El cine en Bello (1918-1990). Fotogramas de un tiempo maravilloso

por centrodehistoriabello

Por Reinaldo Spitaletta

Cortos con Mèliés, el Circo España y una señora muerta

Revoluciones sociales, revoluciones industriales, revoluciones científicas, revoluciones en la arquitectura, el diseño, las modas…, pero quizá una de las revoluciones más transformadoras de hábitos cotidianos, de maneras de ver el mundo, de imaginar, de ser distintos, la produjo el cine, con su aparición a finales del siglo XIX. Se dirá, no sin razón, que en otras calendas hubo culturas y hombres que intentaron y hasta lograron la recreación de imágenes en movimiento. La linterna mágica de los árabes, las sombras chinescas, los caleidoscopios, los sistemas gráficos neumáticos, la moneda giratoria con sendas figuras en sus caras (el taumatropo) y otras muchas fascinaciones y juguetes ópticos, se convirtieron en antecedente de una invención de prodigio que subvertiría la mirada.

El zoótropo, el estroboscopio y el kinetoscopio son preliminares tecnológicos de un aparato que al principio causó reacciones encontradas, que oscilaron entre el pánico colectivo y la admiración. El cinematógrafo, creado por los herma- nos Lumière y patentado por ellos en 1895, sirvió para que sus inventores proyectaran la primera película de la historia: Salida de la fábrica Lumière en Lyon.

Después, presentaron otras dos cintas: Llegada de un tren a la estación de la Ciotat y El regador regado (en esta, aparece el primer actor pagado de la historia del cine, el jardinero Jean-François Clerc). A modo de documental, el cine registraba aspectos de la vida cotidiana.

El fantástico aparato de los Lumière1, quienes advirtieron que el cine era una invención sin futuro alguno, entró en el mercado colombiano en agosto de 1899.

Los cinematógrafos que había antes en el país, se utilizaron para proyecciones diversas, pero no estaban a la venta. En octubre de 1898, llegó a Medellín el primer proyector de cine, traído por la compañía de Wilson y Gaylord, descrito por un cronista de El Espectador como “una máquina que lanza sobre telón blanco, fotografías de objetos en movimiento y es, por lo tanto, el resultado más conspicuo del genio humano y de la ciencia fotográfica”2.

El cine de ficción era apenas un bosquejo onírico y su concepción y autoría fundacional se debió al francés Georges Méliès, el “mago del cine”, que en 1902 filmó Viaje a la luna, basada en la novela de su compatriota Julio Verne.

Antes, el imaginativo cineasta francés (autor de cerca de quinientas películas) había realizado, entre otras, Una pesadilla, Fausto y Margarita, El caso Dreyfus y Cleopatra. En Medellín, sus filmes se comenzaron a exhibir en 1904, cuando la villa tenía olores de parroquia y el cine era una curiosa novedad, que después cambiaría costumbres, rituales y otros aspectos de la vida en sociedad. Para entonces, los espectáculos comunes en ella eran las corridas de toros, los circos, los magos, los prestidigitadores, las representaciones teatrales y algunas peleas de boxeo. La prensa registró la película de Mèliés, así:

“Ante selecta y numerosa concurrencia exhibieron la primera vez en nuestro teatro, los señores Emilio Sposito B. y Julio A. Pocaterra, el cinematógrafo Pathé. El público en su totalidad iba casi pre- dispuesto en contra del espectáculo, sin duda por la experiencia que le dejaron otras representaciones de esa índole. Y hubo de sufrir, sin embargo, un agradable desengaño: pues salió perfectamente satisfecho. Son de recomendarse con especialidad los cuadros animados del viaje a la luna, de Julio Verne, los bailes y las vistas en colores que son muy hermosas y se proyectan con bastante perfección”.3

De a poco, el cine se fue abriendo paso entre el público de una aldea dedicada al trabajo y a los oficios religiosos. La posibilidad de ver historias en una pan- talla, de llevar al espectador a momentos de esparcimiento y distanciamiento de la realidad cotidiana, alcanzaría en Medellín momentos cruciales cuando, en 1910, se fundó el Circo España, en la calle Caracas, entre Girardot y Córdoba. Con capacidad para cuatro mil especta dores en las corridas de toros y de seis mil en otros espectáculos (ópera, zar- zuela, teatro, circo ambulante y el cinematógrafo), atrajo a miles de personas, tanto de la élite como de las clases populares.

El cine, que había llegado a la ciudad a finales del siglo XIX, sin notoriedades, camuflado entre otros inventos y máquinas que el denominado progreso traía en sus alas de Pegaso, comenzó a partir de 1910 a ser una alternativa de espectáculo para la sociedad medellinense. No había locales adecuados para las proyecciones y aún el sistema eléctrico era inestable e incipiente. Tampoco existían procesos de distribución de películas o de “vistas” movibles, como también las llamaban. Y, por lo demás, como es obvio, todavía no había una cultura del cine. Las exhibiciones eran de ocasión. Pero a esa expresión que en el siglo XX se denominó como el séptimo arte, le espera- ban momentos dichosos en la vieja Villa de la Candelaria.

En un principio, hubo tres avatares en torno al novísimo arte de proyectar imágenes en movimiento: el cine como parte de la educación, el cine como posibilidad de “gancho” comercial y el cine como una manera distinta de entretenimiento colectivo. El primero de ellos, se realizaba en colegios, como el San Ignacio y el San José de la Salle, y tenía como objetivo atraer gente para charlas sobre moral o instrucción cívica. En este contexto, el cine era una suerte de telón de fondo, de decorado, no era la razón principal para la congregación. En el segundo caso, se conocieron establecimientos comerciales que en su interior proyectaban imágenes, y además utilizaban gramófonos, para atraer clientela. Fue célebre la sastrería de Peláez y Alvear, en Medellín, que “prometía noche de juerga mientras el cliente se hacía arreglar la ropa”4.

Las primeras proyecciones de cine como entretenimiento social se realizaron en el Circo España y en otros lugares propicios para el espectáculo. En un principio, después de las corridas de toros, se proyectaban “vistas” al atardecer. Asistían gentes de todo tipo, pero con el tiempo, se censuró la presencia de damas de alta alcurnia, especialmente de las esposas de miembros de la élite, para que no compartieran graderías con muchachas de “mal vivir”. El cine, tal vez sin proponérselo, fue un fenómeno que igualó a la sociedad espectadora. Un género de comunismo de ficción. La clase alta y las populares compartían un mismo escenario, aunque las localidades estuvieran divididas por precios diferentes.

Diversos comportamientos en torno al cine se manifestaron con su carga de moralismos y controles. Si bien en la ciudad había entidades, como la Sociedad de Mejoras Públicas, que con sus proyectos civilizatorios pretendía crear un conglomerado social de “buenos comportamientos”, en un principio las entradas a cine fueron caóticas, porque no había la inteligente (y muchas veces tediosa) costumbre de las filas. La turbamulta se disputaba puestos a la brava. A codazos y empellones. Las reacciones primarias de gritos y otras bullas durante el espectáculo, también se erigieron como una dificultad en la apreciación cabal del mismo.

El cine, ese al que los creadores del cinematógrafo no le auguraron un futuro luminoso, causó en Medellín, además de nuevas emociones e inéditos comportamientos de masas, una tragedia. En el Circo España, una multitud que in- tentaba entrar a la proyección del filme La pasión de Jesús, aplastó a la señora Isabel Parra Vidal. El hecho, ocurrido en octubre de 1912, causó alarmas y con- mociones, y entonces comenzaron a debatirse modos para el control de los desórdenes, que en un principio se atribuyeron a la venta excesiva de boletas. Los procesos civilizatorios todavía no encajaban en el público.

En todo caso, el cine ya estaba provo- cando cambios en las conductas y en las maneras de ver el mundo. Las ficciones cinematográficas acaparaban la atención de obreros, empresarios, mujeres, niños, adolescentes y adultos. Ya el escritor Tomás Carrasquilla había dicho que “no podemos vivir sin la película. Con el maíz, el alumbrado y el combustible, ella entra en nuestras diarias necesidades (…) He aquí por qué nos atrae y cautiva el tal cine. Será este espectáculo de las cosas más mandadas a hacer y a las que más se les vea el ‘hechizgo’. La verdad de la mentira, tan apreciada en las artes imitativas de la realidad, entra muy poco en estas ficciones de lienzo fijo y fotografías voladoras”.5

En Medellín, una parroquia en trance de ciudad moderna, no eran extraños las máquinas, las invenciones, las fábricas, el espíritu comercial y el negocio. Y el cine representaba una oportunidad de lucro para empresarios, como Pastor Restrepo, fotógrafo de postín, que en alianza con la litografía de J.L. Arango, creó en 1914 el Cine de Avisos, la primera forma de publicidad en cine que hubo por esos breñales; la compañía Cine Colombia (distinta a la fundada en Medellín en 1927), de Francisco J. Pardo, también se proyectó en el firmamento económico, junto con la del bogotano Belisario Díaz y el Cine Eclair, de Julio Ra- cines. Para la mitad de la segunda década del siglo XX, se configuraron sistemas de distribución y exhibición de películas, con afán de rentabilidad. Era la otra cara de la luna.

Sin embargo, van a ser los hermanos Di Doménico, italianos que se establecieron en Bogotá (habían estado en Barranquilla, Cartagena y Santa Marta), los pioneros de la idea de que se debía ofrecer con permanencia películas, en lugares apropiados y con un público especialmente invitado para observar la proyección. El cine no como “gancho” ni señuelo, sino como una manifestación independiente que, por sí misma, podía encantar y comunicar emociones. Arribaron a Medellín y con su Cine Olympia, presentaron el 3 de marzo de 1913 la película Historia de una joven pobre, con lleno total. El filme fue acompañado por la orquesta de Pedro Vegue.

La empresa de los Di Doménico, la Sociedad Industrial Cinematográfica Latinoamericana (Sicla), recaló en Medellín, propició espectáculos y contribuyó a la creación de lo que algunos teóricos de- nominan la “sociedad espectadora”. Se recuerda que los italianos produjeron en 1915, en Bogotá, el filme El drama del 15 de octubre, sobre el asesinato del general Rafael Uribe, en el que participaron los detenidos magnicidas Galarza y Carvajal. En Medellín, tiempo después, en la década del veinte, también exhibieron producciones suyas como Aura o las Violetas, Como los muertos, y El amor, el deber y el crimen.

En la ciudad, empero, no todo era de maravillas para el cine. Sus proyecciones, su presencia arrobadora en las masas, las distintas reacciones e interpretaciones en la gente, conducirán al establecimiento de limitaciones y con- troles sociales. Su influjo en la cotidianidad desembocará en la concepción de posturas que oscilaron entre el proyecto civilizatorio y las defensas a ultranza de la moral cristiana. Y así se abonó el terreno para la aparición de juntas de censura, los discursos sobre el posible daño que ciertas películas podían producir en la familia y la sociedad, hasta llegar a la “clasificación moral de las películas”, ordenada y ejecutada por la Iglesia católica.

Tantos rubores y dobleces, produje- ron reacciones en distintas esferas. Por ejemplo, Carrasquilla, en su crónica sobre El buen cine, advirtió:

“Dicen que el cine es inmoral. ¡Mas no puede serlo! Ya se sabe, a ciencia cierta, que en la vida real y efectiva nada es inmoral, pero en el relato de la vida, aunque le hagan favor como a las feas, todo resulta inmoralísimo. Cosas y casos que la gente ve, que la gente cono- ce, palpa e indaga; que comenta ante niños y ancianos, entre señoras y seño- res, sin que tengan nada de particular ni de inconveniente, resultan un horror, un escándalo, en el libro, en la escena y en las películas. ¡Sépanlo bien, para que no lleven a abrirles los ojos en ese cine a tanta niña inocente y a tanta señora ignorante del pecado, como abundan en esta ciudad de los candores y la inexperiencia!”.6

Con todo, las proyecciones de cine en Medellín y en el Valle de Aburrá estarán bajo la coyunda de las juntas de censura que se establecieron desde 1913, aun- que su apogeo se registrará a partir de los años cincuenta. La Iglesia, mediante la Oficina Católica Internacional del Cine, manejará la batuta en este aspecto y, a través del diario El Colombiano, promoverá la difusión de la clasificación moral, que durante muchos años estuvo a cargo del padre Jaime Serna, más conocido con el alias de Humberto Bronx. Igual, como una táctica de control social, estimulará la creación de teatros parroquia- les, que tuvieron presencia en Medellín, Bello, Itagüí y Envigado.

La Clasificación moral de las películas, una especie de inquisición sin quemados ni Torquemadas, se convirtió en un atractivo para lectores de El Colombia- no, que la buscaban con el ánimo de ir, precisamente, a las que no eran las re- comendadas. Gajes de la proscripción. Se catalogaban así: “Malas” (prohibidas para todo católico); “Desaconsejables” (ofrecen serios peligros morales); “Re- servas morales” (mayores de edad); “Adultos” (17 años en adelante); “Adolescentes” (13 años en adelante); “Todos” (10 años en adelante).

De La Macarena a los días felices de tres cines en Bello

El cine no es solo un creador de deslumbramientos, cortes con la realidad, inventario de maravillas y otras perturbaciones fascinantes, sino una especie de mágico convocador a los sueños de infancia y a las placideces y reflexiones de los adultos. Su ritual va más allá de la sala de proyecciones, una penumbrosa cueva de seres inesperados. Su influjo en la sociabilidad, en los prolegómenos de la entrada al teatro, en los enamoramientos y también en la ruptura de ciertas normas de comportamiento colectivo, lo han convertido en un imprescindible motor de emotividades. Y de conexión con otros correlatos.

Para muchos adultos de hoy el cine fue una especie de educación sentimental, un puente hacia otras culturas y con- textos. Un descubrimiento de pasiones y lenguajes. En Bello, por ejemplo, las proyecciones cinematográficas comenzaron en forma en 1918, gracias a los buenos oficios y fondos de Abelar- do Villa Tamayo, que mandó a construir en la carrera 49 con la calle 49 (denominadas en un tiempo Bolívar y Alfonso López, respectivamente), el teatro Plaza de Toros La Macarena, comparado, a escala, con el Circo España, de Medellín. Un lugar multifacético, que no solo era, como su émulo, para el cine, sino para la presentación de cantantes, orquestas, espectáculos taurinos y pugilísticos.

El teatro tenía una luneta, con piso de tierra, a la que se accedía por el lado de la carrera. El espectador que quisiera sentarse, tenía que llevar su silla “o alquilar una banca con capacidad para tres personas forzadas y cuyo arriendo era de nada más y nada menos que la fabulosa suma de cinco centavos por película”.7

Era un teatro con patio, telón sostenido por dos guaduas, y las películas se pre- sentaban viernes, sábado y domingo. A veces, solo se pasaba una parte del fil- me, cuya continuación se proyectaba a la semana siguiente.

No solo el cine era su atractivo. Se corrían toros, con diestros como Chaleco, Aranguito, Roña, Relampaguito y Volantín, y había obras teatrales, de compañías como La Cardeño y La Martín, entre otras. Y no faltaba el boxeo, con púgiles como el bellanita Alfonso Zapata. En los viejos teatros, era común el todero, aquel que administraba, era portero, operador y hasta vendedor de boletos. Don Isra fue uno de ellos. En sus principios, Rafael Velázquez y Rafael Uribe fungieron como porteros, lo mismo que Benjamín Villa y Aristides Piedrahíta.

En La Macarena, diversión de obreros y estudiantes, Bello conoció a Chaplin, y las muchachas de entonces se enamoraron de Rodolfo Valentino. Los espectadores vibraron con cintas como Juan Centella, La calavera del terror y El halcón de los mares. Eran los días del cine mudo, y la música de las películas las interpretaba en una pianola Hernando Bedoya. La lira de Julián Londoño Saldarriaga, acompañado por sus hijos, llenó de melodías las funciones. “También amenizaron nuestro cine los hermanos Londoño Saldarriaga quienes con lira, tiple y guitarra interpretaban sentidos valses durante las acciones amorosas y movidos pasillos durante las escenas de acción. Imagínense una película de indios y vaqueros acompañada por la música de Chaflán”.8

Ya los encantamientos del cine enamoraban a los pobladores de Bello, que se familiarizaban con los rollos, los proyectores, los actores, las aventuras de pan- talla y las expectativas por los anuncios de películas. El teatro La Macarena, que inoculó a los habitantes de una ciudad obrera el microbio obnubilador del cine, se esfumó en los cuarentas, cuando nacerían los teatros Iris y Rosalía, apéndices del circuito comercial de Cine Colombia. Su lugar lo ocuparon dos funerarias.

El interregno no fue prolongado, porque a partir de 1940, se aprobó la construcción del Teatro Iris, mediante acuerdo municipal de noviembre 7 de 1940. El contrato se suscribió entre el particular Eusebio Salazar, gerente de la sociedad Schwarberg, Salazar y Pérez Limitada, constituida para la erección de un teatro, y el Municipio de Bello. Era el nacimiento del Iris, con capacidad para novecientas personas, que un año después comenzó sus funciones.9

En medio de un ambiente de censura religiosa y de debates en torno a la moral, el teatro inició sus actividades de exhibición. Por aquellos días, el Arzobispo de Medellín, Tulio Botero Salazar, emitió una Pastoral, en la que, entre otros asuntos, trataba el tema del cine. “Otro de los problemas más delicados que afronta nuestra sociedad es el del cine, que así como puede ser vehículo de las buenas ideas, y medio apto para la instrucción y divulgación de conocimientos nobles, puede ser instrumento poderoso para la desmoralización y perversión del criterio

y de las sanas costumbres”.10

De todos modos, en Bello ya tenía asiento la denominada “sociedad espectadora”, y el Iris se constituyó en una alternativa a los pocos entretenimientos que entonces tenía la ciudad. Con la construcción del Teatro Rosalía, en 1947, para ochocientos espectado- res, la oferta cinematográfica abrió su abanico, y la muchachada, junto con los públicos obreros y la familia, tuvo más posibilidades de penetrar en ese espejismo de ensoñaciones, sin descontar que en la vecina Medellín también crecía la construcción de nuevas salas. El cine hacía parte de la vida cultural, cotidiana, de las diversiones imprescindibles, que influían en los lenguajes barriales, en la creación de juegos de calle (como el de “función”, que durante años se practicó en los barrios bellanitas) y en el ejercicio del deseo.

En 1957, por iniciativa del sacerdote Tulio Herrera, fundador de la Sociedad Jesús de la Buena Esperanza, y con diseños del arquitecto Albano Germanetti, se construyó el Teatro Bello, con una arquitectura diferente a la del Iris y el Ro- salía. Estos eran rectangulares, con una galería y luneta (balcón), mientras aquel tenía una construcción a la italiana, con palcos, un balcón central y otro lateral. Se proponía traer películas distintas a las de los otros dos y en ese aspecto, logró, años después, en los sesentas, presentar, por ejemplo, filmes de Andréi Tarkovski, como Andréi Rubliov (1966) y Solaris (1972), y cintas del neorrealismo italiano. La galería era con sillas individuales, a diferencia del Rosalía, cuyas bancas eran como las de las iglesias.

Si bien en Bello, como en Medellín, por ejemplo, se manifestaron aglomeraciones, despelotes a las entradas de un filme taquillero, como eran, verbi gracia, los de Semana Santa, o las series de Tarzán de los monos, en fin, hubo momentos en que las filas se conservaban, porque había policías, que al menor des- orden, la emprendían a bolillazos contra la multitud. Ir a cine, en los cincuentas y sesentas, era una especie de aventura sin igual, porque los chiquillos, ansiosos, pensaban toda la semana en el matinal, y los adultos en el matinée, la vespertina y las funciones nocturnas.

La ciudad comenzó a girar en torno al cine, y no tanto a las labores fabriles y ferroviarias. El teatro, la sala de proyecciones, era una atracción incontenible. Algunos espectadores, sobre todo los jóvenes, se apasionaron del Oeste americano, y tenían entre sus héroes a acto- res como John Wayne y Randolph Scott, pero al mismo tiempo, supieron de gladiadores y mosqueteros; de Maciste y Hércules; de las películas de “capa y espada”, y de alguna futbolera, como Pelota de trapo, con Armando Bo, dirigida por Leopoldo Torres Ríos. El fútbol también se podía ver en cine, y así, algunos que en los sesenta eran estudiantes de la escuela Marco Fidel Suárez, recuerdan cuando los llevaron al Teatro Bello a ver una película sobre el rey Pelé.

Una visita obligada para los muchachos de entonces, como también para los adultos, era apostarse frente a los teatros para observar las carteleras. Había embelesamientos con las fotos de actores y actrices, con los afiches, con los anuncios de “próximo estreno”. Alrededor del cine, giraron los cromos o caramelos, de álbumes de artistas de celuloide, que enloquecían a los coleccionistas. Y de ese modo, se podía intercambiar a Doris Day con Marlon Brando, o a Gina Lollobrigida con Víctor Mature.

El cine se volvía parte de la vida escolar, de las actividades de la fábrica, de las mangas de fútbol, de la conversación de esquina. Ir a cine daba carácter y proporcionaba un engordamiento de la imaginación. Todavía no habían aparecido en Bello los cineclubes, que en Medellín se fundaron en la década del cincuenta, y eran organizaciones con socios carne- tizados, que además de las películas, podían escuchar conferencias y asistir a debates o foros en torno a películas, directores, actores.

El cine, como el título de una novela de Juan Diego Mejía, era mejor que la vida. Las películas de Semana Santa, una época en que en Bello, pueblo cantinero, se cerraban los bares el jueves y viernes de pasión, los teatros acogían tanta gente como las iglesias. Ben Hur, Quo Vadis, Los diez mandamientos, La Biblia, Genoveva de Bravante, entre otras, convocaban niños, jóvenes y adultos en los tres teatros. De vez en cuando, presentaban una sobre el pe- ruano San Martín de Porres, Fray Escba, pero, claro, la de más atracciones y feligreses (el espectador se tornaba en apóstol, o en la Verónica, o en Simón de Cirene) era El mártir del Calvario (1952), un filme mexicano dirigido por Miguel Morayta (entonces nadie hablaba de directores) y protagonizada por Enri- que Rambal. Los que no alcanzaban a entrar, esperaban la salida para ver los lagrimones de beatas y escuchar los chistecitos de algunos gozones: “Es una lata, porque matan al muchacho”.

Al desfile de santos y dolorosas de Se- mana Santa, se sumaban los rituales cuasi sagrados de ir a cine. “Cada Se- mana Santa llegaba ese éxito de taquilla: El mártir del Calvario. Claro que lloraba como un tonto y me extasiaba como un tonto ante los milagros: Lázaro resucitado, Jesús caminando sobre las aguas, la piedra redonda que cae de la tumba, como si fuera un reloj de sol maya, dejando ver el resucitado. Y era como un alivio porque él había regresado pero también como cierta saudade porque él también se marcharía”, dice el escritor Víctor Bustamante.11

Una de las curiosidades masivas que en Bello produjo el cine, fueron las colecciones de “vistas”. Los colegiales se arrumaban en las entradas de las escuelas y en las de los teatros, para intercambiar- las, comprarlas, venderlas, porque poseerlas era tener en el bolsillo a los héroes de la pantalla grande. Los primeros planos eran los más cotizados, y había quienes llevaban apuntes con los foto- gramas que archivaban como un tesoro. Los operadores del teatro (proyeccionistas) que cortaban las películas, o cuando se reventaban, desechaban parte del material, las arrojaban a la basura. Y así, los descartes del cine se transformaron en juguete, fetiche, adoración de cientos de muchachos.

El cine era una alegría. O por lo menos así lo califican quienes, de niños y adolescentes, entraron a los teatros. Y también, muchas veces, era la demostración de la chabacanería y la vulgaridad.

Era común que en el Rosalía (también en los otros dos), en la penumbra, algunos atorrantes lanzaran al azar frutas de mamoncillo, colillas de cigarrillo, gargajos, pepas de mango y cáscaras de banano, en medio del desconcierto y la gritería. Y no faltaron en las proyecciones, los fumadores de marihuana y aquellos que querían conquistar a algún muchacho, con caricias y toquecitos di- simulados.

Y para completar la faena, había algunos que se tomaban, antes de entrar a la función, un litro de leche, con el ánimo de tener un buen inventario de ventosidades para soltarlas en plena película. “Había un tipo, muy conocido en Bello en los sesentas, Lolo Gómez, que en- traba a mamárselos a los muchachos”, recuerda el escultor Gabriel Restrepo, al tiempo que Orlando Tamayo, más conocido como El viejo, que entró a cine por primera vez cuando tenía doce años, advierte que él vendía “moños” de marihuana a la concurrencia.

Entrar a cine era una ruptura con el mundo de afuera. Antes de apagarse las luces, sonaban en el Iris, el Rosalía y el Bello, La Danza de las libélulas, el Ferro- carril de los altos, La leyenda del beso… Luego, aparecían avisitos de “No fume” y en ese momento muchos prendían cigarrillos. Después, llegaba El mundo al instante, un noticiario alemán, de la UFA que los chicos esperaban con impaciencia por su sección deportiva. Y la sección de cortos, que producía ganas (o las mataba) de ver el filme completo.

Muchas veces, los operadores eran el blanco de insultos y reprimendas de los espectadores. Cuando se reventaba la cinta, cuando daba saltos, cuando se interrumpía, en fin, el público explotaba en injurias e hijueputazos. “¡Operador, soltá el pelao!”, era de las más comunes. No faltaban quienes, por esas irregularidades (que para algunos no parecían de poca monta), destruyeran la silletería o arrojaran objetos contra la pantalla.

El afuera, los preámbulos de la entrada, eran, a su vez, una posibilidad de encuentros, intercambios y conversación. Las ventas de papas y empanadas con ají, la presencia de libros de aventuras, de pistoleros, de luchadores mexicanos, creaban una atmósfera de bazar. Quizá uno de los autores más cotizados entre los asistentes a los teatros, era el español Marcial Lafuente Estefanía (1903- 1984), que escribió unas tres mil novelas del Oeste americano, como quien hace hamburguesas o comestibles rápidos antioqueños para vender a la entrada de los cines. Don Marcial, que estuvo en las filas republicanas en la Guerra Civil española, se erigió como un héroe de barrios, malevos y de los asistentes a películas.

Los trueques de libritos del español por revistas de Tarzán, El llanero solitario, revistas de Tarzán, El llanero solitario, Chanoc, Linterna verde, Batman, o por obras de Alan Le May y Clarence Mulford, el creador de Hopalong Cassidy, eran pan de cada domingo. En Bello, como ocurrió con certeza en pueblos y ciudades de buena parte de América Latina, el cine mexicano se convirtió en parte de las carteleras de los cines de barriada. Y así, desde los charros hasta genios como Cantinflas, pasando por Clavillazo, Tintán, Resortes, Viruta y Capulina, además de los filmes de lucha libre con Santo, el enmascarado de plata; Neutrón, La sombra vengadora, Blue Demon y un largo etcétera, penetraron en los imaginarios de chicos y grandes. En Bello, que ha carecido de un teatro municipal, los cines también albergaron a cantantes y agrupaciones musicales. Por sus escenarios, desfilaron Alfonso Ortiz Tirado, José Mujica, Libertad La- marque, Hugo del Carril, Raúl Iriarte, Los indios Tabajaras, Luis Ariel Rey, la actriz argentina Delia Garcés, Andrés Falgás, Alberto Podestá y la orquesta de Alfredo de Angelis, entre otros.

A veces, en las afueras de los teatros se armaban broncas y entreveros, con malevos que ya no son y patoteros sentimentales. En el paisaje bellanita fue notorio el pasar del hombre de las latas con los rollos de películas, a veces en bicicleta, a veces en moto, y otras en bus. Eran tipos precipitados, llenos de afanes, porque no podían llegar tarde para la proyección, y daban la impresión de cargar una fortuna.

Para muchos, el cine, como hubiera podido decir Benedetti, se perfiló como los primeros borradores de amor, los primigenios ensayos de emoción. Ahí, sentados frente a la pantalla de asombros, en una sala de cine de barrio, de pueblo, o de centro urbano, hubo quienes se enamoraron de Marilyn Monroe, Raquel Welch, Sophia Loren, Maureen O’Sullivan, Ava Gardner o Brigitte Bardot. Hubo quienes, en su cama solitaria, imaginaron besos y desenvolvimiento de pasiones de alcoba con las imágenes de Kim Novak y Claudia Cardinale. Y los que se sintieron viajando en la Diligencia, o volando en bejucos como Johnny Weissmüller, el mejor Tarzán cinematográfico de todos los tiempos.

La invención de los Lumière llegó al fu- turo, en un poblado con olor a locomotoras y lanzaderas, y produjo más que revuelos, una explosión de imágenes y destellos estelares. Hoy, cuando los teatros bellanitas, los de los barrios de muchas ciudades, los del Centro de Medellín, están muertos, convertidos algunos en iglesias evangélicas, en casinos, en sedes políticas, en ventorrillos de buhonerías, o como pasó con el Teatro Bello, que de tener una estética refinada, se transmutó en un edificio sin imaginación, en el que funcionan el Concejo y otras dependencias de la burocracia municipal, el cine se tornó arqueología. Claro, se dirá que la proyección de películas se trasladó a centros comerciales, asépticos y casi siempre con filmes mediocres, con megacrispetas y ruidos de papitas fritas, y que ahí sobrevive. Así es la vida: la del cine, la de la gente.

Pero, después de todo, cómo no devolver la película y situarse en otras tempo- radas con el anhelado cine matinal del domingo, con una chiquillada enardecida que aplaudía los disparos del Llane- ro solitario, y se encrespaba como agua marina con las aventuras del Nautilus en un filme con Kirk Douglas, en Veinte mil leguas de viaje submarino, que también muchos vieron con el mismo actor a Espartaco (en el Teatro Bello) y a Ulises, cómo no.

Cómo no hacer un flashback, y ver un lleno completo en el Rosalía, cuando presentaron en los lejanos sesenta a Lawrence de Arabia, con Peter O’Toole, dirigida por David Lean (el mismo del Doctor Zhivago), o cuando en el Bello daban las películas de Míster Solo (con Robert Vaughn y David McCallum), o las de James Bond, o a Casino Royal, con Úrsula Andress y Peter Sellers, en el ho- rario de tres, seis y nueve. Se decía en tiempos viejos que el Teatro Bello era “la primera y más seria sala cinematográfica de la ciudad que presenta diariamente las mejores películas”. El padre Rogelio Arango, decía, refiriéndose al teatro parroquial: “Cine al servicio de la familia”. Cómo no detenerse en el tiempo y mi- rar el paredón del palacio de Rodas, en el parque de Bello, con los anuncios de cine en carteleras de papel periódico, escritas por calígrafos. O tirarle pupila a la fachada del Iris, rematada en pequeños almenares, líneas curvas y dos torrecillas en los extremos, que evocaban una especie de castillo anacrónico en un pueblo de chimeneas fabriles y pitos de locomotora. Son días que no volverán y que la historia registra, como parte de imaginarios, mentalidades y características de hombres y mujeres que tal vez ya son parte de una nebulosa.

Los periódicos viejos, la memoria, a veces confusa, a veces con “falsos re- cuerdos”, de los que asistieron a las funciones, recogen, por ejemplo, películas como El corsario negro, los disparos del rifle de Wayne, la cara canela de un actor de la India, llamado Sabú, en El ladrón de Bagdad, y la espada de Gordon Scott que fungía de gladiador. Sí, ahí en los que fueron el Iris, el Bello, el Rosalía. Cómo no escuchar el desaparecido griterío infantil que, cuando dos se daban un beso, aullaban: “¡Soldadura!”, o cuando antes de dárselo, observaban con malicia y soltaban un “¡chupale piña, hijueputa!”. Los teatros muertos no tuvieron partida de defunción. Ni entierro. O quizá uno de tercera. El cinemascope, el technicolor, las películas de setenta milímetros, las de treintaicinco. Todo ya se fue, como en un tango. Su ausencia dejó vacíos existenciales, alguna lágrima furtiva, el recuerdo de un romance penumbroso. La soledad. Muchos teatros, de aquí y de allá, murieron por la inseguridad, por los miedos en los días negros de los carteles mafiosos, porque ya no eran rentables, porque iban, a lo sumo, unos treinta o cuarenta espectadores.

En 1991, Héctor Orozco, administrador del Teatro Iris, proponía que para salir de la crisis, el espacio se alquilara para recitales, actos finales de colegios, con- ciertos en una ciudad que carecía de escenarios para el arte y la cultura. “El problema —advertía— son los videos, las parabólicas. Además, la falta de cultura cinematográfica en mucha gente. Aquí en Bello solo gustan las películas de violencia, los rambos, los ninjas. Cuando damos una buena cinta, como decir Cinema Paradiso, o Despertares, no viene nadie. Falta cultura. Una sala de estas, no la llena nadie. Ya los teatros deben ser para las doscientas personas”.12

¿A dónde fueron aquellas estampidas de vaqueros? ¿Dónde quedaron Jerónimo y la sangre Apache? ¿Dónde suenan ahora esas músicas con olor a arena de Arizona? ¿Y qué hay de Django y Ringo y los Spaghetti western? El viento del recuerdo a veces trae en su lomo estos interrogantes. ¿Dónde están aquellos muchachos que jugaban a ser Billy el Kid, o que querían imitar las tropelías y el matadito de ojo de El virginiano y de otros sujetos que bebían whisky en las barras del Saloon?

Hubo un tiempo, de influjo cinematográfico en las galladas de barrio, en que se hablaba de las cabalgatas de William Cody (más afamado como Buffalo Bill) y de las polvaredas que levantaba William Levi Buck Taylor, en libritos de aventuras del Salvaje Oeste, y algunos se creían la reencarnación de Audie Murphy y sabían cómo se disparaba un Winchester 94.30-30. Y los más experimentados y donjuanescos decían haberse enamora- do de los ojos violeta de Liz Taylor. Eran las panorámicas sentimentales de la pantalla grande.

En Bello, ya casi nada recuerda a las nuevas generaciones que hubo tres salas de cine (sin contar el teatro parroquial del Barrio Obrero), y mucho menos que en la localidad vivió un cineasta, un santarrosano que trabajó en los ferrocarriles y que a la edad de 29 años arribó a Bello, donde se convirtió en un juglar del cine y en un precursor de la publicidad móvil. Enock Roldán Restrepo (1915- 1989), que de él se trata, se graduó en cinematografía por correspondencia, según decía. Filmó varias películas, entre ellas El hijo de la choza y El llanto de un pueblo, y creó una curiosa compañía de cine: Error Films (nada que ver con el actor Errol Flyn, se trataba de las iniciales de su nombre y apellidos) que tenía un lema: “Filmamos hasta el diablo”. En ella, fue gerente, guionista, productor, director, camarógrafo y montajista.

En Bello se volvió un loco por el cine, afición que agarró de niño, cuando con- siguió un pequeño cajón de lata, con lente incorporado, para mirar “vistas” o fotogramas de películas. Como arrastra- cables del argentino Antonio Enrique Jiménez, traído a Medellín por el hombre de cine Camilo Correa, Enock aprendió técnicas cinematográficas. En paredes junto a la choza de Marco Fidel Suárez, proyectó películas en noches estrella- das. Y terminó, en los ochentas, perifoneando por las calles anuncios de carnicerías, graneros, proveedurías y almacenes de ropa. “Yo era un genio y acabé como todos: sin cinco y gritando en las calles como un loco”, dijo en una entrevista. Murió en Bello el 6 de abril de 1989.

El paso del tiempo, que borró los cines bellanitas, tal vez no ha podido acabar con las imágenes de infancia de aquellos que, en los sesenta, entraron al Teatro Bello para ver una “película romana”, que así se decía de todo lo que tuviera que ver con espadas, cascos imperiales y centuriones. Era Espartaco, dirigida por Stanley Kubrick, basada en la novela de Howard Fast, un escritor perseguido en los días del tenebroso macartismo en los Estados Unidos. La fila de pelados aumentaba a la entrada del cine, por- que películas como esa, así como Ursus, Aníbal y sus elefantes contra Roma, Julio César, El rapto de las sabinas, Los 300 héroes, en fin, eran imperdibles.

Los que la vieron salieron impresionados con la historia de ese gladiador que había declarado que los esclavos nada tenían que perder, salvo sus cadenas, y que murió en la cruz. Así que quien fue espectador de cine en esos días felices de la niñez y la adolescencia, grabó foto- gramas con sabor a algodón de azúcar, que a veces estaban los vendedores en las afueras de los teatros.

En la novela El sol negro de papá, hay una escena conectada con las tres salas de cine que hubo en Bello. El padre del narrador, que llega de un viaje y no encuentra en casa a su mujer, le preguntó al hijo dónde estaba ella. “Está en cine”, le contestó. “¿En cuál teatro está?”, preguntó con rabia. Me volvió a tomar del brazo, apretándolo, y salí con él. En realidad no sabía a cuál cine de los tres de Bello había entrado. Decidió buscarla en los tres. A mí no me permitían el ingreso a esa función por ser menor de edad. Del cine Bello salió más furioso que antes, después del Rosalía la rabieta era de terremoto, y no faltaba sino el Teatro Iris, y ahí me entró una tembladera porque advirtió a voz en cuello que si la encontraba con un hombre, la mataba. “Vengo a buscar a mi mujer”, le dijo al portero. “Siga, se- ñor, claro”, contestó el hombre con cara de curiosidad y seguramente de susto.

“Ah, y si necesita ayuda, pues me llama, agregó.”13

Coda en la semioscuridad

El cine, en efecto, revolucionó la mi- rada. Produjo una transformación en los modos de ver, congregarse, introducirse en otros mundos, escapar de la cotidianidad para penetrar en ámbitos impensados. En Bello, por ejemplo, durante casi todo el siglo XX, llenó de otras sensibilidades al trabajador, al infante, al adolescente y a todos los que, en los cines de la población, situados los tres en inmediaciones del parque Santander, convergieron en sus lunetas y galerías. El invento de los Lumiére, las fantasías e imaginaciones de Mèliés, el desarrollo de una industria cultural de masas, en las que hubo productos basura, pero, a su vez, obras maestras, todo contribuyó a que el mundo fuera distinto, sobre todo cuando en la pantalla comenzaba, se desarrollaba y terminaba una historia: de fantasmas, de vampiros, cómica, trágica, romántica, de balaceras, de soledades, en fin, que el cine es un prodigio en el que cabe todo el universo.

El cine, en poblaciones como Bello, o como cualquiera otra del perro mundo (Mondo cane, como el filme italiano), cultivó el magín de los espectadores, los puso a reír, a llorar, a gritar, o a proferirle improperios al proyeccionista cuando se reventaba la película. La semioscuridad de una sala de cine es otra manera de la seducción, de la imaginación elevada a la enésima potencia. Del contacto con lo aleatorio y lo maravilloso.

El cine de barrio, el de pueblo, el que hubo en los centros urbanos, el de los tres teatros, que son uno a la postre: Iris-Bello-Rosalía, marcó un tiempo sin tiempo, el de la memoria infantil, el de los romances juveniles, el de los sueños inacabados. El de la gloria de haber sentido que en la pantalla grande habita un duende, que a veces nos sigue sonriendo en la oscuridad, nos guiña un ojo, o nos tira una pepita de felicidad, que pue- de ser como los papirotazos con frutas que se les daba a los sentados en las filas de adelante. The End.

Referencias

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  1. Franco Díez, Germán. Mirando solo a la tierra, cine y sociedad espectadora en Medellín (1900-1930). Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2013, p.128

2. El Espectador, octubre 29 de 1898

3. Revista Vida Nueva, 24 de agosto de 1904. Citado por Franco, 2013, p. 111

4. Franco, 2013, p. 96.

5. Carrasquilla, Tomás. El buen cine. Obra completa, volumen 3. Medellín: edito- rial Universidad de Antioquia, 2009, p. 153

6. Carrasquilla, 2009, p.155

7. Agudelo, Óscar. El primer cine en Bello. El Quitasol, segunda quincena julio de 1984, p. 8

8. Agudelo, 1984, p. 8.

9. Archivo Histórico de Bello. Concejo de Bello, 1940, folios 150-151

10. Bronx, Humberto y Piedrahita, Javier. Historia de la Arquidiócesis de Medellín, 1969. P. 168

11. Bustamante, Víctor. Medellín: cine y cenizas. Medellín, Babel, 2014. P. 26

12. Spitaletta, Reinaldo. La sociedad de los teatros muertos. El Colombiano, 11 de agosto de 1991, p. 6B

13. Spitaletta, Reinaldo. El sol negro de papá. Medellín, Fondo Editorial Eafit,

Será demolido el último de los tres teatros icónicos de Bello: el Rosalía

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