Por Adriana María Correa Arboleda, historiadora.
El barrio Buenos Aires fue construido paulatinamente por obreros de las fábricas de Bello. El municipio fue dotándolo de los servicios públicos, entre tanto sus habitantes seguían utilizando métodos tradicionales para el abastecimiento de agua y energía, como el aljibe, luz de vela y cocina de leña. Sus pobladores, de raigambre religiosa profunda, también tuvieron una vida profana y bohemia en las cantinas del sector.
Hacia el costado occidental de Bello, entre la Calle arriba y la quebrada La García fue construido el Barrio Buenos Aires, en fértiles terrenos con cañaduzales, árboles frutales, frondosos cafetales y amplias mangas, sitio de paso de los arrieros con su ganado procedentes de San Pedro, San Jerónimo y Sopetrán, que lo que llevaban a la “Manga de Elena”, a orillas de la García, para luego trans portarlo a la feria de ganado en Medellín. En los años cuarenta se inició la parcelación y venta de lotes (Saldarriaga, 1993, p.139). Los primeros trazos fueron hechos por Julio Velázquez, su principal dueño. Otros propietarios menores como Alberto Saldarriaga y Manuel Tamayo vendieron sus terrenos para la urbanización del barrio (Entrevista a Eduardo Patiño).
Los nuevos habitantes llegaron de otros lugares del departamento, o nativos del municipio. Eran jóvenes obre ros vinculados a Fabricato, Tejicondor, el Ferrocarril, “La fábrica de Arriba”, o negociantes en general, que levantaron sus familias en amplias casas de tapia y teja, con solares grandes sembrados de árboles frutales y productos de pan coger; tenían gallinas, cerdos y vacas (Entrevista con Cristóbal Chavarriaga Ruiz y Susana Vasco). Eran como pequeñas fincas ubicadas en la parte posterior de la casa. Duran te muchos años carecieron total o parcialmente de servicios públicos, por lo tanto la obtención del agua, la cocción de los alimentos, servicio sanitario y el alumbrado eran muy a la usanza campesina de ese tiempo.
Familias fundadoras y dotación urbana
Estos terrenos cercanos a las abundantes y limpias aguas de la quebrada La García, atrajeron a estos hombres y mujeres que individualmente edificaron sus casas y se constituyeron en los fundadores de una descendencia que ha permanecido en este barrio por varias décadas. La familia Pulgarín, proveniente del occidente del departamento; los Rodríguez; otro grupo familiar con un apelativo muy particular: “los Bozo”; los Patiño, de dos ramales diferentes, ambos con una numerosa parentela; Horacio Monsalve y Manuel Tamayo con su respectiva prole; los Yarce, Ignacio Ca taño el carpintero, y también hubo unos Muñoz entre los primeros moradores (Entrevista a Ana Liria, Ramiro y Gil dardo Patiño Rueda).
Desde los años cuarenta se habían dictado normas para la planeación urbana. Una de las más importantes fue el “Plano del Bello Futuro”, realizado por la Cooperativa de Municipalidades en 1944, para adecuar el espacio urbano a las nuevas necesidades; no obstante, el permanente aumento de la población hizo necesario que se proyectaran nuevas políticas de planeación, las cuales no habían sido calculadas en el anterior proyecto. Por lo tanto en 1948, entre una de las funciones de la recién creada Valorización municipal, era la de elaborar el Plano de Bello Futuro, con el cual se pretendía armonizarlo con el de la cooperativa y el de Medellín (Saldarriaga, 1995,p.10).
Fueron proyectos que se efectuaron de una manera mediana e intermitente, pues la realidad que se vivía en el municipio, en particular en Buenos Aires y sus inmediaciones, daba al traste con los diferentes proyectos formulados. Muestra de ello era el estado en que se encontraban muchas calles, como lo describen varios vecinos de la Calle Arriba:
“Tenemos nuestras casas de habitación en la Avenida Suárez, entre el punto de nominado La Cumbre y la casa de los Saldarriaga y en este trayecto hemos estado sufriendo, últimamente de la manera más atroz que se pueda imaginar, pues basta decirles que no hay alcantarillado y que muchos de los vecinos, sin tener para nada en cuenta las disposiciones sobre higiene, se han dado a la tarea a echar sus desagües por la vía pública, circunstancia esta que no se oculta a los ojos de nadie, es más gravosa y con mayor razón en una población como Bello, en donde abunda el tifu” (Memorial enviado al Concejo de Bello, por Antonio, Lorenzo y Carlos Saldarriaga. Libro de Acuerdos del Consejo. 1942, p. 54)
Eran calles que se convertían en verdaderos lodazales en invierno y que, por las precarias condiciones sanitarias, die ron lugar a la aparición de infecciones y niguas que eran bichos que se incrustaban en las uñas de los pies de aquellos transeúntes descalzos, así como pulgas, chinches y piojos. En el barrio la situación no era mejor, las calles eran en tierra, algunas con canales abiertos que llamaban “burros” por los que bajaban aguas sucias con los deshechos de los habitantes de los alrededores.
La obtención del agua
En 1948:
“…algunos vecinos del Barrio Buenos Aires, entre los cuales figuran los señores Carlos González; Urbano Baena, Roberto Murillo y otros han solicitado varios vecinos de la Calle Arriba: insistentemente que se les [decrete] la construcción del acueducto para el abastecimiento del Barrio en general. Igualmente se han dirigido a esta corporación los señores Luis A. Ríos, Jesús Arias, Guillermo Montoya, Alejandro Uri be y otros” (Acta 57. Proposición # 174. Libro de Actas del Concejo 1947-1948. Octubre 5 de 1948, p. 363. Archivo Histórico de Bello, A.H.B.).
Poco después, el Concejo Municipal respondió que la responsabilidad de la construcción del acueducto era de la Cooperativa de Municipalidades (Proposición # 175. Libro de Actas del Concejo 1947-1948, p.365, A.H.B.).
Pero el servicio prometido, no fue suficiente y eficiente, pues si bien se hizo la respectiva instalación, los lugareños seguían proveyéndose de agua de otras maneras, como los aljibes para la elaboración de alimentos, el aseo personal y doméstico. Cotidianamente se veían hombres, mujeres y niños que con sus vasijas acudían a estos lugares ubicados en diferentes puntos del barrio, y al del barrio Mesa, muy conocido en todos los alrededores. Los aljibes se convirtieron en lugares emblemáticos por ser puntos de encuentro entre los vecinos (Entrevista a la familia Chavarriaga Vasco).
Las lavanderas
Lavar la ropa en las quebradas era una actividad cotidiana. Allí iban las mujeres con sus grandes “ataos” de ropa en su cabeza; se ponían una pañoleta en el ca bello y fumaban tabaco con la brasa hacia adentro mientras lavaban. Llevaban a sus hijos a jugar en charcos o mangas de los alrededores y lavaban la ropa de sus hogares o de sus encargos, pues había muchas que tenían este oficio como fuente de su manutención (Entrevista con Cecilia Arboleda).
Al igual que el agua, los servicios sanita rios tuvieron características muy ancestrales, pese a los proyectos y planeaciones urbanas diseñadas por el municipio para estos barrios. Al principio, los solares de las casas hicieron las veces de sanitario; poco después se construyeron letrinas, que consistían en grandes pozos con bordes de cemento y tapa para evitar la proliferación de los malos olores. Finalmente, se instalaron sanitarios que conducían a los desagües o alcantarillados por debajo de las calles de la población.
La energía eléctrica
Si bien desde 1916 se instaló una planta eléctrica, y en los años posteriores el municipio contrataba con empresas, la prestación del fluido eléctrico, aun hacia el primer lustro de los años sesenta, era insuficiente y débil. “Cocinábamos con leña y carbón; aplanchábamos la ropa con unas planchas de hierro que poníamos en las brazas para que se calentaran bastante, luego poníamos un trapo encima de la ropa a aplanchar para que no se ensuciara y así aplanchábamos mucha ropa” (Entrevista con Nury Hincapié). Todavía en la mayoría de los hogares no se utilizaban electro domésticos y la tenue luz existente iluminaba el interior de las casas, porque alumbrado público no existía.
El “castillo”
El “castillo” era propiedad del doctor Vargas, un ingeniero que vivía allí con su familia. Era una casa grande de amplios corredores, con torres parecidas a las de ciertas iglesias antiguas; tenía un arco grande en la entrada con una inscripción en cemento que decía “Familia Vargas”. Su arquitectura sobresalía entre las viviendas que la circundaban, rodeada de mangos, naranjas, aguacates, cañaduzales y cafetales, había allí toda la variedad de animales domésticos típicos de una hacienda. En un tiempo funcionó como lechería. La jurisdicción de esta hacienda se extendía a buena parte de lo que después se constituyó como Barrio El Paraíso (Entrevista con los hermanos Patiño Rueda). Esta casona fue demolida para construir la nueva parroquia del Carmen.

Parroquia del Carmen
Hacia los años cincuenta, el crecimiento poblacional de Bello demandaba la construcción de nuevos templos religiosos. La Curia Arquidiocesana por medio del decreto 69, del 2 de febrero de 1969, firmado por Monseñor Tulio Botero Salazar, ordenó la creación de esta parroquia, así mismo la de Nuestra Señora de Chiquinquirá en Niquía Viejo (Historial de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, p. 2).
Esta obra fue iniciada por el sacerdote Tiberio Berrío López, quien acudió a diversas actividades para la construcción del templo. Para la asignación del nombre a la nueva parroquia eligió una metodología muy particular:
“Se decía que la comunidad tenía diferentes criterios o nombres de santos; pero el padre inteligentemente propuso una rifa con talonarios en los que iba escrito el nombre de los santos o santas pro puestos como patronos de la parroquia y el número de Manuel Carmona fue el que vendió más boletas con el nombre de la virgen del Carmen, y de esta forma fue elegido el nombre de la parroquia” (Historial de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, p. 4).
En Colombia, y particularmente en Antioquia para la edificación, mantenimiento y ornato de iglesias se acudía a los aportes y al trabajo de la feligresía. Los sacerdotes convocaban a toda la comunidad, para que se organizaran por medio de comisiones o convites para la distribución de funciones (Londoño, 2002, p.153).
Una de las actividades más significativas fue la Feria de San Isidro para la construcción de la Parroquia del Carmen, estas fiestas fueron una actividad económica determinante. El empeño y la constancia que demostraron los parroquianos era prueba de su fervor religioso, que era reforzado por las prédicas del sacerdote. La prodigalidad con que regalaban era muy vistosa: bajaban de las montañas con reses, cerdos, aves de corral y con toda la variedad de pro ductos. En los bazares se vendían toda clase de comidas y las viandas que las vecinas del lugar elaboraban con gran entusiasmo para la causa (Entrevista a Manuel José Berrío Fonseca).
Todos los habitantes urbanos y rurales de la jurisdicción otorgada a esta parroquia, actuaban sincronizados bajo el tutelaje del padre, que no escatimaba ánimos ni estrategias para la consecución del dinero. Visitaba a los dueños de negocios: tiendas, bares, cantinas, talleres, y con gran vehemencia manifestaba la importancia religiosa que tenía su contribución económica para la causa religiosa de todo el entorno parroquial.

La construcción se hizo por etapas, en la primera las misas se celebraban en la sala de la antigua casa; una vez demo lida esta, los oficios religiosos se hacían bajo un árbol de mango mientras se realizaba la construcción de la primera fase. En 1967, cuando asume la di rección de la Parroquia el padre Argiro Ochoa Velásquez, continúa la segunda fase: se construyen los arcos centrales y parte de la torre de bronce, e inician las gestiones para la creación del Colegio Carmelitano (Historial de la Parroquia Nuestra Se ñora del Carmen, p.5).
La labor social del padre Tiberio Berrío López, se realizó en pos de la cohesión cultural y religiosa de todos los barrios de su jurisdicción: para niños, jóvenes y adultos existían grupos de vocación religiosa; promovió la alfabetización en los tugurios de la quebrada La García, desde el barrio Buenos Aires hasta el Congolo (Historial de la Parroquia Nuestra Se ñora del Carmen, p.6).
Era una época en la que todavía se ofi ciaban las misas en latín, con el sacer dote dando la espalda a los feligreses; cuando las mujeres iban a los templos religiosos con mantillas oscuras cubriendo sus cabezas, en señal de respeto y recogimiento. En los inicios de los años sesenta, en el Concilio Vaticano II, se dieron reformas que ponían a la iglesia a tono con los cambios sociales y cultura les que estaban ocurriendo en el mundo, las prédicas sacerdotales ancestrales tenían mucho peso en la vida de sus co munidades.
El padre Tiberio muy en contra de los aires modernos de su época, incidía mu cho en los asuntos de la vida en su co munidad. Muchas cantinas y garitas que en su momento habían aportado para la edificación de la iglesia, eran blanco de sus críticas e incluso de sus maldiciones. Ciertos eventos de la vida social que implicaban jolgorio, no eran bien vistos por él. De tal suerte que algunos optaban por disminuir sus ánimos fiesteros y hasta clausurar sus negocios de licor ante la sugestión que causaba una maldición sacerdotal (Entrevista con los hermanos Patiño Rueda). Tampoco aprobaba que las gentes fueran a bañarse a los charcos, una de las actividades de esparcimiento de la época.
Para este sacerdote el encuentro de hombres y mujeres en estas circunstancias resultaba realmente escandaloso, motivo que lo llevó a maldecir, como hizo con “la Taza”, uno de los charcos más populares. Esta censura religiosa aumentó el caudal de bañistas. Los métodos de planificación familiar no eran bien vistos por la iglesia. Cada sacerdote en su respectiva parroquia recordaba a las mujeres las bondades de tener una numerosa prole. Cuando una mujer le preguntaba qué iba hacer con tantos hijos, el padre le respondía, pues “los que Dios te mande”. Hacia el primer lustro de los años sesenta, la moralidad cristiana tradicional pesaba mucho y sobre todo en las mujeres.
La escuela
Mediando el siglo XX, el crecimiento poblacional de Bello generó mayor demanda educativa. Hasta entonces las escuelas urbanas para hombres y mujeres estaban ubicadas alrededor del parque; pero, luego en razón de esas nuevas necesidades, se crearon otras sedes. La Tercera Agrupación o Escuela Santander, creada para el barrio Buenos Aires y sus contornos, era una casa de habitación que el municipio tomaba en arriendo y asignaba una maestra para el cuidado del local. Asistían solo niñas, pues en la época las niñas y los niños estudiaban por separado; los niños eran matriculados en la Escuela Urbana de Varones que funcionó en el parque principal de Bello.
Las cantinas
La marcada influencia que tuvo la iglesia católica en la cultura y la mentalidad de la sociedad colombiana en general y de la antioqueña en particular, no impidió que muchos aspectos de la vida moderna fueran permeando todas las clases sociales y en especial a la clase obrera. Desde los años veinte, abunda ron en los centros obreros del país, las cantinas, los bares y lugares de juego; y a pesar de los grandes esfuerzos del clero y de la élite por contener estas prácticas, cada vez fueron expandiéndose en los centros industriales del país (Reyes, 1996, p.426).
En Bello, centro obrero, proliferaron estos lugares. En todos sus barrios y en las zonas rurales había cantinas, garitas y tiendas donde se expendía licor, los cuales estaban categorizadas por la administración municipal para efectos fiscales.

Archivo personal Álvaro Gómez Gallego.
En el barrio Buenos Aires hacia los años cincuenta y sesenta, hubo aproximada mente 19 cantinas. Entre otras se encontraban: Las cuatro Aes, La cantina de Toño; El chupadero, El cuartito azul, el Bar Sinú, Los espejos, Los Cuyos, La can tina de Amelia, Marquetalia y la de Vástago. Eran lugares de encuentro, porque los obreros, pequeños comerciantes y otros clientes compartían allí sus vivencias, amenizados por tangos y milongas que sonaban del “piano” (traganíquel), y que exacerbaban el ánimo etílico de sus visitantes. No se ejercía la prostitución como en los barrios de tolerancia, e incluso como en ciertos lugares de la calle “Florencia”, conocida como la “Callecita”, a un lado de este barrio, donde se bebía y traían prostitutas de Medellín. Cantinas de barrio cuya clientela eran los vecinos del lugar (Entrevista a los Hermanos Patiño Rueda).
En los alrededores del barrio hubo también cantinas que se constituyeron en referentes para todos los habitantes del Sector. La cantina “La Cumbre”, muy visitada y renombrada, gozaba de gran afluencia para beber y apostar en juegos de azar. Por el nombre de este bar, pasó a llamarse “Barrio La Cumbre” al sitio donde estuvo ubicado, en la esquina donde después funcionó la Casa Roja o Liberal.
El Lucerito, otro bar muy “mentao” por entonces, situado en una esquina de la Calle Arriba, en la vía que sube para la Vereda Hato Viejo y al barrio Briceño; este fue como todos los anteriores, “… la congregación de varones rudos, textileros y ferroviarios casi todos, que veían en él un espacio de diversión y de inter cambio de palabras, o palabrotas. Y de sentimientos y mentiras” (Spitaleta, 2009, p.11).
Pero en las cantinas se vivió también la confrontación política. Desde finales de los años cuarenta y en la década del cincuenta, los dirigentes políticos liberales y conservadores incitaban a sus seguido res al sectarismo político y a la violencia. Este fenómeno tuvo una gran acogida, lo que desencadenó acciones de violencia y de muerte. De hecho, bajo los efectos del alcohol, “…la gente peleaba a cuchillo, a machete y a taburete…”( Entrevista a los Hermanos Patiño Rueda)
No obstante, estos espacios se constituyeron en sitios inherentes a la vida de los barrios y ciudades. Pese a los conflictos y a la violencia que podían generar en muchas épocas, continuaron haciendo parte de la cotidianidad de la vida urbana. Y a pesar de la religiosidad tan arraigada en los sectores populares y a la prédica incesante de la iglesia sobre la inconveniencia moral de la existencia de estos lugares, no dejaron de ser asidua mente frecuentados.
Los graneros, fueron sitios de encuentro social importante: allí se conocía de las novedades sociales de toda la vecindad y del encuentro “casual” de los novios. Las tiendas clásicas ubicadas en la Calle Arriba de la que se surtían las gentes de sus alrededores fueron la de “Hernán Patiño”, la de Roberto Patiño y la de Manuel Rodríguez, más conocido como “Pirrancho”.
De mucha fama gozó la Familia “Perrulla”. Hijos de Ernesto Montoya, quien murió asesinado en las escalas del palacio municipal de Bello, el día que derrocaron a Gustavo Rojas Pinilla, fueron personajes muy conocidos. Eran comerciantes de carnicerías, ubicadas en diferentes puntos de la Calle Arriba y de las que se surtían gentes de Buenos Aires, Paraíso, Barrio Mesa, entre otros. Los viejos habitantes del barrio Buenos Aires recuerdan al carpintero Ignacio Cataño, quien con su familia surtían a la clientela de todos los enseres domésticos; Antonio, uno de sus hijos fue quien fabricó las puertas de la Iglesia del Carmen, que le encomendó el padre Berrio.
La vida del lugar
El espacio urbano de esta vecindad no ofrecía sitios para el esparcimiento. Los niños y los jóvenes jugaban fútbol en las mangas; también era muy frecuente ir a bañarse a los charcos como “La Taza”( Entrevista a José Berrío) y, en las riberas de la quebrada La García, los niños disfrutaban de sus aguas para el baño y la pesca.
En el barrio, los caños de aguas sucias, a los que llamaban “los burros” eran atractivo para los chicos, quienes goza ban brincándolos de un lado a otro con el consabido riesgo de “caer al mierdero”( Entrevista a la Familia Chavarriaga Vasco ). Las mujeres iban a los charcos y participaban en algunos juegos callejeros, como la golosa, que se consideraba propios para su género.
Las diferencias políticas no afectaron enormemente su cotidianidad; si bien en ciertas épocas de efervescencia política afloraban sectarismos y violencias, en muchos momentos de la vida social las gentes se congregaban. Aún perduran los recuerdos de las navidades en que las vecinas compartían la natilla, los buñuelos y toda clase de fritos y dulces. Para ellas las rivalidades políticas que se vivieron, no significaron una dificultad en la convivencia. La semana santa era otra fecha en que los vecinos participaban en la decoración de alta res y espacios por donde concurrían los ritos religiosos. Las familias acudían a todas las ritualidades religiosas que convocaba el sacerdote.
Sus habitantes eran obreros, lo que en sí, creaba principios de identidad entre ellos; eran además herederos y receptores de una prédica religiosa muy profunda que apuntaba a una cohesión social y cultural en una época donde la religión tenía mucho peso. Acudían a prácticas que la vida urbana y moderna invitaba: el juego, la bebida, y la fiesta, que iban en contravía de la religión a la que pertenecían pero que se había con vertido en parte de sus vidas.
Referencias
Londoño Vega, Patricia. Religiosidad en la vida cotidiana. En: Religión, Cul tura y Sociedad en Colombia. Medellín y Antioquia 1850-1930.Fondo de Cultura Económica. México. 2002.
Reyes Cárdenas Catalina. Vida Social y Cotidiana en Medellín. 1890-1940. En: Historia de Medellín. Coord. Jorge Orlando Melo. Tomo II. Medellín. Suramericana de Seguros.
Saldarriaga A. Carlos José. El Municipio a partir de 1950. En: Bello, Patrimonio Cultural. Alcaldía Municipal – Lito Madrid, Medellín, 1993.
Saldarriaga A. Carlos José. El ordenamiento urbano y las formas políticas de ciudad. Municipio de Bello 1950 1970. Facultad de Ciencias Humanas. Universidad Nacional. Sede Medellín. 1995.
Spitaleta Reinaldo. Café de barrio, un inventario de emociones. En: Revista Huellas de Ciudad. No. 11. 2009.
Historial Parroquia Nuestra Señora del Carmen.
Archivo Histórico de Bello, A.H.B.).
Entrevistas:
– Eduardo Patiño. Bello. Agosto 19 de 2014
– Cristóbal Chavarriaga Ruiz y Susana Vasco. Bello. Agosto 7 de 2014
– Ana Liria, Ramiro y Gil dardo Patiño Rueda. Bello. Agosto 24 de 2014 5.
– A la familia Chavarriaga Vasco. Bello. Agosto 7 de 2014
– Cecilia Arboleda. Bello. Julio 26 de 2014
– Nury Hincapié. Julio 26 de 2014
– Con los hermanos Patiño Rueda. Agosto 24 de 2014.
– A los Hermanos Patiño Rueda.
– A José Berrío.
– A la Familia Chavarriaga Vasco. Bello. Agosto 7 de 2014
– A Manuel José Berrío Fonseca. Bello. Noviembre 4 de 2014
– A los hermanos Patiño Rueda.

