De los dientes de Santa Apolonia a las cajas de don Celio

por centrodehistoriabello

Por Adriana María Correa Arboleda

Resumen

Tegua es una definición que se conoce desde los tiempos de la colonia para aquellas personas que ejercen prácticas curativas sin ninguna preparación académica. En Bello se conocen más que todo en el oficio de la dentistería, uno de los más destacados fue Celio Arroyave Roldán que, desde principios de los años 40, ejerció en esta población y se hizo famoso en todo el país por su destreza en la elaboración de prótesis dentales.

Palabras clave: Tegua, dentista, empírico, Cáncer de Celio, Arrastrador. 

  1. Antecedentes

En el  siglo XIX existieron personajes del pueblo con un conocimiento amplio de las propiedades curativas de las plantas[1], que ejercían como  médicos. Viajaban curando los males del cuerpo y hasta del alma. A bajos costos atendían a  hombres,  mujeres y niños en las plazas, ferias  de San Isidro, en los caminos o en sus improvisados consultorios. Recetaban bebidas, emplastos, vapores e inhalaciones, que, combinadas con altas dosis de fe religiosa, eran efectivos para  alcanzar la cura de todos los males. Eran los llamados teguas, denominación  que se reconoce desde los tiempos de la colonia, para designar a aquellos curadores que no tenían formación profesional. Los teguas eran personajes queridos y reconocidos por la cercanía  y la dedicación con que asumían su oficio. Hubo variaciones, o mejor, ciertas “especializaciones” entre estos médicos empíricos. Se conocieron los curanderos, embalsamadores, homeópatas, masajistas, botánicos, los que hacían la hipnoterapia y los dentistas. La legislación les había dispuesto una serie de requerimientos para otorgarles las licencias de funcionamiento.

Solicitados y necesitados, los teguas fueron personas  muy  temidas.  No en vano la literatura y la historia  han hecho registro de ello. Gabriel García Márquez, en el cuento “Un día de estos”, relata la penosa angustia  del alcalde después de haber pasado una noche de terrible dolor de muela, visita al dentista quien muy en contra  de su voluntad, casi en desafío, arranca a sangre fría la pieza dental cariada.[2] Un cuento con un trasfondo político pero que registraba una realidad  en torno a los padecimientos que se padecen  cuando se visita a los teguas. También el  escritor caldense Rafael Arango Villegas en “Que sentimientos de hombre”, plasma el horror que produce la visita al dentista. Narra el escritor que “cuando lo sientan en la silla y empiezan a trabajar; le colocan la fresa en una de las muelas  del maxilar inferior y echan a pedalear hasta que empieza a salir aserrín de jarrete por entre el hueco de la muela. Y no vale gritar, ni morderlos, ni decirles las más atroces palabras. Más duros trancan a uno y más calientes se ponen.”[3]

Relatos un tanto pintorescos y maximizados pero de todas maneras con afinidades con la realidad. Hacen parte de los recuerdos de quienes vivieron el miedo a la fresa, el horror de una sacada de muela, o del pesado olor a dentistería.  Porque era usual salir de allí con esa inconfundible y despreciada  fragancia.[4]

El instrumental y las técnicas empleadas no posibilitaban procedimientos livianos y libres de dolor.  Aunque en el siglo XIX se conocía en Europa el gas hilarante o “gas de la risa”,[5] compuesto de óxido nitroso, en Colombia, a principios del siglo XX, los procedimientos se hacían sin ningún tipo de anestésico. Los  gabinetes dentales estaban constituidos por sillas de madera, fresa de pedal, una vidriera con pomos de loza, y los instrumentos  se hervían.

En el siglo XX, existieron  en el valle de Aburrá consultorios  dentales. Aunque no solamente instalados para este oficio. Hubo muchos que combinaron la dentistería, con la relojería, barbería y otros oficios. Los consultorios dentales eran visitados solo para extracción de muelas, elaboración de cajas, demandas que en un principio no resultaban tan rentables y por tanto era preciso alternar con las demás necesidades que tenía la población. En Barbosa, en los años treinta, don Antonio había adquirido desde los tiempos del servicio militar, la habilidad de extraer muelas a los soldados en medio de la selva. Más adelante, instaló su gabinete en el centro de la población, donde exhibía en las vitrinas, cajas de dientes con colmillos de oro. Don Antonio atendía a clientes de muchos lugares, incluso de Puerto Berrío, que iban a que les sacaran muelas, o a solicitar una caja de dientes con el fin de mejorar su presentación personal.

2. Celio: un fabricante de sonrisas

Desde la segunda década del siglo XX, Bello se destacó por el desarrollo floreciente de su industria. La instalación de Fabricato, Pantex y el ferrocarril,  atrajo a miles de hombres y mujeres de municipios vecinos que vieron en estas industrias y en este municipio un futuro promisorio. Alrededor de estas empresas, se dinamizó el  comercio, se generaron otros frentes de empleo, como el sector de la construcción y los pequeños oficios artesanales. Aumentaron en importante proporción los distintos lugares de esparcimiento como tiendas, galleras y cantinas; en general, el crecimiento poblacional impuso un ritmo y un cambio en la vida social bellanita.

A esta población atrayente llegó don Celso Antonio Arroyave Roldán, iniciando la década de los cuarenta. Don Celio, como se le conoce hasta hoy, nació en Angostura  el 12 de abril de  1883, llegó a este municipio cuando ya había recorrido un gran parte de la geografía antioqueña. Este polifacético hombre  se dio a conocer por  la pericia con que realizaba  los trabajos  de latonería y ebanistería, diseñó trapiches, fue colono en las tierras de Amalfi, Anorí, Segovia y Remedios; pero su mayor habilidad la concentró en la dentistería. Tuvo cinco hijos, tres de su primer matrimonio y dos del segundo.[6]

Don Celio llegó a Bello a lomo de mula, con su esposa, sus tres hijos, y un ligero equipaje.  Se instaló  en la zona céntrica y en un primer momento solo se dedicó a la ebanistería. Pero la fama que traía consigo y los requerimientos  dentales de los habitantes, hicieron que rápidamente se dedicara al ejercicio de la dentistería. Un taburete común y corriente de madera y cuero, dos gatillos  y unas cubetas, fueron en principio su instrumental. Era muy diestro para las extracciones dentales, las hacía sin anestesia, de un tirón la pieza estaba afuera. Se aseguraba eso sí, apoyándose en el abdomen del paciente para evitar la huida. Con los niños empleaba métodos más divertidos, como adivinanzas, trovas y chistes para distraer y, en una carcajada, introducía su gatillo, y listo.[7]

Además de las extracciones, don Celio fue un buen fabricante de cajas de dientes. Los pacientes que acudían para una extracción solicitaban así mismo que les construyera una dentadura postiza.[8] Por ese entonces, la imagen estética dental estaba centrada en los dientes postizos, pues era mejor tenerlos parejos, de igual tamaño y forma, que no desigual y fragmentada, además, por que los libraba de tener futuros dolores y abscesos. Don Celio fabricó muchas cajas, gozaba de la destreza artesanal para hacerlas. Tomaba las impresiones  con cera en la encía del paciente, luego vaciaba una moldura de yeso y, sobre ella, moldeaba la encía de caucho, para lo cual utilizaba un fuelle, para efectos de enfriamiento. En un principio las dentaduras postizas no tenían un color natural, por tanto eran de regular presentación,  pero a partir de la utilización de la  godiva y el acrílico mejoraron su aspecto y tuvieron mayor acogida.

En muchas ocasiones las cajas no se ajustaban a la anatomía bucal, por tanto fue necesario adaptarle una pequeña cámara de succión que se hacía en forma de corazón para que ajustara. Fue tan efectiva esta medida, que muchos pacientes asumieron esta prótesis como parte de su boca, por lo que no consideraron necesario quitarla para hacerse la higiene; en consecuencia, se iba formando una infección en el paladar, una especie de carnosidad en la encía, que se hacía progresiva.  A esta afección se le llamó después “el mal de Celio”. No obstante, su habilidad para las extracciones, y elaboración de cajas de dientes, que heredaron sus hijos y parientes cercanos, le dio fama a Bello de ser la ciudad de los dentistas.

Don Celio murió en diciembre de 1955, cuando ya existían en Bello varias dentisterías y cuando el número de inmigrantes en búsqueda de estos servicios era cada vez mayor.

El legado de don Celio.

Para mediados del siglo XX, Bello logró el reconocimiento de ser la sede de los más afamados dentistas. Se realizaban buenos trabajos y a precios asequibles. Los pacientes llegaban en buses, carros de escalera, en el tren, de pueblos cercanos y lejanos. En el marco del parque y en la entrada al municipio estaban ubicadas  todas las dentisterías. En los fines de semana sobre todo se llenaban estos consultorios de una manera tal, que a los dentistas les quedaba poco tiempo o nada para ir a almorzar a sus casas. Allí esperaban hombres, mujeres y niños para que los atendieran.

Muchos de los aprendices de don Celio o de sus hijos y demás  parientes,   montaron después sus consultorios. No era raro ver en las páginas de los periódicos locales y regionales anuncios de “dentaduras al natural; puentes fijos y removibles; calzas y extracciones sin dolor. Contamos con laboratorio y depósito dental propios para garantizar su trabajo…”.  Se hacía énfasis también en los precios módicos y óptimos servicios. Con este tipo de avisos llegaban campesinos de los lugares lejanos, e incluso muchas niñas llegaban ansiosas a cambiar sus dientes, por una hermosa caja.

Varias familias son reconocidas tradicionalmente en el oficio de la dentistería. A parte de los Arroyaves; estaban los Estradas, Don Gildardo Pinillos, aún reconocido y ejerciendo su profesión; los Ríos, Samuel Duque entre otros. Todos ellos han formado a más dentistas  que en el transcurso de los años, se profesionalizaron y refinaron la infraestructura clínica para la prestación de sus servicios.

De las tradiciones curativas orales

Desde la antigüedad se tiene registro de las distintas maneras como las sociedades abordaron el dolor y qué prácticas curativas emplearon. Los egipcios colocaban un ratón muerto en el diente afectado. Los chinos  tres mil años antes de Cristo emplearon el opio. Shakespeare habla de  la mandrágora y la amapola  para esos terribles dolores dentales.[9]

En siglo II, en tiempos del Imperio Romano, una mujer de Alejandría llamada Apolonia, entrega su vida antes de renunciar a la fe cristiana. Fue golpeada en la cara, pierde sus dientes, y es allí donde ofrece su dolor por el de quienes alguna vez pudieran sentir algo similar, intercediendo gustosamente por estos desvalidos. Así se convirtió en la patrona de los odontólogos.

No obstante la tradición curativa popular, ha ensayado todos los medicamentos posibles  para curar estos legendarios dolores.  Los orines de niño; las goticas de veterina en la muela coca; los más desesperados  se ponían  cabezas de fósforo sobre el diente e incluso recurrieron al tiner como  la fórmula más efectiva para calmar la dolencia. Otros productos más ligeros tuvieron credibilidad tales como trozos de tomate pasados en aguardiente, la hierbabuena, y finalmente la aspirina y el Mejoral, parecían tener efecto calmante. La creosota, un líquido que se vendía en las farmacias, fue uno de los más utilizados. Las culturas indígenas hicieron un importante aporte en este campo, la hoja del divi divi[10], poseía unas propiedades anestésicas excelentes. La literatura de la época recomendaba la higiene permanente. Para prevenir las caries era recomendable “el lavado cada vez que se come y limpiar los intersticios dentales con un hilo ligero y resistente”. Para las mujeres que sufren el oprobioso dolor de muela se recomienda opio en polvo, 64 partes, mentol 16 partes y raíz de malvavisco en 48 partes. Es conveniente realizar una mezcla de todos estos ingredientes con un poco de glicerina y goma arábiga, para preparar unas bolitas de 5 centígramos. Para la piorrea alveolar se debían hacer enjuagues con un litro de agua de menta, un gramo de formol y 75 centígramos de heliotropina.”[11]

Se hacen dientes de oro a su gusto

Las cajas de dientes daban estatus, comodidad y salud. Era preferible tener una dentadura uniforme, segura y libre de dolores. La  opción de reemplazar una dentadura incompleta, defectuosa y estorbosa por una caja uniforme era lo más indicado. Los dentistas ofrecían prótesis finas y parejas. Así mismo era una manera de librarse de las visitas al dentista, que no era lo más grato, tanto por el dolor como por el temor de enfrentar cualquier extracción dentaria.

Había cajas, puentes y dientes para todos los gustos. Sencillos y parejos, que encajaban perfectamente en la anatomía bucal. Los dientes en oro eran una opción muy demandada. Aquellos hombres que les faltaba una pieza la remplazaban por un diente bordeado en oro. Había diferentes adornos, con la letra inicial de su nombre u otro motivo. El diente de oro era algo así como un toque de distinción que ofrecían los dentistas con cuotas fáciles de pago. Los dientes de oro eran tan codiciados que hasta después de muerto eran profanadas las tumbas para extraer estas valiosas piezas.[12]

Para las niñas próximas a cumplir los quince años una caja de dientes era un magnífico regalo. Era la moda. Muchas optaron cambiar sus propios dientes por otros más parejos, sin riesgo a cariarse y aparentemente más bonitos que los suyos. Por eso, gustosamente los padres accedían al pedido; en muchas publicaciones, se insinuaba que la sensualidad de la mujer radicaba, en especial, en unos labios gruesos, bien cuidados, acompañados de una dentadura blanca; parece ser que en el imaginario popular hasta la primera mitad del siglo XX, no estaba tan difundida la importancia de la dentadura natural como componente de la belleza femenina.

Soy dentista de Bello

Los dentistas y sus prácticas pasaron a constituir parte del conjunto de saberes que se reconocen y se reivindican en el patrimonio de Bello. Los dentistas  adquirieron técnicas que perfeccionaron en el transcurso de su ejercicio. En la prensa local y regional, anunciaban sus servicios de calzas, extracciones sin dolor, elaboración de puentes y cajas de dientes, a un buen costo y de la mejor calidad. Su fama había traspasado las fronteras locales; de otros departamentos vinieron personas a solicitar estos servicios. Bello gozaba de mucho prestigio en este ramo y, por eso, los que quisieron ejercer en otros lugares llegaron con el buen nombre de ser bellanitas. [13]

A muchas poblaciones de Antioquia llegaron dentistas de Bello. Posiblemente otros no eran oriundos o no trabajaron como dentistas en este municipio, pero identificarse como dentista bellanita era la mejor carta de presentación para cualquiera. Los teguas de Bello desde los años cincuenta habían logrado destacarse como los mejores del departamento. Muchos recuerdan con orgullo y jactancia el progreso que obtuvieron en otras tierras, gracias a la popularidad que lograron desde los tiempos de don Celio, que abrió el camino que muchos siguieron. Es explicable entonces que en varias poblaciones de Antioquia se hayan encontrado dentisterías “Bello”, anunciándole a la distinguida clientela que en este lugar se hacían los mejores trabajos.

Los “arrastradores”

Un particular oficio derivado del ejercicio de los teguas bellanitas, ha sido el de “arrastrador”. Desde los años cincuenta cuando venían gentes de todos los puntos cardinales, se consideró necesario que los consultorios dentales atrajeran para sí la clientela. La demanda era bastante, pero la competencia también. Para tal efecto los dentistas consideraron necesario contratar personas que les sedujeran a los pacientes, los convencieran de que sus servicios eran los mejores y a bajos costos; que sus trabajos eran tan buenos como rápidos. Así, pañuelo en mano y recorte de aviso de prensa, eran “arrastrados” hasta el turno de los abarrotados gabinetes dentales.

Muchos hombres han subsistido gracias a este oficio. En las afueras de sus consultorios abordan a los transeúntes, para informarles y convencerlos de cuál es la mejor dentistería. Los “arrastradotes” han desarrollado una gran habilidad para captar pacientes. Dice don Román: “Muchas personas vienen como desorientadas, como mirando para todas partes, entonces uno les pregunta que si buscan dentista y  dicen que sí. Luego uno les cuenta de los servicios que se ofrecen y la facilidad de pago, la experiencia del dentista y el trato humano que tiene. Así es que logra uno atraer a la clientela. Y por esto recibimos unos pesos.”

Algunos “arrastradores” aprendieron el oficio y se convirtieron en dentistas; otros se quedaron con la mecánica dental, se interesaron con la elaboración de cajas y puentes fijos y removibles; los demás llevan 10, 15 y hasta 20 años con tarjetita en mano, seduciendo con su arte a los  necesitados del servicio. Hoy,  es común ver estas personas en las esquinas del parque o a la entrada de los edificios centrales, mostrando y explicando a cuál dentistería es bueno llegar.

De los teguas a las campañas higienistas

En los años treintacobraron mucha fuerza los discursos sobre la higiene y la salud del pueblo colombiano. Se precisaban campañas para que la población adquiriera conciencia sobre la importancia de la higiene, sobre el cuidado de su cuerpo. El gobierno realizó campañas tales como el médico y el dentista escolar para todas las escuelas del país. Campañas que no tuvieron la cobertura y la calidad necesarias, pero que lograron efectuarse con alguna  regularidad en muchas poblaciones del país. En Bello, en 1943 fueron visitados los niños de las escuelas; en un primer momento hicieron un reporte de1082 escolares, 564 padecían caries dentales; por tanto, se les practicaron extracciones con y sin anestésico, obturaciones con amalgama y otras con porcelana y también limpiezas dentales.

Buena parte del siglo XX, la población bellanita sufrió de muchas enfermedades tropicales, a causa de una infraestructura sanitaria inadecuada y de la gran contaminación de aguas para el uso doméstico. Enfermedades y condiciones sanitarias, que por supuesto iban en detrimento no solo de su cuerpo, sino de su boca, máxime cuando no había un control higiénico sobre el cuidado de los dientes naturales. No obstante, las autoridades sanitarias, fueron poco a poco inculcando en los habitantes la importancia sobre la salud en general y el cuidado de los dientes[14].

Hacia los años cincuenta existía en Bello un Centro de Salud, que tenía un médico, dos enfermeras y un odontólogo, quienes atendían a los trabajadores municipales. En este lugar se realizaron campañas de higiene y prevención de enfermedades; se recomendaba la limpieza diaria de los dientes.

Fabricato contaba entre sus políticas paternalistas, con un programa de salud para sus trabajadores. Los obreros, además del servicio médico, tenían atención odontológica. Lasdirectivas habían provisto de un equipo odontológico con rayos X; se realizaban los diversos trabajos solicitados y además los obreros tenían derecho a revisiones periódicas. Finalizando los años cuarenta, la empresa informaba acerca de estas políticas de salud que ofrecía para sus cinco mil obreros.[15]

En defensa de su oficio

El oficio dental no gozó de prestigio. En el siglo XVIII, era visto con desdén y los médicos fueron tomando cada vez más distancia de esta práctica. Se relegó entonces, el trabajo dental a los barberos o a los que se llamó sangradores y sacamuelas. Fue a partir de la publicación del texto de Pierre Fauchard (El cirujano dentista o tratado sobre los dientes) al que se le consideró más adelante como el Padre de la odontología, cuando los conocimientos en materia de anatomía bucal y patologías dentales fueron compilados sistemáticamente y se hicieron algunos aportes en lo relativo a la terapéutica. Desde los aportes de Fauchard, y a lo largo del siglo XIX, la profesión de dentista ganó reconocimiento en Europa y en Estados unidos[16].

En Colombia, en 1905, el gobierno de Rafael Reyes expidió el decreto 592 reglamentario para el ejercicio de la dentistería. Los aspirantes debían pasar un examen de idoneidad, con anexos de testimonios de vecinos, en los que aseguraran capacidad y profesionalismo. Los solicitantes sustentaban su petición sobre la base de la carencia de  dentistas  con diploma expedido  por el Colegio Dental de Bogotá, y más adelante por las diferentes universidades, por tanto sus servicios eran imprescindibles en las localidades a las que pertenecían. [17]

En 1919 se fundó el Colegio  Dental de Medellín, con profesores  nacionales que habían realizado estudios en Estados Unidos. Este colegio duró hasta 1926 cuando se cerró por la escasez de alumnos. Más adelante, en 1931, en el gobierno de Enrique Olaya Herrera  se empezaron las negociaciones para crear  la escuela de odontología  de la Universidad Nacional.  En 1936, ya los estudios en la facultad eran un hecho. Y, en 1932, se abre el Colegio Dental como dependencia de la Universidad de Antioquia.[18]

No obstante, a lo largo del siglo XX, cuando algunas universidades del país abrieron las facultades de odontología, el gobierno con la venia o a instancias de las facultades, expidieron normas para que fuera erradicada la odontología empírica. Sostenían que el empirismo era riesgoso y, por tanto, era preciso prohibir su ejercicio. Por ejemplo, en 1970[19], cuando todas las facultades de odontología, habían graduado un importante número de profesionales, éstos eran aún insuficientes, pues la mayoría de ellos instalaban sus consultorios  en las capitales de los departamentos, quedando las demás poblaciones sin la presencia de odontólogos graduados.

Pese a estas consideraciones legales, la práctica empírica seguía su marcha.  Colombia ha sido un país, donde la oferta en materia de salud ha sido insuficiente. Por tanto la mayoría de las gentes que no gozaban de una prestación de servicio médico u odontológico facilitado por el Estado o la empresa privada,  debían recurrir a los empíricos. Además, porque el ejercicio de estos, a lo largo del siglo XX, logró todos los méritos profesionales y la asequibilidad económica, que ha permitido que la demanda sea alta pese a las advertencias e intentos de judicialización. Por eso, desde 1923, los dentistas advirtiendo esos embates, se nuclearon y conformaron la Asociación Dental de Antioquia -Asodenta- que ha buscado la defensa y la dignificación de la profesión odontológica. Varios personajes de este terruño bellanita han estado al frente de dicha organización para  defender su gremio, y demostrar la utilidad histórica de su quehacer en épocas en que la academia se ha empeñado en desacreditar los conocimientos y oficios de la práctica empírica.

En 1970 se creó la Asociación Dental Colombiana, con un grupo de 25 afiliados. Luego, se fueron adhiriendo dentistas de todas las regiones, constituyéndose en una agremiación para obtener del gobierno la legalización de su profesión.

La odontología del siglo XXI

Con el boom de la odontología estética, la demanda por estos profesionales ha aumentado considerablemente. Muchos de los dentistas tradicionales se han profesionalizado; además, han seguido todas las normas que el Ministerio de Salud ha indicado para su desempeño. También coexisten empíricos  acompañados de profesionales que se dedican no solo a las intervenciones en los tratamientos dentales, sino que continúan fabricando las reconocidas cajas de dientes, por las cuales siguen viniendo a Bello gentes de otros municipios, por los bajos costos y la efectividad de sus trabajos.

La historia de los dentistas empíricos de Bello se ha constituido en un patrimonio, porque ha contribuido a mantener el renombre, que desde los tiempos de don Celio hasta hoy, la han hecho considerar la ciudad odontológica de Colombia.

Referencias

[1] RESTREPO, Alonso. Flolclore Médico Antioqueño. En: Revista Universidad de Antioquia, No.88 Septiembre –octubre 1948. pag.619

2 GARCÍA Márquez,  Gabriel. “Un día de Estos”. Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1989.

3 ARANGO Villegas, Rafael. Bobadas mías. Manizales: Editor Arturo Zapata, 1930.

4 GARCÍA,  Márquez. Op. Cit. Pág.2

5 KLAUS, Ziegler. Anestesia dental. En: Periódico El Espectador, marzo 26 de 2009.

6  Entrevista con María Eugenia Arroyave. Bello. Octubre 24 de 2008

7 Ibid

8 SPITALETTA, REINALDO. Don Celio el Dentista. En: Periódico El Colombiano, Medellín, octubre 15 de 1996, p. 14 A

9 PAYARES González, Carlos y ARANGO, Alberto. Consideraciones socio-históricas  de la odontología en Colombia y en Antioquia. Medellín, 1991, p. 25.

10 Entrevista con Orlando Martínez Lopera. Odontólogo, diciembre de 2008.

11  Revista Gloria. Fabricato, No.11, enero-febrero, 1948, p. 53.

12  Entrevista con Jorge Roldán, Odontólogo, febrero de 2009.

13  HOYOS Moreno, Nelson. Notas personales. Bello. 2008.

14  CORREA,  Adriana. La educación oficial en Bello 1930-1950. En: Revista Huellas de Ciudad. Diciembre de 2001, p. 5.

15  Revista Gloria. Fabricato, No.12, marzo-Abril, 1948, p. 64.

16  PAYARES, Carlos.  Op. Cit.  p. 28

17 LÓPEZ De Ávila, Luz Imelda. Sobre los llamados Teguas en Colombia. En: Revista Archivo General de la Nación.

[1] Pelaez Margarita. El empirismo en la Odontología en Bello. Medellín. Universidad de Antioquia.1977. pag.8

[1] PELAEZ Margarita.Op. cit.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[18] Pelaez Margarita. El empirismo en la Odontología en Bello. Medellín. Universidad de Antioquia.1977. pag.8

[19] PELAEZ Margarita.Op. cit.

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