El espacio literario en la historia local

por centrodehistoriabello

Jairo Gutiérrez Avendaño

Resumen

El artículo comenta los lugares de la literatura en los que aparece Bello, a partir de los escritos fundacionales, pasando por autores reconocidos y locales de la narrativa y la poética moderna, cuya voz hace hablar lo acallado de la ciudad, enmudecida por la captación de su visión concreta y alienada en el discurso dominante del individualismo posesivo que dicta las formas de apropiación del espacio habitado de y para los otros.

Palabras clave: Bello en la literatura, historia de barrio, poética, novela, semiología urbana.     

  1. Preámbulo: la ciudad aparece cuando se dice

Las relaciones que se trabajan en esta propuesta se entretejen desde el punto de vista de la literatura con respecto de la historia y de la ciudad. No obstante, un asunto es el de la “literatura histórica” —que muestra, incluso, cómo la literatura llena muchos vacíos que deja la historia— y otro muy distinto es el de la “literatura urbana”, que cuando se habla de este seudo-género, la discusión suele centrarse en el alcance universal que tiene la creación literaria, incluso afirmando que se trata de un pleonasmo, tal y como lo señala el escritor Mario Escobar en su conferencia sobre La ciudad en la literatura, en la que dice:“Es muy usual entre nosotros, como si fuera posible establecer esas diferenciaciones, hablar de «literatura urbana» o de «literatura rural» al referirse a la que escribe este o aquel fabulador… Si fuera dable, el absurdo pudiera llevarse al máximo, y tendríamos tal vez una «literatura marina», para significar la que ocurra en los mares, y aún de una «literatura fluvial», si es que su entorno fue el de un río […] La literatura es una sola.”[1] Es por eso que, más allá de las metáforas, la literatura nace en la piedra de aquellas ciudades bíblicas, épicas, míticas, poéticas, utópicas; que son ciudades fundadas al pie de la letra, de acuerdo con las formas simbólicas que configuran sus culturas: símbolos míticos y religiosos, formas lingüísticas, imágenes artísticas, hechos e interpretaciones históricas, así como invenciones científicas. Es así como, la piedra y la palabra cobran vida en el espacio de las ciudades cargadas de caracteres, rúbricas, jeroglíficos, letras y palimpsestos de la memoria de los pueblos.[2]  

De otro lado, cabe hablar de tres enfoques que mantienen una relación de mutua dependencia, —a propósito del entramado “Historia, literatura y ciudad”— a saber, una geografía e historiografía urbana, así como, una semiología literaria de la ciudad. Precisamente, como lo plantea Roland Barthes, es crucial que se asuma lo hablado y lo gráfico del espacio urbano como “lenguaje de la ciudad” propiamente dicho:

“La ciudad es un discurso, y este discurso es verdaderamente un lenguaje: la ciudad habla a sus habitantes, nosotros hablamos a nuestra ciudad, la ciudad en la que nos encontramos, sólo con habitarla, recorrerla, mirarla. Sin embargo, el problema consiste en hacer surgir del estadio puramente metafórico una expresión como “lenguaje de la ciudad… El verdadero salto científico se dará cuando podamos hablar del lenguaje de la ciudad sin metáforas.”[3]

La ciudad patrimonial, así como la ciudad sofisticada, están destinadas a la palabra curadora de la literatura. De hecho, siendo estrictos, la literatura de la ciudad engloba la mayoría de los valores que estiman las obras de patrimonio cultural; a saber: el valor documental, el valor histórico, el valor arqueológico, el estético y artístico, el arquitectónico y urbanístico. De ahí que el patrimonio literario salve a la piedra de sus propias ruinas. Es más, hay edificios y calles de palabras que sólo existen en la literatura que, a su vez, es histórica y periodística, puesto que ya han sido vencidos y demolidos por el arrume del tiempo o por la negligencia ante lo público.

  1. Comentarios a un ensayo sobre historia y literatura en Bello

La literatura en Bello tiene una vocación histórica y periodística, como da cuenta de ello el profesor Sergio Espitaleta, en su ensayo Paisajes literarios de Bello, título que expresa, a su vez, retrato y estampa de un lugar representativo, figuras que pertenecen a la visión de la exterioridad del paisajismo en la estética del romanticismo y del arte impresionista. En esa medida, se trata de uno de los textos más completos sobre el tema, en el cual recoge, tras un rastreo de fuentes de archivo documental y de lecturas de primera mano, los referentes literarios más relevantes en los que aparece el antiguo poblado de Hato Viejo, la ciudad de Bello y la municipalidad, iniciando por la época de la Colonia en los años 1500; atravesando por los años 1800 hasta 1900, periodo de grandes revoluciones científicas, culturales, industriales y obreras; hasta el Siglo XX con el inicio del progreso tecno-científico y el auge de la industria en Colombia.

En este orden cronológico extenso y, a su vez, delimitado por los hitos histórico-literarios de Bello, el autor parte de los hallazgos registrados por algunos cronistas, cuando llegaron los primeros españoles al Valle de Aburrá, el 24 de agosto de 1541.[4] Igualmente, extracta in extenso, apartes del descubrimiento de las provincias de Antioquia, escritos por el cronista Juan Bautista Sardela, a cargo del Mariscal Jorge Robledo, así como, un fragmento tomado de Juan de Castellanos, en su Elegía de varones ilustres de Indias, considerado el poema más extenso de la lengua castellana.

Dicho ensayo señala el sentido histórico y literario cifrado en el acontecimiento por el cual la ciudad adquirió su identidad nominal en 1884, cambiando el carácter despectivo e injurioso que tenía Hato Viejo, según los argumentos del memorial, considerada una tierra de vacas sin civilización, que debería recibir el nombre de Bello, en reconocimiento al pensamiento de Marco Fidel Suárez, con motivo del premio otorgado por la Academia Colombiana en 1881, en el concurso de conmemoración del centenario del nacimiento del gramático venezolano Andrés Bello.

Lejos del poder atribuido a la gramática en la obra de Suárez, quien no vivió tanto tiempo en Bello y que poco escribió sobre su tierra en la vasta compilación de Los Sueños de Luciano Pulgar; así, el referente literario de Bello más rico en expresión, en la literatura urbana de finales del siglo diecinueve y principios del veinte, es la de Tomás Carrasquilla en su novela Grandeza, que ha sido comentada ya como un lugar frecuente de interpretación sobre la antigua ciudad de Bello, retratada en la visión de uno de los autores más brillantes y prolíficos de Antioquia, que escribió cuando los círculos cultos de la literatura decían que en Medellín y en la Región no había materia novelable. Por cierto, en 2008 se ha conmemorado el sesquicentenario de su nacimiento, con un gran despliegue cultural en todo el país.[5]

Cabe agregar que es necesaria la referencia a Fernando González (1885-1964), quien además de frecuentar a Bello, en su amistad con el padre Roberto Jaramillo hacia los años treinta y, además, contertulio del mismo Carrasquilla (1858-1940) en la finca Niquía-Jaramillo, considerada un lugar de intelectualidad en Bello; el filósofo de Otraparte escribió, no sólo de paso en Viaje a Pie, sino con más alusión en su novela Don Mirócletes, cuyo personaje Manuelito Hernández, no en vano, nace en Bello y se forma como curandero del mal de beber y de fumar.

  1. La novela urbana en Bello, imaginarios que van de la casa a la calle y del barrio al centro.

De las únicas obras que han creado su espacio literario en la ciudad de Bello se encuentra la novela del periodista Reinaldo Spitaletta Hoyos, que aparece como la primera literatura de barrio que se escribe sobre Bello, sin afán de fijar ningún rótulo en el autor. Justamente, la historia hace un recorrido vivencial por la cotidianidad y la expresión propia de algunos de los barrios más representativos de la ciudad, como son, Andalucía, Manchester, El Cairo, El Congolo, El Calvario, La Cumbre, Puerto Bello, Bellavista, Nazareth, Niquía, Prado, Santa Ana y El Rosario, así como otros lugares rurales, geográficos y emblemáticos del municipio.

La historia transcurre desde la serenidad del mundo interior de la casa, percibido con asombro a través de la mirada de un niño, y luego va hacia la exterioridad arrolladora de las calles del barrio, caminadas por un joven cada vez más ausente de casa. Así aparece la memoria de la infancia, la más entrañable de la vida; encarnada en Pachito, un sobrino inquieto por aquellos adentros encantados de los caserones de fachadas altas, construidas en los barrios tradicionales, por donde corretea y vuela en sueños por los pasillos y lugares recónditos de la casa, en una atmósfera de magia y misterio que irradiaba la Tía Verania, ocupada en los oficios del esoterismo y otras prácticas mágico religiosas.

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El interior de las casas era custodiado por imágenes con poderes multiusos que configuraban todo un mosaico de iconografías religiosas, en cuadros y figuras que la Tía Verania conseguía con los clientes que no tenían con qué pagarle por sus servicios.[6] Esta estética imaginera, combinada con una suerte de arte Kitsch o de extravagancia popular, la retoma en su más reciente libro de relatos cortos, Estas 33 cosas, en la que vuelve a echar un vistazo a la iconografía de los bares, que “son otro cuento”, como El Selecto, de cuyas paredes pendían San Judas, El Sagrado Corazón, al lado del retrato de Gardel y de fotos amarillentas de equipos de fútbol.[7]      

En la narración se evocan las voces, los ruidos y las músicas; el decir, lo dicho y el silencio; lo visible, lo saturado y lo escondido. Aparecen también, visitas, experiencias, aventuras y melancolías por esos lugares tan sui generis del barrio Manchester, como eran la estación del tren y las mangas del taller, a donde llegaban los gitanos, cual atracción venida de Macondo o como lo diría el historiador Manuel Arango, de un Bellocondo. Así lo recordaría más tarde Pachito: “el olor a brea, a carbón y a cañaduzales lo tengo asociado a esas jornadas, en las que esperábamos trenes de carga, de pasajeros, el autoferro. Era un espectáculo ver aquellos hombres sobre los vagones, en una suerte de equilibrio inestable, que fascinaba, o las cabezas de los viajeros asomadas por las ventanas, o escuchar la campana, el sonido de la caldera, el olor del humo.”[8]     

La segunda novela que propone una poética urbana en torno a Bello, ciudad que tiene su estampa propia dentro de las letras suramericanas, es Cartas a Diana del español Jordi Sierra i Fabra, escrita en dos visitas realizadas en 2004 y terminada en Barcelona, su ciudad natal, en 2006. No obstante, la historia fue creada a partir de un reportaje de El Colombiano, que lo instó a recobrar la figura de los tinterillos del parque de Bello, guardada ya en la memoria de sus habitantes. El lanzamiento de la novela se realizó en el auditorio de la Biblioteca Pública Marco Fidel Suárez, en marzo 23 de 2007, y a la entrada del auditorio estaban los tinterillos del parque, tecleando el registro numeroso de los asistentes, con su aire de experticia casi teatral. El libro fue presentado por Oscar Castro García, un destacado literato y académico de Medellín con profundo arraigo a la ciudad de Bello.

Dichos personajes aún ejecutan sus máquinas con el mismo estrépito en el que vibra el ruidoso espacio público circundante. No en vano, Sierra i Fabra, en la primera línea del libro dice que: “El parque de Bello es más que un latido, es un tumulto”[9]. Desde allí emprende un recorrido por los sectores del centro, con la mirada de un extranjero que, por lo general, cuando alguien viene a Bello por primera vez o después de hace mucho tiempo, será arrobado por la exterioridad diversa y expresiva de sus gentes, atraídas por los lugares de encuentro y de intercambio como los que se aglomeran alrededor de los tinterillos.

Es así, como Diego, uno de los siete escribientes del parque, recibe el encargo de escribir —para aquellos que no saben hacerlo— papeles para trámites, pagarés y hasta cartas de amor, acontecimiento escrito que atraviesa la novela, como ocurre en la literatura romántica propia del siglo XIX, en la cual las historias se escriben dentro de ellas mismas, cuando se abre una carta, se mira un retrato o se encuentra una cosa, cargada de significado. De este modo, Sandro, un joven obrero, le confía al tinterillo sus sentimientos para que le escribiera a Diana, su enamorada, una maestra de escuela que vivía en Argelia, municipio sacudido por la violencia y el desplazamiento forzado por los alzados en armas.

A propósito de la literatura en las historias de barrio, viene muy apropiado lo que en su novela dice Reinaldo Spitaletta, sobre la casa que se lleva adentro y que se muda con las personas cuando van de trasteo para otros lugares:  

“[…] en cada barrio encontraba uno a los que jugaban las mismas cosas, y ya no había ningún vacío, pronto uno olvidaba a los de ayer, no había espacio para las ausencias, y se metía en ese presente continuo, de nuevos amigos, nuevas calles, otras aceras, y aunque la casa fuera otra en cuanto a paredes y pisos, en cuanto a cuartos y solares, era la misma, porque, eso me lo decía Verania, uno mismo es la casa, donde quiera que vaya, esté donde esté no habrá otra casa distinta, uno la lleva por dentro.”[10]   

De una novela a la otra, en la de Jordi Sierra i Fabra, aparece Bello como una casa en el mundo, donde todo aquel habitante que emigra “necesita percibir que en Bello existe un rincón llamado casa y una persona llamada padre. Es cuanto les queda.”[11] Estas líneas hacen alusión a la condición de ser de otra parte, lejos de su morada, como lo dice más adelante: “Siempre hay quien deja la tierra y se va, se convierte en desplazado, desarraigándose de su mundo para formar parte de la oscuridad de otro diferente.”[12]

En esta intertextualidad hallada en la literatura de barrio, cabe traer a cuento al escritor Oscar Castro García, en su jovial escrito Gol olímpico, breve relato que recrea la actividad futbolera de los jóvenes en las calles del barrio Manchester, aspecto narrado también por Reinaldo Spitaletta, en una época en la que esta práctica deportiva llegó a ser perseguida por las autoridades, por invasión, obstáculo y desorden en la vía pública. Así lo relata, cuando uno de los muchachos se prepara a cobrar un tiro de esquina, mientras el tiempo se detiene y se activa por momentos, cruzando por su mente algunos acontecimientos de la vida en el barrio y la descripción de la calle convertida en cancha:

“[…]Hasta que por fin cobré el córner, desde esta esquina difícil alcanzo a escuchar que estoy haciendo tiempo porque los del Manchester le tienen miedo a los de la Estación y esto es lo que les va a pesar porque si te demorás más vamos a anular el partido, lo que me aterriza y me recuerda que estoy jugando fútbol en una calle de Bello[…] Don Emilio debe estar destapando las gaseosas, allá salen las Posadas contoneándose, el pito de la fábrica bota el humo negro y los obreros están a punto de aparecer en la esquina de abajo, ellos si caminan ligerito, pero como queriendo retrasar los pasos, como devolviéndose a recoger el algodón que van dejando pegado a los barrotes de las ventanas o que llevan enredados en los zapatos…” (Bello, mayo de 1979 – Medellín, abril de 2002).[13]

  1. El sentido literario en las historias de barrio

En el terreno de los significados, el barrio —que viene del árabe barrí—, se refiere a la exterioridad, espacio habitado que no está en la centralidad, o bien, que se encuentra en las afueras de la ciudad. En ese sentido, el barrio es lo que escapa a la totalidad alienante de la ciudad que, en su descomunal constructo, fagocita las individualidades, imponiendo su versión arbitraria de lo que debe ser la vida en común.

Sin embargo, cabe precisar lo que advierte Barthes en su Semiología urbana: “Sería una empresa absurda querer elaborar un léxico de las significaciones de la ciudad poniendo de un lado los barrios, las funciones, y del otro las significaciones, o más bien poniendo de un lado los lugares enunciados como significantes y del otro las funciones enunciadas como significados.”[14] De acuerdo con el semiólogo francés, no tiene sentido comprender la ciudad sólo desde su centro, separándola de los barrios y a los barrios de su lenguaje, es decir, de su mundo propio.   

La literatura no se reduce a lo dicho o al significado de los discursos, antes bien, se entrega al pleno decir de la palabra del otro, antes que a una mismidad objetiva y posesiva. La literatura se confunde con la vida, cuando hace visibles los rostros y las fisonomías de los hombres en su lucha por la dignidad, por la defensa de su mundo privado, de lo más caro a sus afectos, aquello a lo que se aferra tanto el cuerpo como la memoria. No obstante, si bien la literatura es un territorio que se mueve desde la singularidad, tiene alcances universales; es decir, así como el personaje de un niño ve la vida en el barrio, del mismo modo aparece, en la expresión literaria, como aquello vivido por todos. Es así como Pachito, callejea por el barrio, juega, ve pasar el tren y a los obreros que van a pie o sobre ruedas de bicicletas clásicas y se adentra luego en la casa de la Tía Verania. Entra y sale, va de la casa a la calle y de la infancia a la juventud, evocando percepciones visuales y táctiles que se entrecruzan con la trama de la historia, que es parecida a la de muchos, pero en distintos barrios y con distinta gente.

La vida singular trasciende hacia la universalidad. Este es el precedente que da origen a la literatura de barrio, que está íntimamente ligada con la literatura obrera. Estas corrientes surgieron del realismo social, que llevó los ideales de las minorías al plano de la estética, entre los años 1920 y  1930, las cuales cifraron en la escritura el destino de los hombres invisibles, inmersos en un mundo lleno de excesos y de carencias; a su vez, esta literatura hace justicia como memoria y legado que revindica la historia de un pueblo.[15]

Por otra parte, la literatura de barrio está signada por una bella expresión del escritor ruso León Tolstoi, quien dijera: “Si quieres ser universal, habla de tu propia aldea”, frase que, no en vano, ha sido atribuida al cuentista ruso Chejov; también al poeta español Antonio Machado y al escritor antioqueño Manuel Mejía Vallejo, entre otros, por replicarla como consigna propia para su creación literaria. De hecho, como dicen muchos, el barrio es la “patria chica” y hablar del barrio es emprender un vasto recorrido por todas las bifurcaciones que comprenden la vida cotidiana.

En este contexto significativo, sin caer en la obviedad, Bello es una ciudad de barriadas, lo que quiere decir, que fuera del espacio del centro de la ciudad —que es más político que público—, hay un orden de las cosas diferente y con sus propias dimensiones materiales e inmateriales, en la medida en que los barrios tienen sus dinámicas particulares y obedecen al ritmo de lo que les ha tocado vivir.

Las historias de barrio tienen un carácter literario por las emociones y percepciones que, no sólo aparecen expresadas en la historia, sino que se producen cuando se están escribiendo, pues “cada cual teje su propia historia de barriada, el obrero, el estudiante, el ama de casa, el ateo, el rezandero, el sicario, el pícaro, pero de cualquier manera cada uno ama su barrio, pues ninguno es espectador sino protagonista de su propia historia.”[16] De esta forma, se propicia el acercamiento y la integración de las comunidades, por la aventura de viajar al pasado y al origen de los nombres que crean los espacios y a los espacios que crean los nombres de los barrios. También, de aquellas personas cuyos nombres míticos, poéticos y religiosos, a veces hacen reír a los muchachos, como los de la historia del barrio Manchester[17]: Eudoxia, Alberico, Nepomuceno, Timoteo, Ilduara, Dionisia, Ponciano, Nicolasa, Vigdonia, Eva, Carlota, Noriela, Neptalí, Alejandrino, Eleuterio, Pacífico, Maruja, Libardo, Aristóbulo, Lázaro, Abel, Anatolia, Jesusa, entre otros; así como el nombre de la Tía Verania en la novela de Spitaletta que, según el autor, fue tomado de la historia de una de las tres muchachas que quemaron vivas, hace décadas, acusadas de lesbianismo, en la antigua manga de La Madera.

El devenir de los barrios transcurre en el recorrido de una calle o en el correr de una quebrada que atraviesa la ciudad; así, hay una búsqueda por la reconstrucción de la memoria material e inmaterial de los lugares que ya desaparecieron; por hacer retornar el legado de las familias que fundaron los barrios y de aquellas que ya se fueron. Para decirlo en palabras tomadas de la historia de un barrio de la ciudad, “el trabajo con las comunidades permite crecer, aprender e intercambiar experiencias y, lo más importante, conocer a su gente, sus luchas, porque así se valora más lo que se tiene y se hace… El barrio, ese espacio solidario donde todos se conocen y se relacionan, esa comunidad donde todos viven prácticamente igual, todos, sufren, lloran y gozan con las mismas alegrías y los mismos desengaños.”[18] La historia del Barrio Prado, cuna del tango en Bello, está escrita y pintada por la artista Marta Cecilia Herrera, quien ha plasmado en óleo y acuarela las calles, las esquinas, los cafés, los bares y la semblanza del paisaje humano característico de Prado y de otros sectores que son patrimonio de la ciudad.   

En la literatura, una voz cobra sentido en el rostro del otro, persistencia del rostro humano en medio de la vida y la catástrofe, pues, “por medio de la literatura habla —o balbucea, o se disimula, o lucha con su caricatura— el rostro humano”.[19] De este modo, en la literatura como en la pintura, el rostro “habla” suponiendo ya su “visión”, es decir, los rostros son fenotextos, aparecen en el decir de la palabra, antes que en la luz de la objetividad. De ahí que la historia deba devolverles el rostro a los oprimidos, a las víctimas, a los desposeídos y, de esta forma, otorgarles una voz que no es la del narrador, sino, una voz que pertenece a todos y que no es la de nadie. Así lo constata un fragmento de la historia de un asentamiento de desplazados, que relata cómo “desde el parque de Bello, pueden verse algunos de los ranchos de la Vereda Granizal, allá arriba, escondiéndose a medias entre las colinas y, a veces, invisibles por algún manto de niebla o por la indiferencia… Allí, cientos de hombres y mujeres de todas las edades se baten día a día con el destino, en una vida que oscila entre el miedo y la esperanza.”[20]  

De igual forma, en la historia de una vereda del municipio, se insiste en que hay que volver la mirada a los espejismos y a los reflejos en las mentalidades de los pobladores, pues la “recuperación de la historia, de la memoria de un sector que ha permanecido invisible, olvidado, es atravesar la bruma, es intentar atrapar el viento o el agua que corre y, que a su paso por nuestras manos, sólo nos deja una caricia, un esbozo, un acercamiento.”[21] Por otra parte, la palabra es silencio en lugar de ruido, ella excede al olvido abrumador de los discursos demagógicos; de todas formas, “nos rodea la palabra, la oímos, la tocamos, su aroma nos circunda; con la palabra que decimos y escribimos, modelamos el pensamiento, forjamos y perpetuamos el recuerdo del ayer.”[22]  

  1. La historia poética y la poética de la ciudad

 

La poética entendida como producción de sentido (poiesis) no se define por las ideas o temáticas que contiene la poesía. La palabra poética es incontenible, es infinita expresión, libre de toda medida objetivante; excede, incluso, los cánones métricos que imponen los géneros literarios. Conviene, entonces, tratar el asunto desde la poética filosófica de Martín Heidegger, quien se dedicara a interpretar la obra del alemán Friedrich Hölderlin, llamado por el filósofo: “el poeta de la poesía”. Es así como, Heidegger parte de un verso incluido dentro de “los cinco lemas” de su ensayo Hölderlin y la esencia de la poesía, el cual dice: “lleno de méritos, sin embargo / poéticamente habita el Hombre / en esta tierra”. Allí es enfático en afirmar que la poesía es el fundamento mismo de la historia:

La poesía no es sólo un ornamento que acompañe a las cosas, no es sólo una excitación transitoria, ni aún un calentamiento ni un entretenimiento. La poesía es el fundamento sustentador de la historia y, por tanto, tampoco es sólo un fenómeno de la cultura ni en absoluto la mera expresión de un alma cultural.

La poética del espacio habitado, la expresión viva de la historia, donde adquiere sentido la medida que hay entre el cielo de los dioses y la tierra de los hombres, es el punto crucial donde cristalizan la palabra y el silencio, en el eco y el rumor acallado de la historia. Sin embargo, la poética en su sentido más propio, excede a la “historia de los historiadores”, es decir, al reduccionismo de la disciplina que sólo se interesa por los hechos y acontecimientos cronológicos. La poética histórica, antes que la historia de la poesía, es la forma en la que se escucha y se dice la vida; es decir, la forma en que se vive en el pleno sentido de la palabra.

Cabe decir entonces, que así como la poética es un signo originario de la historia, del mismo modo, hay un habitar poético de la ciudad, como lo sustenta Barthes: “Porque la ciudad es un poema, como se ha dicho frecuentemente y Victor Hugo expresó mejor que nadie, pero no es un poema clásico, un poema bien centrado en un tema. Es un poema que despliega el significante, y este despliegue es lo que la semiología de la ciudad debería tratar de aprehender y hacer cantar.”[23] En ese sentido, el decir de la ciudad no se subordina a lo dicho en la norma, la ciudad es un discurso creador, cuyo lenguaje es su mundo mismo y donde la imaginación transforma o excede a la realidad concreta.

En este horizonte, la poesía en Bello —del mismo modo que la literatura—, canta a la ciudad evocando el pito del tren y la sirena de la fábrica. Esto daría mucho qué hablar en términos de la historia del obrerismo, o como lo diría Reinaldo Spitaletta, en Bello se escribe una epopeya del trabajo y la imaginación. De este modo, es constante la metáfora de los hilos de la memoria con relación a las textileras que trajeron el progreso a la ciudad y a todas las familias obreras que allí tuvieron el sustento por varias generaciones, como bien lo expresa el poema del maestro Carlos Mario Franco, con la ejemplar belleza que hay en la sencillez de las cosas:    

“Hilos como días / y el tejido de mi vida / que se deshace / que se pinta / el que mi padre tintura en la fábrica / con colores que no tienen por qué gustarle / pero así lo pinta / hilos rojos que se entrecruzan con hilos azules / como imitando el paño inglés. / Flores para cortinas y cojines, / cuadros para manteles, tela… / mucha tela para cubrir cosas. / Las mesitas, las camas, las ventanas / todas tienen la desnudez / por ejemplo, esta mesita redonda con flecos / tiene miedo de ser simplemente una caneca. / El algodón sigue llegando / en los vagones del tren —todavía oliendo a costa— / y sale vuelto rollos de colores. / Hilos blancos que se sumergen en la tinta / fibras del mismo enredo / que se estrangulan unas a otras. / La prensa rotativa le saca la lengua a mi padre / vomita flores, figuras geométricas simplonas / estampa la vida de él y la de todos nosotros. / En “Acabados” se ve el resultado de su trabajo / y en nosotros / hilos coloridos / de un mismo enredo…”[24] (1984).

Por otra parte, el municipio también ha sido una ciudad de artistas trágicos, como es relatada, en una enérgica prosa poética, la muerte de Juan Ramón Bedoya, uno de los pintores más irreverentes de la ciudad, narrado en primera persona, en diálogo con la memoria presencial del artista, abatido por la embriaguez y la euforia monstruosa de los violentos. Allí acontecen los últimos momentos de su vida, a través de la evocación de su mirada retadora y de sus transgresores gestos, mientras recorre con movimientos arriesgados las calles de siempre, las mismas que nunca podrán deshacerse de los pesados pasos de sus tronantes botas. Aparece, entonces, el relato Dicen que los borrachos no sueñan, escrito por Luis Fernando Montoya, única publicación in memoriam, fuera de las notas amarillentas de la prensa, sobre la muerte violenta de “Jesucristo”, como era llamado Juan Ramón, incluso por él mismo:

“¡Ay Ramón B., el más sacrílego de los pintores de Bello! No hay taberna en la que no cuelguen tus cuadros: allí, en la penumbra, Cristos de formas caprichosas, cuerpos enlazados, escenas eróticas; casi réplicas de sí mismos, sencillos, delicados y pueriles, pero con ese hálito de secreta posteridad, de afamado delirio: todos entregados a cambio de una cuenta abierta por una noche en el bar.”[25]

Será entonces que los muertos, como dirían las tías, regresan de cuando en cuando a deshacer sus pasos, porque no les alcanza para recorrerlos todos. La ciudad se lleva a cuestas como lo dice un verso de Kavafis, el poeta de la ciudad: “No hallarás nuevas tierras / no hallarás otros mares / La ciudad te seguirá…/ vagarás por las mismas calles”. Estas líneas podrían, acaso, sumarle sentido al poema de Jandey Marcel Solviyerte:  

“Nacimos lejos del mar, sin embargo traemos / en el azul de la mirada su infinita tristeza. / Traemos los cantos legados por el viento, / la cruel monotonía del día que subyace. / Ungidos por la sombra secular de la noche / abastecemos la existencia con licores y besos, / y en los huesos ahuecados, suena la melodía inquietante de los espíritus andinos. / Extraviados en la ruta edificamos sobre el valle / las fábricas, las cárceles, los cementerios, / al amparo de cúpulas de iglesias / donde la mentira no duerme. / Ya en mármol brillante, ya en mísero yeso, / intentamos preservar el recuerdo / de nuestros dioses, de nuestros muertos.”[26]

Los referentes de las montañas y el valle, lugar de descubrimiento y de emprendimiento de la historia provincial, sagrada y profana, pujante y decadente, prevalecen como el mismo Cerro Quitasol, en la poética de Bello. Esto se confirma en unos versos de Juan Felipe Garzón que se acompañan de otra voz que dice “El Ángel del Cerro es testigo, / el Quitasol nos guarde / El Chorrolato nos purifique”:

“Entre el sol y la penumbra / el filamento asciende a la cima donde el silencio reposa, / los abismos reposan a uno y otro lado de la luz; / a uno y otro lado de la oscuridad. / La hierba crece para sostener el misterio de la esperanza, / como el río imaginario del fuego durante los inviernos, / la noche oculta las laderas por donde fluyen los vientos, / las alas de los pájaros nocturnos ocultan los valles.”[27]

La poética de Bello como ciudad está signada en estos fragmentos que enaltecen la historia y la vida local, el esfuerzo del obrero, la vida intensa del artista, el desenfreno del violento, las montañas trasegadas por expediciones y el valle por donde corre el río Aburrá que a veces parece el Leteo, arrastrando consigo el olvido.    

En suma, las ciudades son epicentros de expresión cultural, antes que el constructo de los dispositivos sociales del poder. Las ciudades —que corren el riesgo de convertir lo público en publicitario— son más que moles de nombres y fechas; cada calle puede ser el grueso renglón de una historia, o el verso de un poema, o la letra de una canción; el motivo de una pintura, la escena de una película; en fin, en la piedra hace eco la voz viva de la ciudad y refleja la mirada patente de todo lo que emerge invisible de tanto repetirse al aparecer. La ciudad existe, no sólo cuando se ve, sino cuando se dice y, sus dimensiones alcanzan hasta donde llega la capacidad de imaginarla y de nombrarla.

NOTAS:

[1] ESCOBAR, Mario. Encuentro La Ciudad en la Literatura. Medellín: Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Marzo 11 de 1985, p. 13.

2 Este ensayo se escribió a partir de reflexiones y discusiones originadas en las tertulias literarias del Centro de Historia de Bello, según los siguientes ciclos temáticos: “La vida barrial en los años ochenta, una narrativa necesaria, 17/09/07; “Los barrios de Bello hoy”, 29/09/07; “Bello, una estética urbana”, 12/10/07; “Literatura urbana”, 23/11/07; “Historia y literatura I”, 02/02/08; “Historia y literatura II”, 15/01/08; “Historia y literatura III”, 29/01/08.         

3 BARTHES, Roland. “Semiología urbana”, La Aventura Semiológica. Barcelona: Paidós, 1990, p. 260-261.

4 Cf. PARSONS, James J. La colonización antioqueña en el occidente de Colombia. Carlos Valencia. 1979. En: ESPITALETA, Sergio. Paisajes Literarios de Bello. Revista Huellas de Ciudad, Centro de Historia de Bello, Año V, No. 5, diciembre – marzo de 2004, p. 19.

5 En Bello se llevó a cabo un amplio ciclo dedicado a la obra de Carrasquilla, en las tertulias literarias del Centro de Historia de Bello, sesiones en las cuales se trabajaron los cuentos y las novelas principales, incluyendo su última creación, la trilogía de Hace Tiempos. Así mismo, se realizaron conferencias de José Guillermo Ánjel, Darío Ruíz Gómez, José María Muñoz y Reinaldo Spitaletta.

6 SPITALETTA, Reinaldo. El Último Puerto de la Tía Verania. Medellín: Grafoprint, 1999, p. 35-36.

7 SPITALETTA, Reinaldo. Estas 33 cosas. Medellín: Editorial UPB, 2008, p. 104.

8 ——————- El Último Puerto de la Tía Verania. Ed.cit. p. 22.

9 SIERRA I FABRA, Jordi. Cartas a Diana. Madrid: El Tercer Hombre S.A., 2007, p. 9. 

10 SPITALETTA, Reinaldo. Op. cit. p. 47-48.

11 SIERRA I FABRA, Jordi. Op. Cit. P. 89.

12 Ibíd. p. 112.

13 CASTRO, Óscar. Gol Olímpico. En: Agenda Cultural, Universidad de Antioquia, No. 97, marzo de 2004, p. 13-14.

14 Op. cit. p. 262.

15 LUDMER, Josefina. Borges contra la ley. En: Vigésimo aniversario de la muerte de Jorge Luís Borges, Universidad de San Andrés, Buenos Aires – Argentina, Noviembre de 2006. En: www.udesa.edu.ar

16 MÚNERA, María Rosmira. Historia de “Puerto Bello”, “Puerto seco” o “el Barrio de las dos mentiras”. Bello: Tercer Concurso de Historias de Barrios. Centro de Historia de Bello, Secretaría de Educación para la Cultura de Bello, 2007.

17 VALENCIA, Nubia. Historia del Barrio Manchester, entre las locomotoras y la sirena de Fabricato. Op.cit. Pasim.

18 HERRERA, Marta Cecilia. Historia del Barrio Prado, Cuna del Tango. Op. cit. p. 5.

19 LEVINAS, Emmanuel. Trascendencia y altura. Madrid: Trotta, 2001, p. 98.

20 CASTRILLÓN, Jairo Adolfo. San José del Pinar, Historia entre el miedo y la esperanza. Op. cit, p. 5.

21 ZAPATA, Laura Ledys. Historia de la Vereda Los Espejos. Op. cit. p.2.

22 CARRILLO, Cesar Augusto. Historia del Barrio San José Obrero. Op. Cit.

23 Op. cit, p. 266.

24 FRANCO, Carlos Mario. “Poemario”, Primer Premio Andrés Bello, 1995. En: Memoria Concurso de Literatura Los Sueños de Luciano Pulgar. Municipio de Bello – Ministerio de Cultura, 2004, p. 21.

25 MONTOYA, Luis Fernando. “Dicen que los borrachos no sueñan”, Premio Andrés Bello en Literatura, 1996. Op. cit. p. 60.

26 SOLVIYERTE, Jandey Marcel. “Poemario”, Premio Andrés Bello en Literatura, 2002. Op. cit. p. 105.

27 GARZÓN, Juan Felipe. “Ofrenda Poética”, Premio Los Sueños de Luciano Pulgar, 2004. Op. cit. p. 2


 

         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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