La eternidad fugaz de la juventud bellanita

por centrodehistoriabello

Por Sergio Espitaleta, licenciado

Resumen: “A Toño lo mataron cuando venía de su finca. Lo bajaron del carro, y le dieron a quemarropa delante de sus familiares”. Reportaje al imaginario juvenil de los años ochenta en Bello. El artículo referencia el origen de varias bandas juveniles y, específicamente, el surgimiento y organización de la banda delincuencial de “La Ramada”.

El mono, de El Calvario*

Nací y viví mucho tiempo ahí, cerca de lo que ahora llaman la Iglesia del Cristo. Ya casi nadie llama a ese sector El Calvario. Pero así era antes de que inventaran los nombres de “El Ángel”, de Rosalpi e incluso del mismo Cristo, que no es otro que el Cristo de El Calvario. Pero ese no es el caso. A lo que vinimos. Eso de la violencia en los años ochenta y en la actualidad, es apenas la cola de la cometa. Incluso antes de que se diera la revolución cubana, ya en Colombia había grupos armados; había guerrillas y grupos de autodefensa o paras, como les dicen ahora. Acuérdese, por ejemplo, de Tirofijo, que empezó en las guerrillas liberales formando grupos de autodefensa y por allá entre los años 60 y 70, que el  partido comunista organizó también autodefensas que después se volvieron frentes guerrilleros; y recuerde que en los sesentas se crearon tanto el Eln como el Epl, y que más adelante, con militantes de las Farc y con el rojaspinillismo, se fundó la Anapo, y que después del robo electoral a Rojas, aparecieron los populistas del Eme, que se alborotaron más cuando ganaron los sandinistas en  Nicaragua.

Todo eso lo copiábamos aquí en Bello. Había muchas corrientes. En los setenta había de todo. Por un lado, los anapistas se habían tomado casi todo el concejo, los del Pcml, tenían mucha simpatía entre los pelaos estudiantes y se filaban en la pelea chino- soviética y en contra del imperialismo norteamericano. Las Farc habían ganado mucho terreno lo mismo que los del Eme y creo que les ayudó mucho que la cocaína y los narcos, en un principio, les daban un porcentaje para que los cuidaran, pero en el Magdalena Medio empezaron a extorsionar a los narcos y a todos los hacendados. Yo diría que en los ochenta se complicaron más las cosas ya que los gringos estaban pidiendo la extradición  de narcos y el proceso de paz de Belisario con los guerrillos fracasó por la oposición de los militares y de los políticos que se estaban untando del dinero de los narcotraficantes. Creo que fue ahí cuando se prendió todo esto, quisieron reversar todo pero ya los carteles habían tomado ventaja. Usted se acuerda que la guerra entre el gobierno y los narcos se abrió cuando a estos les empezaron a tumbar laboratorios como el de Tranquilandia del que tanto se ha vuelto a hablar en estos días. Después del asesinato del ministro Lara Bonilla, empezó a figurar Pablo Escobar como el malo del paseo. Pero cuál, si ya él desde mucho antes venía haciendo política en Colombia y  a Bello llegó a hacer campañas y a buscar concejales y  grupos que lo apoyaran. Aquí estuvo empezando la década de los ochenta y muchos le comieron cuento.

Por esa época, como en el 85, fue que Bello se empezó a dañar, y  efectivamente, se puso maluco. Aparecieron bandas de pillos, pelaos de 15 y 16 años que cobraban impuestos, robaban y mataban. Se iniciaron en Pacelli, Pénjamo y en el sector de La Cumbre, los de la banda de Los Monjes; y en Niquía, apareció la de Los Podridos. Todos eran meros gamines y no tenían que ver ni con la izquierda, ni con los narcos, ni con paras ni con nada. Eran muchos, se vestían de negro, cadenas, con peinados punkeros y robaban para vestirse y andar en moto y estar con las nenitas de los barrios.  Después, La Ramada, la banda más oscura y brava de Bello, los fue quebrando hasta que desaparecieron.

Escena de la película Rodrigo D no futuro

Mi niñez y juventud las viví aquí, en Bello, en los sesenta y los setenta. Para nosotros la vida era sencilla y sin mucho complique. Éramos seres del juego o, como dicen ahora, de la lúdica; y el atractivo mayor estaba en el mundo rural, a pesar de que vivíamos en barriadas. Bello era semidespoblado y había mangas y solares entre los barrios. Caminábamos hasta las quebradas y nos bañábamos  y divertíamos en los charcos, y jugábamos fútbol en potreros, en calles y solares, día y noche. Hacíamos comitivas y la mariguana nos la fumábamos en solares y mangas. Se puede decir que había más acercamiento con la espacialidad, y que éramos jóvenes con poco miedo.

Claro que la mayoría de las familias eran numerosas; la mía por ejemplo, era de once personas entre hombres y mujeres. Las mamás casi todas atendían a sus hijos y muy pocas trabajaban. El dinero y el consumismo de ahora no eran tan atrayentes para nosotros, y no nos preocupaban ni las marcas ni los lujos; aunque sí nos gustaba estar a la moda y la ropa que nos poníamos la hacían las señoras confeccionistas o los sastres. En esos años setentas, los estudiantes varones no tenían uniforme y se empezaban a formar los colegios mixtos. También se iniciaron los movimientos estudiantiles y con ellos, las consignas antiimperialistas y el apoyo a los movimientos obreros. Yo diría que el golpe militar de Pinochet a Salvador Allende en Chile, en 1973, marcó mucho a esta generación de jóvenes que se formaban en clubes juveniles, para que se fueran inclinando hacia la izquierda.

A finales de los setenta y principios de los ochenta, fueron apareciendo las bandolas al servicio de elementos no tan santos, que los considero como fenómenos marginales originados en la inequidad social, en el hambre y la miseria y, en cierta forma, en la falta de escolarización y de educación. Por ejemplo los Quiles o Killis, nacieron  en el barrio El Cairo, Los Aguapaneleros en el Pérez, en El Espíritu Santo, Nazareth y El Rosario. Los Monjes de Pénjamo, cogieron fuerza más que todo por el rebusque en el transporte. Cuando estas bandas aparecen es porque ya las necesidades consumistas habían cautivado a los jóvenes por acomodados o pobres que fueran. Los narcos fueron los que empezaron con el derroche y la ostentación. Mucha gente de Bello había emigrado a Estados Unidos a buscar trabajo, y otra viajó para tratar de coronar algún viaje de coca. En Fabricato, comenzaba la crisis.

escena de la película Rosario Tijeras

Hacia los ochenta, Pablo Escobar y muchos narcos, adelantaron obras de beneficencia para ganar espacios políticos; en Bello no se notó tanto hasta que llegó Toño Zapata, un traficante de armas, que había militado en grupos de izquierda, era filósofo y tenía muchos amigos que le copiaban. Muchos de ellos, de la Tendencia Ml, y del Epl. Fue un personaje que le cayó a Pablo como anillo al dedo porque manejaba perfiles bajos, tenía dinero, conocía rutas y sabía del manejo y tráfico de armas; él capitalizó las bandas y el negocio. Manejaba cupos que terminaron favoreciendo a personas y grupos de Escobar Gaviria. Ese man cogió mucha fuerza, y en cualquier momento, ya dizque estaba matriculado con los duros del M19. Alquilaron una finca en La Primavera y desde allí creo que se planeó la toma de la Embajada Dominicana.

Toño fue el que armó y dotó a La Ramada. Esta banda llegó a ser el brazo armado operativo de Pablo y del mismo Toño. Aquí se mantenían todos los duros de Pablo, como El Pecoso. Mucha gente de Bello, incluso líderes políticos, tuvieron cupos, con derecho a “patos”, que eran manes que llevaban y traían, o simplemente hacían vueltas y cruces. Con La Ramada se armó un equipo de control del negocio de llevar coca a la USA. Desde aquí llevaban gente para fletar y matar hasta diez manes que portaban un cargamento. Por eso fue que Pablo pegó tan duro y ganó tanta influencia. Porque en Bello estaban los matones más tesos como Rengifo, El Ratón, y el Pecoso. Con La Ramada, floreció la cultura de los bravos, de los aguerridos; manes bien vestidos que después se asociaron con los Galeanos de Itagüí.

En La Avenida Suárez, era donde más se veían las diferencias entre quienes tenían dinero y los que no tenían nada. Los de La Ramada mostraban motos, armas y droga. Tenían peladas, plata y ropa. Los muchachos de La Ramada se robaban las motos de las sardinas de Medellín y luego se las vendían a los mafiositos; con eso se compraban ropas para estar a la moda. Los narcos fuertes de Bello usaban carros de lujo y se compraban los últimos modelos. Se ponían camisas coloridas, de manga sisa, bluyines bordados o pintados; usaban la ropa de moda marca Laos y Russo. Todo el mundo sabía quiénes eran; no disimulaban su identidad. Pasaron a ser autoridad y las llamadas autoridades cohonestaban con ellos. La clase política se mostró ingenua y nunca se involucró en discusiones de fondo. El agua se dejó correr aunque muchos bebieron.

Yo pienso que la sociedad de ese entonces – y hasta la de ahora- estaba intimidada y veía muy pocas salidas a tanta violencia y a tanta descomposición. Hacia finales de los ochenta y empezando los noventa, todos se quejaban del estigma y de la mala fama de Bello. Fueron muchos los muertos y mucha la tensión y las presiones sociales. Fue necesaria la intervención militar y me acuerdo que la escuela Rogelio Arango, en Niquía, se convirtió en un campo de concentración de los duros.

movimiento juvenil por Bello, 1986, foto Leo Rodríguez

Pero La Ramada no fue el único factor de violencia en Bello durante esos años. Después de que la acabaron, fue peor la cosa. Por todas partes aparecieron combos delimitando territorio e imponiendo su ley. El control de la ciudad después de la muerte de los capos del narcotráfico, cayó en manos de diferentes bandas que se peleaban las vacunas de los negocios y eso las mantenía fuertes y poderosas. Ahí, dicen que apareció la generación de las peladas con dos y tres hijos de padres diferentes; hijos de los duros de los barrios. Fue una época muy brava. En Bello se derramó mucha sangre y personalmente, creo que fueron miles los jóvenes que murieron violentamente. Muy pocas familias en Bello, no tuvieron que llorar a uno de sus miembros y fue mucha la gente que tuvo que salir de aquí.

Pero la verdad sea dicha; también hay que reconocer que no todos los jóvenes de Bello les comían a estos rollos. Había mucha gente que miraba otras opciones. De lo que más nos quejábamos era de la exclusión y del manto de infamia que cayó sobre los pelaos y los habitantes de las comunas noroccidental y nororiental de Medellín, que se juntaban en Bello. Entre muchos se formó la iniciativa de invitar a los sectores no involucrados, e incluso involucrados, para formar grupos juveniles orientados a las expresiones artísticas, deportivas, religiosas y ambientales. Y en efecto, muchos pelaos empezaron a participar y se fueron formando grupos en los barrios; clubes independientes que trabajaban por la recreación, el entretenimiento, las artes y el impulso social. Recuerdo que en Santana se formaron varios, de El Congolo salieron Los Inquietos, y se lanzó la idea de la construcción de una Casa de la Cultura. El trabajo político entre los muchachos decayó mucho y se acogió mucho el modelo participativo que había propuesto Fals Borda para crear proyectos sociales con referentes culturales distintos. Se miraban otros espacios alejados de la institucionalidad y de los grupos ilegales. Queríamos hacerle el quite a tanta violencia y a tanta muerte.

  1. Oscardi, de El Paraíso

Yo pienso que todo ese mundo de bandolas de los años ochenta se formó paralelamente a lo que nosotros manejábamos en ese entonces. Para mí, empezó en forma después del 84 aunque no me atrevo a dar fechas exactas. Pero sí sé que todo comenzó cuando estalló el escándalo del narcotráfico en el Valle de Aburrá y la guerra de los carteles y precisamente en el momento en que la mafia veía muy difícil incursionar en el rollo de la política en Colombia. De un momento a otro, Bello se llenó de bandas y el mismo Pablo Escobar hizo que muchos pelaos de esa época se metieran a trabajar con él y el cartel de Medellín. Pero creo que hay mucha confusión porque a todos los ubicaban como trabajadores de la mafia y eso no fue así. En esos momentos había jóvenes de distintas clases y de formaciones diversas. Y a pesar de que muchos integraban bandas no todos tenían los mismos objetivos. Había por ejemplo pelaos dedicados al robo, o algunos que extorsionaban o atracaban. Lo que sí es cierto es que en algún momento, y hasta principios de los noventa, a los jóvenes de Bello nos empezaron a ver como sicarios.

Sí. A todos nos metieron en el mismo costal pero la juventud de la época tenía sus diferencias. El hecho de que algunos fueran viciosos, tiraran mariguana, se vistieran de negro, se dejaran crecer el cabello o se lo recortaran, o que se pusieran 5 collares o diez pulseras, no era porque estuvieran involucrados en la delincuencia. Eso no era así, ni tampoco debe ser así hoy. Es más, me atrevo a decir que no tuvieron que ver, en su mayoría, con la delincuencia. Me parece que ese era el mundo del momento. Porque es que la delincuencia se formó por los lados donde la distribución y el mercado de las drogas creó problemas en los barrios. Era como el poder que querían coger todos y usted sabe que la droga trae plata, vale plata y deja plata para muchos.

Tampoco es cierto eso de que los jóvenes que querían una vida fácil y tranquila a través del dinero, fueran los que manejaran o los que se metían en el trabajo cultural. Esos manes iban por otro lado, tenían otro cuento. Se soyaban la vida de otra manera, aunque eran parte de la sociedad de muchachos que veían muy provocativo el asunto de vender droga y el afán de que eso les diera algún dinero. Muchos pensaron que meterse con los que vendían droga, los iba volviendo duros y que eso les daría estatus. Y muchos probaron  finura.

Entonces los pelaos sanos veían que los que vendían droga conseguían más billete que ellos; que aquél conseguía la motico y que  este otro tal cosa, y que el de más allá era el que hacía los cruces. Bueno, empezaron a formarse bandas de pelaos, incluso de niños, que manejaban el mercado y la pelea por la droga y por conquistar otros barrios y plazas.  Se formaban conflictos en más de una parte; y ahí sí empezaron las bandas de sicarios. Yo sé que se pudieron formar por otras causas, pero pienso que esa fue una de ellas.

Personalmente tuve muchos amigos, cincuenta, sesenta o más, que estuvieron metidos en ese cuento del sicariato; igualmente, a todos los mataron en ese entonces. Gran cantidad de los compañeros del colegio se dejaron seducir por esas ofertas de conseguir dinero rápidamente. Fueron cantidades de ellos, muchísimos. Y algunos en su momento simpatizaron con otras causas como la cultural o la política; porque había de todo para esa  época. Sin embargo, ya dije que una cosa no tiene que ver con la otra. Lo cierto es que fueron centenares los que mataron; por eso hablan por ahí de una generación perdida en Bello. Porque así fue. Fue horrible, y con seguridad, perdida del todo. Me atrevo a decir que la mitad de la juventud, que la mitad de los jóvenes de los años ochenta en Bello, murieron metidos en cuentos de bandas de sicarios y cosas por el estilo. A muchos de ellos, los encanaron en otros países, porque se fueron de mulas. Incluso, me acuerdo, un primo mío estuvo haciendo viajes con maletas que como tales eran la cocaína. Estaban hechas en pasta de cocaína, sólo que forradas con ciertos plásticos como para que no se vieran. Usted abría la maleta y ahí no llevaba sino tenis, zapatos y ropa, y resulta que la cocaína era la maleta. Y a él le tocó viajar. Hizo algunos viajes con eso y logró goliar; nunca lo cogieron en nada. Pero luego, cogieron a mucha gente, y a muchos de los que se negaban a hacer los viajes -que ya conocían los contactos- también los tumbaron; los mataron porque se habían metido en un cuento que no tenía reversa.

A otros pelaos los mandaban; ellos me lo contaron a mí personalmente; entre esos mi hermano, a ciertos lugares del país a empacar cocaína en avionetas. A poner los faros dentro de los aeropuertos. Unos farolitos, ta, ta, ta, para que en las noches las avionetas pudieran aterrizar. Unos farolitos con velas. Entonces los colocaban así, a lo largo de un lugar, y la avioneta sabía que por tal lado tenía que aterrizar porque eso ya era plano. Sin ver la pista; ¿Si me entiende?

 Imagínese, yo tuve un vecino del mismo barrio. Yo estaba en la casa de otro amigo: “que es que yo vengo a asestar esta arma” y llegó con varias armas y entre ellas, con un changón para dispararle a un árbol. Y empezó a afinar puntería.  El árbol todavía tiene las cicatrices de lo que el man le asestó. Fueron manes que cogieron mucha puntería de tanto entrenar con lo que fuera.  Ese pelao llegó a matar sesenta personas en un mes. Ese muchacho mató la gente que usted quiera en el país. Era un mercenario. Al pelao lo mandaban a Cali a hacer trabajos, que a Pereira, que para tal parte. El trabajo de él era ese. Y finalmente lo mataron. Murió muy joven, como de 19 años. Tuvo carro, casas, edificio, tuvo motos las que quiera, uno hasta le envidiaba la comodidad al hombre. Tuvo un poder aquí en Bello impresionante; donde ese man llegaba… imagínese que una vez  llegó, me acuerdo muy bien, con la cantidad de millones en la maleta del carro y mi hermano trabajaba en esa taberna donde se estacionó el man. Llegó con una sardina, él tenía por ahí 18 años y apareció con ese bombón. Bien chiquito que era el man, y llega con una monita hermosa y  mucho más alta que él. En esas, van aterrizando todos los quiles que eran como 30.  O más. Un combo muy reconocido, y manes mayores como de 25 a 26 años y pelaos de todas las edades.  Este pelao no pertenecía a ese combo, pero lo respetaban porque era un pez grande en Bello. Además, ya tenía vínculos directos con Pablo Escobar. El man comenzó trabajando primero en una armería, arreglándoles armas a los narcos. El caso es que les dijo quiénes son los quiles y ellos  contestan que nosotros, que somos treinta y que ta, ta,  ta… y quién es el jefe de los quiles. Que yo, papá; y qué más hombre. Bueno, a cada uno les voy a dar el aguinaldo, pin. Sacó de la maleta paquetico de billetes, en esa época, le estoy hablando de 1987 más o menos, de a cien mil pesos tin, tin, tin como a treinta o treinta y punta de pelaos. Y el man se entró y dejó la maleta abierta y se metió a la taberna como hasta las doce de la noche, o más tarde, y ¿usted cree que alguien le metió la mano a esa maleta?, y esa maleta estaba llena de millones de pesos. Usted se imagina el poder que manejaba ese pelao. Y era una migajita, era el más chiquito de todo el combo. Fue muy amigo mío de niño, Incluso me tocó a mí de joven, una pelea con él y con el hermano, a puños, y se metió también mi hermano, y perdieron con nosotros.

Me acuerdo una vez que llegaron los del combo de Manrique. Cómo es que se llamaba ese combo… en todo caso esos manes tenían problemas con los de la Ramada que era el combo grande de aquí. Y la Ramada tenía sus brazos armados en los barrios. La Ramada era un combo de pelaos que trabajaban con los narcos pero ya por lo alto. Creo que era con Pablo Escobar y con Rodríguez Gacha, porque ellos eran como muy parceros y tenían el mismo mercado a nivel mundial. Y la pelea se dio por los mercados; creo que en Nueva York y en otras partes. La bronca fue con los Muñoz Mosquera, los Priscos, creo que se llamaban; de los que tienen mausoleo en el cementerio de San Pedro; esos manes tenían un control impresionante con las bandas de pillos de los barrios y andaban en carros poderosos y venían a Bello a hacer masacres a los combos de las esquinas. Llegaban en carros de vidrios oscuros. Pillaban un combo, porque decían que en tal esquina se mantenía un man cabecilla de la Ramada, y a todos los que estaban en esa esquina los fumigaban.

Una vez estaba yo junto a la Juan XXIII, y de pronto, llegaron en una camioneta oscura, y por casualidad yo me había parado ahí. Oiga, cuando yo veo que empezaron a bajar los vidrios así automáticamente, como en las películas, y yo no me fijé qué sacaron pero sin pendejadas, yo ahí mismo sospeché que la cosa no estaba buena y ahí mismo salí a correr. Cuando escuché el primer tiro, me tiré al suelo y hermano, una ráfaga de tiros. Ahí mataron tres personas, en esa esquina junto a la escuela. Afortunadamente, logré correr, o correr no, moverme, porque no corrí, me arrastré hasta la vueltecita y me estiré en todo el rincón, mientras los manes daban bala. Hicieron por ahí cien disparos más. Hirieron como a cuatro manes. Me rasguñaron las balas de rebote. Me salvé de arepa.

Como en el año 89, llegaron a matar hasta 30 pelaos, en una misma semana, en el barrio El Paraíso. En ese entonces, manejaban eso todavía los de la Ramada. Estaban todos esos que ya desaparecieron como la Garza, Morón, el Ratón. Camilo no era de aquí de Bello, esos manes, él y el hermano, eran de Medellín. Trabajaban con un combo del aeropuerto. A Ramoncito, Camilo y Néstor los mataron. La mayoría de los que se metieron en eso, tuvieron conflictos muy tesos. A muchos, los mató la izquierda porque se había formado en Bello un grupo de milicianos muy pesado, armado hasta los dientes, que comenzó a ubicar dónde estaba particularmente cada uno de los combos. A todos esos pillos y malos, como Capulina por ejemplo, les dieron y los boletiaron para que se abrieran. Llegaban al barrio cuando tun, tun, tun, y uno miraba caer a los pelaos muertos y como si nada, al lado de uno, y sabe qué, suerte. Y yo me quedaba frío, pensando que ya iban a voltear con el arma para darme también. Qué susto, oiga, qué miedo. En ese entonces fue muy tensionante la vida. A mí me parece que la vida era muy dura.

Sí, podía pensarse que en ciertos sectores por ejemplo en La Avenida podrían ubicarse muchachos de estos que trabajaban con la mafia y tenían roces, pero en su mayoría los pelaos que se mantenían o nos manteníamos allí, éramos pelaos que nos parchábamos junto al Ródano y al Mediterráneo para escuchar la música rock, pues, de pronto era que no teníamos en las casas mucho qué escuchar ni dónde escuchar. Nos íbamos para allá a oír la musiquita, a conversar y a fumar mariguana al frente de las tabernas. Por ahí también se daban bailes de rock, se organizaban bailes de punkeros pero no todos, yo diría que en su mayoría, nada tenían que ver con la descomposición que se generó por el narcotráfico y el sicariato. La prueba está en que muchos seguimos vivos, mientras que los que se montaron en la otra nota, a casi todos los levantaron.

La mayoría de nosotros probamos y consumimos droga. Hay que aclarar, le digo,  que la droga está asociada a la delincuencia, aunque no todo el que consume tiene que ser delincuente. Yo creo que esto es un pecado capital; por eso es que se ha hecho tanto daño y se siguen cometiendo errores. Porque una cosa eran los que consumían drogas y eran pillos y otra, los que la consumíamos porque éramos soyados. Los que se identificaban directamente con el rock, era sólo con el rock. Esos pelaos no se ponían a escuchar otra música ni siquiera la social de entonces. A mí me gustaba el rock y tuve cantidad de cassettes de esa música, pero me llamaba la atención el cuento social también. Recuerdo muy bien que aquí, junto al Hospital Rosalpi, había una casita, que llamábamos la finquita. Ahí en esa finquita había unos pelaos de plata, que eran todo bien, que manejaban droga. Pues los pelaos llegaban con unos severos moños de mariguana y los metían en unos tarros de esos de leche, y los ponían en los rincones de ese lugar. Cerraban todas las puertas y ventanas; todo quedaba cerrado, completamente hermético, y el humero era tanto, que todo el mundo se trababa quisiera o no. Por ósmosis, como decían en el colegio, le entraba a uno la chirusa. Todos salíamos en unas  colineras espectaculares. Nos estábamos intoxicando seguramente. O así lo mira uno hoy, pero en ese entonces, era una energía impresionante. Es que eso de usted estar bailándose una baladita de trece minutos como “Escalera al cielo” o cualquiera de todas esas, y usted bien amasisado con una dama que le gustara bastante…eso era una belleza. Usted sudaba con ella, y al lado de ella. Eso era elegante… y ese olor a bareta… y aunque uno no fuera vicioso, así, sí pagaba trabarse.

  1. El canero, de El Congolo

Los años ochenta son un misterio y sinceramente no sé cómo los viví. O cómo sobreviví a ellos. Me parece que lo que pasa ahora y la forma como llevamos la vida hoy en día, son el resultado de lo que pasó en esa época, tan cercana para uno y tan lejana para otros. Mire, todo lo que viven los pelaos, y nosotros en este tiempo, es como si lo hubiéramos sacado de ahí: los videojuegos, los computadores en las casas, la fotografía y la música digital, las fotocopiadoras, los sistemas, los aeróbicos, los audífonos y toda esta vida dietética y light, lo mismo que el sida y los chips; el neoliberalismo y la caída de la izquierda y hasta el surgimiento del basuco y el perico. Todo se lo debemos a esos años ochenta del siglo XX.

En esos años, en Bello, no se pensaba siquiera en el mundo de la informática; el metro era apenas un proyecto. El agua y el acueducto de Empresas Públicas apenas llegaba; las calles eran polvorientas o empantanadas; el polideportivo quedaba lejísimos y a Niquía, uno iba a pasear o a bañarse en los charcos. Todavía existía el tren, se mercaba en la plaza y apenas empezaba la televisión en color, con uno o dos canales, casi siempre con señal defectuosa y espantosa. Soñábamos, sin embargo, con ir a la universidad, escuchábamos salsa, tango y algunos rock y casi nadie jazz o clásica. La plata no se sacaba de cajeros electrónicos ni había tarjetas inteligentes, aunque todo eso, como te digo, se inventó en los ochenta.

La vida en esos años fue muy violenta en Bello, y yo diría que en el país. Fueron muchos los muertos, sobre todo jóvenes, que se metieron en rollos raros ya que eso era lo que vivíamos; ese fue el mundo que les tocó vivir a los pelaos. Para entonces yo era joven pero no sardino. Desde los setenta yo me mantenía en La Avenida Suárez, y fui simpatizando con los movimientos de izquierda. Era buen lector, como muchos en ese momento, y formábamos grupos para conversar, discutir sobre literatura, cine y demás, con los estudiantes del Fernando Vélez, cuando funcionaba junto a La Choza. También charlábamos con grupos de obreros y a mí, personalmente, se me arrimaban muchos muchachos para que los orientara en política.

A pesar de que Bello en los ochenta era todavía muy conservador, tenía gente muy inquieta e ilustrada que marcaba diferencias. Existían grupos literarios como Alfa y Omega. Creo que de Alfa hacían parte Guillermo Jaramillo y Miguel Suriano; el grupo El Cincel, al que pertenecían Arsenio Llano, Juan Ramón Bedoya (Jesucristo), y César Orlando Tamayo, entre muchos, y, Asube, de Mario Delgado. También otro que se llamó El Triángulo. En todos ellos había artistas, escritores, y buenos lectores que hablaban de política, economía, arte y en general, de asuntos culturales. Fue una época dorada que combinaba tertulias, discusiones, declamaciones, recitales y se hablaba desde posiciones filosóficas y políticas distintas. Recuerdo que Juan Ramón, que tenía como vocación escandalizar, se metió alguna vez al Jardín Clarita, cerca del teatro Iris, y empezó a declamar ese poema de Barba Jacob que habla de que soy un perdido, soy un mariguano… y a medida que lo declamaba, se iba desnudando el Jesucristo. Pues hermano, desocupó todo el negocio y lo tuvieron que sacar tallado.

Con todo y eso, en Bello se hacían exposiciones de arte, y aunque se tiraba mucho vicio, como mariguanita y “alcohol al invierno”, nos dedicábamos a la expropiación de libros con el fin de ponerlos a circular. Muchos se reunían en El Cortijo, de Carmen, y allí Argiro Builes lanzó la idea de formar una librería con todos los izquierdosos. La puso cerquita del almacén La Suela. La decoró con gantes de colores rojo, amarillo y negro. Allí nos seguimos encontrando para conversar Héctor Cardona, Miguel Suriano, Juan

Ramón, Arsenio Llano, Héctor Marín y Ramiro Cadavid. Varios de ellos murieron trágicamente por suicidio o por homicidio.

Y fue por esos años que apareció en Bello el que yo llamo “El señor de los anillos”. El que yo creo que fue el genio organizador y fundador de La Ramada, la banda de sicarios y delincuentes más terrible que jamás hubiera figurado y funcionado en este pueblo. Y a la que también creo, se le debe la mayor época de terror, sangre y violencia que haya tenido en toda su historia. Ese man que ahora llamo así, fue Toñito Zapata. Fue muy amigo mío, no lo voy a negar. Y se manejó muy bien conmigo; Toño fue una persona muy inquieta, buen estudiante, y desde muy joven, se vinculó al movimiento estudiantil de la UdeA, vivió por aquí abajo, junto al Ley; se graduó en Sociología. Cuando el Pcml, se fraccionó, salieron de ahí dos tendencias o grupos: la Tendencia Ml, de accionar moderado y la fracción Ml, ultraizquierdista. La Tendencia se fortaleció mucho hacia los setentas y entró en contradicción con la Fracción Comunista. Toño se convirtió en jefe militar de esta fracción y adelantó su carrera como estratega militar y se metió en los trabajos de expropiación. Yo que era un romántico de la izquierda y de la revolución, nunca estuve de acuerdo ni con él ni con tanto radicalismo. Yo vendía y guardaba el periódico Revolución.

Después de algún tiempo, Toño apareció en Bello. Ya no hacía trabajo político de izquierda, y se instaló a trabajar con Pablo Escobar. Empezó a buscar pelaos aquí, que le pudieran servir. Fue así como formó el grupo de La Ramada; con jóvenes de buena familia, que tenían algún estudio, bachilleres o universitarios. Muchos de ellos eran hijos de obreros de Fabricato y estudiantes de La Salle. Llamó a esos pelaos y les ofreció puré de papas (coca de Bolivia). Cualquier día, me invitó a su finca, y yo empiezo a ver un empastre de manes que había conocido militando en la izquierda y en otros sectores, acompañados de las vírgenes de La Salle. A todas les dieron moticos. Eran esas peladas como propiedad privada de ellos porque, nena que les tocaban, pelao que mataban. Toño se hizo acompañar de muchachos que dejaban ver su sicopatía. Me acuerdo de Julito, por ejemplo, que bien ladrón que era, pero cuando le robaron una cadena, se volvió el pillo más malo y más duro.

Toño se crió en Bello, era de familia muy pudiente, de los dueños del sector de la meseta, dicen que hasta era familiar del padre Agudelo, ¿te acordás?, el curita que disparaba escopeta cuando los pelaos se le entraban a robarle los mangos. Toño era generoso con los muchachos. A mí me puso a vivir en un inquilinato. Un día cualquiera, me echó y me dijo que si quería podía trabajar con él, pero que no me veía ni hígados ni güevas para eso. Me tocó vivir mucho tiempo en la calle porque a mí me habían echado hacía rato de la casa. Dormí con alcohólicos en la calle, hasta que empecé de mensajero. Yo sí seguí con el trabajo político de izquierda.

Ese mundo de la droga, dinero y sicariato, cambió toda la visión e imaginación de los pelaos. Sólo pensaban en nenas, viajes, carros, rumbas y broncas. En ese entonces llegaron a pagar hasta cuatrocientos mil pesos por unos tenis o por un bluyín. Para mí, fue la época de la lumpenización de los jóvenes. No tenían más objetivos, ni ningún proyecto social o político. Eran contadas las excepciones.

Toño era una persona de mucho alcance. Miraba más lejos que todos; había estudiado y tenía buena formación política y militar. El fue el que inició La Ramada, aunque hubo otros líderes como El Indio, que borraron después, Julito y compañía. Toño buscaba y se acercaba a los líderes que tenían acogida entre los jóvenes y por eso le copiaban; a otros los convencía, después de invitarlos a una finca en Girardota. Les decía que si querían trabajar con él y que tales. La Ramada la empezó con muchachos inocentes pero ambiciosos. Les daba doscientos mil pesos de entrada.

La banda tomó el nombre por la calle ciega que inicialmente servía de depósito de materiales al municipio, una ramada, en la 54, cerca del Andrés Bello, en la que más tarde, funcionó el depósito La Ramada, de los Ortegas. Allí, y cerca del Viejo Palmeiras, llegaban los pelaos a charlar, fumar y parcharse. Toño los fue cultivando con otro que lo acompañaba, que era cercano a Pablo y que fue expropiador y cascador.

Toño empezó a coger tanto poder que dicen que el mismo Pablo lo mandó a tumbar porque ya estaba haciendo cruces y trabajos con los elenos. A la ramada también la fueron exterminando con golpes muy duros y selectivos. Me acuerdo que en alguna ocasión, cuando mataron a un duro, y lo estaban velando en La Aurora, pusieron de quieto a una cantidad de ellos; sólo dejaron a Temblor, que lo llevaron a la Carlos Holguín y de allí se les voló. Eran muy ostentosos, se mantenían cerca de La Choza, en El Bastón. En los diciembres, filaban a los policías y les daban plata y licor. Todo lo controlaban, mientras que la gente de la administración, nunca hacía nada.

Toño era generoso y botado con el que quería. Antes de que lo mataran, supo que estaban pidiendo trescientos millones para tumbarlo. El les ofreció quinientos a los mismos manes como contraoferta. No sé si fue dañino y no juzgo sus acciones;  porque si algo tuvo, fue que nunca llamó a pelaos pobres sino a aquellos que económicamente estaban bien y estaban formados, sólo que vivían como ruedas sueltas y se dejaron deslumbrar por el dinero. La mayoría de ellos, como te dije, eran hijos de obreros, que vivían bien y estudiantes de colegios privados. La Ramada fue muy dura y dio para todo. Muchos de ellos se desvirolaron, unos se fueron a pagar cana, otros siguieron estudiando y algunos viven en la USA.

A Toño lo mataron cuando venía de su finca. Lo bajaron del carro, y le dieron a quemarropa delante de sus familiares. A Julito, lo mataron entre Envigado y Sabaneta; y en la finca del Palomo, en las afueras de Gómez Plata, en 1990, mataron al grueso de  La Ramada. Dicen que fue una vendetta, y que les dieron dedo; otros dicen que fue el grupo de búsqueda. Al entierro de Toño, en Campos de Paz, asistió una cantidad de pelaos. Todos enfierrados, y ayudados de altavoces, entonaban el himno de esa época para los sicarios, “nadie es eterno en el mundo…”


* Nota de advertencia

Los nombres de las fuentes se cambiaron a petición de ellas y por asuntos de seguridad.

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