. Ponencia citada, p. 6.

7. Espitaleta, Sergio. Huellas. Revista del Centro de Historia de Bello. Año VI, N.º  6, diciembre de 2004 – marzo de 2005, p. 43.

8. Anuario Estadístico de Antioquia, 2005.

9. Plan de Desarrollo 2012-2015 “Bello Ciudad Educada y Competitiva”.

10. Gaviria G., Zoraida y Arango S., María E. La dimensión del Ordenamiento Territorial en el Plan Estratégico de Antioquia. Impresos El Día, Medellín, 2007, pp. 3-4.

11. Ibíd., p. 5.

12. Martín B. Jesús. En: (Des) territorialidades y (No) lugares… Op. Cit., p. 27.

13. Zibechi, Raúl. América Latina: Periferias urbanas, territorios en resistencia. Ediciones desde abajo, Bogotá, 2008, pp. 226-230.

14. Editora Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A., Bogotá, 2008, p. 51.

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