Yerbateros, curanderos y brujos

por centrodehistoriabello

Por Nubia del S. Valencia Montoya, antropologa

Introducción

Cuando se habla de patrimonio cultural, se está haciendo mención de una diversidad de expresiones que hacen parte integral de este significado, tales como: lenguas, tradiciones, costumbres, conocimientos, artes, edificaciones, etc., es decir, lo material e inmaterial, todo aquello que hace honor al pasado de un pueblo, que es necesario salvaguardar y dar a conocer ya que es parte del capital de cualquier grupo humano.

El patrimonio cultural, tanto material como inmaterial -este último también llamado intangible- está protegido por diversas leyes que tienen como objetivo su conservación y divulgación  no solo en Colombia, sino por otros organismos de carácter internacional (como la Unesco) que reconocen su importancia e incalculable valor para la historia y el reconocimiento de todos los pueblos.

Es necesario aclarar que en lo relativo al patrimonio cultural, por lo general  se  hace más énfasis en el patrimonio material y se deja de lado el inmaterial, sin reconocer que ambos son las dos caras de una misma moneda, donde el uno se alimenta del otro  y a la vez lo enriquece, ya que un aspecto tan  importante como la “oralidad” permite recuperar esta memoria perdida en el tiempo y  dar cuenta de esos conocimientos.

En así como dentro del  “conocimiento ancestral” aparece “la medicina tradicional”, o “medicina natural”, que presenta  todo tipo de saberes, posibles de rescatar, ya que hacen parte de lo no contado, de lo desconocido, pero en todo caso valioso para la comprensión  de la historia local y su evolución. Adicionalmente,  gracias a los aportes de la medicina tradicional por el conocimiento y la aplicación de numerosos productos obtenidos de la  naturaleza para los procesos curativos, estos descubrimientos fueron aprovechados posteriormente para el  desarrollo de la medicación moderna.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), “la medicina tradicional es la suma de todos los conocimientos teóricos y prácticos, explicables o no, utilizados para diagnóstico, prevención y supresión de trastornos  físicos, mentales o sociales, basados exclusivamente en la experiencia y la observación, y trasmitidos verbalmente o por escrito de una generación a otra”.[1]

Las expresiones de la  medicina tradicional en Bello, por su parte, presenta una serie de personajes, reconocidos practicantes de esto oficios, con historias referentes a plantas, recetas y brebajes,  combinadas con partes de animales y minerales, inclusive expuestos a agentes físicos determinados para facilitar y asegurar la  eficacia del remedio;  los  residentes y forasteros recurrían a ellos para la restauración y el mantenimiento del bienestar en el organismo humano, ya que  “el curandero” o el “yerbatero” eran bastante consultados,  a pesar de que existía la medicina facultativa u occidental de la que tenían múltiples reservas y a la cual recurrían ya cuando el enfermo no tenía posibilidad de mejora; sin embargo, “el curandero”, “el hojero” y en el mejor de los casos el “botánico”,  satisfacían las necesidades del momento cultural. La medicina tradicional de los curanderos fue, en muchos casos, la primera en ser elegida por los vecinos del pueblo de comienzos del siglo XX ya que estos llenaban los espacios donde no ejercía la medicina facultativa. Los residentes y forasteros le creían más al curandero que al mismo médico, en un sistema de creencias que se movía de padres a hijos y al que le profesaban verdadera fe y que, en algunos casos, mostraba sus beneficios. Es claro que, por los bajos costo, el curandero era más asequible para el bolsillo de los usuarios;  con una ventaja adicional proporcionada por el  lenguaje, puesto que eran más entendible para el provinciano de aquella época los términos utilizados por el curandero que por el médico.

La medicina tradicional en Bello, presenta múltiples recetas para todo tipo de dolencias y enfermedades, utilizados por los curanderos de la época;  no obstante, algunos de estos elementos persisten hasta el nuestros días. El artículo revisará lo que ha sido la práctica de la medicina tradicional en Bello, durante laprimera mitad del siglo XX, inclusive la década del 60, principales representantes, fórmulas, creencias, plantas y otros elementos que hacían parte de los procesos curativos, así como las recetas más particulares de los curanderos, que eran sus más grandes gestores.

  1. Medicina tradicional en Bello

La medicina tradicional o Medicina Natural, en Bello, como la  de otros lugares, hace parte de los conocimientos practicados por los antepasados más recientes, heredados inclusive de los pueblos indígenas, que se obtenía  de la observación de la naturaleza y del conocimiento de la flora nativa.

“Las grandes propiedades de las plantas han sido reconocidas y apreciadas  desde tiempos inmemoriales. Son la medicina de la naturaleza (…) Hay una hierba para cada enfermedad que aflige el cuerpo humano. Hipócrates, el padre de la medicina fue naturista”[2].  En estas tierras había todo tipo de plantas: “En las tierras fértiles de Hatoviejo, abundaban las plantas medicinales”[3], algunas de estas acedera, verdolaga, borraja, yanten, cidrón, cola de caballo, sauco, limoncillo,  dormidera, higuerón, yerbamora; según el caso se empleaban las semillas, las flores, los tallos, las hojas o la raíz, la corteza de algunos árboles o ciertos líquidos obtenidos directamente del vegetal;  los grandes solares de las viviendas de antaño estaban sembrados con muchas de  estas especies; en múltiples ocasiones, la medicina natural era la única al alcance y la utilizada por los pobladores  para el restablecimiento de la salud: “El público en general era esquivo a los servicios médicos, especialmente las gentes del pueblo (…) Entre los campesinos era aún más escasa la visita de los médicos, y casi todas sus dolencias las trataban con yerbas y medicamentos caseros”.[4]

Cuando se habla del curandero  (yerbatero,  hojero,  botánico) se esta haciendo relación al “sistema médico tradicional, que no se fundamenta en lo sobrenatural, magia y religión, sino que se apoya en principios naturales y se explica en términos sistémicos”[5].

El curanderismo como tal es la denominación que se utilizará en el presente trabajo ya que hace referencia a las personas que practicaban este oficio con la ayuda de todos los remedios que se podían obtener de la naturaleza, tanto de origen vegetal, animal como mineral; sin embargo, también son válidos otros nombres, en su forma más elemental “yerbatero” y “hojero”, los que practican su conocimiento solamente con plantas, el  “botánico” es otra denominación más elaborada para aquellos que experimentaban con sus propias creaciones.

Bello tuvo representantes dedicados a estos oficios, unos más destacados que otros, aunque cabe subrayar que la medicina facultativa u occidental en este municipio tenía sus desarrollos desde principios de siglo,  notables ciudadanos dedicados a este noble oficio, como el doctor Luis Arango A., uno de los médicos más reconocidos de la época, benefactor, promovió programas de salud para el Municipio,  se desempeñó como vacunador oficial del mismo, emprendió varias jornadas importantes de vacunación para evitar contagios de enfermedades que estaban causando estragos en otras localidades, insistió ante el concejo sobre la construcción de un hospital para el distrito, debido a la lejanía del de Medellín y la situación de pobreza de las gentes de la localidad. De la misma manera insistió en la adecuación de algunas calles que estaban sumamente deterioradas, fue nombrado personero por el concejo,  designación que no aceptó, y médico oficial del pueblo, puesto al que renunció, debido a que el sueldo que se le asignó no se lo pagaron por la situación del tesoro público. Fue un hombre dedicado, comprometido y trabajador, desinteresado e incansable por el bien de las gentes de la ciudad de la que se sentía hijo adoptivo[6].

Este cuadro muestra algunas enfermedades comunes entre 1939 a 1943 y número de fallecimientos por año[7]

añosgastroenteritisTifo- Fiebre tifoideaMeningitisColerin-ColeraNeumoniaBronquitisBronco neumoníaTuberculosisFiebre y Fiebre PerniciosaNefritisPaludismoSarampión-ViruelaAmibiasis parásitos Lombrices
193957954   1131 6
1940572253    12 48
194148105591384222 8
19425415110 2145125 14
194343231651963343612

Empresas como el Ferrocarril de Antioquia desde su fundación tenían una tarea clara con los obreros: asumir “la tarea de cuidar la salud de los trabajadores (…) El gerente que nombró el gobernador  tenía entre sus deberes procurar que en la empresa haya (…) (los) médicos, enfermeros, sobrestantes, hospitales y medicamentos que sean necesarios (…) muy probablemente la empresa sí fue la primera  en organizar un servicio medico institucionalizado y reglamentado para los trabajadores”[8]. Vale anotar, como lo señala el mismo texto más adelante, que, aun con este servicio de salud, muchos trabajadores por temor a los medicamentos y a sus efectos, como en el caso de las vacunas, se escondían y seguían consultando curanderos, yerbateros y utilizando remedios caseros[9], corriendo el riesgo de morir con estas prácticas. En este sentido, comenta doña Ilduara Paniagua: “la gente del ferrocarril tenía su propio servicio médico, se atendía en el hospital San Juan de Dios”.

Este mismo modelo de implementar un sistema de salud para sus  empleados fue replicado años más tarde por Fabricato: “Bástenos, con afirmar, por ejemplo, que mientras otras muchas poblaciones tuvieron su hospital municipal o parroquial desde las últimas décadas del siglo pasado, Bello apenas viene a disponer en la década del 40 de una casa de salud, gracias a la iniciativa particular de Fabricato”[10].

El desarrollo y la aplicación de este sistema médico tradicional, en cabeza de  curanderos, estaba afectado, a su vez, por  practicantes de  otros conocimientos  populares: comadronas, parteras, sobanderos, teguas, componedores, que eran expresión de una amalgama de saberes que se consolidaron a lo largo de nuestra  historia entre el español, el indio y el negro.

“Un complejo proceso de integración de sistemas médicos tuvo lugar durante el periodo de dominio y colonización hispánica. Los nativos americanos disponían de complicados medios para curar, cuando irrumpió el europeo con su sistema  médico- eco del momento científico-.técnico europeo, mixtura también  de ciencia, escolasticismo y magia medieval-; luego ocurrió más tarde el injerto africano”[11].

Esta mezcla de culturas se veía reflejada en la composición  de las recetas, fórmulas con todo tipo de combinaciones posibles, en las que tomaban elementos autóctonos de cada cultura con el fin de reforzar los procesos curativos, ya que el objetivo final era el mismo: la recuperación de la salud.

Es claro que, aun cuando incomprensible, algunos de los procedimientos  utilizados para aliviar a un paciente, pudieran lograr este resultado, bien por sus componentes o por la fe que le pusiera el aquejado; sin embargo, eran amplia y comúnmente utilizados, como para el caso del sarampión: “la boñiga de la vaca se hervía con leche para brotar la fiebre del sarampión, se tomaba por la mañana y por la tarde”[12];  a pesar de ser la misma receta tenía sus variaciones: “Se hervía la boñiga en agua y se colaba y lo que quedaba se revolvía con la leche, así la preparaba yo”[13]; otra forma de prepararla “era como un té: boñiga fresca se envolvía en un trapito y se echaba a cocinar en leche, era para brotar sarampión, viruela o varicela y la leche quedaba verde, yo todavía creo en eso”[14].

Este  remedio era de uso frecuente entre los que padecían la enfermedad: “Las gentes de campo decían que el excremento del ganado, disuelto en leche, era excelente para el sarampión”.[15]mpo dece comtexto de  que quedaba se revolvia ecciamentos caseros”(…el restablecimiento de la salud

Tal bebedizo se empleaba  para el tifo, con igual fin. Cuentan los entrevistados que por aquellas épocas la gente moría mucho a causa del tifo, especialmente del que llamaban tifo negro hasta el punto que por temor a quedar infectados no se pasaban por el frente de las casas donde se presumía había un enfermo de tifo.

No solamente se empleaban las plantas; también se combinaban con partes de algunos animales, para  los diferentes procesos curativos, como la enjundia (grasa) de gallina, la boñiga (de la vaca), ojos  de novillo, inclusive minerales como la piedra lumbre, el yodo;  todos estos productos utilizados con el único fin de devolver la energía y la salud al enfermo,

Para el caso de las paperas, por ejemplo, se recurría a una mezcla de “Infundia (sic) de gallina con ajo machacado, se colocaba con un pedazo de trapo, alrededor de la cabeza”[16]; esto con el objetivo de hacer más llevadero el  proceso inflamatorio, y en el caso de los hombres  evitar “que se les bajaran las paperas y les causaran problemas reproductivos como impotencia y esterilidad”.

Esta receta también presentaba otra variación: “en un pedazo de lana de oveja virgen  se untaba la infundia (sic) de gallina y se amarraba con un pañuelo que le decían barboquejo”[17]. La infundía de gallina también se utilizaba como untura “Infundia caliente de gallina con un poquito de manzanilla se frotaba en el pecho y la espalda de los niños para que pudieran respirar mejor”[18], las aplicaciones de esta grasa de la gallina son muy variadas, sin embargo no es clara su razón. Doña Carmen añade a este respecto que la utilizaban porque la enjundia es caliente.

“En la medicina tradicional de toda América Latina, se encuentran subyacentes los principios de los humores  de los caliente y de lo frío en la base de su etiología”[19]. Estos mismos conceptos se aplicaron sobre los alimentos, los remedios, la comida y las enfermedades. A este respecto el texto añade más adelante “las enfermedades, como resultado de los mencionados principios, se ordenaron también en ‘de frío o de calor`, y el retorno al equilibrio que significa salud, se obtuvo con el uso del contrario”[20]. En otras palabras, una enfermedad que se consideraba fría se trataba con medicamentos considerados calientes.

Continuando con el tema de la impotencia sexual, las recetas para este mal, no perecen ser muy comunes, ya que si tenemos en cuenta el tema debió haber sido tabú en su época y  por lo demás muy susceptible de hablarse en público. Relata don Jorge Sierra: “un compañero de Fabricato fue donde un “yerbatero” porque ya no tenía erecciones y éste le recetó un par de ojos de novillo con varias cosas y miel, y haciendo el amor murió encima de la muchacha, las otras cosas no las recuerdo y esto me lo contó el hijo del muerto que era conocido mío”, se dice que  la muerte sucedió, al parecer, porque se tomó de la receta más de lo aconsejado.

En algunos casos se daba la combinación de bebidas y  ciertos agentes físicos determinados como la brisa para el caso de la tosferina: “se llevaba el niño a las 5 a.m. a coger la brisa de la mañana para que botara la tos, y se le daba limoncillo con leche”.[21] El sol y el sereno también hacían parte de los procesos curativos, en casos como las afecciones en los ojos: “la ceguera era muy común, se recogían rosas amarillas, se echaban en un frasco anchito, y así. sin agua, ese frasco cerrado se ponía al sol, y esas rosas dejaban un líquido, y ese líquido se ponía en los ojos y era bendito”. Otra forma de utilizarla era poniendo “la rosa amarilla en agua de panela al sereno toda la noche, este líquido  se colocaba en los ojos para la conjuntivitis”[22].

Otra molestia muy común era la relacionada con la calvicie: para la que se utilizaban  “cocimientos de quina y romero”.

Bello presenta en la primera mitad del siglo XX, y bien entrada la segunda, practicantes de la medicina natural, llamados yerbateros, curanderos o  botánicos,  personas que se dedicaron a  realizar  tratamientos  con este tipo de  medicina, cuyo fin era devolver la salud a todos aquellos pobladores, e inclusive forasteros, que los consultaban aquejados por todo tipo de dolencias y enfermedades, y donde ellos eran la única opción conocida  posible.  Y esto tiene su explicación por tres aspectos: el primero era que, a pesar de existir, los médicos eran más bien escasos y poco consultados; el segundo era que la gente del común le tenía más fe al curandero o yerbatero de la época  que al mismo médico, y el tercer aspecto es  que se “tenía la creencia de que éstos no eran para darles alivio y curación y consuelo, sino para firmarles el pasaporte para la otra vida”[23]. Todo esto alimentado por el fuerte control de la iglesia, en una sociedad de por sí bien cerrada,  apegada a conocimientos antiguos, que pasaban de madres a hijos vía oral, que apenas sí permitía acoger los avances modernos.

En realidad, estos personajes, los curanderos, eran buscados y consultados por  todo tipo de personas, sin embargo eran los aldeanos, los procedentes de pueblos, los clientes más asiduos, ya que cierta elite que tenía acceso a otro tipo de formación y conocimientos acudían al médico,  y/o en su tratamiento combinaban ambos saberes; si una de estos fracasaba, tenían otra opción aceptada y validada culturalmente.

“Los curanderos no se limitaban tampoco, como los culebreros, a vender sus productos, debidamente empaquetados, sino que eran los verdaderos médicos  aldeanos, que trataban directamente a sus enfermos, les preparaban sus pócimas, sus elixires, les aplicaban sus emplastos, les hacían beber sus infusiones y los alentaban con su consejo y su experiencia”[24]

El curandero era otro lugareño más, otro igual, otro cercano, como sus vecinos –pacientes. En este orden de ideas, Bello vio exponentes de estas tradiciones ancestrales en cabeza de algunos de sus representantes más populares:

Relata el señor Hernán Peláez, alias Balaca: “el más antiguos que yo recuerdo en Bello, era alias “Tico”, no se cómo se llamaba, él mismo fabricaba sus pomadas para las llagas, cuando yo lo conocí ya estaba muy viejo, vivía cerca al parque de Bello”.

Otros de los que se dedicaba a estos menesteres y que parece ser posterior, hacia 1930, era Blas Martínez: “él vendía una pastillas que hacía y se llamaban celis, se las mandaba a todo el mundo “tómese estos celis dobles decía”,  parecían  Alka Seltzet”[25].

No es claro si los “celis doble” eran pastillas de  fabricación artesanal o polvos en papeletas, o el mismo nombre se aplicaba para ambos casos; sin embargo, eran comúnmente utilizados  por los habitantes de antaño  para todo tipo de padecimientos: “La fiebre se tomaba a pulso, y las enfermedades se combatían a base de sal de Inglaterra, de carbonatos, de verdolaga y paico y de los polvos llamados “celis doble”[26].

La fama de don Blas Martínez estaba cimentada en su oficio de boticario, a pesar de que también lo ubicaban como curandero “Don Blas Martínez era curandero y boticario tenía farmacia, vendía en papeletas los remedios que él hacía en un mortero donde machacaba no sé si yerbas o pastillas, cuando yo iba allá  me daba papeletas, él en la farmacia también vendía Oca Gómez Plata y Confortativo Salomón”[27].

Cabe recordar que  en estas épocas los niños sufrían de lombrices, muchos de ellos murieron a causa de esto y precisamente don Blas Martínez vendía un aceite que se utilizaba para las lombrices,  se dice que con este aceite se podía expulsar hasta quinientas o más lombrices; claro que también se empleaba “la raíz del paico, cuando las lombrices estaban encostilladas, no sé por qué decían así”[28]; por su parte, las hojas del  paico también se combinaban con el aguardiente, con el mismo fin “se utilizaban ramitas de paico, se machacaban y lo que quedaba se mezclaba con  aguardiente, esto se tomaba para las lombrices”[29].

Se utilizaba además para este mal, según don Jorge Sierra “leche de higuerón, en Prado había mucho árbol de higuerón, en el tronco se le daba un machetazo y brotaba un líquido blanco como la leche, que envasaban”.  Con este también se purgaban.

Otro purgante muy beneficioso era elaborado con ramas de “paico, acedera y verdolaga un poquito de cada rama y era muy bueno[30].

Sin embargo, el gobierno de aquella  época enviaba a las alcaldías unas medicinas llamadas “Uncinariasis” y “Quinopodio”, que luego cambiaron por “vermífugo nacional”, estos eran un potente purgante, con el que se combatían las lombrices. Una vez tomado el producto, el purgado solo podía tomar agua de arroz y agua de panela; con el tiempo éste fue prohibido ya que era casi un veneno para el organismo. Al igual que “Tico”,  don Blas Martínez, residía cerca al parque, y no solo sabía de medicina, era abogado, sabía de todo, añade don Hernán Peláez.

En lo relacionado con algunos  de los  curanderos de esta época, existe lo que parece ser una línea muy fina entre los que ejercían este conocimiento natural  y los que practicaban la brujería. Este tipo de prácticas mágicas o sobrenaturales no fueron ajenas en esta población. Había individuos que curaban pero con brujería, según cuentan las historias de los pobladores. “Le contaba de Régulo, él vivía hacía la Buena Esquina y entonces tenía un burrito y era curandero y que también practicaba la brujería. En el burrito vendía la leche todos los días, hasta que en una ocasión, decía la gente, que un día un duende lo cogió y casi lo mata, después de eso no volvió a trabajar en nada, curaba, decían, pero con brujería, entonces la gente decía el duende de Régulo, pero  por esa historia”[31].

Se habla también de que algunos de ellos curaban con secreto y con las ánimas, yerbateros “que sabían cosas”; sin embargo esta situación hace parte del imaginario colectivo de la localidad, con estás historias fantasmagóricas, fantásticas si se quiere, que nunca faltan, pero que nutren este imaginario día a día, en una época en la que las brujas, duendes y demás apariciones acabaron cuando llegó la luz eléctrica, como dice don Jorge Sierra.

De cómo curar el tifo en tres horas y otros secretos

El curandero más reconocido de Bello por sus amplios conocimientos de la medicina natural fue don Carlitos Hoyos, proveniente del Municipio de  Sopetrán, donde se encontraba radicado. Se instala en estas tierras inicialmente como zapatero donde monta un pequeño taller equipado con los implementos de trabajo necesarios para la enseñanza y fabricación;  nacido en 1880, “se inició como botánico  y sacamuelas  siguiendo el estudio de  algunos libros que lo especializaron”[32]; de hecho, así era apodado “el botánico” o “el sacamuelas”, a este respecto cuenta su nieta Lucía Hoyos: “tenía varios libros que eran de consulta y para recetas que él mismo inventaba”[33], doña Lucía aún conserva un par de libros que  eran parte de su colección privada con temas de Botánica, culinaria, artes e industrias caseras, salud, juventud y belleza, con todo tipo de  recetas para dolencias físicas, enfermedades,  y trucos para utilizar en el hogar, hallándose cosas tan interesantes: “Como dejar de ser estéril”, “Cómo curar el tifo en tres horas”, “Para que las gallinas pongan mucho”, en todo caso un compendio de recetas y remedios, algunos curiosos, pero que lo hacían el más consultado no solo por su conocimiento empírico, sino porque utilizaba textos de consulta y experimentaba con sus propias fórmulas. Relata doña Lucía: “Preparaba unas píldoras, bolitas como con boñiga de vaca y lo preparaban con hierbas,  se hacían bolitas y se metían en un trapito, luego se cocinaban en leche y esto era para bajar la fiebre y que brotara el sarampión”[34].

Otro de sus remedios conocidos era “cocimientos de quina y romero, se cocinaban ollas inmensas y se vendían en botellas, para la calvicie”. Cuenta doña Lucía  que ella ayudaba en algunas de estas preparaciones; muchos de las productos que él mandaba, los hacía y los envasaba,  comenta Hernán Peláez. “Cuando uno iba le decía, de la botella verde se toma dos cucharadas y de la botella roja se toma dos copas”.

Para la piedrilla[35] formulaba cocción de plantas con una crema al parecer de su creación, ya que los componentes por lo demás son desconocidos para quien los utilizaba “Paños de yerbamora, esto unido a una crema de color negro, que  se untaba y no se sabía de que estaba fabricada”[36]. Para los riñones “mandaba unas pastillas blanquitas, como un mejoral, para el asunto de orinar bien”[37].

“El Botánico”,  como  era llamado, tenía un remedio, una planta, una combinación exacta para cada mal que afectaba a propios y a extraños, que lo consultaban con gran devoción, cuentan los entrevistados que le hacían fila para lograr que los atendieran, ya que tenía su pequeño consultorio en la parte de atrás de su propia casa, donde tenía frascos, papeletas, pastillas, hierbas variadas, unturas;  era además  un gran componedor, cuenta doña Carmen Tamayo, que allí era donde los mandaba su mamá cuando sufrían un accidente de este tipo.

De esta manera su trabajo le fue dando fama hasta el punto que fue reconocido en el país. “En esta forma, se hizo una vida meritoria que a escala nacional iba trascendiendo de boca en boca. Gentes de todos los rincones de Colombia (…) Vimos llegar a las puertas de su casa profesionales, religiosos, industriales, comerciantes, etc., quienes en ocasiones lo transportaban a sus propias residencias para conocer casos de enfermedad donde la ciencia médica había agotado los últimos recursos”[38] Al respecto, doña Lucía relata: “A un señor una vez lo picó una serpiente en los Llanos, y le dijeron que tenían que cortarle la pierna, y llegó a la casa de Carlitos, se hospedó tres meses y este logró salvarle la pierna, en agradecimiento el señor le enviaba una cantidad mensual de dinero e inclusive con su muerte, se la envió a la viuda hasta que ella falleció”[39] Don Carlitos Hoyos murió en enero de 1966.

Referencias:

  1. GUTIÉRREZ De Pineda. Medicina Tradicional de Colombia, Magia, Religión y Curanderismo, Volumen II. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1995, p. 30.
  2. LEE HOOVER, Jerry. Medicina Natural: las plantas. Trad. Olga Gil D. En: Periódico El Colombiano, 6 de diciembre de 1998, p. 4 D.
  3. HOYOS, B. Salvador, El Cacharrero y su Mujer, aparte de la obra inédita “GENTES OTRORA” dedicada a las gentes y costumbres de quienes fueron vida y nervio de Hatoviejo, hoy Municipio de Bello, página 5
  4. OCHOA, Lisandro. Cosas viejas de la Villa de la Candelaria. Medellín: Colección autores antioqueños, Volumen 8, Ediciones Gráficas Ltda., 1984, p. 339.
  5. GUTIÉRREZ De Pineda, Virginia. Op. cit. p. 127.
  6. ARCHIVO HISTÓRICO DE BELLO. Libro acuerdos, actas y correspondencia 1913-1915 folio 68, folio 75, folio 212.  Libro  XVI acuerdos y correspondencia 1916, folio 275.
  7. ARCHIVO PARROQUIAL, Nuestra Señora del Rosario. Era la única del Municipio para esa época, Libro VIII de Defunciones de 1938 a 1944. 
  8. RESTREPO, j. Libia. La Práctica Médica en el Ferrocarril de Antioquia 1875-1930. Medellín: La Carreta Editores, 2004, p. 52 y 53.
  9. Ibíd. p. 79.
  10. RESTREPO Botero, Juan (Pbro). La Tierra de Suárez, Bello. Medellín: Gráficas Girardot, 1990, p. 327.
  11. GUTIÉRREZ, de Pineda Virginia. Op. cit. p. 22.
  12. Entrevista a Hernán Peláez y Lucía.
  13. Entrevista a Doña Ilduara Paniagua.
  14. Entrevista a Doña Carmen Tamayo.
  15. OCHOA, Lisandro. Op. cit. p. 341.
  16. Entrevista a Hernán Peláez.
  17. Entrevista a Dona Carmen Tamayo.
  18. Entrevista a Doña Carmen Tamayo.
  19. GUTIÉRREZ De Pineda, Virginia. Op. cit. p. 129.
  20. Ibíd. p. 131.
  21. Entrevista a Ilduara Paniagua
  22. Entrevista a Jorge Sierra
  23. OCHOA, Lisandro. Op. cit. p. 339.
  24. SANTA, Eduardo. El Libro de los Oficios de Antaño. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, XLVI. En: OCHOA, Lisandro. Op.cit. p. 128.
  25. Entrevista Hernán Peláez
  26. OCHOA, Lisandro. Op. cit. p. 340
  27. Entrevista a Jorge Sierra
  28. Entrevista a Doña Carmen Tamayo
  29. Entrevista a Félix Montoya Uribe
  30. Entrevista a Doña Carmen Tamayo
  31. Entrevista a Don Jorge Sierra
  32. HOYOS B., Salvador. Op. cit. p. 8.
  33. Entrevista a Lucía Hoyos
  34. Entrevista a Lucía Hoyos
  35. Endurecimiento de las tetillas de los varones que causaba gran molestia y dolor, entrevista William Londoño
  36. Entrevista a William Londoño
  37. Entrevista a Félix Montoya Uribe
  38. HOYOS, B. Salvador. Op. cit.
  39. Entrevista a Lucía Hoyos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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