La vigilancia moral de la lectura y el acceso a la cultura de los obreros
Por Jairo Gutiérrez Avendaño, filosofo.
Resumen
La higiene moral de la lectura, así como la dietética literaria son dos conceptos que fueron apropiados del discurso de medicalización de la sociedad por parte de la doctrina moral de la Iglesia Católica. Esta asepsia de los libros y de la prensa tuvo episodios significativos entre la década del veinte, conocida como los años locos, y la del sesenta, época de aumento en el acceso a la lectura de los trabajadores, como ocurrió en los casos de Medellín y Bello.
Palabras clave: higiene moral, dietética literaria, metáforas digestivas, libros prohibidos, acceso a la lectura, cultura obrera.
Lectores de los años locos: ultramoralistas, antimodernos y románticos
La década de los veinte llegó con el despliegue de las ideas de la modernidad, que promovían una vida más sofisticada, de mayor desarrollo tecnocientífico y cultural, que debía construirse a la par del progreso industrial. Fueron años de grandes transformaciones urbanas y sociales, que por sus cambios acelerados, incidieron en la mentalidad de la época. La excentricidad del momento y los refinamientos traídos de otras latitudes, causaron asombro en la población antioqueña. Un testigo de toda esa efervescencia fue el empresario Jorge Echavarría, uno de los propietarios y fundadores de Fabricato, quien escribió sus diarios entre 1923 y 1926, en los que plasmó la estampa de una sociedad contradictoria, que por un lado propugnaba por la racionalidad moderna y, por otro, obedecía al adoctrinamiento conservador de la Iglesia.

Esta influencia llegó hasta las esferas más íntimas de la libertad de los ciudadanos, como lo fue la “buena lectura”, según su clasificación moral, más que de estética o de calidad literaria. De la vigilancia temática del cine, el teatro y la lectura, se encargó con empeño el Obispo Manuel José Caycedo, quien no reparaba en hacer pública la censura de algún material ofensivo para la moral y la fe católica. Así lo comenta Anita Gómez, a propósito del diario del señor Echavarría:
Cuando aparece la tesis de grado del doctor Ricardo Uribe Escobar, quien más tarde es director del periódico El Correo Liberal, en la cual el doctor Uribe incitaba a las mujeres a rebelarse contra el yugo al cual las tenían sometidas la religión y las costumbres. Presagios de un feminismo que reventaría 40 años más tarde. Los amigos del señor Uribe lo llamaron desde entonces “el doctor prohibido”.[1]
De hecho, ya había un antecedente de otro liberal antioqueño censurado por la Iglesia, de forma similar al “doctor prohibido”, como le ocurrió a Rafael Uribe Uribe, quien publicó en 1912 el libro De cómo el liberalismo político colombiano no es pecado. Dos años antes del asesinato del político y estadista, Monseñor Bernardo Herrera, arzobispo de Bogotá, dio a conocer en septiembre de ese año un decreto en el que se prohibía la obra: “…que a ningún católico, de cualquier estado o condición que sea, le es lícito leer, tener, vender, propagar o defender de cualquier manera dicha publicación, y todos cuantos tengan ejemplares de ella quedan en la obligación de entregarlos a la autoridad eclesiástica”.[2]
Las posturas ultramorales y antimodernistas circularon ampliamente en la prensa conservadora, como es el caso del Obrero Católico, que cada mes publicaba columnas sobre la “mala lectura”, en un tono alarmante y radical, mientras que para la “buena lectura” usaba un lenguaje enaltecido y sensiblero. Un fragmento extractado de este periódico, muestra una actitud intransigente frente a la modernidad y, no en vano, a la locura de esta década:

¿Dónde está hoy, decidme, la comodidad para que las grandes muchedumbres humanas lean libros en estas ciudades de estruendo y confusión, en que los hombres se atropellan unos a otros, el tiempo se mide por minutos, el espacio por milímetros, los sentidos y las potencias del alma han de estar en constante bárbara vibración, rodeada de artefactos ruidosos que parecen invención diabólica y cuyos maravillosos efectos cuestan la vida a tanta gente?[3]
El llamado a la quietud y a guardar la compostura, incluía a la actitud que debía asumirse para leer: “Comprendemos que la vida moderna es toda movimiento y ruido, cosa harto incompatibles con la dulce tranquilidad que requiere el trato con los libros… paz, reposo, sosiego…[4] Este sector de la opinión, también tenía la Librería del Obrero Católico, en la que ponía a la venta libros de educación básica, una que otra enciclopedia autorizada y la mayoría de material eran textos religiosos. Lo cierto es que ningún libro de literatura aparecía en sus avisos.
La resistencia a la consigna “Se debe leer de todo”, también dejó correr tinta por considerarla una monstruosidad moral escrita en cinco palabras: “¿Para qué leer aquellos novelones sucios, infectas charcas de miserias, propios sólo para manchar la imaginación, perder los sentimientos de la dignidad moral y para formarse una menguada idea de la sociedad y del valor de nuestros semejantes?”.[5] Sin embargo, el cuestionamiento se refiere, no sólo a las novelas rosa, a las historietas policiacas y del western, sino también a las obras literarias que eran consideradas de seducción, “vehículo de que se sirve la maldad para sus fines perversos”.[6] Así mismo, ridiculizaban a las lectoras de novelas, porque causaban en ellas “afectada cortesanía” y expresiones extravagantes carentes de humildad y sumisión.[7] No en vano, el “Credo del lector”, divulgado por la prensa católica, declaraba: “Creo que las novelas inmorales enervan el carácter, despojan a la vida de seriedad, de pureza al corazón, y hacen al hombre tímido cobarde y suspicaz.”[8]
Estos prejuicios hacían parte de la vida cotidiana, como lo registra el diario de Jorge Echavarría, un 24 de marzo de 1923: “Se suicidó una niña Restrepo Loor en Loreto, de 17 años, lo que ha llenado de consternación a la sociedad. La pobrecita estaba indigestada de Anatole France, D¢Annunzio!”.[9] Este hecho muestra cómo es frecuente la asociación de la tristeza y el delirio atribuidos a la literatura, además se refiere a dos autores anatema en su época. La indigestión adquiere un sentido dentro lo que cabe llamar dietética literaria, es decir de un régimen que dosifica las lecturas que son saludables para la mente y evita el consumo de libros que envenenan el espíritu.
En efecto, el Credo del Lector constituye una serie de prescripciones para la sana lectura, como lo formula en su primera consigna: “Creo que la lectura es alimento del alma y que las doctrinas forman moralmente al hombre, según el apotegma conocido: Dime con quién andas y te diré quién eres.”[10] Esta expresión, usualmente, aparece parafraseada como “Dime lo que lees y te diré quién eres”. En ese mismo recetario, la tercera consigna dice: “Creo que un mal libro es un amigo corrompido y corruptor y que las malas lecturas son tan perniciosas para el alma como el veneno para el cuerpo.”[11] Como se observa, en diversos lugares son comunes las analogías del libro con la amistad, al igual que la mala lectura como pócima nociva. Por el contrario, la prensa socialista no usaba la metáfora digestiva en sentido negativo, como lo expresa un fragmento de volado estilo místico: “El libro y la lectura son vinos generosos que despiertan gratos recuerdos, y es divino incienso a través de cuyos recuerdos blancos y vaporosos, las cosas idas resurgen ante nuestros ojos, trayendo consigo rumores suspiros y besos y toda la esencia voluptuosa del Nirvana”.[12]

La noción del buen libro, aparece en sentido positivo —por no decir sensiblero—, comparada con “un amigo que no finge, ni se incomoda por nuestros defectos; siempre sigue siendo el mismo, bueno, amable, afectuoso; paciente y sincero; tiene entereza suficiente para sostener hoy, lo que nos dijo ayer.”[13] Este tipo de lenguaje tiene una intención de atribuirle valores y propiedades humanas a una cosa, para generar un comportamiento hacia ella, similar al cuidado que se tiene con una persona.
Por otra parte, además de la dietética, se ejercía la higiene moral aplicada a los libros infecciosos, por el “lodo inmundo de las malas lecturas”, “infectas charcas de miseria”, “nueva peste de la sociedad”[14], como aparece en la prensa católica:
Hay dos clases de libros cuya lectura debía ser desterrada. La primera es la lectura de libro que estuviera prohibido por la Iglesia Católica. La segunda clase de libros peligrosos es la de aquellos que, no estando prohibidos por leyes naturales, leyes de cultura, leyes de higiene moral y hasta por leyes eclesiásticas, lo están por leyes de estética. Y llámense novelas, comedias, poesías o historias. Desde que en ellas se atropellen las enseñanzas de la Iglesia o de la sana moral deben desterrarse de las manos de la juventud.[15]
Llama la atención que la estética ha sido un criterio moral para clasificar las lecturas, bajo el precepto que dicta: lo bueno es lo bello. De esta manera, aparecerán también los libros feos, sucios y monstruosos, como se vio líneas atrás. A propósito de la asepsia, para purificar los malos sentimientos presentes en las lecturas, había que prenderles fuego, como lo aconsejaba la octava consigna del Credo del Lector: “Creo que un cristiano no debe leer malos libros; que comprándolos, a más de dilapidar su dinero, coopera eficazmente al mal; que leyéndolos, pierde el tiempo y su alma, y que si tiene alguno debe arrojarlo al fuego”.[16] Se requería, entonces, quemar los recuerdos negativos y vergonzosos que les produjera infelicidad a los hombres. La temperatura en la que arde el papel es de Farenheit 451º, como en la novela de Ray Bradbury de 1953 y prohibida en 1967, la cual fue escrita, justamente, para criticar la censura de libros en Estados Unidos, por parte del “macartismo” y de las grandes hogueras de libros en la Alemania Nazi. Así, en la más grande pesquisa a una biblioteca secreta, el capitán de los bomberos incineradores de libros, le arengaba a Montag, uno de sus hombres que era un traidor-lector:

A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo. Escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. Serenidad, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador, ¿Los funerales son tristes y paganos? Eliminémoslos también… No sutilicemos con recuerdos acerca de los individuos. Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio.[17]
A propósito, en consonancia con el relato de Bradbury, viene al caso lo que consideraba la consigna siete del Credo del Lector: “Creo que, si los libros hablasen, nos revelarían cosas espantosas acerca del apostolado de perversión que han ejercido en las almas”.[18] Para la década los veinte, hubo algunas voces que se pronunciaron a favor de leyes que erradicaran los “malos libros”. De hecho, en una actitud fascista, exponían el caso de Italia, donde el dictador Mussolini ordenó la prohibición, so pena de encarcelamiento o de fuertes multas al librero que introdujera alguna obra ofensiva para la religión católica, la moral o las sanas costumbres.[19]
El periodismo colombiano, para entonces, sostenía pugnas partidistas entre liberales, conservadores y socialistas. Éste era el mayor campo de difusión de las campañas moralizantes, como lo expresa un artículo intitulado “Por la moral de la sociedad”, en 1927: “Si en vez de tanta algarabía del periodismo moderno encaminada a hacer resaltar su elevado espíritu público… se entablara con verdadero entusiasmo de patriotas una campaña sistemática en pro de la moralidad de las familias, ensalzando la virtud y repudiando el vicio; si la prensa periódica se convirtiera en órgano de moralidad…”.[20] Esta actitud fue incluida en el Credo del Lector, en su consigna cinco: “Creo que muchos están engañados, creyendo que no les perjudican las malas lecturas. La constante acción del periódico es como la gota, que al fin horada la piedra”.[21]

No obstante, lo prohibido es lo que más incita la curiosidad. De hecho, los libros que eran incluidos en el Índice fueron los más leídos y, al fin y al cabo, un negocio lucrativo para los libreros más aventados. La “lectura por debajo” se propagó hasta que muchos estuvieron contagiados de ella, como lo registra la prensa, era una peste:
Vuelvo, entrando el día, y hallo a muchos que leen en el tranvía, leen en el banco del paseo, y observo que a ratos lee el empleado en la oficina por debajo del Diario o de Mayor, y lee el estudiante por debajo del libro de texto, y lee la dependiente a espaldas de su jefe, y el chofer en sus ratos de espera, y la criada en sus descansos del barrido, y la niña antes de apagar las luces para dormir, y hasta la mujer madura en los grandes ratos que dedica al ocio…[22]
Lectores románticos de refinamiento afrancesado
Según Anita Gómez, de todas las artes, es la literatura la que prima en el Medellín de los años veinte, llamados locos. Revistas literarias como Cyrano y de temas generales como Sábado, así como la prensa del día, traían siempre poesías. Aparecen en periódicos y revistas, poemas y cuentos de autores nacionales y europeos. Según la autora, Jorge Echavarría en sus diarios de 1923 a 1926, se la pasó escribiendo sobre el montaje de sus proyectos y no tenía tiempo para leer, era más aficionado por la música que por la literatura. Sin embargo, lee con su esposa Isabel Restrepo a quien llamaba de cariño “Belica”, lo que da una idea del gusto del momento: Edmond Rostand, Alejandro Dumas, José Eustasio Rivera, y los cuentos de Callejas que les leía a sus hijos.
De un “álbum de pegados”, de poesías recortadas de la prensa y que pertenecía a Tulia Restrepo Gaviria, una de las hijas de Carlos E. Restrepo, se leían fragmentos de Amado Nervo, Guillermo Valencia, Juana de Ibarbourú, Oscar Wilde, Azorín, Manuel Machado, Edgar Allan Poe, Gustavo Adolfo Becquer, Ruben Darío, Julio Arboleda. Había un estilo afrancesado en los poetas locales que escribían el título de sus poemas en francés, e incluso poemas enteros en el idioma galo. Esto daba un aire de intelectualidad y de refinamiento cultural.
Uno de los dramaturgos que más estuvo de moda en los años locos, fue Edmund Rostand. Los literatos colombianos traducían trozos de su obra y una revista tuvo el nombre de su más famoso personaje Cyrano de Bergerac (1897), el caballero soldado de la enorme nariz y el corazón enamorado de Roxana. De hecho, el mismo Carlos E. en compañía de Ismael Enrique Arciniegas y Ángel María Céspedes, publicaban una sección llamada “El beso de Cyrano” en el que traducían fragmentos de la obra de Rostand. No en vano, Jorge Echavarría recuerda en sus diarios, hacia 1926, la lectura de otra de las obras célebres del autor francés, L¢Aiglón, el Aguilucho, sobre el único hijo de Napoleón, que murió de tisis a los veintiún años y su madre la ex emperatriz María Luisa.
Lo más seguro es que estas obras dramatúrgicas estuvieran prohibidas, como ocurrió en Medellín con las obras teatrales de la “Tórtola Valencia”, en 1924, o con “La casta Susana” en 1927, al igual que las películas como “Salomé” y “La Princesa de Judea” en 1924, “El Sexto Mandamiento” en 1941, o “La Corte del Faraón” en 1944, para mencionar algunas de la primera mitad del siglo XX.[23]
La moderna inquisición de los lectores
En una columna, con el título de ¡Alerta!, la poesía también estuvo en entredicho, puesto que “ha sido profanada por aquellos cuyas musas son las Euménides* de que habla el Soñador, y cuyo canto es el rugido, pero no el del león noble, sino el de la hiena que acecha”.[24] A partir de estas reacciones, se percibe una atmósfera medieval en plena entrada de la modernidad, lo que se evidencia en la prohibición de las obras trágicas, poéticas, cómicas y filosóficas. A lo que años más tarde recreó Umberto Eco, en su novela El nombre de la rosa, en la que se custodiaban los libros prohibidos en la biblioteca de la abadía, en los tiempos de la persecución implacable a los herejes por parte de la Santa Inquisición. En la trama de la historia, además de la transcripción de incunables, se hacía la lectura secreta de libros, por los que muchos perdieron la vida, envenenados por sus páginas que se pasaban untando de saliva el dedo.
La Inquisición, a su vez, estaba encargada de hacer cumplir el Index librorum prohibitorum, impuesto en 1556 y con una larga vigencia de más de cinco siglos; tras 32 ediciones llegó a incluir 4000 títulos, hasta su abolición el 14 de junio de 1966, bajo el papado de Pablo VI, debido a las consideraciones prácticas de la nueva doctrina social de la Iglesia.
Dentro del listado de obras prohibidas, se incluyeron casi todos los más grandes escritores y pensadores, incluso hubo algunos censurados por completo, como Rabelais, Rotterdam, Bruno, Descartes, Hobbes, Humme, Diderot, Balzac, Zola, France, Bergson, Sartre, entre otros. En todo caso, este control —que se ejerció en todo el mundo católico— funcionó también para autores colombianos y latinoamericanos. De hecho, la Biblioteca Nacional conserva ejemplares que fueron tachados por la Iglesia. Algunos eran rayados para que no pudieran leerse, y a otros les arrancaban las páginas blasfemas. Según Paola Villamarín, la institución tiene cerca de 63 piezas de ese tipo en su sección de libros raros. En la presentación de cada ejemplar y junto al nombre del autor aparece el del sacerdote que expurgó la obra.[25]
En Colombia, el autor más perseguido fue José María Vargas Vila (1860-1933), porque sus obras estaban plagadas de erotismo, crítica al clero y de ideas liberales radicales, como da cuenta de ello el cura jesuita Pablo Ladrón de Guevara, en su compilación de Novelistas buenos y malos, publicada en 1910 y adoptada como índice de cabecera en el país. El libro tenía una lapidaria premisa: “Si el novelista tiene talento, tanto peor”. Así se refiere a este autor tolimense:
Sentimos verdaderamente que sea de esta cristiana república este señor, de quien nos vemos precisados a decir que es un impío furibundo, desbocado blasfemo, desvergonzado calumniador […] Inventor de palabras estrambóticas y, en algunas de sus obras, de una puntuación y ortografía en parte propia de perezosos e ignorantes […][26]
Según el librero Álvaro Castillo, uno de los más reconocidos en Bogotá, los libros de la época de la violencia, en los 50, están llenos de ejemplos, como es el caso del trabajo intitulado Laureano Gómez, Psicoanálisis de un resentido, publicado en 1942 por el psiquiatra José Francisco Socarrás —que introdujo la psicología en Colombia—, estuvo envuelto en serias acusaciones, a tal punto que no podía reeditarse. Comenta Castillo, a la periodista Villamarín, que no pasaba lo mismo con Lo que el cielo no perdona, escrito por el sacerdote Fidel Blandón Berrío en 1954, y firmado con el seudónimo de Ernesto León Herrera, que si bien fue prohibido se salvó de su desaparición gracias a la piratería. El libro cuenta las vivencias personales de Blandón Berrío en Antioquia, mientras los liberales y los conservadores se enfrentaban a muerte.[27]
A Germán Arciniegas le fue tanto peor cuando publicó Entre la libertad y el miedo (1952), un análisis sobre las dictaduras latinoamericanas, en plena época en la que coincidieron siete dictadores en el poder. Su libro, que tuvo una amplia circulación clandestina, tenía orden de incineración en Colombia y estaba prohibido en diez países más. Así lo relata el autor bogotano, en la prensa de 1996, varias décadas después de lo ocurrido:
Cuando después de 13 años de estar fuera de Colombia regresé, al desembarcar en El Dorado, el jefe del aeropuerto estuvo muy cortés conmigo. Todo había cambiado radicalmente […] Nos sentamos en su despacho y, excediéndose en sus atenciones, me dijo: “Profesor: usted tendrá muy mala idea de mí, pero voy a quitársela porque no sabe lo que sucedió. Le habrán dicho que yo quemé sus libros, y eso no es cierto. Sí recibí la orden del general Rojas Pinilla para quemar los paquetes que traían sus libros y estaban en la bodega. Pero usted comprende que quemar un paquete de libros, eso no prende. Sin hacer caso de la orden yo los tiré por el Salto del Tequendama”.[28]
Eso es poco para lo que sufrieron otros por escribir sobre los dictadores, que según Arciniegas, hasta les hacían comer literalmente el libro en pedazos, en cuartos de tortura, como le ocurrió a su colega Jesús de Galíndez, quien escribió en Nueva York su tesis doctoral sobre el general Rafael Leonidas Trujillo, déspota dictador de la República Dominicana. Fue raptado en pleno Manhattan y lo desaparecieron en Ciudad Trujillo.
Lecturas populares en los años 60
En 1965, entrevistaron a un librero para indagar sobre lo que más leía la gente; se trataba de Gustavo Fernández Lopera del puesto de revistas “Librería La Luz”, ubicada en Carabobo con Ayacucho. Su clientela era fija y en su mayoría mujeres, por su preferencia de las novelas rosa. El más pedido era Corín Tellado, sus novelas las leían chicas y grandes, empleadas y señoras de toda condición. No sólo se vendían los libros, sino que también eran alquilados por treinta centavos o intercambiados luego. Unos que no se vendían, sino que se alquilaban, eran los de aventuras, porque eran los más buscados por los muchachos. Según el librero, entre los que tenían mucha demanda, estaban los libros formativos como eran: El amor y el matrimonio, El libro del joven, Procreación prudencial.[29]
En los puestos de revista se alquilaban el Novelón Rosa, El guapo, La proletaria enamorada del burgués, en folletos amarillentos y manoseados de 40 páginas, que ojeaban incluso hasta los más analfabetas. La policía hacía requisas semanales o quincenales a los puestos, con el fin de confiscar todo el material pornográfico y considerado inmoral.
Sobre las preferencias en las librerías, era evidente el fenómeno, puesto que los precios de los buenos libros, la “filosofía”, el tema trascendental clásico o moderno, parecía que fueran tan sólo para las élites o para aquellos a los que el pueblo llamaba “oligarcas”.[30] Para las entrevistadoras, Graciela Giraldo y Regina Vélez, el mérito de los libreros era la creatividad que tenían para rebuscar el sustento de sus familias, pero no lo era la distribución de folletines que se convertían en “la explotación de la ignorancia por la ignorancia, pues sólo un analfabeta alquila Vargas Vila o a El Santo”.[31] En Bello, frente a este tipo de publicaciones hubo algunos pronunciamientos, como el de Fray Javier Montoya en 1965, con el título de “Se necesita un lector”, en el que sugería:
La lectura que sea organizada para evitar el trastorno cerebral que producen muchos libros al tiempo… Así como existen libros óptimos, resultan también obras que son ripios en las bibliotecas y librerías… se lee muy poco sin sentido analítico. Se lee superficialmente libros frívolos de prosa ligera y láminas baratas. Novelas de pistoleros, atracos, secuestros, suicidios, suspenso, romance, son las obras de mayor demanda en las bibliotecas… Un pueblo que lee es un pueblo culto y ocupado.[32]
En Bello, para ese entonces, los obreros y ciudadanos de a pie, leían las historias de vaqueros o de western de Marcial La Fuente Estefanía —aunque hasta hoy algunos lo llevan de libro de bolsillo—, que se alquilaban a los mismos 30 centavos, en el puesto de revistas de la carrera 51 (por la Ética); allí se tendía un cordel con las revistas colgadas por la mitad; también se conseguían en la calle 50 (la del Concejo), en la Agencia Singer donde el viejo Darío, junto con los álbumes de artistas de la época y el de Conozca a Colombia, editado por la Esso, al igual que los del Mundial del 62 y del 70. Los caramelos, como todavía se les dice a los cromos, se completaban por medio del trueque y algunos, que se volvían escasos, tenían mayor valor para los coleccionistas. Además de los impresos, se alquilaban las “vistas” que eran los recortes de cinta de las películas de moda, que se podían ver con unas gafas o cámara de ampliación.
En esta década, hacia 1967, el escritor Juan Roca Lemus (Rubayata), quien estuvo de director de la Biblioteca Pública Marco Fidel Suárez, publicó un informe sobre las lecturas más solicitadas. El promedio diario de consultas era de 680. La principal tendencia en consultas era la literatura, en segundo lugar la recreación y luego la de obras generales. Estudiantes de ambos sexos solicitaban bastante las obras consagradas con el premio Nobel, y las del Pulitzer. También, se ocupaban de estudiar las principales características de la novelística española, en especial las obras de la Generación del 98, como Baroja, Azorín, entre otros. Hubo un creciente interés por los autores del siglo XIX y de principios del XX, como son las obras completas de Giovanni Papini. En cuanto a lo colombiano, fueron muy solicitadas las obras completas de Porfirio Barba Jacob, de Rafael Maya, Eduardo Carranza, y todo el grupo de la generación Piedra y Cielo; al igual que las obras completas de Juan Lozano y Lozano.
Para ese tiempo, se mantuvieron las consultas de temáticas bolivarianas, como Mi Simón Bolívar de Fernando González y las obras de Vicente Lecuna, así como de historiadores colombianos y venezolanos. De otro lado, fueron frecuentes las consultas de la obra de Tomás Carrasquilla, José Antonio Osorio Lizarazo, sobre todo, La casa de Vecindad, El pantano, y A la sombra del camino. Al entonces Director, le llamaba la atención que, las novelas En noviembre llega al arzobispo de Hector Rojas Herazo y Cien años de soledad de García Márquez, fueron muy poco solicitadas.En teatro, la gente buscaba las obras de Jouver, Alejandro Casona, Armand Salacrow, Ugo Betti, Gabriel Marcel, Jean Cocteau y Jean Anontil (Anouil). Todas las obras de Ortega y Gasset eran muy consultadas por estudiantes de bachillerato y universitarios.
De acuerdo con Roca Lemus, hubo algunos incrementos de consultas sobre literatura modernista colombiana, como las reseñas de Gonzalo Arango, Pablus Gallinazus y otros autores nadaistas. Lo clásico y lo neoclásico superaba a lo modernista, que apenas estaba tomando fuerza.[33]
En un artículo sobre la divulgación de los escritores nacionales, en 1965, a propósito de la recién inaugurada Academia de Historia Eclesiástica de Colombia, con sede en la Universidad Pontificia Bolivariana, se propendía por una participación activa de la cultura nacional en los medios foráneos. En ese sentido, criticaron la forma como algunas publicaciones nacionales les daban mayor relevancia a los temas que en Europa ya eran lugares comunes, de suficiente comentario, mientras que los intelectuales de esta parte del continente estaban más interesados en los temas colombianos. La comunicación decía al respecto, sobre una conversación con un autor extranjero, que: “Nos relata, por ejemplo, cómo un académico de la lengua, amigo suyo había criticado acremente el que las publicaciones que recibía se interesasen tanto por Cervantes y Unamuno, tan discutidos ya y tan estudiados por críticos, ensayistas, y comentaristas, cuando la Academia Española tenía cerca de 35 peritos investigando la obra de don Tomás Carrasquilla”.[34]
Una biblioteca moderna en tiempos de lecturas clásicas
En Bello, Fabricato además de ser pionera en la formación y capacitación de los trabajadores, fue la primera empresa colombiana en crear una biblioteca técnica y funcionalmente organizada en su planta. Por esa razón, se afirmó que “los historiadores de la empresa tendrán que citar el año de 1967 como el año del despertar masivo del interés por la capacitación integral”. Inicialmente, en 1959 —el mismo año de la primera edición del boletín Fabricato al día— labibliotecafue un proyecto piloto, que se ubicó en unas estanterías a la salida de la empresa, para que los trabajadores, al terminar sus turnos, pudieran llevar el material a sus casas; de esta manera, se buscó contribuir a una mayor comprensión de los derechos y deberes laborales, a un mejor entendimiento de los problemas obrero-patronales y a facilitar la comunicación entre los distintos sectores. Debido a los resultados y al uso masivo que tuvo, se proyectó la adecuación de las instalaciones para la que fue considerada una biblioteca moderna. Según Uriel Lozano, asesor de la Escuela Interamericana de Bibliotecología, “la biblioteca en la empresa moderna existe y se justifica desde el momento en que sus asalariados encaminan su mente y su cuerpo hacia los materiales impresos que van a llenar el espíritu de sanas palabras, el cerebro de nuevos conocimientos, el corazón de noble comprensión humana… es la verdadera democracia de la lectura porque es completamente gratuita y universal”.[35]
La biblioteca de trabajadores fue creada en 1961 y su proyecto estuvo a cargo de los bibliotecólogos de la Universidad de Antioquia —entre ellos el español Luis Floren, precursor de la bibliotecología en Colombia— quienes afirmaron que ésta era un importante avance de acceso a bibliotecas dentro de la industria antioqueña. Por esta razón, la empresa recibiría una mención de honor otorgada por el rector del Alma Mater en 1962. Ésta adquirió grandes y costosos libros de arte, como la Summa Artis, Historia general del arte, de José Fijoan, de 18 tomos, considerada para la época una joya de la bibliografía moderna. Así mismo se podían consultar las enciclopedias Cumbre, Espasa-Calpe, Barsa, la Historia Universal de Cantú, la Moderna Enciclopedia Femenina de Luis Miracle, las dos colecciones de El tesoro de la juventud, los diccionarios de literatura, música, sicología, idiomas, textiles, sinónimos, mujeres célebres, botánica, caza, mitología, entre otras obras generales, que eran en total 2561 volúmenes.[36] Esto da una idea de la alta inversión en libros importados y del material que estuvo a disposición de los estudiantes y obreros de la ciudad. Así lo comenta, en 1964, Hernán Saldarriaga, editor de la revista Fabricato al día:
Recuerda los grandes beneficios obtenidos cuando las aulas de trabajo se vieron inundadas por obreros que leían libros distintos a novelas y folletines; por obreros que empezaron a estudiar filosofía durante sus horas libres en bibliotecas, que empezaron a alcanzar mayores conocimientos en relaciones humanas, y aprendieron a saborear a Papini y a admirar a Gandhi.[37]
La divulgación de la información sobre la biblioteca, estaba orientada en ideas de progreso moral e intelectual. En la Revista, se publicaban las nuevas adquisiciones y los libros de interés para los trabajadores, la selección consistía en dos o tres libros de arte y cultura general, otros de conocimientos aplicados a la industria y la mayoría eran libros de relaciones humanas y de doctrina social de la Iglesia, sobre ésta última se insistía bastante en su lectura. De acuerdo a estos informes, se percibe el entusiasmo y el idealismo puesto en función de la biblioteca, por lo que se escribieron palabras enaltecidas y rimbombantes sobre la importancia del libro para el trabajador.
Una revista a la que llamaron “fábrica de cultura”
Por más de diez años, desde 1959 se publicó en Bello Fabricato al día, que llegó a ser una de las revistas culturales más importantes de Colombia, editada por la Gerencia de Relaciones Industriales, impresa por Talleres Litográficas Medellín. Inició en el 56 como Boletín Mensual o Quincenal, del cual publicó 8 números. El primer año fue mensual, luego tuvo una periodicidad bimensual. Llegó a su número 100 en agosto de 1971.
Ésta se entregaba a sus cerca de 5000 trabajadores, para 1961, a quienes se veía pasar con la revista debajo del brazo o en corrillos de animada lectura. La publicación fue recibida en las principales bibliotecas públicas, en empresas y universidades de todo el país, que hoy las conservan, al igual que en diversas partes del mundo, tales como, en la Universidad de Texas, en su Latin American Collection (1964). Así mismo, desde Antwerpen-Bélgica (1965), donde, en carta al editor, el señor R. Dupont escribió: “Es una revista que me da una imagen muy clara de su país, su desenvolvimiento, y el ardor de su población para hacer del país un estado moderno en un mundo moderno.”[38] Igualmente, publicó comunicaciones enviadas desde España, Chile, Perú, entre otros. Escribieron, a su vez, las embajadas y la Secretaría de Relaciones Internacionales de Colombia. Más tarde, cuando la revista alcanzó mayor prestigio, algunas instituciones se basaron en ella para sus publicaciones.
En su primera edición, aparece en portada un mecánico dominando una máquina; en la contraportada, la poetisa antioqueña Olga Elena Mattei, ubicada en un decorado cajón, mientras lucía un traje que, según Humberto López, tenía un ruedo muy debajo de la rodilla y en un estilo de diez años atrás. La filosofía de la revista se mantuvo y se recordó en cada quinquenio que cumplía. En palabras del entonces presidente de la compañía Luis J. Villa: “aspira la empresa a que su revista sirva de vocero a todas aquellas ideas que tiendan al mejoramiento de la vida de sus asociados, sin olvidar que el bienestar se adquiere, no con fuerzas económicas únicamente, sino con las fuerzas espirituales que guían y dirigen a aquellas”.[39] De esta forma, se propuso que la revista debía llegar al hogar del trabajador, no para ser una prolongación de su trabajo, sino para constituirse en parte de su diversión, a la vez que le sirviera de orientación moral.
Las orientaciones editoriales: discurso edificante y doctrina social de la Iglesia
En los primeros años, la revista tuvo una vocación hacia el discurso edificante, sobre la mentalidad de progreso, el pensamiento positivo, la relación entre el contrato laboral y el deber moral del trabajador en sociedad, la incidencia sobre la conducta de los trabajadores fuera de la fábrica, las buenas maneras, la lealtad, la disciplina, el uso del tiempo libre, la confianza en sí mismo, el entrenamiento y la capacitación. La sección editorial se definía como Orientación, la mayoría de ellas iniciaban con fábulas y parábolas: Si haces esto te pasará lo que le ocurrió a… Se dirigían al lector de “usted” lo que generaba una interpelación para condicionar el comportamiento. Tuvieron una fuerte inclinación hacia el catolicismo obrero, desde los preceptos de la Propaganda Fide de la Misión del Concilio Vaticano II, emitida en 1959, que en Fabricato se acogió para evangelizar la población obrera, dentro de lo que llamaron la “mística de la empresa” y la “fe en la producción nacional”.
Para la vigilancia temática de las lecturas, se publicaron varios artículos dirigidos a los padres de familia, maestros y obreros. En ese sentido, se recurría a la concepción moral de la buena lectura: “No es raro encontrar en el libro, en la novela juvenil, truculencias, morbosidad, vida irreal, crímenes sin cuento, pasiones desbocadas… cuando no impurezas, amores vergonzosos, esposos infieles, matrimonio ridiculizado, virtudes burladas. La juventud necesita libros. Entendamos: libros buenos.”[40] Las cosas no habían cambiado mucho después de la década de los años locos.
Bajo la consigna “Un aporte de Fabricato a la Cultura Nacional”, tuvo un cambio de orientación que trascendió los intereses del ámbito laboral e industrial, su contenido era más formativo que informativo, dirigido a aumentar el nivel cultural y las relaciones humanas de los trabajadores en la sociedad. Aunque, algunos se pronunciaron por este cambio, debido a que no se publicaban las noticias del giro ordinario de la empresa. Esto se debió a que las temáticas ofrecidas eran de una cultura a la que los trabajadores no estaban acostumbrados. En ese sentido, en 1965, uno de los editoriales afirmaba que: “Con Miguel de Unamuno hemos convenido, cuando presentamos artículos al parecer de mayor elevación, que no suele la rutina crear dificultades y que es preciso que el escritor no esté siempre al alcance del público, sino que es necesario que el público se ponga al alcance del escritor para que tenga ciertamente la elevación del nivel cultural, que de otra manera no se lograría”.[41] Por la mención a Unamuno, es usual la referencia a los autores clásicos y neoclásicos españoles, como lo había señalado el escritor Roca Lemus, la lectura moderna en Bello estaba tardía.
Apéndice: Inventario cultural y patrimonio documental de la revista Fabricato al día
Por las páginas de esta revista, que “mezclaba las telas con las letras”, circularon contenidos culturales, principalmente, sobre literatura, teatro, cine, artes plásticas, historia de la moda, fotografía, folclor colombiano, cerámica y artesanía patrimonial, asimismo, tuvo un constante interés por el indigenismo.
Literatura y periodismo
La revista tenía una sección fija de cuentos, relatos y poesías. Por las manos de los lectores pasaron escritores y pensadores, tales como: Séneca, Cervantes, Tomás Carrasquilla, Marco Fidel Suárez, Carlos Castro Saavedra (varias entregas), Fernando Soto Aparicio, Ana Frank. Igualmente, sobre los 100 años de la edición de María de Jorge Isaacs en 1967 y el Bicentenario de nacimiento de Hegel, en 1971, entre otros. En poesía, se publicó a León de Greiff, Olga Elena Mattei, Dolly Mejía, Esther López Martínez, Mario Carvajal, y sobre poesía negra norteamericana, entre otros.
La revista difundió el Premio Esso de Novela, que dejó de abrirse en 1969, uno de los principales reconocimientos que impulsó a los escritores colombianos: Gabriel García Márquez (La mala hora – 1961), Manuel Zapata Olivella (Detrás del rostro – 1962), José Antonio Osorio Lizarazo (El camino de la sombra – 1963), Oscar Hernández Monsalve (Al final de la calle -1965), Héctor Rojas Herazo (En noviembre llega el arzobispo – 1967), Alberto Duque López (Mateo el flautista – 1968).
El periodismo también hizo parte de los intereses de la revista, en cuanto a temas sobre la radio, la prensa escolar y el periódico como instrumento de enseñanza. Por supuesto, que se divulgaron los ideales de la prensa católica. Así mismo, sobre el papel de la caricatura en la sociedad.
La historia del arte antioqueño coleccionada por los obreros
Las páginas se tiñeron de colores con las obras de los principales artistas plásticos de antioqueños y del país, en las que se incluía una reseña del artista comentada por expertos en temas de arte. Los lectores, en su mayoría los obreros y sus familias, tuvieron la posibilidad de apreciar las obras de más de treinta maestros:
Aníbal Gil, Eladio Vélez, Pedro Nel Gómez, Ramón Vásquez, Carlos Martínez, Jorge Cárdenas, Jaime Muñoz, Horacio Longas, Rodrigo Arenas Betancur, Rodrigo Barrientos, José Horacio Betancur, Leonel Estrada, Alejandro Obregón, Francisco Morales, Edgar Negret, Ignacio Gómez Jaramillo, Fernando Botero, Francisco Antonio Cano, Roxana Mejía Vallejo, Darío Tobón Calle, Humberto Elías Vélez, Carlos Correa, Antonio Osorio Díaz, Camilo Isaza, Francisco Valderrama, Emiro Botero, Héctor Rojas, Marco Tobón Mejía, Constantino Carvajal, Andrés de Santamaría, Salvador Arango, Alonso Ríos, Alberto Cardona, Ramón Vásquez, Gustavo López, entre otros.
Música
En este campo artístico, se publicaron artículos sobre la vida y obra de músicos y compositores colombianos y de otras latitudes: Jorge Camargo Spolidore, Jairo Herrón, Arnold Schoenberg, Arthur Rubinstein; así como la muerte de Igor Strawinsky en 1971.
Relatos y reporterismo gráfico de viajes
Se publicaron diversas crónicas y reportajes de viajes, con bellísimas fotografías de lugares del país y del mundo, e incluso informes sobre Colombia vista desde el exterior:
Urabá, Chocó, Manizales, los páramos colombianos, Boyacá, Valle del Cauca, los Llanos Orientales, El Meta, Nariño, Cartagena, Tierradentro, la Guajira, El Catatumbo, Méjico, Xochicalco, Lima, Macchu Picchu – Perú, Morillo, Ecuador, Nicaragua (construcción de una fábrica filial de la empresa), Panamá, Managua, Lisboa, Pakistán.
Temas ambientales
La revista mantuvo su interés en el fomento del turismo, la ecología y los recursos naturales; la fauna y la flora colombiana, en especial sobre orquideología y entomología. Este campo, incluye la problemática de vivienda y hábitat, en particular sobre los tugurios.
Medicina
En esta temática se publicó sobre medicina: general, del trabajo, social y familiar; salud sexual y reproductiva, prevención del alcoholismo, el consumo de tabaco y sustancias sicoactivas; así como técnicas de relajación y yoga.
Relaciones humanas
Uno de los mayores énfasis de la revista eran los temas sobre humanismo aplicado a la empresa, las relaciones familiares, la formación cultural y humana de los hijos, las buenas maneras, el lenguaje del hombre culto, el clima sicológico de la empresa y espiritualidad.
Ciencias aplicadas a la industria
Es importante destacar que puso en circulación artículos científicos sobre temas textiles, ingeniería industrial, mecánica y química; al igual que en tecnologías de producción.
Semblanzas y discursos de personajes
Debussy, Gandhi, Presidente Lleras Camargo, Jorge Posada, Presidente Zomosa de Nicaragua, Galo Plaza, Lenin, De Gaulle, Joseph Matza, Bernardino Ramazzini, Oscar Echeverri Mejía, Doña Ana de Castrillón, Policarpa Salavarrieta, Rafael Sáenz, Gutenberg, Rabrindranat Tagore, Indira Gandhi, Emiliano López de Mesa, Santander, Blanca Isaza de Jaramillo Mesa, Juan González L., Enrique Pérez Arbeláez., entre otros.
Universidad y educación para el trabajo
Universidad y comunidad. Proyección de la Universidad de Antioquia, la Universidad de San Buenaventura, la Universidad de Medellín, Universidad Eafit, el Instituto Pascual Bravo, el SENA y sobre el Instituto de Capacitación Social (ICP).
Política económica
Era usual que, al inicio de cada año, la revista publicara informes de los accionistas y balances de la empresa. Por otra parte, trató de forma amplia los temas del desarrollo económico y social del momento, tales como: la prospectiva de la industria colombiana, el sector cooperativo, el crecimiento demográfico en Colombia, las estadísticas de pobreza, hambre y desempleo; así como las reformas: agraria, de la justicia y constitucional.
Referencias
* En la mitología grecorromana, las Erinias o furias eran tres hermanas: Alecto, Tisífone y Mégera, representadas con cuerpos oscuros, de alas membranosas, con colmillos caninos, cabelleras de serpiente, con látigos y antorchas, las cuales infligían horribles castigos. En la tragedia La Orestiada de Esquilo, aparecen en estado de purificación como las Euménides o “bondadosas”.
[1] Gómez, Anita. Medellín, los años locos. Una mirada a la década del veinte a través de los diarios de un testigo. Medellín: Editorial UPB, 1985, p. 29.
[2] Villamarín, Paola. Nuestras letras prohibidas. En: Periódico El Tiempo, marzo 11 de 2001.
[3] El Obrero Católico. La afición por la lectura. Medellín, octubre 29 de 1927.
[4] ¾¾¾¾¾¾¾— . Un buen libro. Medellín, agosto 6 de 1927.
[5] ¾¾¾¾¾¾¾¾ . Las lecturas. Medellín, marzo 26 de 1927.
[6] ¾¾¾¾¾¾¾¾ . ¡Alerta! Medellín, junio 4 de 1927.
[7] ¾¾¾¾¾¾¾¾ . Una lectora de novelas. Medellín, marzo 05 de 1927.
[8] ¾¾¾¾¾¾¾¾ . El Credo del Lector. Medellín, abril 30 de 1927.
[9] Citado por Gómez, Anita. Op. cit. p. 85.
[10] El Obrero Católico. El Credo del Lector. Medellín, abril 30 de 1927.
[11] Ibídem.
[12] Boletín del Círculo de Obreros, No. 12, 1918 En: Archila, Mauricio. El uso del tiempo libre de los obreros. En: Anuario colombiano de historia social y de la cultura. Bogotá: Universidad Nacional-sede Bogotá, No. 18-19, Años 1990-1991, pp. 145-184.
[13] El Obrero Católico. Un buen libro. Medellín, agosto 6 de 1927.
[14] Familia Cristiana, mayo 4 de 1928. En: Archila, Mauricio. Op.cit.
[15] El Obrero Católico. ¡Alerta! Medellín, junio 4 de 1927.
[16] ¾¾¾¾¾¾¾¾ . El Credo del Lector. Medellín, abril 30 de 1927.
[17] Bradbury, Ray. Farenheit 451. Barcelona: Ediciones Minotauro, 2007,p. 60.
[18] El Obrero Católico. El Credo del Lector. Medellín, abril 30 de 1927.
[19] ¾¾¾¾¾¾¾¾ . ¡Alerta! Medellín, junio 4 de 1927.
[20] ¾¾¾¾¾¾¾¾ . Por la moral de la sociedad. Medellín,abril 30 de 1927.
[21] El Obrero Católico. El Credo del Lector. Medellín, abril 30 de 1927.
[22] ¾¾¾¾¾¾¾¾ . El mundo es una cárcel de papel. Medellín, noviembre 12 de 1927.
[23] La Defensa, Septiembre 18 y 22 de 1924; abril 7 de 1927; octubre 31 de 1941 y noviembre 20 de 1944. En: Archila, Mauricio. Op. cit.
[24] El Obrero Católico. ¡Alerta! Medellín, junio 4 de 1927.
[25] Villamarín, Paola. Op.cit.
[26] Ladrón, Pablo. Novelistas buenos y malos. Bogotá: Editorial Planeta, 1998.
[27] Villamarín, Paola. Op.cit.
[28] Arciniegas, Germán. Entre la libertad y el miedo. En: Periódico El Tiempo, 1996, p. 5A.
[29] Giraldo, Graciela & Vélez, Regina. Entrevista con el vendedor ambulante de libros. En: Revista Fabricato al día, Bello, octubre de 1965.
[30] Ibídem.
[31] Ibídem.
[32] Montoya, Javier. Se necesita un lector. En: Revista Fabricato al día, agosto de 1965.
[33] Roca, Juan. Ni merma ni mengua la cultura. En: Revista Fabricato al día, Bello, 1967.
[34] Comentarios sobre divulgación de autores colombianos. En: Revista Fabricato al día, Bello, 1965.
[35] Lozano, Uriel. La biblioteca y el trabajador. En: Revista Fabricato al día, 1965, p. 2A.
[36] Ramírez, Hernando. Adquisiciones de la biblioteca. En: Revista Fabricato al día, Bello, marzo de 1962.
[37] López, Humberto. Diez años de la revista Fabricato al día,1969.
[38] Carta al editor. En: Revista Fabricato al día, Bello, 1965.
[39] Editorial. En: Revista Fabricato al día, Bello, 1959.
[40] Roca, Tomás. La formación humana y cultural de los hijos. En: Revista Fabricato al día, Bello, 1958
[41] Editorial. En: Revista Fabricato al día, Bello, 1965.
