Por Reinaldo Spitaletta
Primer relato
El hombre de ochenta y un años, robusto y alto, caricolorado y de cachucha verde oliva, sostiene entre sus dientes un habano. El olor a resinas, óleos, maderas y telas, se esparce por la sala de un viejo caserón de la calle Caracas, en Medellín, que hace las veces de taller del artista. Las paredes, atiborradas de cuadros, parecen las de una galería de exuberancias. El visitante detiene su vista curiosa en un cuadro enorme que representa al fabulista griego Esopo y, después, observa una muchacha que toca una guitarra. Más allá una maja muestra sus carnes abundantes. Entre tanto, el hombre, de pincel en la mano derecha, les da vida a unas jovencitas que se abrazan. Con trajes de flores azules, ambas juntan sus caras blancas. Parecen felices.
El habano se pasa ahora a la mano donde antes estuvo el pincel, que reposa junto al caballete. Por una ventana, de persiana entreabierta, la luz del atardecer se cuela en el estudio. De un equipo de sonido, brota una sonata de Bach para violín y clave. El pintor hace un paneo por el salón y dice que ha aprendido de Tiziano y Caravaggio; de Rembrandt y Velásquez; de Pisarro y Cezanne… La luz y las pinceladas lo atestiguan. El visitante pregunta si tienen sus obras algo de Toulouse-Lautrec. El hombre asiente y se lleva otra vez el tabaco a la boca. Está apagado. Lo enciende. Bach se riega por el ámbito expresionista, impresionista. Luces, sombras, claroscuros.
– ¿Y cuándo descubrió que sus cuadros no eran de otros sino suyos?
El hombre exhala una bocanada. Retoma el pincel, lo pasa por la tela. “Eso lo determina el espectador”, dice.
– ¿Pero ha habido una reflexión suya sobre el estilo, la identidad del artista?
– Ah, sí. Yo pinto por ejemplo una obra así (muestra una maja desnuda). Y digo, ah, en esos cuadros hay tantas cosas de grandes maestros que uno ha analizado, estudiado, copiado, y al final, cuando uno pinta un cuadro y se asemeja en algo a uno de ellos, uno dice: “morite de la envidia, Monet; mo rite de la envidia Renoir; morite de la envidia, mi querido Lautrec…”.
El cigarro está otra vez entre los dientes del hombre, y el visitante recuerda un personaje de un spaghetti western de Sergio Leone.

Retrato con voz en off
“Escúcheme, Reinaldo: en todas las pinturas y en todos los pintores siempre hay algo, un trazo, una huella, que vienen de otros anteriores. Uno analiza, por ejemplo, que Rubens fue un ser genial, pero aprendió de Tiziano, y lo copió. Y a Rubens, a su vez, lo copió Delacroix, que también copió a Jacques-Louis David, y a estos los copió Renoir, que además se subía en una escalera en Ámsterdam a mirar con embeleso La hacedora de encaje de Vermeer, que entre otras cosas es una obra pequeñita pero hermosa; y a observar La lechera, del mismo pintor holandés, y todas esas piezas le fueron dando a Renoir su estilo. Renoir no era un gran dibujante, y se dedicó a estudiar dibujo, porque él era, ante todo, un gran colorista, y de pronto descubrió que tenía un talento superior, incluso para superar los cuadros que estaban pintan do Monet y Pisarro, por ejemplo. Y así, también hubo pintoras como Mary Cassat, una americana que pintó muchas madres con sus hijas; y qué tal pintoras cómo las que hubo posteriores al renacimiento. Una de ellas, Artemisia Gentileschi, que aprendió todo de Caravaggio. Entre otras cosas, ella pintó a Judit decapitando a Holofernes, y uno dice: cómo va a ser que una mujer pinte una escena tan cruel, a un hombre al que le están cortando la cabeza, que luego meterán, Judit y su sirvienta, en una bolsa. Es una crueldad maravillosa… Un pintor es pro ducto de la historia del arte, la que hay que conocer a fondo”.
Retrato de juventud
Doña Berta, la partera, le ayudó a nacer el 3 de octubre de 1932, en el barrio Manchester, de Bello. J. Mario Madrid Montoya, que a los veintiún años cuando iba a sacar la cédula apenas supo que se llamaba Jaime y no Mario, es hijo de Antonio, un bebedor de aguardiente y cazador impenitente, y de Graciela, que les leía a sus siete hijos fragmentos del Quijote, de El Conde de Montecristo y de Los Miserables. El barrio era de calles empedradas, sembradas de almendros y los mayores afanes de entonces eran los de los trabajadores de las textileras y de los talleres del Ferrocarril, que iban a sus labores.
“Ir a Niquía, por ejemplo, era un paseo de olla, de día entero”, recuerda el pintor, que, de niño, estudió en la escuela de los Hermanos Cristianos (Manuel José Cayzedo) y la obsesión por la pintura se le formó desde muy temprano, cuando embadurnaba paredes, llenaba cuadernos de tareas con dibujos inesperados y jugaba con carboncillos y tintas. Su madre, que lo veía empeñado en crear imágenes, le advertía que estudiara aritmética, geografía y otras materias, pero el muchacho se obstinaba por representar árboles, casas, barcos, vírgenes, soles y lunas.
Creció con el sueño de ser artista. Cuando entró al bachillerato, en el liceo de la Universidad de Antioquia, ubicado entonces en inmediaciones de la Plaza de Flórez, de Medellín, ya había definido que lo que le gustaba por encima de todas las cosas era pintar. Allí estuvo solo dos años. “Soy un autodidacta en el arte. Siempre he investigado, estudiado solo, leído, visitado museos. Me metí en la vida de muchos pintores, en sus obras, en las de los clásicos, los renacentistas. Después, los impresionistas. Y así. Cuando estaba muy joven iba al Museo de Zea (hoy Museo de Antioquia) a mirar los cuadros de los maestros colombianos y antioqueños, como Pedro Nel Gómez, Eladio Vélez, Francisco Cano, Humberto Chávez…”.

Cuatro días antes de su nacimiento, vio la luz un primo suyo, al que pusieron Jaime, que era el nombre que la mamá y el papá del hoy pintor querían para este. “Llamémoslo Mario, ya que se nos adelantaron con el otro nombre”, pidió la madre. Cuando lo bautizaron, el 15 de octubre de 1932, don Antonio le dijo al cura que lo nombrara Jaime y no Mario, como era la voluntad de doña Graciela. “¿Sí lo pusiste Mario?”, le preguntó ella a su marido. “Claro, Mario se llama”, contestó él. Y así lo llamaron todos.
Al liceo de la Universidad salía de madrugada en tren, con tiquete estudiantil. En vacaciones, ayudaba en la editorial Bedout. Siendo un adolescente, entró como aceitador a Fabricato, puesto que dejó a los diecisiete años cuando ingresó a los Talleres del Ferrocarril. Por la noche, estudiaba en la Escuela de Contabilidad, pero todo sin perder la perspectiva de convertirse en pintor. “Después del Ferrocarril, pensé que me iba a quedar ahí toda la vida, como todos los ferroviarios, a la espera de una jubilación. No era mi aspiración quedarme allí, haciendo cuentas. Y no podía estudiar en Bellas Artes, porque la plata no me alcanzaba, pero seguía pintando”.
Y en las primeras faenas pictóricas comenzó a copiar a los grandes maestros (“copiar es más difícil que cualquier otra cosa”, dice). Hizo una de Leonardo Da Vinci en su taller. En 1955, al conmemorarse el centenario del natalicio de Marco Fidel Suárez, hubo una exposición de pintura en el Centro de Salud de Bello, en la que Madrid participó con varios óleos. Uno de ellos, titulado Los mineros, lo compró Nicolás Sierra, un negociante y potentado bellanita. “Ese señor fue un ángel para mí”.
Por esos días, ya había comenzado a pensar en el “Sueño americano”. Su estrella estaba en el norte. Nueva York aparecía como un destino atractivo para los artistas. Y Madrid se sentía uno de ellos. Pero, ¿cómo conseguir el pasaje? Había ayudado a fundar en Bello la Sociedad de Amigos del Arte, con Hernán Villa Baena, Lola Vélez y otras personalidades. El 10 de febrero de 1959, se abrió una exposición suya en la Biblioteca Marco Fidel Suárez, con el fin de obtener fondos para que el pintor pudiera viajar a Estados Unidos.
El Concejo de Bello lo apoyó con mil pesos, al tiempo que Nicolás Sierra le dio una carta de recomendación para el consulado americano en la que afirmaba que el pintor no se constituiría en una “carga pública” en Estados Unidos. Le compró un cuadro. “Váyase tranquilo, estoy dispuesto a firmar una fianza para que viaje”, cuenta Madrid que le dijo Sierra.
La exposición la abrió Villa Baena, que, entre otras palabras, declaró:
“Presentar a J. Mario Madrid como una robusta personalidad artística, es labor que de por sí cumplen los maravillosos lienzos que penden de esos muros, como un paradisíaco escenario para el ballet de las pupilas. Pero lo que sí no podrán testimoniar ellos, es la ruta recorrida por la tremenda vocación que lo posee; no mostrarnos cómo sin la sabia admonición de un maestro que guiara sus pinceles haya podido volcar J. Mario, sobre esas telas, con tanta maestría, toda la exuberante riqueza de su emoción creadora” (Archivo Histórico de Bello, en adelante A.H.B., actas del Concejo, 1999, folio 90).
Villa Baena destacó en su intervención las líneas suaves de los trazos, la rítmica distribución de las formas, el equilibrio de los volúmenes y la “subyugante armo nía de los colores”. Agregó que el pintor, que ya tenía los rasgos de una vigorosa personalidad artística bellanita, no se había dejado contagiar por los abstraccionismos, que eran parte de su tiempo, ni por ninguno de los “ismos” imperantes.

En la misma ceremonia, el señor Car los M. Hincapié D. pronunció un panegírico en el que destacó las facultades artísticas del joven pintor: “El clasicismo de su obra es fruto de sus largas horas de dedicación y constancia” y denominó al pintor como “el poeta del pincel y el hidalgo de la juventud artística de nuestro suelo”( A.H.B., ibid., folio 89).
En marzo de 1959, el pintor realizó una exposición de veintisiete obras en el Mu seo de Zea. La señora Ángela Vásquez, encargada de abrirla, dijo, entre otras cosas:
“Sabemos que el pintor proyecta un viaje a los Estados Unidos. Nosotros, sus amigos, queremos que su viaje no sea motivado por el esnobismo del que ahora son víctimas muchos artistas colombianos. Que recuerde J. Mario, la originalidad y la autenticidad que es lo que hace que una obra sea imperecedera. Esta muestra que nos trae es comienzo de una serie de éxitos que le auguramos a este joven pintor antioqueño, cuya vida se abrió en un valle lleno de luz, y en la trama sutil, pero firme, de uno de los sitios más progresistas y vigorosos de nuestro suelo. Bello, ciudad de los textiles, es la patria chica de J. Mario Madrid (A.H.B., Ibid., folio 93).
Y así, con dos exposiciones como preámbulo, el pintor se dispuso a viajar a Estados Unidos. Uno de sus objetivos era aprender la lengua inglesa. Otro, convertirse en un artista de obra imperecedera, como se lo auguró la señora Vásquez.
El viaje a Estados Unidos
Un avión Curtis de la compañía Lloyd Aero Colombiano, creada en 1954 con apoyo del Banco Popular, lo llevó a Miami en 1959. Y allí, como si se tratara de una premonición, ya no quiso ir a Nueva York, sino a Los Ángeles, donde vivió veintinueve años. Allá lavó platos en un restaurante mexicano. Iba a una escuela a aprender inglés. Y pintaba en pequeños formatos. “La pintura siempre estaba conmigo. Era mi vida”, dice. Luego, en Hollywood, trabajó en un almacén de muebles; después, en uno de ropa.
En aquel país, cuando le dieron la nacionalidad, se puso en los documentos americanos el nombre de Mario y así fue como nació en la legalidad americana J. Mario Madrid, porque, según él, “Jaime Mario no combina. En mi cédula colombiana figuro como Jaime Madrid, pero yo no respondo a ese nombre. Desde niño todos me decían Mario. Esta situación me ha causado complicaciones con cheques y otras tonterías”.
En 1962, retornó por primera vez a Colombia, porque su primo Jaime Montoya, ingeniero de minas y petróleos, había sido asesinado en las minas de Muzo, en Boyacá. “Me enteré de su muerte por medio de un telegrama y me asusté mucho. Al principio, al recibir el mensa je, creí que era mi abuela que se había muerto”. Al volver a Estados Unidos, viajó con su hermano Eduardo. Y ambos se fueron a Nueva York, sobre todo para visitar museos. En el Metropolitano se obnubiló con las obras de Rembrandt y Rubens, y se quedó alelado con el cuadro del maestro holandés del claroscuro, titulado Aristóteles contemplando el busto de Homero. Fue para él como una suerte de revelación. Una epifanía.
“Ya Nueva York no representaba para mí el embrujo que tenía antes de conocerlo y me volví a Los Ángeles, a Hollywood, donde comencé a trabajar en una empresa fiduciaria, como contabilista y auditor. Aprendí muchas cosas de las contadoras de la compañía”, dice. Pero el pintor no solo se dedicó allí a trabajos prosaicos. Hacía marinas, bodegones, desnudos. Vendía. Colgaba algunos cuadros en su oficina para atraer a los visitantes. Expuso en algunas galerías. Ganó premios y menciones. Y, claro, se tuvo que acostumbrar a los terremotos, como uno de 1971 que causó más de seiscientos muertos.
El regreso
Antes de su retorno definitivo de Estados Unidos, Madrid puso un bar de en el barrio Manchester, con el gardeliano nombre de Cuesta Abajo, en el que pintó puertas y muros con su arte impresionista. Este hombre que en su niñez fue monaguillo del padre poeta Roberto Jaramillo (le ayudaba en las misas de las cinco de la mañana y el cura le daba diez centavos), y en su juventud nadador, seleccionado por Antioquia a los Juegos Nacionales de Cali, también tuvo en su barrio natal una fábrica de confecciones. Jubilado como contador en su segunda patria, volvió a Colombia en 1990 y durante varios años fue profesor de inglés del Centro Colombo-Americano. Ya estaban muy lejos los tiempos en que copió vírgenes del pintor bogotano Ricardo Acevedo Bernal, como aquella titulada El último beso y cuando aún su paleta y pincel no tenían una expresión personal.
“La copia que hice de Leonardo era horrible e invertí varios meses en su pintura. Me la compró un señor por doscientos pesos, y yo ahora le ofrezco dos millones, pero no quiere vendérmela”, afirma con aires de nostalgia. Eran los días del aprendizaje. Y si en Estados Unidos vendió muchos cuadros, hoy, con una inmensa producción de dibujos, óleos, pasteles y otras técnicas, no desea vender nada. Pinta para sí mismo. Por placer. Por amor al arte. Pinta en silencio y soledades. Acompañado, eso sí, por Mozart o Beethoven o Bach. O por Brahms, del que alguna vez hizo un retrato que él considera como una de sus obras maestras.
De Estados Unidos llegó con un bastimento técnico, que ha permitido que sus cuadros ya tengan su rúbrica, el estilo personal. El sello Madrid. Conoce a fondo las veladuras, técnica empleada por los grandes maestros barrocos y clásicos, consistente en echar capas de barniz, una encima de otra. Y también es experto en el impasto, una técnica que permite el trazo de pinceladas gruesas, muy cargadas de pintura espesa. Sabe moler los colores, los crea y combina, tiene sus secretos. Y todo lo ha explora do y encontrado en los viejos maestros europeos.
“Tiziano fue el pintor que más usó las veladuras. A medida que aplicaba los colores, sus estudiantes le preguntaban: ‘¿Maestro, y cuántas veladuras hay que darle a una pintura?’ y él decía que treinta o cuarenta, si querían que la obra se viera bien. Y hoy en día, la obra de Tiziano es de lo más fantástico. Ah, y las de Rubens tienen un barniz que nunca más se limpió, se conservan como si estuvieran recién hechas, después de cuatro cientos años”.
Madrid conoce el sistema de témperas o pintura al temple, mezcla del color con una solución de clara de huevo, muy utilizada, por ejemplo, por Botticelli en el Renacimiento. “La albúmina era la base de la témpera. El color así había que aplicarlo el mismo día, porque o si no al día siguiente olía terrible, a podrido. Se usaban entonces los huevos frescos, recién puestos por la gallina. Hoy las neveras evitan ese problema”.
En el laboratorio del pintor, el visitante puede observar pigmentos en recipientes, preparaciones de barniz, témperas en pasta, aceite refinado de trementina, botellas con mezclas diversas. Y, desde luego, los cuadros en los que Madrid emplea las técnicas aprendidas de Giotto, Leonardo, Miguel Ángel…, y toda esta combinatoria, como una suerte de alquimia, para ser él mismo: un pintor de soledades y recogimientos.
Autorretrato con cine y literatura
Soy un tipo de extracto humilde que he luchado para satisfacer un ideal, un ideal que solo me beneficia a mí, un ideal para mí solo: ser pintor. A nadie le importa esto. Pinto por placer, por ver después lo que hago, así más tarde lo destruya. No me gusta vender obras, porque es como si vendiera un hijo. Eso es distinto a cocinar, por ejemplo. Cuando uno cocina, lo más halagüeño es que el comen sal no deje nada. Nada más humillante para un cocinero, que cuando le dejan sobrantes en el plato.
Tengo muchos artistas preferidos. Todos tienen algo que enseñarme. Por ejemplo, me gusta Edvard Munch, el padre del expresionismo. Tiene obras que parecen tan simples, pero son de un genio. Geniales fueron Pissarro, que tanto fue despreciado por Degas, como genial fue Degas. Los impresionistas son parte de mi viejo gusto. También los expresionistas. Creo que tengo de ambas escuelas. Me gustan los clásicos ingleses y sus obras monumentales. Seguramente soy un poco de Giotto y de Velásquez, de Rembrandt y Monet.
Un pintor —claro que sí— debe leer literatura. Mi autor predilecto es Víctor Hugo, pero el más grande de todos es Cervantes. En mis lecturas ha habido muchos escritores: Papini, Dostoievski, Tolstoi. ¡Huy!, ese Balzac es fenomenal. Es lo más grande que dio el humanismo francés. Me gusta el Siglo de Oro español, y ahí están conmigo Quevedo y Góngora y Calderón de la Barca. Pero también me encanta la picaresca.
Y del cine, pues ni me hable, caballero. Que crecí con el cine, en los teatros de Bello, en los de Medellín. Me encantan las obras que me dejan pensando. Vi bastante cine argentino. Recuerdo mucho a Donde mueren las palabras, una película con guión de Homero Manzi. Es una película en blanco y negro, dirigida por Hugo Fregonese. Recuerdo también La guerra gaucha, sobre una obra de Leopoldo Lugones; y al actor Roberto Escalada, y a la actriz Olga Zubarry, y a Mecha Ortiz, que era muy bella… Me gustan filmes de vidas de pintores, como Van Gogh, Lautrec, Miguel Ángel, Picas so, Goya…
¿Y la música? Ah, que nunca me falte. No podría vivir sin los preludios y las óperas de Wagner; sin las nueve sinfonías de Beethoven; sin las obras de Chopin. Me encantan Liszt y Haydn, y creo que Verdi es lo más grande en la ópera. Aída es una maravilla. Son tantas mis músicas, que incluyen a Bach, Mozart, Berlioz… He sido un buen escuchador. Y un lector decente. De los escritores antioqueños me gusta Fernando Vallejo, por su personalidad y manera de expresar la crítica. Y, sobre todo, porque se atreve a decir lo que muchos quisieran decir pero no pueden. Por ejemplo, La puta de Babilo nia, es una obra llena de erudición. Y de los poetas nadie en Colombia le puede ganar a José Asunción Silva.
El más grande pintor colombiano es Fernando Botero. No nos digamos mentiras. Es grandioso porque fue capaz de imponer su estilo, contra viento y marea. Y, por lo demás, para los que les gusta el horóscopo, soy del signo libra. Soy un hombre religioso. Sé que me tengo que ir ligero de este mundo. Y les recomiendo a mis amigos que no me olviden.
La casa como museo
J. Mario Madrid, pintor de todas las horas, tiene un enorme apartamento en un edificio de la avenida La Playa. Hay cuadros por todas partes; en ellos se notan el respeto por la luz, la inclinación por el claroscuro, la poesía del color. Hay en sus obras, quizá como en Rembrandt, una fascinante resignación, una especie de espera paciente, sin sobresaltos. Puede que el artista, en sus intimidades, establezca con sus creaciones conversaciones en voz baja, pero sin narcisismos. Se advierten en muchos cuadros que la búsqueda del pintor no ha terminado. Y, como él mismo lo señala, jamás termina.
Se ha creado un espacio propicio para su locura (palabras suyas). Para su pasión por el arte. En su casa, el visitante se puede topar con muebles añosos, que tienen la dignidad de una vieja abuela; con radios Punto Azul y Pilot; con licoreras de cristal fino. “Para tener paz interior hay que tener un lugar adecuado”, dice con tonalidad de sibarita.
En su estudio o en su casa, pinta todos los días, pero cuando no lo hace, está pensando en cómo obrar el milagro de la témpera, del óleo, del lápiz o el carboncillo, sobre cualquier material, como tablas, cartones, papel, telas… “Es como un engranaje. Hay una voz que le dice a uno cómo hacer, cómo pintar, cómo crear. Siento que, inexplicablemente, me guían. A veces no funciona, pero cuando funciona uno ve que lo que hizo es arte y entonces uno se pone contento”.
Casi siempre, los fines de semana hay una rutina para el artista: irse a recorrer partes de la ciudad, o a los pueblos, para visitar cantinas y parques, observar la gente, apreciar mendigos, prostitutas, músicos callejeros, gamines, borrachos, recoger temas. “En los pueblos, como Copacabana, por ejemplo, la gente posa sin dramatismos, con natural serenidad. Tomo apuntes, hago bosquejos y después vuelvo a casa cargado de material para mis cuadros”. En su repertorio pictórico aparecen pelafustanes, mujeres que trabajan, la gente que sufre, los tris tes, los contentos. Todo sin obviedades ni lastimerías. “Me gusta pintar la miseria humana, el desplazado, el que está por ahí tirado, el que aguanta hambre, aquel al que todo el mundo mira con desprecio”, dice.
Los niños que pinta Madrid tienen un ángel especial, “como la niñita de verde que todos admiramos”, dice su sobrina Marcela Madrid. “Hace tiempos —agrega— pintó la cabeza de Holofernes, que le vendió a un señor de Venezuela. El modelo para la cabeza fue el escultor Gabriel Restrepo, al cual, además, le ha hecho varios retratos”. Para Eduardo Madrid, su hermano es un ser obsesivo. Pinta donde sea. Y hace pinturas hasta en sábanas viejas. Usa gantes, tablas, sillas, tapas de inodoro, puertas, mesas, ventanas, vidrios…
En marzo de 2001, una exposición en la Galería Arte Autopista, en El Poblado, colgó 44 piezas de Madrid, entre óleos, dibujos y pasteles. Hildebrando Mejía, director de la entidad artística, dijo entonces: “Lo más importante es recuperar para la ciudad a un gran maestro, que es tuvo mucho tiempo fuera del país y que por eso no ha tenido mucho reconocimiento, pero que entra a ampliar la lista de grandes artistas antioqueños, como Fernando Botero o Débora Arango” (periódico El Colombiano, 2000; Consejo Municipal de Cultura. Hilando memorias, compendio de artistas y gestores culturales de Bello, 2005.- Spitaletta, Reinaldo. Los colores del silencio. En: El Colombiano, agosto 22 de 1993).
En la casa de Madrid es posible que el visitante se meta entre los cuadros, como si se tratara de una extraña versión de Alicia en el país de las maravillas. Y todo, gracias al poder de la imaginación, la composición, el tratamiento de la luz, los colores y la gracia que el artista pone en su obra.
Toma final
La infancia, dicen, es la única patria del poeta, de los creadores. Y de los saltimbanquis. A veces, en su taller (que él llama su atelier), el pintor evoca imágenes de sus días primeros, cuando veía llegar a su padre de faenas en Porce, en Urabá, en el oriente antioqueño, con piezas de caza, desde liebres hasta dantas. Recuerda con más pesar que asombro, las historias que Antonio le contaba a él y sus hermanos de la cacería de un oso, por el occidente de Antioquia. El registro quedó en una fotografía de prensa, en la que el animal muerto aparece rodeado de hombres con escopetas, orgullosos de su botín. También se ve, en ocasiones, andando descalzo por las calles de Bello, o jugando al trompo, a las canicas o con carros de madera que a veces él mismo fabricaba, o acompañando a su mamá a coger agua de las pilas o fuentes urbanas, porque en Bello no había acueducto.
A veces, según el grado de nostalgia, se devuelve al día en que a un señor que habitaba cerca de la manga del Taller, él le pidió que le prestara una lámina de la virgen para pintarla en casa. “No, mijo, no le presto nada. Si quiere venga a mi casa y la pinta aquí”. O vuelve a ver la figura de Rinvía, un vendedor de helados, que alegraba su paso por las calles de Manchester con cascabeles de tapas de gaseosas.
El hombre, que aparenta menos años de los que tiene, pone el habano desgastado sobre una mesita. Se sirve un whisky y vuelve al caballete. Quizá él no se ha dado cuenta, pero el visitante descubre que por la cara colorada del artista, ruedan dos lagrimones.
Referencias
J. Mario Madrid y sus pinturas sobre la problemática humana, El Colombiano, marzo 22 de 2000.
Consejo Municipal de Cultura. Hilando memorias, compendio de artistas y gesto res culturales de Bello, 2005.
Spitaletta, Reinaldo. Los colores del silencio. El Colombiano, agosto 22 de 1993.
Archivo Histórico de Bello A.H.B., actas del Concejo, 1999.
Entrevistas: Mario Madrid, 30 de agosto de 2013; Eduardo Madrid, 6 de agosto de 2013; a Marcela Madrid, 6 de agosto de 2013.

