Por Edgar Hernando Restrepo Gómez, Historiador.
Introducción
La modernización de la región antioqueña se ha interpretado en la corriente de la nueva historia colombiana, como el resultado del proceso de industrialización, tecnificación, crecimiento urbano y cambios culturales, aspectos que influyeron en el desarrollo de las ciudades y con mayor impacto en el asentamiento de las dos más importantes industrias textiles del siglo XX en Antioquia: Fabricato en Bello y Coltejer-Rosellón en Envigado.
Se han escogido ambas ciudades, primero, por tener un elemento similar, la implementación de una industria textil con todos sus beneficios y dificultades; y, lo segundo, por sus diferencias en la relación empresa-población: la inversión de capital de sus empresarios, los beneficios sociales implementados, los impactos económicos en sus respectivas localidades.
¿Cómo afectó la industria textil el desarrollo de la localidad? ¿De qué manera estas ciudades fueron influenciadas en su población por el asentamiento de ambas industrias? La primera respuesta está en la creación de un sector obrero, que asimiló los nuevos ritmos de trabajo, con sus horarios, reglamentos y modos de ser. La segunda respuesta está en la influencia de la industria en la economía local, a través de los tributos al municipio, los salarios de sus empleados y obreros y las obras civiles o de infraestructura que propiciaron. Veamos a continuación el desarrollo de los aspectos mencionados.
Inicios de la industria
Las empresas textiles comenzaron a fundarse a fines del siglo XIX por la élite económica, ya que habían acumulado un importante capital por sus actividades en el comercio, el cultivo del café y la explotación minera del siglo XIX[1]. Esa élite empresarial inició el montaje de la industria manufacturera como una actividad adicional a sus negocios, y aprovechó algunos factores como “la disponibilidad de mano de obra femenina dispuesta a abandonar el campo y a emplearse con salarios relativamente bajos; y la circunstancia de que los sistemas de trabajo, las actitudes frente al salario y la disciplina derivados de la experiencia en la minería y en la industria cafetera, permitieron acomodarse más fácilmente al trabajo fabril”[2].

Adicionalmente a estos factores, se agregaba otro: la demanda de energía eléctrica, puesto que era primordial para el éxito de la producción de las empresas. Es así como Germán Jaramillo Villa, con experiencia y estudios en Europa, ubicó los mejores lugares tanto en Bello como en Envigado, pues las caídas de agua de las quebradas La García y La Ayurá, respectivamente, cumplían los requerimientos técnicos para mover las ruedas Pelton y suministrar la energía eléctrica. “Por su cercanía a Medellín, su situación topográfica y abundancia de aguas, Bello fue escogido para levantar allí la fábrica. Burgo triste, feo y de poquísima población en esa época; distrito alegre, rico y floreciente hoy, con más de veinte mil almas, y con perspectivas de más brillante porvenir”[3].
Otros elementos de la relación entre la élite y la formación de la industria fueron el carácter social de la familia como institución financiera, fue la principal fuente de canalización de fondos destinados a las empresas, como lo afirma Brew: “los miembros de una misma familia, como hermanos y primos, generalmente eran socios comerciales y manejaban los intereses de los parientes viejos y de las viudas de la familia… en un medio inseguro y sin instituciones legales adecuadas, esta costumbre fue esencial y permitió invertir con confianza en empresas demasiado grandes para los recursos de un solo individuo”[4]. Este aspecto va a ser un factor común a las empresas textiles ubicadas en Bello y Envigado, y en la definición de la administración paternalista y su relación con la población y la administración pública de cada una de ellas.
El caso de Bello
El primer intento de empresa textil en Bello, fue la Compañía Antioqueña de Tejidos en 1902. Los socios fueron el Banco Popular de Medellín, Eduardo Vásquez J., Pedro Nel Ospina, la casa comercial de Álvarez y Cía y el comerciante Camilo C. Restrepo. El capital se estipuló en $600.000 mil pesos, distribuidos en 1.200 acciones, a 500 pesos cada una. Eduardo Vásquez fue su principal accionista, teniendo en cuenta que además de sus acciones era socio del Banco Popular. Era hijo de Pedro Vásquez Calle, y junto a su hermano Julián, amasaron una de las más grandes fortunas comerciales en la segunda mitad del siglo XIX[5].

Pedro Nel Ospina, sobrino y yerno de Eduardo Vásquez, fue un importante ganadero, caficultor, exportador de café, y minero, gerente de la Cervecería Antioqueña, fundada en 1901 y de la Ferrería de Amagá en 1890, de la cual también fue accionista, además fue socio del Banco Popular y llegará a la Presidencia de Colombia en 1922, como lo había hecho su padre Mariano Ospina Rodríguez en 1858.
Sin embargo, este primer experimento industrial fracasó y, según Santiago Montenegro, por “la inexperiencia de los empresarios y las elevadas y frecuentes alzas de tipo de cambio, dieron al traste con el capital inicial cuando no se había terminado de construir el edificio y la maquinaria no había sido despachada”[6].

En julio de 1905 se constituyó la Compañía de Tejidos de Medellín, que después adquirió todos los bienes y se hizo cargo de las deudas de la Compañía Antioqueña de Tejidos. Sus accionistas pertenecían a dos familias: de un lado, la casa comercial de los Restrepo Callejas y sus parientes; del otro, Eduardo Vásquez J., por ello su primer gerente fue Emilio Restrepo Callejas hasta su muerte en 1932. La compañía cambió de nombre en 1935 por Tejidos Bello y luego en 1939, fue absorbida por Fabricato.
Después de la superación de sus dificultades, Restrepo Callejas expresaba su optimismo y beneficio para la ciudad: “las personas que visiten nuestra fábrica y se den cuenta del capital invertido en ella se persuadirán de que los empresarios estamos forzados a seguir adelante y a vencer cuantas dificultades se presenten… si nuestros deseos no nos ciegan, esperamos ver no muy tarde a Bello convertido en el Manchester de Colombia…”[7].
Finalmente, Fabricato (Fábrica de Hilados y Tejidos del Hato) inicia sus operaciones en 1923 con los aportes de tres casas comerciales: Lázaro Mejía Santamaría y Cía., M. Navarro y Cía., y R. Echavarría y Cía., (Ramón, Pablo, Alberto y Jaime Echavarría), sociedad última que había participado en la fundación de Coltejer. Estas sociedades eran comerciantes al por mayor, con participación en bancos y minas. Los echavarrías fueron, inicialmente, minoritarios, pero luego compraron la participación accionaria a los Navarro. La inmejorable ubicación de la fábrica en Bello, es corroborada por Enrique Echavarría, cuando decía que:
Suerte y tino hubo en levantar la fábrica, pues ésta se alzó a orillas y a la desembocadura del mismo riachuelo del Hato y contigua a la estación del ferrocarril; los rieles de éste entran a la fábrica y sus vagones llegan hasta el mismo depósito de caldera. Gran facilidad hay así para el cargue de mercancías, y para el descargue de maquinaria y de carbón; éste entra diariamente por toneladas para alimentar la potente caldera de la planta eléctrica; la mano de hombre, dificultosa y tardía, queda por ende eliminada[8].
El caso de Envigado
La Compañía de Tejidos de Rosellón fue la tercera empresa moderna que se estableció en Antioquia. Aun cuando se inaugura en el año de 1915[9] ya se había construido desde 1911 el edificio para la fábrica y se había importado una porción de la maquinaria; la parte correspondiente a la planta para hilados se perdió al hundir los alemanes el barco que la transportaba durante la primera guerra mundial.
Rosellón fue fundada por la casa comercial de Heliodoro Medina E. constituida en 1895 en la ciudad de Yarumal y, desde principios de siglo XX, domiciliada en Medellín. Esta casa se ocupaba de la introducción de mercancías extranjeras, especialmente de telas y participó en la fundación del Banco de Yarumal(1901) y fueron accionistas del Banco de Medellín (1884)[10]. Con el transcurso del tiempo, esta familia compraría otras empresas pequeñas de textiles: Compañía Unida de Tejidos y Encauchados (Tejiunión), la cual con el tiempo se transformara en Satexco, Fábrica de Tejidos Hernández (luego Tejidos Medina) y Calcetería Helios.

Los más activos miembros de la familia Medina, fueron Heliodoro (padre) y Roberto (hijo), quienes serán los gerentes de Rosellón en sus primeros años. En Medellín, Roberto figuró en 1910 entre los directivos de la Cámara de Comercio y en 1911 como miembro del Concejo de Medellín[11]. En 1939, cuando la fábrica fue vendida a Coltejer, el hijo migró a Bogotá donde fundó Tejidos Monserrate y Paños Colombia.
En definitiva, la inversión de la élite comercial, financiera e industrial en el proceso manufacturero, implicó 17 principales empresas de textiles; nueve se encontraban en Antioquia (ocho en Medellín y una en Sonsón); además, de los $2.389.400 (ver cuadro No. 1) que representaba el capital de las 17 empresas, un poco más de la mitad correspondía a las nueve empresas antioqueñas, aunque para entonces el mayor establecimiento textil era la fábrica Obregón en Barranquilla, seguidas por las fábricas de Bello y Coltejer en Medellín.
La clase obrera textil
Con la industria nació la clase obrera, no sindicalizada, fragmentada, sin objetivos comunes de lucha, con reivindicaciones coyunturales, con precaria influencia de los recién conformados partidos obreros y socialistas. La estadística obrera es incierta, no se tienen cifras fiables, salvo para algunos años posteriores, registrada en los censos industriales del municipio de Medellín, o la feria industrial de 1923 (ver cuadro No. 2). Según la investigación de Luz Gabriela Arango, en esta clase obrera predominaban las mujeres y los niños en un 85%, solteras en su mayoría, y menores de 25 años[12].
Sobre esta creciente clase asalariada, se realizó un constante control moral, social y religioso, con ayuda de las diferentes organizaciones católicas, en especial la Acción Social Católica y los órganos de prensa como El Obrero Católico, además de la labor de varias comunidades religiosas como los Jesuitas, las Hermanas de la Presentación, los Hermanos Cristianos o Lasallistas. Esta labor era complementada con la acción de la Juventud Católica, la cual preparaba a los jóvenes varones para la defensa de la Iglesia y la propagación de la Doctrina Social Católica entre los obreros[13]. Estas acciones de la Iglesia combinadas con medidas de la élite empresarial centradas en los “beneficios sociales y laborales”, y un asistencialismo comunitario; dieron como resultado obras de infraestructura como los barrios obreros, la clínica o centro de salud, el Patronato de obreras, las cooperativas de trabajadores, las escuelas públicas, los periódicos y revistas; con el fin de mantener los trabajadores sumisos y optimizar la producción, así como para prevenir la infiltración de las ideas y partidos comunistas. Por otro lado, se introdujo una ideología del trabajo de naturaleza religiosa, en la cual, la responsabilidad, el deber y el amor por la empresa y el patrón (como familia y comunidad cristiana) primaban en las relaciones laborales y sociales.
La población obrera textil en Bello como en Envigado, fue un sector social pequeño, ya que entre 1905 y 1925, su crecimiento se hizo al ritmo de ampliación de la producción. Así en la de Tejidos Bello ascendió de 150 a 510, entre hombres y mujeres, y la de Rosellón fue de 120 a 380. Esta evolución explica el crecimiento moderado de ambas empresas, que sólo se modificó cuando se superó la crisis financiera de 1929 y se dio la expansión de su productividad en 1930, lo que permitió alcanzar los 4.746 obreros en 1945, Fabricato y Coltejer juntas (ver cuadro No. 2).

Con referencia a esta demografía y en el contraste de las dinámicas del siglo XX, en 1925, Colombia poseía 6.724.000 habitantes aproximadamente, de los cuales 2.505.000 eran trabajadores o población económicamente activa y descontando los demás sectores económicos, quedaban 101.000 obreros en la industria manufacturera[14]. La industria textil antioqueña, comenzaba a representar un peso significativo en la sociedad y en la economía local, pues lideró el proceso de modernización de la región.
Este peso significativo del sector obrero en las ciudades tuvo efectos a largo plazo en el crecimiento poblacional. Bello triplicó su población, al pasar a más de 5000 habitantes en 1913, a 13.416 en 1938. En contraste, Envigado fue más lento, y aunque poseía 9.624 habitantes en 1918, su incremento fue escaso pues sólo pasó a tener 14.054 habitantes en el mismo periodo. Este crecimiento es paradójico, teniendo en cuenta que existían otras empresas de importancia, como las fábricas de Calzado Grulla, La Bota del Día, Rey Sol, una empresa de curtimbres, varias fábricas de bocadillos y otras pequeñas industrias[15].
Adicional a su crecimiento poblacional, el impacto de los salarios en las economías locales, se evidenció en la creación de varios almacenes comerciales, el consumo de electrodomésticos y la modificación paulatina del dominio patriarcal, ya que las mujeres obreras pudieron aportar a los ingresos familiares, adquiriendo mayor consideración, reconocimiento social y estatus. Aunque varias de ellas, alejadas de sus parientes en el campo, se alojaron en los Patronatos, donde las Hermanas de la Presentación moldearon su conducta, su cuerpo, su mentalidad[16].

Los salarios percibidos por las mujeres eran la mitad con respecto a la de los hombres y algo más que las percibidas por los niños (Ver cuadro 3). Esta situación contribuyó a las altas márgenes de utilidades de las empresas textileras en las tres primeras décadas del siglo XX; y sólo comenzaría a cambiar a partir de 1930, con la incorporación de mayor fuerza de trabajo masculina al proceso productivo, el consiguiente aumento de remuneración, y el establecimiento de la jornada laboral de ocho horas, por medio de la promulgación del decreto 895 de 1934, en el gobierno de Enrique Olaya Herrera. Adicionalmente, los salarios se verían afectados por reformas administrativas y técnicas en las empresas textileras, con el fin de lograr mayores niveles de productividad como la generalización del sistema de pago a contrato (o a destajo), mediante el cual los sueldos dependían del rendimiento sacado a las máquinas; mejoras en los sistemas de liquidación de producción por obreros; traslados internos de personal, despidos de la mano de obra considerada superflua; y, por último, importación de maquinaria equipada con contadores para medir la producción del obrero[17].
Estas reformas antiobreras causaron una reacción de los trabajadores y produjo en la región, las huelgas de Coltejer en 1935 y Rosellón en 1936. La primera, paralizó a Medellín, pues generó solidaridad de otros sindicatos, como el de los electromecánicos, que dejó la ciudad sin energía eléctrica; la segunda, en Envigado, donde la empresa cerró la fábrica y el gobierno de López Pumarejo declaró ilegal la huelga por haberse omitido algunos trámites en el proceso de declaración. Ésta última contó con un amplio apoyo de la población, de otros sindicatos e incluso de las autoridades municipales, situación que permitió el éxito de la misma cuando el gobierno medió para que la empresa firmara un acuerdo que reconocía a los obreros el alza de salarios, mejoras en los servicios médicos, vacaciones remuneradas en Semana Santa y Navidad, entre otros reclamos[18]. Esta huelga de Rosellón demostró la relación estrecha entre la empresa, la población y el municipio, pues los conflictos, dificultades y éxitos implicaban efectos sociales y económicos de largo plazo.

Cambios culturales
“Dios y Fabricato”, se decía en esos años entre los habitantes de Bello y “Rosellón lo es todo”, entre los de Envigado; fueron frases que constituyeron el síntoma de una nueva cultura del trabajo, de una nueva concepción de familia y comunidad. La fábrica inició un proceso de cambio de ritmo de vida y noción del tiempo, que fue introducido paulatinamente en la mentalidad de los obreros y de la población en general. El sonido de la sirena de la fábrica marcaba el paso de las horas, ayudado por las campanadas de la iglesia, el movimiento apresurado de sus habitantes, ya que quedaba poco tiempo para el ocio y el tiempo libre, “el tiempo es oro”, y se introducían nuevos valores sociales como la responsabilidad y la puntualidad. Estos aspectos configuran el propósito de la élite empresarial de inculcar una disciplina capitalista del trabajo. Y sin embargo, las diversiones se produjeron alrededor de lugares donde se consumía alcohol como las cantinas y fondas, y éste uso del tiempo libre generó recelos en los empresarios que lo consideraban tiempo “dilapidado” y, por lo tanto, recurrieron al sistema de recompensas y multas en la fábrica, por un lado (sanciones ya instauradas por Emilio Restrepo desde 1909); y campañas morales, por el otro (Ver caricatura). Adicionalmente, para la Iglesia, eran los momentos de la inmoralidad y la corrupción del buen cristiano y, para el Estado, oportunidades de fraguar rebeliones y huelgas[19].
En el obrero textil, el pensamiento de ser parte de la empresa, de cumplir un destino y una función importante, era un elemento que giraba constantemente en su cabeza. En el tiempo de su jubilación, se presentaba el “síndrome del pensionado”, que causaba depresión porque la vida había perdido su razón de ser, su sentido de “utilidad” para la sociedad y la ciudad. Este pensamiento de los obreros, no nació de ellos, fue el producto de un sistema empresarial, religioso, social y moral que vio la forma de moldear a una clase social popular, en una nueva cultura capitalista del trabajo, haciéndola parte indispensable de la cadena productivo.
La idea de progreso
La instalación de la energía eléctrica y la fundación de las industrias, fueron aspectos que para los habitantes de Bello y de Envigado, representaron avances de la modernidad, de los cuales no debían sustraerse, si querían estar a la par de otros países industrializados o ciudades modernas del siglo XX. El cosmopolitismo de la élite empresarial y su visión de los negocios impusieron la ya decimonónica idea de progreso[20] en las poblaciones locales, convirtiéndose en la abanderada de la sociedad y de la cultura regional.
La llegada del ferrocarril con sus estaciones, sus locomotoras y la agitación de viajeros y mercancías, estimuló la imaginación y el entusiasmo de los pueblos; así también el alumbrado de calles, parques y barrios, amplió el horario del diario vivir y la diversión nocturna se fortaleció; por igual el tranvía con sus rutas integraban y acercaban aún más las comunidades. En definitiva, fue una época de grandes transformaciones técnicas y cambios en las condiciones de vida que eran percibidas como de un “progreso infinito” de nunca acabar. Fue la demostración precisa del poder del hombre sobre la naturaleza y la confianza en sus capacidades para crear un mundo mejor. Un cronista de la ciudad anotaba el cambio de la modernidad y el progreso en el transporte, cuando observaba “que muchos pasajeros del tren descendían de él para concluir su trayecto en tranvía. Como quien dice, para cambiar de material rodante tirado por carbón a material rodante tirado por electricidad. Eran cosas del progreso”[21].
En Envigado, los líderes locales veían que la instalación del alumbrado eléctrico, así como la creación de industrias locales eran sinónimos de “civilización y progreso material” indispensables para la población y para el renombre de la ciudad misma. Así, concedieron exención de impuestos y también concesiones de aguas tanto para los asentamientos de fábricas como para la instalación de plantas de energía eléctrica. La familia Medina, una de las dueñas de Rosellón, obtuvo condiciones ventajosas del Concejo Municipal al obtener la concesión de aprovechamiento de la quebrada La Ayurá y la exención de impuestos por 20 años, a cambio de emplear mano de obra de la ciudad. Posteriormente, el vertimiento de tintas, la reducción del caudal para los productores paneleros y el uso doméstico, fueron las quejas de la población para retornar el dominio en el uso de las aguas al municipio en los siguientes años. Además de Rosellón, otras fábricas aprovecharon las aguas de la quebrada La Ayurá para sus procesos industriales como la Fábrica Nacional de Chocolates, los talleres mecánicos y de fundición, entre otros[22].
Un aspecto de las concesiones a la “corriente del progreso”, fue la manera como las empresas locales se hicieron accionistas mayoritarios de las compañías eléctricas, y en menor proporción el municipio y algunos particulares, con el fin de obtener tarifas preferenciales al monopolizar el suministro de energía. La empresa Rey Sol (1912), en Envigado, obtuvo la mayoría accionaria en la Compañía de Instalaciones Eléctricas de Envigado creada en 1910, para el montaje de la planta eléctrica y la administración del servicio de energía. Ante la prevalencia de los intereses privados en la prestación del servicio y las protestas de la comunidad, el Concejo Municipal inició un proceso de recuperación de la compañía hasta lograr su municipalización en 1926[23].
La fábrica de Tejidos de Bello o fábrica “vieja” utilizó las aguas de las quebradas y la exención de contribuciones directas por 10 años del Concejo Municipal hasta que por Acuerdo de 1916, y luego de la demanda del gerente Emilio Restrepo Callejas, fue grabada en 1000 pesos anuales[24]. En los siguientes años, se incrementaría la contribución directa o impuesto a la industria por la creación de Fabricato en 1923, y la fusión de ambas textileras en 1939; además, el ente municipal negoció el pago de impuestos por medio de préstamos condonables u obras públicas prioritarias.
En sus comienzos, el suministro de energía eléctrica para la población fue precario y se limitaba a las oficinas oficiales y a algunos almacenes comerciales del centro de la ciudad. Esto se debió a la poca capacidad de las plantas eléctricas instaladas en el cerro El Calvario (1919) y la vereda Potrerito (1930), a pesar de que la primera contó con la participación del ingeniero civil Alejandro López.
Otro elemento para afianzar la idea de progreso en el sector obrero fueron los medios de comunicación impresos en las fábricas como forma de impulsar sus ideales productivos y patrones culturales; así, Fabricato público Gloria y Moda Nova, como divulgación de estilos y modas modernas. Posteriormente, la revista Fabricato al Día, fue el órgano comunicativo por excelencia de los logros y campañas de la empresa; el periódico El Telar en la década de los cuarenta y el Boletín Quincenal en los cincuenta, que propagaba la doctrina social Católica. Coltejer-Rosellón impulsó la revista Lanzadera (1944), medio centrado en la literatura, la educación obrera, la recreación deportiva y las noticias de Envigado.
Desarrollo urbano
El tránsito de pueblo a ciudad es un proceso de largo aliento, se inicia con la fundación de las fábricas textileras, la expansión urbana con nuevos barrios, y continúa hoy con la creación de nuevas centralidades de comercio y servicios. Se piensa que la clase obrera, con sus mejores ingresos, modificó el panorama de las economías locales, puesto que los salarios eran ligeramente superiores a los percibidos en el campo; pero, ante el costo de vida de la ciudad, se reducían sustancialmente. Las huelgas ocurridas tenían como una de sus reivindicaciones el alza de salarios, como fue la desarrollada en la Compañía Antioqueña de Tejidos, en 1920, en la ciudad de Bello. Entre sus reivindicaciones, además de la remuneración, estuvo el chantaje sexual, la prohibición de entrar calzadas y las numerosas multas sin motivo[25].
En Bello, los puntos de referencia que establecieron las líneas del desarrollo urbano, en sus primeros treinta años, fueron las dos principales fábricas de textiles mencionadas, y la estación del ferrocarril con sus talleres, 1913 y 1925 respectivamente. Estos nuevos polos de desarrollo atrajeron y concentraron mano de obra local y de otras regiones, y marcaron las directrices de la expansión urbana en los próximos años, que convirtieron a un pueblo en ciudad[26].
Los barrios obreros en Bello se crearon por iniciativa de Fabricato para darles una vida más digna a sus trabajadores, por ello impulsó los barrios Manchester (1925), el Obrero (1947), Santa Ana (1954) y, el San José Obrero con iglesia, cancha deportiva, teatro y cuadras con amplio trazado de calles. Igualmente, la empresa estableció las proveedurías con alimentos a bajos precios, la clínica para los servicios de salud y el Patronato como alojamiento y comedor comunitario.
Otro aspecto de la influencia de la empresa en la población fue la creación de las cooperativas, que buscaron incentivar el ahorro, mejorar los beneficios sociales y el nivel de vida de sus asociados. En 1953 se creó la Cooperativa de Rosellón y Sedeco y, en 1957, se creó la Cooperativa de trabajadores de Fabricato, Cotrafa, por iniciativa de directivos y con la participación de 161 trabajadores[27].
En Envigado, el establecimiento de la fábrica, propició principalmente el desarrollo del sector oriental de la ciudad, entre otros y la ampliación de su sector tradicional, alrededor del parque, abrió nuevas calles y zonas futuras de expansión urbana, como los barrios Mesa, Obrero, la margen nororiental de la quebrada La Ayurá, las lomas del Escobero y las Brujas, La Mina y Chinguí.
De igual manera, la fábrica de Rosellón en el sector de El Salado, requirió la apertura del camino que conducía a sus instalaciones, lo que propició el surgimiento de casas a lo largo del mismo y la urbanización de las tierras aledañas[28]. Es el caso del barrio Jesús María Mejía”[29], o barrio Obrero como es conocido, construido por Rosellón en un lote de terreno de 12 cuadras, y comprado a la Sociedad Félix de Bedout e hijos para destinarlo a vivienda obrera. El fomento y creación de los barrios obreros, en esa relación fábrica-población, permitió a los propietarios de las empresas la posibilidad de anclar a sus trabajadores, darles sentido de pertenencia y evitar las dificultades en los desplazamientos urbanos, dado que los trayectos comenzaban a hacerse más largos.
Como apoyo y complemento al trabajo social, algunos particulares impulsaron la creación de la parroquia de San José (1952), patrono de los trabajadores, ubicada a pocas cuadras de la fábrica, donde laboraban cientos de obreros. El templo de estilo neogótico, se construyó en terrenos donados por las hermanas Elvira y Lucrecia Rendón. Su primer párroco, Antonio J. González, comentaba en 1956 sobre su labor en el medio obrero y sus creencias religiosas: “sólo me resta por decir que anhelo, con todas mis fuerzas, el mejoramiento permanente de la vida espiritual de la parroquia, así como el mejoramiento material de varios miles de obreros que componen mi grey y cuyo fervor y entusiasmo religioso me ha llenado siempre de satisfacción y de orgullo”[30].
La población envigadeña como la de Bello, fueron objeto de control del pensamiento, la cultura y la moral, a través de diferentes grupos religiosos, como la Juventud Católica, la cual impulsó la erección del monumento a Cristo Rey en la avenida del barrio Mesa Jaramillo (1931) y la estatua de la Santísima Virgen en el Barrio Obrero o Jesús María Mejía (1941)[31]. Este control y moldeamiento de la conducta en la población fue criticado por Fernando González, el filósofo de Otraparte, quien decía en la Revista Antioquia en 1936: “el muchacho envigadeño es maligno, inquieto, trepador de torres y tapias, poseedor con anzuelo, atarraya, tacos y totuma achicadora. Pero últimamente, con la fábrica de Tejidos de Rosellón, Medellín le ha contagiado a Envigado la sífilis, y los niños se están volviendo raquíticos”[32]. Esa intrepidez y vivacidad de los pelaos fueron menguadas por los sometimientos disciplinarios fabriles, que permearon la familia, la escuela y las diversiones infantiles.
Epílogo
Es indudable que las empresas textileras dejaron una huella profunda en las ciudades estudiadas, que aún hoy, se ve en el paisaje urbano, en la cultura local y en las personas mismas. Fueron referentes obligados en el desarrollo de los municipios, sus crisis y paros, que afectaban de forma considerable su economía y sus familias. Fabricato y Coltejer-Rosellón crearon parámetros sociales para los trabajadores que fueron modelo para el capitalismo paternalista, con sus diferentes programas, cuyo derrumbe se empieza a evidenciar por la arremetida de las políticas neoliberales que le dieron protagonismo al capital financiero y especulativo que obligaron a una transformación radical del modelo industrial. Además la irrupción del narcotráfico dio al traste con la idea del trabajo como productor de riqueza. La muchachada “raquítica”, como decía el brujo González, ya no quería gastar su vida en los telares ni sufrir el “síndrome del pensionado”. El espejismo del narcotráfico los encandiló[33].
Fabricato entró en crisis en 1980 y “afectó la población, al comercio, la vida cotidiana, y poco a poco, la arquitectura de este imaginario que consideraba a la empresa como lo mejor que le había ocurrido a Bello, también se derrumbaba. ¿Cómo operaba todo esto en la mente de las nuevas generaciones?”[34]. Fabricato ya no era la industria que marcaba la pauta a la ciudad, la mayoría de sus trabajadores no eran de allí, y otros sectores económicos como el comercio y los servicios entraron a dominar en los paisajes urbanos.
En contraste, en Envigado la presencia de Coltejer-Rosellón comenzó a desaparecer a partir de 1995, cuando sus directivos decidieron reorganizar sus plantas de producción, cerrar las instalaciones de Rosellón, trasladar sus máquinas y trabajadores a Sedeco. Algunos continuaron, otros negociaron su salida recibiendo una precaria liquidación y pensión. Posteriormente, los terrenos que ocupaba la fábrica se convirtieron en nuevas urbanizaciones y unidades residenciales de estrato cuatro; y, en una franja que se utilizó como medio de pago al municipio, por deuda de impuestos, se constituyó en el espacio donde se levantó la actual Institución Universitaria de Envigado.
El narcotráfico se valió de lo conquistado en lo mental y lo religioso por parte del modelo empresarial, para reclutar “mano de obra” para sus funestos propósitos. No en vano, como el caso de Bello, se supo que muchos de los sicarios de la época fueron hijos de obreros. En cambio, en Envigado el asunto fue distinto, hubo una centralización de la “inteligencia” táctica de este nuevo fenómeno. Rosellón desapareció y de Fabricato, que era la “Tela de los hilos perfectos” se está deteriorando en su trama y su urdimbre.
Referencias
[1]Botero, Fernando. La Industrialización en Antioquia: Génesis y consolidación 1900-1930. Medellín: Hombre Nuevo Editores, 2003, p. 10.
[2] Brew, Roger. El Desarrollo Económico de Antioquia desde la independencia hasta 1920. Bogotá: Banco de la República, 1977, pp. 393-394.
[3] Echavarría, Enrique. Historia de los Textiles en Antioquia. Medellín: Bedout, 1943, p. 17
[4] Brew, Op.cit., p. 112.
[5] Botero, Op. Cit. p. 46-47
[6] Montenegro, Santiago. El Arduo tránsito hacia la modernidad: historia de la industria textil colombiana durante la primera mitad del siglo XX. Bogotá: Editorial Norma, 2003, p. 109
[7] Dávila, Carlos. Empresa y empresarios en la historia de Colombia: siglos XIX-XX. Bogotá: Planeta, 2003, p. 125
[8] Echavarría. Op.cit., p. 36-37
[9] Archivo Histórico de Antioquia. Estatutos Compañía de Tejidos de Rosellón, Escritura 25, enero 7 de 1915.
[10] Echavarría, Enrique. Crónicas e Historia Bancaria de Antioquia. Medellín, Instituto Tecnológico Metropolitano, 2003, p. 136
[11] Para mayor detalle del proceso inversionista de la familia Medina en la industria, ver: Olano, Ricardo. Memorias: 1890-1950. Medellín: Editorial Eafit, 2004, p. 323.
[12] Arango, Luz Gabriela. Mujer, Religión e industria: Fabricato 1923-1982. Medellín: Editorial U.de.A., 1991, p. 44.
[13] Londoño, Patricia. Religión, Cultura y Sociedad en Colombia. Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 2004, pp. 85,129
[14] Archila, Mauricio. La otra opinión: la Prensa Obrera en Colombia 1920-1934. En: Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, Vol. 13-14, p. 210.
[15] Se decía que estas primeras fábricas mencionadas contaban cada una con 80 obreros, y que “la estadística acusaba un número de 1081 personas dedicadas a las industrias manufactureras”. Monografía de Antioquia, Envigado. 1941, Cervecería Unión, p. 2
[16]Cf. Restrepo, Edgar. El Patronato de Fabricato (1938-1974): Instrumento de control y adoctrinamiento de obreros. En: Revista Huellas de Ciudad, Centro de Historia de Bello, No. 10, abril-junio de 2008, pp. 45-55.
[17] Montenegro, Santiago. Op. cit., p. 233
[18] Osorio, Iván Darío. Historia del Sindicalismo. En: Historia de Antioquia. Coordinador Jorge Orlando Melo, Editorial Presencia, Suramericana de Seguros, 1989, p. 284.
[19] Archila, Mauricio. El uso del tiempo libre de los obreros. En: Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura. Bogotá: Universidad Nacional-sede Bogotá, No. 18-19, Años 1990-1991, pp. 145-184.
[20] Bury, John. La idea del progreso. Madrid: Alianza Editorial, 1971, p. 290.
[21] Ospina, Uriel. Medellín tiene historia de muchacha bonita. Medellín: ITM, 2004, p. 140.
[22] Acuerdo 22 del 2 de agosto de 1912 del Concejo Municipal de Envigado. En: Preciado, Bibiana. Fecundidad y progreso en disputa: agua y modernización en la quebrada La Ayurá. Tesis de Grado, Universidad de Antioquia, 2007, p. 109.
[23] Preciado, Bibiana. Op.cit., p. 117. Igual ejemplo existió en Medellín con la empresa textilera Coltejer al obtener el dominio accionario de la Compañía Antioqueña de Instalaciones eléctricas.
[24] Archivo Histórico de Bello.Carta de Emilio Restrepo al Concejo Municipal, diciembre 2 de 1916, folio 511.
[25] Correa, Adriana. Bello 1920: primera huelga de obreras en Colombia. En: Revista Huellas de Ciudad, Centro de Historia de Bello, No. 12, abril de 2010, p. 73
[26] Restrepo, Edgar. Crecimiento Urbanístico de Bello. En: Revista Huellas de Ciudad, Centro de Historia de Bello, No. 9, enero-abril de 2007, p. 45.
[27]Aricapa, Ricardo. Lo Importante no es durar: Crónica de Cotrafa Cooperativa Financiera en sus 50 años. Bello: Editorial Zuluaga, 2008, p. 31.
[28] Gómez, Marilyn. Tejidos de Memoria. Medellín: Divergráficas, 2010, pp. 29,30
[29] El nombre fue en honor del sacerdote que adelantó la construcción de la iglesia principal de Santa Gertrudis y de quien se dice fue “el forjador del alma envigadeña”. En: Personajes de Envigado en el siglo XX. Centro de Historia de Envigado. Medellín: Editorial Lealon, 2010, pp. 221-226
[30] Monografía de Envigado. Medellín: Ediciones Hemisferio, No. 26, 1959, p. 116. Ver también: Restrepo, Alberto. El Desarrollo económico envigadeño: la Fábrica Textil Rosellón. En: Boletín del Centro de Historia de Envigado, noviembre de 2005, No 18, pp. 50-64.
[31] Acuerdo 51 del 7 de septiembre de 1931. Concejo Municipal. Envigado: De la montaña al río. Editorial Lealon, 2002. Tomo I, pp. 464,603. El monumento a Cristo Rey fue elaborado en los Talleres de Arte Religioso de Emiliano Álvarez y Cía.
[32]González, Fernando. En: Revista Antioquia. No. 8, 1936, p.299, Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 1997, Colección Señas de Identidad.
[33] Espitaleta, Sergio. La eternidad fugaz de la juventud bellanita. En: Revista Huellas de Ciudad, Centro de Historia de Bello, No. 10, abril-junio de 2008, pp. 22-29.
[34] Spitaletta, Reinaldo. Sombras de una década maldita. En: Revista Huellas de Ciudad, Centro de Historia de Bello, No. 10, abril-junio de 2008, pp. 10-15.
