Por Paula Andrea Gallego y Carolina Imbol
1. Un paso adelante
Geográficamente el Municipio de Bello hace parte de la cuenca del río Medellín que comunica al Valle del Aburrá con otras cuencas como las del Nechí y del Cauca ubicadas al norte. Este corredor natural pudo facilitar la comunicación, en otros tiempos, de los grupos humanos prehispánicos que la habitaron, dejando a través de cientos de años de ocupación evidencias de interés arqueológico que contribuyen a reconstruir su desarrollo cultural en el tiempo y el espacio.
Estos procesos han sido documentados para el Valle de Aburrá y el Municipio de Bello tanto por la arqueología como por la historia, y permiten reconstruir por medio de la cultura material y el análisis científico de variables geofísicas, la vida cotidiana de los antiguos habitantes de estas tierras. Son variadas las visiones que tenemos de las comunidades que habitaban este Valle a la llegada de los españoles en 1541:
Encontraron una serie de comunidades agrícolas las cuales fueron identificadas con el nombre de provincia de Aburrá, término indígena con el que a parecer se designaba el río que corría por el centro del Valle. Caminos en piedra ‘hechos de peña tajada más anchos que los del Cuzco’ y ‘edificios en ruinas’ evidenciaron a los peninsulares una disminución de la población causada por guerras que sostenían con otros grupos situados al norte del Valle”
La población indígena hallada es referenciada en las crónicas como “agricultores dedicados al cultivo de maíz y fríjol; domesticaban el curí y los perros mudos, hilaban el algodón y tejían mantas que utilizaban para el intercambio con otros grupos”. De manera general, estos datos contenidos en las crónicas de conquista, sintetizan el conocimiento que hasta el siglo XIX se poseía sobre las sociedades indígenas que habitaban en el Valle de Aburrá en el siglo XVI.
Los trabajos arqueológicos que han realizado reconocimientos a lo largo del Valle de Aburrá pretendieron identificar, a través del registro material, las sociedades que ocuparon el Valle; además de ubicar temporalmente los asentamientos indígenas, definiendo unidades arqueológicas –cronológicas y culturales– para identificar los desarrollos sociales respectivos. Uno de estos elementos que proporcionó un contexto sociocultural, fue el efectuado en el análisis de las estructuras funerarias del cerro El Volador que establecieron correlaciones con sociedades conocidas en otras zonas del territorio Antioqueño.
El reconocimiento realizado por Castillo (1995), no logró un cubrimiento total del Valle ya que sólo consideró unas áreas de tres Municipios del Valle de Aburrá. Pero esta información fue complementada posteriormente por un grupo de arqueólogos de la Universidad de Antioquia que contribuyó a perfilar una secuencia de cambios sociales basada en la diferenciación de ocupaciones. Denominadas en orden cronológico del más antiguo al más moderno como tempranas (incluyendo una ocupación Precerámica y una con cerámica temprana denominada Cancana), Ferrería, Pueblo Viejo, Tardío y Reciente.

Evidencias de hallazgos fortuitos han permitido incluir zonas que han sido muy poco estudiadas en la dinámica del poblamiento del Valle de Aburrá. Estos datos podrían ser valiosos en cuanto confirman la ocupación por parte de comunidades prehispánicas, pero no son relevantes para los estudios arqueológicos puesto que el contexto de los hallazgos no ha permitido una plena interpretación de estos datos aislados. Es indispensable, en virtud de su potencial, incluir áreas como Bello en una investigación sistemática que permita un acercamiento a las dinámicas sociales regionales.
2. ¿Arqueología en Bello?
En la actualidad no existen investigaciones que permitan elaborar un mapa con la ubicación de los hallazgos arqueológicos de Bello. Se tiene un escueto registro de un rescate realizado en La Primavera, vereda de Hato Viejo, en el año de 1995 a finales de marzo y principios de abril, durante la construcción de una urbanización; de este trabajo sólo existe un video que revela el proceso de la extracción de los materiales arqueológicos, las urnas y algunas piezas cerámicas que se preservan descontextualizadas en la Colección de Referencia del Museo Universitario de la Universidad de Antioquia. Es de gran sorpresa que de la labor de rescate efectuada en dicho lugar, no existe un informe oficial que revele el contexto de ese asentamiento; hay un trabajo que da cuenta de lo llevado a cabo en este lugar, es la monografía del estudiante de Antropología Lader Fonnegra, que en ese entonces participó en las labores de rescate. Un pequeño informe del hallazgo menciona que “se realizó la recuperación de cinco entierros en vasijas con tapas, dos entierros primarios en tumbas de pozo y nicho, dos estructuras de tumbas de pozo y nicho, restos de un entierro secundario (fondo de una vasija), y restos de varios entierros alterados (fragmentos de cerámica y restos óseos), (…) el estado en que se encontró el sitio permite decir que se recuperó un 60% de los entierros que contenía el sitio y un 80% de la información sobre el contexto funerario”.
Este aporte es básico pero no determinante en la construcción de la prehistoria del municipio y menos aún en la relación con el contexto o asociación cultural. Además de este hallazgo, está la donación de Félix Mejía quien adquirió y donó al Museo Antropológico (ahora Museo Universitario) de la Universidad de Antioquia, una punta de pedernal y un fragmento de otra, “encontradas ambas en Ciudad Niquía, a 10 metros de profundidad en terrenos de arcilla roja. La punta de pedernal es considerada del Paleoindio Americano, sin importar que su técnica de fabricación pertenezca al Paleolítico Superior, es decir, que puede localizarse en el periodo Magdaleniense, según la arqueología del llamado antiguo continente”. Claro que Graciliano Arcila menciona que se encuentran colecciones particulares casi todas iniciadas en hallazgos fortuitos excavados en los predios donde se han hecho las propias construcciones.

El municipio cuenta con el muy conocido Camino Corrales (Su nombre deviene de la semejanza a los corrales que custodian el ganado), que es referido por la población como patrimonio tangible y sitio turístico, presumiblemente fue transitado por los indígenas Niquias y utilizado durante la colonia; en la actualidad se le otorga una importancia histórica, sin embargo no han sido realizados estudios sistemáticos que den un dato concreto de su antigüedad, elaboración y aprovechamiento.
Solo hay un estudio de prospección arqueológica en el cerro El Quitasol, en el cual se obtuvieron datos consistentes que revelaron la presencia de ocupaciones tempranas y tardías cercanas a las estructuras líticas a lo largo del Camino de Corrales, sin embargo, no hay datos concretos que sugieran la relación de estas ocupaciones con el camino y dado el carácter de la investigación no es posible dar aportes concluyentes por la falta de relación entre ambos componentes.
En este mismo informe, de acuerdo con una aproximación etnohistórica y etnográfica preliminar, el cerro Quitasol fue un antiguo sitio de enterramientos, así como otro cerro denominado de las Sepulturas al norte del casco urbano de Bello (…) Durante el reconocimiento arqueológico fue registrada una estructura funeraria recientemente saqueada en la parte alta del cerro. Esta estructura fue asociada provisionalmente a las estructuras funerarias de tambor referenciadas para algunas regiones de Antioquia y específicamente para el Valle de Aburrá.
En cuanto al contexto histórico-cultural, se señala que en el área del municipio de Bello se presentaron ocupaciones prehispánicas de sociedades agrícolas tempranas y tardías, representadas por los conjuntos cerámicos Ferrería, cuya cronología abarca desde el siglo V antes de Cristo hasta el siglo IV de nuestra era; Marrón Inciso, con una cronología comprendida entre los siglos I a.C y el siglo X de nuestra era, y Tardío, comprendida entre los siglos IX-X d.C y la época de la conquista en el siglo XVI con manifestaciones hasta el siglo XVII; estas han sido registradas en el Valle de Aburrá y otras regiones de Antioquia. Dentro de los hallazgos más representativos están los entierros encontrados en sitios de vivienda consistentes en pozos rectangulares con semicámaras o nichos laterales que contenían esqueletos”.
Dichos entierros se relacionan directamente con los excavados en el Cerro El Volador en Medellín donde se hallaron entierros primarios en pozos rectangulares con nichos laterales o en pozos con semicámaras donde se depositaban los cadáveres, y entierros de restos óseos cremados en vasijas cerámicas o directamente en pequeñas fosas en el suelo. Los esqueletos encontrados en el fondo de los pozos y nichos laterales se hallaron en posición decúbito dorsal o lateral con los miembros extendidos. En el Volador, estos entierros fueron fechados en los siglos III y IV DC.
En la ocupación representada por el estilo cerámico Ferrería sus viviendas se ubican en planos naturales sobre cimas de colinas y cuchillas, y sobre laderas de variada pendiente, lo que en algunos casos requirió la construcción de banqueos o aterrazamientos. Se ha considerado con base en la distribución espacial y en la extensión de los sitios, que los asentamientos eran nucleados y dispersos. Los asentamientos nucleados se encuentran en las partes más bajas del valle, mientras que los asentamientos dispersos corresponderían a viviendas de núcleos familiares menores con tendencia a ocupar las laderas y partes altas del valle. Los vestigios dejados por estos grupos consisten básicamente en fragmentos de vasijas cerámicas que remiten formas estandarizadas y muy elaboradas, y que sugieren una especialización de la producción alfarera. Asociadas a este estilo cerámico se han hallado también algunas herramientas de piedra pulida como hachas y cinceles, indicadores de actividades agrícolas, y un raquis calcinado de maíz primitivo en el municipio de Itagüí que sugiere el cultivo de maíz.

El estilo cerámico Marrón Inciso ha sido caracterizado por un patrón de asentamiento de viviendas dispersas, con algunas concentraciones. Sus viviendas se ubicaban al igual que la ocupación Ferrería, generalmente en planos naturales, sobre cimas de colinas y cuchillas, y en menor frecuencia sobre laderas de pendiente fuerte; y en la mayoría de los casos, ocuparon los mismos sitios que habían sido construidos y habitados por la ocupación Ferrería. Estos grupos ocuparon zonas fértiles propicias para la agricultura, aunque también poblaron zonas ricas en recursos minerales como el oro y la sal, y con suelos menos fértiles. Con base en la distribución de los asentamientos y la asociación de este estilo con manos de moler y metates que se relacionan con la molienda y preparación del maíz, y hachas en piedra pulida que se relacionan con la tala de la vegetación, se ha planteado que la forma de vida de estos grupos estuvo basada en la agricultura, probablemente el cultivo de maíz.
Algunos investigadores han considerado que los factores que marcaron el cambio entre las ocupaciones tempranas y tardías debieron incluir el crecimiento demográfico, la transformación de las economías productivas y extractivas, y los sistemas ideológicos. No existen marcadores arqueológicos de una transición, lo cual conduce a suponer un cambio más o menos rápido. Para la ocupación tardía se han planteado cambios en la dinámica de la población; se da un aumento de la población concentrada en aldeas, posiblemente debido a la aptitud de los suelos para la agricultura, lo cual llevaría a una jerarquía de asentamientos y a una competencia por los suelos fértiles.
A pesar de que solo se hallan reportado estas ocupaciones para el municipio de Bello no podemos descartar la posibilidad de encontrar sitios arqueológicos más tempranos, es decir con evidencias de cerámica temprana –Cancana- e incluso sitios precerámicos que hablen tanto de los primeros pobladores que llegaron a esta zona como de las condiciones ambientales de aquel entonces.
3. Diagnóstico
En el marco de las actuales políticas para la protección del patrimonio histórico-cultural de la nación, se decreta en la ley 397 de 1997, Ley General de Cultura, que “en forma amplia y abstracta establece la estructura de bienes y elementos que conforman el llamado patrimonio cultural de la Nación o, lo que es igual, el patrimonio cultural de las naciones que integran la sociedad Colombiana (…) Allí se articulan y tienen espacio real bienes materiales e inmateriales, objetos muebles e inmuebles, expresiones, tradiciones, costumbres, hábitos, símbolos, productos y representaciones generados individual y colectivamente dentro de los grupos humanos y comunidades nacionales en época contemporánea, en su historia o en los orígenes mismos de la estructura social Colombiana”, estos bienes tangibles e intangibles que hacen parte de la nacionalidad Colombiana contienen un interés “histórico, antropológico, lingüístico, filosófico, arqueológico, literario, audiovisual, musical, plástico, escénico, testimonial, científico, ambiental o museológico, entre otras de las ilimitadas manifestaciones posibles”. Por supuesto de los elementos encontrados se destaca lo siguiente:
Su especial valor intrínseco y su virtualidad para satisfacer intereses sociales y generales de culturas, identidad y memoria, serán objeto de un régimen legal especial (…). Los bienes del patrimonio cultural de la nación que sean declarados como interés cultural, serán objeto de la aplicación de un sistema de regulaciones que se incorporan a esa ley y que arbitra un marco legal especial de protección material y jurídica, de estímulo económico y fiscal, de restricción para su intervención material, disposición y movilización, así como un sistema sancionatorio establecido en aquella y en otras regulaciones nacionales, bienes estos que pueden provenir de épocas prehispánicas, de la colonia, la independencia, la república o la contemporánea, sin apreciación restrictiva de su naturaleza material o incorporal”
Según el Artículo 4, Decreto Reglamentario 833 de 2002 de la Constitución Política de Colombia, “el territorio Nacional es un área de potencial riqueza en materia de patrimonio arqueológico la incertidumbre técnica acerca de la existencia o inexistencia de bienes integrantes del patrimonio arqueológico en un sector determinado, no justifica la simplificación u omisión de la normativa y las políticas estatales”. No obstante, dentro de todo este abanico de elementos culturales a conservar, que son la base de la identidad de la nación, hay varios que no gozan de esta protección que es avalada por la Ley General de Cultura, la Constitución Nacional, el Código Civil y el Código de Policía, y por supuesto, en el territorio Bellanita, no es la excepción.
Hay que hacer hincapié en la protección del patrimonio arqueológico del Municipio, sobre el cual se ha permitido violaciones a la norma, causa de la destrucción de incontables bienes materiales de cuales no se tiene registro; muchas de esas pérdidas se ejecutaron sin la intervención de la administración para prevenir y recuperar estos bienes antes de su inminente destrucción.
Estos acontecimientos no son nuevos en la historia de la arqueología colombiana, desde 1931 con la ley 103 y en 1959 con la ley 163, se aplicaba esta norma para tomar medidas remediales con respecto a los hallazgos fortuitos, pero a partir de la creación de la ley 397 de 1997, Ley General de Cultura, la ley 388 de 1997, ley de Ordenamiento Territorial, y la ley 99 de 1993, ley ambiental, se comienza a implementar medidas preventivas que se anticipan a los eventos de los hallazgos arqueológicos, motivo por el cual, estas medidas se adicionaron a los Planes de Ordenamiento Territorial de los Municipios.
De esta forma, el Plan Especial de Protección al Patrimonio Arqueológico incorporado en el Plan de Ordenamiento Territorial indicará el área afectada, la zona de influencia, el nivel permitido de intervención y las condiciones de manejo, el plan de divulgación asegurará el respaldo comunitario a la conservación de estos bienes en coordinación con las entidades territoriales correspondientes.
Para el área del municipio de Bello, aún no se ha implementado en el P.O.T el Plan Especial para la Protección del Patrimonio arqueológico, ni siquiera se han elaborado estudios preliminares que permitan determinar áreas de influencia arqueológicas.
4. ¿Y de nuestras raíces qué?
Con estos argumentos es urgente e indispensable elaborar un diagnóstico y una propuesta del Plan Especial de Protección del Patrimonio Arqueológico para el Municipio de Bello, que pueda ser incorporarlo efectivamente al Plan Especial de Protección del Patrimonio Cultural Inmueble de la ciudad, con el objeto de recuperar y evaluar la información arqueológica para la contextualización histórica, cultural e identitaria del municipio. Así se compensará el impacto al patrimonio arqueológico producido por el acelerado desarrollo urbanístico que ha tenido el municipio en los últimos años.
El patrimonio se está perdiendo, la historia está fragmentada porque no hay bases para corroborar que los mitos y las tradiciones iniciadas a partir de las crónicas sean reales, las discusiones planteadas por la historia referentes a la ubicación de lugares o el planteamiento de tradiciones no han sido corroboradas por una base científica que le de veracidad. Hay todo por hacer en el territorio donde vivimos, pero muy especialmente aún queda todo por conocer del pasado, y aquí entra un interrogante: si la historia de los últimos 500 años es tan fragmentada y la dinámica de sucesos es tan poco conocida, ¿qué diremos de una visión más amplia de los acontecimientos pretéritos que le competen a la identidad del municipio como es el conocimiento de la era prehispánica desde hace 8.000 años?
No es suficiente con saber que el lugar donde se vive en la actualidad en algún momento de la historia fue habitado por “indios” (término que despectivamente hace referencia a ese grupo humano que no conocemos y por tal motivo ignoramos); hay que saber que aquellos hombres y mujeres conformaron sociedades y obtuvieron un rico saber del entorno natural, dominaron técnicas para cazar, recolectar y cultivar. En esa medida, en Bello hace falta más conocimiento y divulgación sobre temas tan importantes como el de su propia historia. Los bienes arqueológicos son de todos y hacen parte de la identidad y arraigo al lugar que se habita y que habitaron los antepasados.

